Depósito Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

— Nunca solo. — El chaval lo dijo como quien recita algo aprendido a fuerza de sustos—. Nunca bajar solo, medir antes, ventilar, y alguien fuera vigilando con una cuerda. Es lo primero que te enseñan en una bodega. — Miró el cuerpo—. Este hombre lo sabía mejor que yo, seguro. Por eso no me cuadra.

Eider no contestó. Se levantó y rodeó despacio la base del depósito siete.

Escalerilla de acero por fuera, una boca superior para el sombrero de hollejos, una portezuela inferior de descube abierta de par en par.

En el suelo, junto a la portezuela, había un pequeño aparato de plástico gris con una rejilla, del tamaño de un paquete de tabaco, sujeto por una pinza a un soporte de la pared.

Un piloto que debería estar en verde, apagado.

— Cardeñosa.

El subinspector se acercó con el móvil ya en la mano, haciendo fotos antes de que ella dijera nada, que para eso llevaban juntos desde el diecinueve.

— Es un detector de CO2 — dijo Reguera desde la puerta, que los había seguido—.

De los buenos. Lo tenía puesto ahí abajo, fijo.

El capataz me ha dicho que el señor Damián era un maniático con eso.

Que después de un susto que tuvieron hace unos años, no dejaba bajar a nadie solo a un depósito, y menos sin el aparato encendido.

— ¿Y estaba encendido.

Reguera negó despacio.

— Está apagado. — Tragó—. Le hemos dado y no arranca.

Eider se agachó de nuevo. No lo tocó; señaló con el bolígrafo la tapa de la pila, en la parte de atrás, encajada pero no del todo, una esquina levantada un milímetro.

— Cardeñosa, foto de esto de cerca. Y que no lo toque nadie hasta la ITPO. — Se enderezó y miró al bombero—. ¿Vosotros habéis abierto esta tapa.

— No, señora. Nosotros al aparato ni lo tocamos. Bastante teníamos con el hombre.

Se quedó mirando el detector apagado, el piloto muerto, la portezuela abierta, el cuerpo del hombre que según todos no bajaba nunca solo ni sin la alarma puesta y estaba allí, solo, con la alarma apagada.

Por la puerta de la nave entraba una franja de sol de media mañana, y en ella flotaba el polvillo dulce de la vendimia, girando sin prisa.

— Reguera — dijo sin apartar la vista—. Esto no lo cerramos hoy.

———

Salió a la era a respirar. La mañana ya calentaba, con esa luz de septiembre que en el Bierzo tiene todavía algo de verano robado, y el olor a mosto lo cubría todo, dulce y pisado, mezclado con el gasoil de los tractores parados.

La cuadrilla de temporeros seguía junto al remolque, sin saber qué hacer con las manos, mirando de reojo la cinta de balizamiento.

Nadie descargaba. Y la uva, ajena, seguía trabajando en las cajas al sol, soltando su jugo por las junturas, empezando a fermentar donde no debía.

— Reguera. Póngame cara a cada uno. — Eider fue señalando con la barbilla—. La familia, la cuadrilla, el que manda a la cuadrilla, el que abre y cierra la bodega. Todo el que haya pisado esto en las últimas cuarenta y ocho horas.

— La viuda no está. Sonia Yebra. Pasó la noche en el hospital de Ponferrada con la hija, que la operaron de urgencia de apendicitis.

— Reguera lo dijo sin darle importancia, como un dato más—.

El hermano, Fernando, viene de camino. La madre es esa.

— Miró hacia el poyo—. Y el capataz, el que encontró el cuerpo, ese de la boina.

— Empecemos por la madre, que ya viene ella.

El forense de guardia bajaba de su coche con el maletín, y la anciana del poyo se había levantado y venía hacia ellos con la mujer joven detrás, intentando sujetarla por el brazo sin conseguirlo.

Era menuda, seca, con un pañuelo apretado en el puño, y tenía los ojos de quien ha llorado ya todo lo que se puede llorar de golpe y está entrando en la otra fase, la larga.

— ¿Es usted la que manda. — La voz le salió firme, con acento cerrado de la tierra.

— Inspectora Aristegui, señora. Le acompaño en el sentimiento.

— Digna Balboa. Soy la madre. — Miró hacia la nave—. Mi hijo no bajó solo a ese depósito. Se lo digo yo. Damián no bajaba solo ni harto de vino. Que se lo pregunten a Eladio.

— ¿Eladio.

— El capataz. Eladio Sorribas. — La anciana señaló con la barbilla hacia el fondo de la era, donde un hombre mayor, enjuto, con boina y una chaqueta de pana gastada, esperaba de pie junto a una furgoneta vieja, con las manos cruzadas por delante y la mirada baja—.

Fue el que lo encontró, el pobre. Lleva aquí desde antes que naciera mi hijo.

— Se le quebró algo—. Pregúntele a él. Él le dirá que Damián era el más cuidadoso del mundo con esto. El más cuidadoso.

La mujer joven consiguió por fin agarrarla y llevársela despacio hacia la casa. Eider las siguió con la vista un momento y luego miró al viejo de la boina, que levantó los ojos, se los sostuvo un segundo con una pena limpia y sin fondo, y volvió a bajarlos hacia sus botas.

— Cardeñosa — dijo en voz baja—. Apunta un nombre. Eladio Sorribas, el capataz. El primero que hay que sentar a hablar.

Cardeñosa lo apuntó. Detrás de ellos, dentro de la nave, la uva seguía fermentando en las tinas, ajena, empujando su sombrero de hollejos hacia arriba, soltando en el aire cerrado ese gas invisible que a un hombre lo mata en tres minutos si no sube a tiempo.

Y en el suelo, junto al depósito siete, el detector que debía avisar seguía apagado, con la pila medio suelta y a nadie le cuadraba.