Capítulo 3
El Hospital El Bierzo estaba en lo alto de Ponferrada, un edificio de los años ochenta con vistas al valle y a la nieve que todavía no había llegado a los montes del fondo.
Eider subió en el ascensor con Cardeñosa hasta la tercera planta, cirugía pediátrica, y preguntó en el control por Sonia Yebra.
La encontraron en la sala de espera del final del pasillo, sola, con un vaso de café de máquina entre las manos, sin bebérselo.
Cuarenta y tres años, el pelo recogido de cualquier manera, ropa del día anterior.
Tenía la mirada de la gente que ha pasado la noche en un hospital y luego le han dado la peor noticia del mundo por teléfono, todo en menos de doce horas.
— Señora Yebra. Inspectora Aristegui, subinspector Cardeñosa. Sentimos muchísimo lo de su marido. — Eider se sentó en la silla contigua, no enfrente—. Sé que no es el momento. Solo necesito que me ayude a entender la noche de ayer.
Sonia la miró como si la palabra ayer perteneciera a otro idioma.
— Ayer estaba aquí — dijo—. Con la niña.
— Cuéntemelo.
Lo contó con voz plana, sin adornos, que es como cuentan las cosas los que las están viviendo por dentro por primera vez.
Sabela, la hija, nueve años, llevaba desde el sábado con dolor de tripa; el domingo por la tarde empeoró, fiebre, vómitos.
Sonia la trajo a Urgencias sobre las nueve de la noche.
Apendicitis. La operaron de madrugada, de urgencia, sobre la una y media. Ella no se movió del hospital.
— ¿Estuvo sola.
— Al principio sí. Luego vino mi hermana, sobre las once, y se quedó conmigo hasta que la subieron a quirófano.
— Se apretó el vaso—. Llamé a Damián desde Urgencias.
No me lo cogió. Le escribí. Tampoco. Pensé que estaría dormido, o en la bodega, que en vendimia no para.
— Ahora sí se le quebró la voz, un temblor pequeño, controlado enseguida—.
Estaba pensando en apendicitis. En mi hija. Y él ya estaba muerto.
Eider dejó pasar el silencio. Cardeñosa, de pie junto a la puerta, había sacado la libreta sin ostentación y anotaba: hospital, hermana, once, quirófano tres.
Una coartada que ni siquiera parecía una coartada porque Sonia no la ofrecía como tal; simplemente contaba dónde había estado la peor noche de su vida.
— El teléfono de Damián — dijo Eider—. ¿Sabe cuándo hablaron por última vez.
— Por escrito. — Sonia sacó el móvil con dedos torpes, buscó la conversación y se lo tendió—. Ayer noche. Antes de que la niña se pusiera peor.
Eider cogió el teléfono. La última burbuja de Damián estaba fechada a las 22:14 del domingo.
subo un momento a la vieja con Eladio, ceno luego. no me esperes despierta
Debajo, los mensajes de Sonia desde Urgencias, sin respuesta, uno tras otro, con la doble marca de recibido pero nunca leídos. La niña con fiebre. Vamos a urgencias. Damián coge el teléfono. Apendicitis, la operan. Damián por favor.
— ¿La vieja es la nave vieja de la bodega.
— Sí. El lagar antiguo. Ahí no se hace vino ya, pero Damián subía mucho.
Y Eladio vive casi ahí, entre la vieja y las viñas.
— Sonia recuperó el móvil y se quedó mirando la pantalla—.
Si estaba con Eladio, ¿cómo terminó en el depósito de la nueva.
Eladio no le habría dejado bajar solo. Se lo digo yo. Eladio lo cuidaba más que a un hijo.
Era la segunda vez en una mañana que alguien de la casa decía lo mismo del capataz, con la misma certeza y sin que se lo preguntaran. Eider lo registró y no dijo nada.
— ¿Cómo estaba Damián estas últimas semanas. — Lo preguntó despacio—. En casa. De ánimo.
Sonia tardó en contestar. Por la ventana de la sala de espera entraba la luz gris del valle, y abajo, muy lejos, se veía el Sil y los tejados de Ponferrada.
— Cansado. — Escogió la palabra—. Reventado.
Desde que murió su padre esto ha sido cuesta arriba, y él cargaba con todo.
La bodega, la deuda, la vendimia, su hermano.
— Se detuvo en su hermano medio segundo de más—.
Las últimas semanas, además, andaba raro.
Callado. Subía mucho a las viñas, más de lo normal, y volvía peor de como subía.
Yo pensé que era el agobio de la venta esa del fondo.
No le di importancia. — Se apretó el vaso hasta arrugarlo—.
Una piensa que hay tiempo para dárselo luego.
— ¿Qué venta.
— La de una parcela. A unos inversores. Para salvar la casa. — Movió la cabeza—. De eso hablen con Nando, que yo del dinero no entraba. Yo llevo las visitas, el enoturismo, los grupos. La parte bonita. — Una risa sin gracia—. La parte que se enseña.
Eider dejó respirar el silencio.
— ¿Puedo pedirle una cosa difícil. — Se levantó—. Vamos a necesitar el teléfono de Damián, cuando lo localicemos, y con el tiempo puede que el suyo, para el atestado. Nada que ver con usted. Es procedimiento.
— Llévense lo que quieran. — Sonia miró hacia el pasillo, hacia la habitación donde dormía la niña operada que aún no sabía nada—. Solo díganme una cosa. ¿Fue un accidente.
