Depósito
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Capítulo 1
El teléfono sonó cuando Eider Aristegui llevaba doce minutos en la escalera de incendios, fumándose el primero del día con la espalda contra el ladrón de calor de la caldera. Miró la pantalla, el número de la centralita, y dio una última calada antes de tirar el cigarro por la rejilla.
— Aristegui.
— Buenos días, inspectora. Le paso con el inspector jefe.
Albadalejo tardó lo suyo en ponerse, que era su forma de estar.
Cuando habló lo hizo despacio, arrastrando el murciano por debajo de las palabras, y Eider entendió que había pasado algo antes incluso de que lo dijera, porque Paco Albadalejo a las ocho y veinte de un lunes solo llamaba en persona cuando la cosa venía torcida.
— Un muerto en una bodega, en el Bierzo.
Corullón, término municipal. Un hombre dentro de un depósito de fermentación.
La Local de Ponferrada ha ido, y los bomberos, y el forense de guardia.
Pero el subinspector de allí, un tal Reguera, dice que hay cosas que no le cuadran y prefiere que suba Homicidios antes de tocar nada.
— ¿Qué cosas.
— Eso quiero que me lo digas tú. Coge a tu gente y tira para allá. Alesanco ya lo sabe, y ya está de los nervios, así que hazme el favor de llegar antes que la prensa.
Colgó sin despedirse. Eider se quedó un segundo mirando la ciudad plomiza del otro lado de la barandilla, León despertando entre bruma, y luego bajó a por su equipo.
———
Salieron de la Comisaría Provincial a las ocho y cuarenta en dos coches.
Eider iba en el Mégane con Rubén Cardeñosa de copiloto, repasando en voz alta lo poco que tenían; detrás, en el Astra camuflado, Saray Quintanilla conducía y Folgueras dormitaba con la cabeza contra el cristal, recuperando el sueño que le hubieran quitado los niños ajenos del mundo.
La A-6 se abría hacia el oeste con esa luz limpia que el otoño trae a la meseta después de las primeras lluvias.
Pasado Astorga, la carretera empezó a subir y a torcerse, y el paisaje cambió de golpe: los montes se cerraron a ambos lados, aparecieron los primeros castaños, y el Bierzo se fue abriendo abajo como un cuenco verde y ocre atravesado por el brillo del Sil.
— Es bonito esto — dijo Cardeñosa, que era de Trobajo y había ido de romería al Bierzo media docena de veces sin fijarse nunca—. Da rabia venir a mirar un muerto.
— Siempre da rabia — dijo Eider.
Encendió el manos libres y llamó atrás, al Astra. Contestó Quintanilla, que conducía con una mano y con la otra ya estaba abriendo bases de datos en el móvil, porque a Saray no le hacía falta ni el ordenador para empezar a saber quién era el muerto.
— Damián Cándano Balboa — leyó la oficial—.
Cuarenta y seis, empadronado en Corullón.
Enólogo. Figura como administrador solidario de Bodega Cándano, sociedad limitada, junto a un hermano, Fernando.
Sin antecedentes. Sale en el periódico local un par de veces por premios de vino y por una cata solidaria.
Buena imagen. — Un silencio de scroll—. Casado, una hija.
Foto de un tío alto, delgado, con pinta de buena gente. Nada que llame la atención.
— Nada llama la atención hasta que se muere en un depósito — dijo Folgueras desde el asiento de atrás, medio dormido todavía—. ¿Alguien ha desayunado. Porque yo llevo un cortado desde las siete y me estoy comiendo el volante.
— Pararemos a la vuelta, Iván.
— Eso decís siempre y a la vuelta hay que declarar.
Eider colgó, medio sonriendo. Era la conversación de siempre, el ruido que hacía el equipo para no pensar todavía en el muerto que les esperaba, y a ella le gustaba dejarlos.
Fumó con la ventanilla bajada un dedo, mirando el valle abrirse.
Le había sonado el móvil a las siete y media, antes que Albadalejo, con el número de la residencia de Iturrama; no lo había cogido, y ahora, con el Bierzo entrando por los ojos, se le vino a la cabeza su madre, Carmen, y esa manera nueva que tenía de llamar a horas raras para preguntar cosas que ya no recordaba haber preguntado.
Lo apartó. Ya llamaría luego. Siempre había un luego, hasta que un día no lo hubiera.
Estaban en plena vendimia. Se notaba en la carretera comarcal que tomaron pasado Ponferrada: tractores con remolques cargados de cajas, alguna furgoneta con la caja abierta y las manos de una cuadrilla asomando, el olor dulzón y pisado que entraba por la rejilla de ventilación en cuanto bajaban de los cien.
Corullón trepaba por una ladera, con su iglesia arriba y las viñas cosidas alrededor en bancales que subían hasta donde el monte se hacía monte de verdad.
La Bodega Cándano quedaba a las afueras, en un paraje al que se llegaba por una pista de tierra entre majuelos.
Eider la vio antes de llegar: dos naves, una vieja de mampostería y teja, otra nueva de chapa y hormigón, la casa familiar a un lado, y ya el desorden inconfundible de una muerte reciente.
Un camión de bomberos. Dos coches patrulla de la Local.
La ambulancia con las puertas abiertas y sin prisa, que es la peor de las prisas.
