Depósito Capítulo 4
16%

Capítulo 4

Saray Quintanilla se ajustó los guantes de nitrilo y encendió el segundo foco de trabajo. La nave nueva quedó bañada en esa luz blanca de obra que borra las sombras y deja cada cosa fea y exacta, que era justo lo que hacía falta para una ITPO.

Le gustaba trabajar de noche. En comisaría lo achacaban a que era joven y no tenía hijos; ella sabía que era porque de noche no había familia llorando en el poyo, ni bomberos recogiendo mangueras, ni un capataz viejo mirándote las manos.

De noche estaba la escena y estaba ella, y la escena, si la mirabas bien, hablaba.

La inspectora la había dejado al mando de la inspección ocular con el equipo científico de Ponferrada y una instrucción de tres palabras.

— Todo. Fotografía todo.

Y ahí estaba, a las nueve y media de un lunes, con la vendimia dormida y los depósitos respirando alrededor.

Porque respiraban. Ese era el detalle que Quintanilla no se sacaba de la cabeza desde que había entrado: el murmullo.

Un burbujeo continuo, bajo, que salía de las tinas donde la uva del día fermentaba, empujando hacia arriba una costra oscura de hollejos que un enólogo joven del Consejo Regulador, allí para asesorarles, había llamado el sombrero.

— Eso de arriba es el sombrero — le había explicado el chico, señalando una tina abierta—.

Los hollejos, las pieles, todo lo sólido, que el gas los empuja para arriba y forman esa capa.

Hay que romperlo, mojarlo con su propio mosto, lo que se llama remontar o bazuquear, para que el vino coja color y no se pique. Se hace varias veces al día.

— ¿Y el gas.

— El gas es el problema. — El enólogo se había puesto serio de golpe—.

La fermentación suelta dióxido de carbono a saco.

No huele, no se ve, y pesa más que el aire, así que se queda abajo, en el suelo, en los fosos, dentro de los depósitos vacíos.

Metes la cabeza en un depósito a mirar el descube y no te enteras.

Dos respiraciones y ya no coordinas. Tres y estás en el suelo. Y el suelo es donde más gas hay.

Quintanilla había mirado el depósito siete, la portezuela inferior abierta, y había entendido cómo un hombre podía morir de pie y acabar tumbado.

Lo que no entendía era por qué ese hombre.

Antes de empezar con el depósito, había dado una vuelta a la nave entera con la cámara, documentando el conjunto.

Dos hileras de depósitos de acero inoxidable, altos, numerados con placas negras del uno al doce, cada uno con su plaquita esmaltada indicando la variedad y la parcela.

Mencía Finca. Godello Finca. Mencía joven.

El siete, donde había aparecido Damián, era Mencía.

El cuatro, dos puestos más allá, ponía Godello del Vello, con una letra pequeña y cuidada que alguien había pintado a mano años atrás.

Quintanilla lo fotografió todo, sin saber todavía qué de aquello importaría, porque esa era la regla: el que decide en la escena qué importa y qué no, se deja fuera lo que luego pierde el juicio.

En la pared de la enotienda, junto a la puerta de la nave, había un cartel plastificado con las normas de seguridad en vendimia.

Letra grande, dibujos, todo muy claro. Prohibido acceder solo a un depósito.

Medir siempre la atmósfera antes de entrar.

Detector de CO2 obligatorio y encendido.

Un compañero de vigilancia en el exterior.

Y al pie, una firma: Damián Cándano, dirección técnica, con la fecha de la última revisión, dos meses atrás.

Quintanilla lo leyó dos veces y le hizo foto.

El propio muerto había escrito las normas que lo habían matado. O eso quería alguien que pareciera.

———

Trabajó la base del siete durante una hora larga.

Fotografió la escalerilla, la boca superior, la portezuela de descube, el charco de mosto seco en el suelo de resina, las marcas de las botas de los bomberos, las suyas propias documentadas aparte para descartarlas luego.

Recogió muestras del residuo del depósito en botes numerados.

Cadena de custodia, etiqueta, firma, hora.

El detector de gas seguía donde lo habían encontrado, sujeto por su pinza al soporte de la pared, a un palmo del suelo. Quintanilla se agachó, se acercó la linterna de cabeza y lo miró sin tocarlo mientras el técnico lo fotografiaba desde tres ángulos.

Un detector de CO2 doméstico-industrial, de gama alta, con pantalla y alarma sonora. El tipo de aparato que compra alguien que se toma esto en serio. En la pantalla, nada. Piloto apagado.

— Vamos a abrirlo — dijo.

El técnico soltó la pinza con cuidado, embolsó el soporte por separado y le dio la vuelta al aparato sobre una superficie limpia.

En la parte de atrás, la tapa del compartimento de la pila.

La misma esquina levantada que la inspectora había señalado por la mañana.

El técnico la levantó del todo con una espátula.

El compartimento estaba vacío.

Quintanilla se quedó mirando el hueco. Dos contactos metálicos, limpios, y nada entre ellos. La pila de nueve voltios que debía alimentar el detector no estaba dentro del detector.