Eider sostuvo la pregunta un segundo más de lo que debería.
— Es lo que estamos averiguando, señora Yebra.
No era un sí. Sonia se dio cuenta de que no era un sí, y algo se le tensó en la mandíbula, pero no preguntó más. Se volvió a sentar con su vaso de café frío y su hija dormida detrás de la puerta.
———
Ponferrada. Comisaría Local. Lunes, 15:20.
La Comisaría Local les cedió una sala de reuniones pequeña, con una mesa larga, un mapa de la comarca en la pared y una máquina de café en el pasillo que Eider probó y no volvió a probar.
Reguera se movía con soltura por su terreno, hacía llamadas, conseguía sillas.
El recelo de la mañana se le había ido pasando a base de trabajo compartido, que es la única cosa que lo cura.
— ¿Qué se dice por aquí de los Cándano — le preguntó Eider mientras esperaban.
— Buena gente. Familia de toda la vida. — Reguera se apoyó en el marco de la puerta—.
El viejo, Avelino, era una institución; levantó la bodega de la nada, se murió el año pasado muy mayor.
Damián, el que ha aparecido, tenía fama de buen enólogo y de mejor persona; sacó adelante la casa cuando muchos daban el vino del Bierzo por perdido.
Del hermano, Fernando, la gente dice menos.
Que es el de la parte comercial, que viaja, que se le ve poco en el pueblo.
— Se encogió—. Nada malo, tampoco. Una familia normal, con su bodega y sus deudas, como medio Bierzo.
— ¿Deudas.
— Se comenta. Aquí se comenta todo. — Reguera bajó la voz—. Que desde que murió el viejo andaban justos, que por eso hablaban de vender a unos de fuera. Pero eso es lo que se dice en el bar, inspectora. Ni lo confirmo ni lo desmiento.
Eider lo apuntó. El bar era, en estos sitios, una fuente tan buena como cualquier atestado, y a veces mejor.
Fernando Cándano llegó a las tres y media, citado, con corbata.
Cincuenta y un años, más bajo y más ancho que su hermano en las fotos, con esa clase de simpatía que se enciende sola en cuanto entra por una puerta.
Le dio la mano a todos, se supo el nombre de Cardeñosa a la primera y lo repitió dos veces, se sentó, se aflojó el nudo, pidió un vaso de agua con una sonrisa de disculpa.
— Perdonen. Llevo desde las siete de la mañana...
— Se pasó la mano por la cara—. Mi madre está deshecha.
La mujer de mi hermano en el hospital con la cría.
Y yo aquí, intentando que la vendimia no se pare, porque si se para la uva, se pierde, y a Damián lo último que le habría gustado es que se perdiera la cosecha por... por esto.
— Le acompaño en el sentimiento, señor Cándano — dijo Eider—. Necesito hacerme una idea de la casa. Del negocio, de la familia. Usted lleva la parte...
— Comercial y administrativa. Los papeles, las ventas, los clientes. Damián era el vino. — Nando abrió las manos—. Él en la bodega, yo en el despacho y en la carretera. Cada uno a lo suyo. Nos complementábamos.
— ¿Se llevaban bien.
— Éramos hermanos. — Sonrió con tristeza calibrada—.
Nos peleábamos como hermanos y nos queríamos como hermanos.
Los últimos meses han sido duros, no le voy a mentir.
Desde que murió mi padre esto ha sido una cuesta arriba.
Deudas que no sabíamos ni que existían. Créditos. Un desastre. Pero íbamos saliendo.
— ¿Salían con la venta al fondo.
Algo pasó por la cara de Nando, un parpadeo rápido, enseguida tapado con otra sonrisa.
— Veo que están bien informados. — Se recolocó en la silla—. Sí. Había una negociación con un fondo de inversión, Ébano, para venderles una parcela. Una parcela sola, para salvar el resto. No es nada raro, hoy en día lo hace medio Bierzo. Entra capital, se sanea, se sigue.
— ¿Y Damián estaba de acuerdo.
— Damián... — Nando escogió las palabras—. Damián era más de tierra que de números. Le costaba. Pero lo entendía. Al final iba a firmar. Estábamos de acuerdo.
Eider dejó que ese al final iba a firmar se quedara flotando un momento. Cardeñosa, enfrente, había dejado de escribir y miraba a Nando con esa cara plácida suya que no significa nada y lo dice todo.
— ¿Cuándo vio usted a su hermano por última vez.
— El domingo. Por la mañana, en la bodega. Estuvimos con la descarga, con la cuadrilla. Sobre el mediodía yo me fui.
— ¿Y por la tarde. Por la noche.
— Por la tarde tenía cosas. — Nando bebió agua—. Repartos, una reunión. Cosas del negocio. En vendimia no hay domingo que valga.
— ¿Repartos un domingo por la tarde.
— Uva. Llevé uva a la cooperativa, que compramos también a viñas de fuera, y hay que pesarla y dejarla.
Y luego cené con un cliente en Ponferrada.
— Lo soltó rápido, demasiado ordenado, como quien recita una lista que ha repasado—.
No volví a la bodega. Me enteré esta mañana, cuando me llamó Eladio llorando.
— ¿A qué hora cenó con ese cliente.
— Tarde. Nueve, nueve y media. Ya sabe cómo son estas cenas. — Sonrió otra vez, y esta vez la sonrisa le llegó un poco justa—. ¿Es importante.