Aparcó a distancia, para no pisar accesos, y bajó estirándose la cazadora.
El aire olía a mosto y a gasoil y, por debajo, a la tierra mojada del monte.
Una mujer mayor lloraba sentada en el poyo de la casa, sostenida por otra más joven.
Un grupo de temporeros esperaba de pie junto a un remolque lleno de uva que ya nadie iba a descargar, y la uva, ajena, seguía soltando su jugo por las junturas de las cajas.
Un hombre de unos cuarenta y tantos, chaleco reflectante sobre camisa de paisano, se acercó con la mano tendida.
— ¿Inspectora Aristegui. Aníbal Reguera, subinspector, Comisaría Local. — Le dio la mano con firmeza medida—. Gracias por subir. Ya sé que os hago madrugar por una muerte que a lo mejor es lo que parece.
— ¿Y qué parece.
— Un accidente. — Reguera se giró hacia la nave nueva—.
El fallecido es Damián Cándano, cuarenta y seis, el enólogo, el que lleva la bodega.
Lo ha encontrado esta mañana el capataz, sobre las siete menos veinte, dentro del depósito siete.
Asfixia por el gas de la fermentación, dióxido de carbono, lo típico.
Cada dos por tres hay un susto de estos en vendimia, gente que baja a limpiar un depósito y no sale.
— Hizo una pausa—. Solo que este no cuadra, y por eso he preferido no cerrarlo yo.
Eider esperó. Había aprendido hacía mucho que la mejor forma de sacarle a alguien lo que sabe es callarse.
— Cuadra que se muriera de gas — siguió Reguera—.
No cuadra el gas. — Se pasó la mano por la nuca—.
Los bomberos midieron antes de meterse. El siete tenía CO2, sí, pero no una barbaridad; con el ventilador de la nave y estando el depósito medio abierto, la concentración de ahí abajo no era...
en fin, no era como para tumbar a un hombre en pie de un enólogo que sabe de esto. Y aun así, ahí estaba.
— ¿Han movido el cuerpo.
— Lo acaban de sacar. No he dejado que se lo lleven. Está ahí, en los EPIs, esperando al forense de guardia, que ya viene de vuelta de Ponferrada. Pensé que querría verlo en el sitio.
— Bien pensado.
Reguera pareció aflojar un milímetro los hombros. Recelo de comarca, pensó Eider; el subinspector local que teme que el grupo de la capital le pise el atestado y le trate de pueblerino. Habría que trabajar eso. Pero había tenido el instinto de no cerrar, y eso valía más que las formas.
— Quintanilla, Folgueras — dijo Eider por encima del hombro—. Perímetro y quién es quién. Que nadie se mueva de aquí hasta que hablemos con todos. Cardeñosa, conmigo.
———
La nave nueva estaba en penumbra fresca, con esa temperatura constante que buscan las bodegas modernas, y olía intensamente a fermentación, a pan y a fruta pasada, un olor grueso que se metía en la garganta.
En dos hileras se levantaban los depósitos de acero inoxidable, altos como camiones puestos de pie, numerados con placas negras.
Del siete salía todavía el murmullo bajo de la uva trabajando dentro de las tinas de al lado, un burbujeo continuo, la bodega respirando por su cuenta.
Damián Cándano estaba tendido en el suelo de resina, sobre una lona, con el EPI blanco de un bombero medio echado por encima, el gesto de alguien que había querido taparlo y no se había atrevido a hacerlo del todo.
Era alto y flaco, de manos grandes, y tenía las uñas y los nudillos manchados del morado del mosto.
Cuarenta y seis años. La cara ya no decía nada.
Eider se puso en cuclillas a un palmo, sin tocar. Miró la coloración, las manos, la postura en que lo habían dejado al sacarlo. Uno de los bomberos, joven, con el pelo aplastado por el casco, se acercó.
— Lo sacamos entre tres, con arnés. Estaba en el fondo, contra la pared del depósito, medio de lado.
— ¿Medía el gas cuando bajasteis.
— Sí, con el detector nuestro. Había, pero poco para lo que uno espera. — El chaval dudó—. La verdad, no sé cómo se quedó ahí abajo. Un tío que sabe. En cuanto notas el picor en los ojos, subes. Da tiempo.
— Explícame eso del gas — dijo Eider—. Como si no supiera nada. Que no sé nada.
El bombero se agachó a su lado y señaló la portezuela de descube del depósito, la boca inferior abierta.
— La uva fermenta y suelta dióxido de carbono, un montón, en cuanto arranca.
No huele, no pica al principio, no se ve.
Y pesa más que el aire, así que se queda abajo, en el fondo del depósito, en los fosos, en cualquier hueco a ras de suelo.
— Movió la mano a la altura de las rodillas, como quien enseña dónde llega el agua de una crecida—.
Tú entras a un depósito medio vacío a mirar algo, agachas la cabeza, y ahí abajo no hay oxígeno, hay gas.
Metes dos respiraciones y ya empiezas a atontarte.
A la tercera te fallan las piernas. Y al caer, caes justo a donde más gas hay, al fondo.
Por eso matan. No es que te ahoguen; es que te quedas sin sitio de donde sacar aire.
— ¿Y protocolo.