— No es que se haya gastado — dijo el técnico—. Es que no está.

— ¿La habrán sacado los bomberos, al comprobar por qué no arrancaba.

— Los bomberos declararon que no tocaron el aparato. — Quintanilla se enderezó, sacó el móvil y buscó el número de Reguera—. Y si la hubieran sacado ellos, la habrían dejado al lado. No se la habrían llevado.

Reguera contestó a la segunda. Estaba en la comisaría, cerrando papeleo del levantamiento.

— Subinspector, soy Quintanilla, del grupo de León. Una pregunta rara. El inventario de efectos personales del fallecido, el que hizo el forense de guardia en el levantamiento. ¿Lo tiene ahí.

— Lo tengo. — Ruido de folios—. Ropa de trabajo, botas, un móvil que estaba en la mesa del despacho de la enotienda, no encima del cuerpo, un manojo de llaves, cartera con cuarenta euros y tarjetas, un mechero...

— ¿Algo en los bolsillos del pantalón.

Silencio corto.

— Aquí pone... bolsillo delantero derecho: una pila de nueve voltios, marca genérica, usada. — Reguera cambió el tono—. ¿Por qué.

Quintanilla miró el compartimento vacío del detector, y el detector, y la portezuela abierta del depósito siete donde Damián Cándano había muerto, según todos, por un gas del que el propio Damián se protegía como un maniático.

— Porque la pila del detector estaba en el bolsillo del muerto — dijo despacio—.

Subinspector, dígame usted. ¿Qué hace un hombre que no baja nunca solo a un depósito, que instaló ese detector precisamente para no morir de esto, sacándole la pila a su propia alarma y guardándosela en el pantalón antes de bajar solo, de noche, a un depósito.

Reguera tardó en contestar.

— No lo hace — dijo al fin.

— No lo hace.

Colgó y volvió con el técnico, que ya trabajaba el detector con el revelador de huellas, el pincel y el polvo negro. Lo miraron los dos en silencio mientras el aparato iba soltando o no soltando lo suyo.

— Nada — dijo el técnico al rato, girando el detector bajo la luz—.

Limpio. Ni una parcial. Un aparato que se manosea a diario, que se enciende, que se apaga, que se comprueba, y no tiene una sola huella aprovechable.

Ni las del propio dueño. — Levantó la vista—.

Esto se ha limpiado. O se ha manipulado con guante.

— ¿Y la portezuela del depósito. La manija.

El técnico se acercó a la boca inferior del siete, la trabajó con el pincel, y ahí sí saltó el contraste: crestas, arcos, un revoltijo de huellas superpuestas, las normales de una pieza que se abre y se cierra cien veces en vendimia con las manos manchadas de mosto.

— Aquí hay de todo. Habrá que cotejarlas, pero aquí se ha tocado a manos limpias de guante, quiero decir a mano pelada.

— Se enderezó—. Lo curioso es el detector.

La manija llena y el aparato pelado. La gente no limpia una alarma con esmero y luego abre un depósito a manazas.

— Encogió un hombro—. Cada cosa cuenta una historia distinta.

Quintanilla lo apuntó. La portezuela, uso normal; el detector, limpiado a conciencia. Quien montó aquello había cuidado el aparato de la mentira y se había olvidado, o no había podido, de lo demás.

———

Se quedó de pie en medio de la nave, con el zumbido de la fermentación llenándolo todo.

Fotografió el compartimento vacío. Etiquetó.

Anotó la hora. Cadena de custodia del detector, del soporte, de la tapa.

Y luego, porque era metódica y porque quería la oposición a subinspectora aprobada a la primera y sabía que las oposiciones y los juicios se ganan con la caja de cartón llena y no con las corazonadas, lo repasó todo otra vez.

Repasó la lógica igual que se repasa un tema.

Uno. Damián Cándano no bajaba solo a los depósitos. Lo decían su madre, su mujer, su hermano, sin que se lo preguntaran, y lo decía el propio protocolo escrito que la enotienda tenía plastificado en la pared, con las normas de seguridad en vendimia firmadas por él.

Dos. El detector estaba apagado porque no tenía pila.

Tres. La pila estaba en su bolsillo.

Cuatro. Nadie se quita la pila de su propia alarma de gas y se la guarda en el pantalón. Es como quitarte el cinturón y metértelo en la guantera antes de estrellarte. No tiene sentido para el que va a morir.

Sí tiene sentido para otra cosa.

Quintanilla no lo dijo en voz alta, pero lo pensó con esa claridad fría que le daba la noche: alguien había querido que aquello pareciera un accidente.

Y lo había hecho con cuidado, con orden, con conocimiento de la bodega.

Apagar el detector no bastaba, porque un detector apagado sin más levanta preguntas.

Sacarle la pila y ponérsela a la víctima en el bolsillo contaba una historia: el pobre Damián, tan cuidadoso siempre, aquella noche bajó con las prisas de la vendimia, con la pila fuera, quién sabe por qué, un descuido fatal, mira que se lo decíamos.