Capítulo 2
Damián Cándano cierra el portátil y se queda mirando la pantalla ya negra, donde su cara le devuelve una mueca cansada que no reconoce del todo.
Acaban de irse. Ignacio Sela y el otro, el de los números, el que no ha soltado más de cuatro palabras en toda la tarde pero ha ido apuntando cada cifra en una tablet con una tranquilidad de dentista.
Han recogido las carpetas, han elogiado el vino de la casa —han probado el Godello de finca, han dicho que es excelente, mineral, con recorrido, todas esas palabras que Damián lleva veinte años oyendo decir a gente que no distingue una cepa de otra—, y se han marchado en un coche alemán que ha levantado polvo por la pista.
Y él se ha quedado aquí, en la sala de catas, con la deuda de su padre encima de la mesa igual que un tercer invitado que no se va.
Los números son los números. Damián sabe de números, aunque prefiera saber de uva.
Cuando murió su padre, en primavera del año pasado, la bodega parecía un negocio sano por fuera, con sus premios y su gama de finca y sus visitas de enoturismo, y por dentro era una casa con las vigas comidas.
Créditos encadenados, avales cruzados, campañas malas tapadas con más crédito.
Avelino Cándano hizo grande la bodega a base de valentía y de firmar donde le decían, y se murió sin contarle a nadie cuánto debía.
Se lo llevó a la tumba con la misma discreción con que se guardaba las cuentas de toda la vida.
Y ahora el banco tiene prisa.
El fondo se llama Ébano Wine Estates. Capital de fuera, Sela solo es la cara amable, un gestor de cuarenta y un años con americana sin corbata que dice mucho territorio y mucho puesta en valor.
Lo que Ébano quiere está claro: viñedo viejo, cepas de sesenta, de ochenta, de cien años, de las de pie franco que ya no se plantan, para hacer una gama de alta gama y venderla en Nueva York y en Shanghái a precios que aquí darían risa.
Y lo que Ébano quiere en concreto, con nombre y apellidos, es el Majuelo Vello.
Damián lo ha visto venir toda la reunión.
Ha visto a Sela catar el Godello, cerrar los ojos, decir la palabra terroir con acento francés, y ha entendido que ese hombre no compra un vino: compra un relato para vender en otro sitio.
Y para el relato necesita las cepas viejas. Las de arriba. Las de su abuelo.
Nando, en cambio, ha estado toda la tarde entusiasmado, sirviendo café, riendo las gracias del compañero de los números, asintiendo a todo.
Nando tiene prisa por firmar. Damián no sabe todavía hasta qué punto la tiene, ni por qué, aunque desde hace días una sospecha fea le crece por dentro cada vez que mira las cuentas que su hermano lleva.
El Majuelo Vello. Damián se levanta y sale a la era.
———
La tarde de septiembre se apaga despacio sobre las laderas.
Hace ese fresco de después de un día de calor que anuncia que el verano ya se ha ido aunque nadie lo haya firmado.
Damián cruza la era, pasa entre los bancales bajos de la parte de casa y sube por la senda de tierra que trepa hacia la parcela alta, la que su abuelo llamaba el majuelo de arriba y todo el mundo, desde siempre, el Majuelo Vello.
Sube con las manos en los bolsillos, sin prisa, oyendo cómo se le acompasa la respiración a la cuesta.
Conoce esta senda de memoria. Se rompió aquí una muñeca a los nueve años bajando en bici.
Aquí besó por primera vez a una chica cuya cara ya casi no recuerda.
Aquí, arriba, entre esas cepas retorcidas y negras que parecen viejos encorvados, está lo mejor que tiene la casa y lo que el fondo quiere arrancar para plantar espaldera y alambre.
Lo ve antes de llegar. Una figura pequeña entre las hileras, agachada, con una navaja de podar en la mano.
— Eladio — dice Damián—. ¿Qué haces tú aquí a estas horas.
El viejo se endereza despacio, con esa lentitud de bisagra vieja que Damián le conoce de toda la vida, y se lleva la mano a los riñones.
— Nada, rapaz. Mirar. — Eladio señala con la navaja una cepa—. A esta le entraba aire por una herida vieja. Le he dado un repaso.
— No es tiempo de podar, Eladio.
— No. — El viejo sonríe con media cara, la piel curtida como corteza—. Pero uno sube a hablar con ellas y luego las manos hacen lo que quieren. Estas cepas me conocen más a mí que a ti, meu. Yo las planté de nuevo cuando eran marras. Una por una.
Damián se acerca. Desde aquí arriba se ve todo: la bodega abajo, las dos naves, la casa, el pueblo de Corullón trepando en su ladera de enfrente, y más allá el valle abriéndose hacia Ponferrada con el Sil brillando al fondo como un hilo de estaño.
