Capítulo 3 #2
— Todo es importante hasta que deja de serlo, señor Cándano. — Eider lo dijo sin énfasis—. ¿Sabe si su hermano tenía por costumbre bajar solo a los depósitos.
— Jamás. — Nando negó con fuerza, y por primera vez la respuesta salió sin cálculo, de verdad—.
Jamás. Damián era un obseso de la seguridad.
Después del susto que tuvimos con los gases hace unos años, montó un protocolo...
el detector, la regla de no bajar solo, las charlas a los temporeros.
Un pesado, se lo digo con cariño. Por eso no me entra en la cabeza. No me entra.
— ¿Qué susto.
— Un temporero, en el diecinueve. Bajó a limpiar un depósito, se mareó, por poco no lo cuenta. Lo sacó Eladio, que oyó el golpe. Desde entonces Damián se volvió un fanático. — Nando movió la cabeza—. Que se muriera justo de eso... es una broma de mal gusto del destino.
— Ese Eladio. El capataz. Hábleme de él.
— Eladio es de la casa. — Nando lo dijo con una ternura que sonó, por una vez, sin cálculo—.
Más que de la casa. Llevaba aquí antes de que naciéramos ni mi hermano ni yo.
Nos enseñó a podar, a catar el mosto con el dedo, a andar por las viñas de noche sin farol.
— Sonrió—. A Damián lo adoraba. Damián era el hijo que le habría gustado tener.
Se le va a caer el mundo encima al pobre viejo.
Bueno, ya se le ha caído; fue él quien lo encontró.
— ¿Y a usted.
— ¿A mí qué.
— ¿A usted lo adoraba también.
Nando abrió las manos, con una sonrisa que se quedó a medio hacer.
— A mí me tolera. — Fue lo más honesto que dijo en toda la entrevista—.
Yo soy el de los números y de la corbata.
Eladio es de tierra. Nunca nos hemos entendido del todo.
Pero eso no quita para que lo quiera como al abuelo que no tuve.
— Volvió a la sonrisa de siempre—. En fin.
Todo esto ahora, con Damián muerto, no sé ni a qué viene.
— ¿Cómo queda la bodega. Con Damián muerto.
Fue el gesto de quien nota que le pisan un pie por debajo de la mesa. Nando lo tapó rápido.
— No he pensado en eso, inspectora, con el cuerpo de mi hermano aún caliente.
— Bajó la vista—. Supongo que la parte de Damián pasa a Sonia y a la niña.
Y yo sigo llevando lo mío, como siempre.
La bodega es lo de menos ahora. Lo importante es enterrarlo con dignidad y que la vendimia no se pierda. Es lo que él querría.
———
Cuando Nando se fue —dando la mano otra vez, ofreciéndose para lo que hiciera falta, dejando su tarjeta encima de la mesa con las dos manos—, Eider se quedó mirando la puerta cerrada un rato.
— ¿Qué te ha parecido — dijo Cardeñosa, guardando la libreta.
— Que cuenta muy bien. — Eider cogió la tarjeta, la giró entre los dedos—. Demasiado bien lo de la tarde. Los repartos, la cena, el cliente. Se lo sabía de memoria.
— La gente inocente también se prepara lo que va a decir a la policía. Se acojonan.
— Ya. — Eider dejó la tarjeta—. Pero fíjate.
Le he preguntado por la tarde y me ha contado la tarde entera.
Le he preguntado por la noche y ha vuelto a la tarde.
Y cuando le he preguntado por la hora de la cena, ha dicho nueve, nueve y media, y luego que no volvió a la bodega.
— Miró a Cardeñosa—. Nadie le ha preguntado si volvió a la bodega.
Ha contestado a una pregunta que no le he hecho.
Cardeñosa volvió a sacar la libreta.
— La gente que no ha estado en un sitio no suele aclarar que no ha estado en ese sitio — dijo.
— No.
— Y le ha cambiado la cara con dos cosas — añadió Cardeñosa, repasando sus notas—. Con la venta, cuando le has preguntado si Damián firmaba. Y con la herencia, cuando le has preguntado cómo queda la bodega. Lo demás lo llevaba ensayado. Esas dos no.
— Esas dos no. — Eider se levantó, se estiró la espalda—.
Pide a Ponferrada los movimientos bancarios de la sociedad y de los dos hermanos, con mandamiento.
Y todo lo que haya de esa venta al fondo.
Si Fernando Cándano tiene un agujero, sale en los números.
— Miró la tarjeta encima de la mesa, la simpatía impresa en cartulina—.
Un hombre que te da la mano con las dos manos es que quiere que no te fijes en lo que hace con ellas.
Fuera, había empezado a caer una lluvia fina sobre Ponferrada, de esas del Bierzo que no mojan pero calan, y el castillo templario se recortaba gris contra un cielo del mismo color.
Eider miró el mapa de la pared, Corullón arriba en su ladera, la bodega en un punto que Reguera había marcado con rotulador, la nave vieja y la nueva a un centímetro una de otra.
— El último que estuvo con Damián fue Eladio, según el wasap — dijo—.
El primero que lo encontró, también Eladio.
Y todo el mundo, la madre, la viuda, el hermano, se empeña en decirme, sin que se lo pregunte, que Eladio lo quería como a un hijo.
— Se quedó pensando—. Mañana quiero al capataz sentado delante.
Y quiero saber a qué hora cenó de verdad Fernando Cándano el domingo.