Huele a tierra removida y a la resina de los pinos del monte de arriba.
En un extremo de la parcela, entre dos cepas, hay una cruz pequeña de hierro forjado, negra, no más alta que una rodilla, casi comida por la maleza. Damián sabe lo que es. Todo el mundo en la casa sabe lo que es. Nadie habla de ello.
Damián la mira de reojo, como se mira siempre esa cruz, sin detenerse del todo.
La puso Eladio hace muchos años, con sus manos, en el sitio exacto.
La cuida como cuida las cepas. Le arranca la maleza, la limpia, la endereza cuando el invierno la tuerce.
Damián era un crío cuando pasó lo que pasó, pero se acuerda del silencio de aquel verano, del entierro, de cómo Eladio no volvió a ser el de antes.
Y se acuerda, sobre todo, de una cosa que le dijo su padre años después, delante de esta misma cruz: que este majuelo no se vendía, que aquí había un pacto, y que un pacto es un pacto aunque no esté escrito en ningún papel.
Damián no lo entendió del todo entonces. Ahora, con el fondo esperando su firma, empieza a entenderlo.
— Eladio — dice, y no encuentra la manera—. Tengo que contarte una cosa.
El viejo no dice nada. Se ha quedado quieto, con la navaja cerrada ya en el puño, mirándole con esos ojos claros y acuosos de los hombres muy mayores.
— El banco aprieta. Aprieta fuerte. — Damián traga—. Ha venido esta tarde el del fondo, otra vez. Quieren el Majuelo. Solo el Majuelo, de momento. Dicen que con lo que pagan por él salvamos el resto, la bodega, la marca, los puestos. Todo.
— El Majuelo — repite Eladio, muy bajo.
— Yo no lo voy a vender.
Lo dice y en cuanto lo dice sabe que es verdad, aunque hace media hora no lo tuviera tan claro. Lo mira al viejo a la cara y lo repite.
— No lo voy a vender, Eladio. Este majuelo no.
Le prometí a mi padre... — Se calla. Empieza otra vez—.
Voy a redactar esta noche un correo al fondo.
Les saco el Majuelo de la operación. Que compren otra cosa o que no compren.
Buscaré el dinero por otro lado, hablaré con mi hermano, refinanciaré, venderé mi coche si hace falta.
Pero de aquí no se arranca una cepa. Te lo juro por lo que quieras.
El viejo lo mira un rato largo. La luz se le pone naranja en la cara. Luego baja los ojos hacia la cruz de hierro, y de ahí a sus propias botas llenas de la tierra roja del majuelo, y asiente una vez, despacio.
— Eres buen chico, Damián. — La voz le sale rasposa—. Siempre lo fuiste. No como... — Se calla también él, y no termina—. Anda, baja, que se te enfría la cena. Sonia estará esperando.
— ¿Tú no bajas.
— Ahora. Me quedo un poco más. — Eladio vuelve a mirar las cepas, todas, una detrás de otra, con una lentitud que a Damián le parece de rezo—. Es buena hora esta. Se está bien.
———
Damián baja la senda con la última luz, y por el camino ya va redactando el correo en la cabeza.
Estimado Ignacio, tras valorarlo con la familia, hemos decidido retirar la parcela conocida como Majuelo Vello del ámbito de la operación.
Sí. Así, seco. Sin dar explicaciones que no tienen por qué entender.
Entra en la bodega por la nave nueva, saluda de lejos a los últimos temporeros que recogen, y sube al despachito de la enotienda. Enciende el portátil otra vez. Escribe el correo entero, lo relee, le quita una frase de más, lo deja fino. Pone el cursor sobre el botón de enviar.
Y no lo envía.
Se echa atrás en la silla. No por dudas sobre el Majuelo; eso lo tiene claro.
Es por Nando. Si manda ese correo esta noche, mañana su hermano se entera por el fondo y no por él, y bastante mal están ya los dos con el asunto de las cuentas.
Además hay que hablarlo bien. Hay firmas, hay poderes, hay un lío en la negociación que Damián todavía no acaba de entender y que le da mala espina desde hace semanas.
Mejor sentarse con Nando, cara a cara, y decírselo mirándolo a los ojos: el Majuelo no.
Y de paso, aclarar de una vez lo de las firmas.
Guarda el correo en borradores.
— El lunes — dice en voz alta, a la pantalla, a la bodega vacía—. El lunes lo hablo con Nando y lo mando.
Apaga la luz del despacho. Abajo, la uva del día ya está encubada, trabajando en los depósitos, y el detector de gas del siete parpadea en verde en la penumbra, encendido, como todas las noches.
Damián baja, comprueba de pasada las temperaturas en el panel, se despide del último que queda y se va a casa a cenar con Sonia y con Sabela.
Le quedan dos días y unas horas.