Depósito Capítulo 31
100%

Capítulo 31

Epílogo. Corullón / León. Puente del Pilar.

Ane llegó a León el viernes por la tarde, en el ALVIA de las seis, con una mochila enorme y el pelo pintado de un color nuevo que a Eider le costó no comentar y consiguió no comentar, que ya era madurez.

La abrazó en el andén más rato del que su hija habría permitido en público un año atrás.

Dieciséis años. Cuatro horas de distancia.

Y por primera vez, la iniciativa había sido suya: subo yo, ama, no hagas planes.

El sábado del Pilar amaneció con esa luz limpia y fría de octubre en la meseta.

Desayunaron tarde, discutieron sin ganas por quién había gastado el agua caliente, pasearon por la calle Ancha entre la gente que salía de la catedral.

Comieron un cocido en un sitio de la plaza que a Ane le pareció "de viejos" y del que rebañó el plato igual.

Por la tarde subieron al picadero de la Sobarriba, y Eider montó un rato mientras su hija le hacía vídeos para colgar y se reía de cómo le quedaba el casco.

Fue un fin de semana pequeño. De esos que no dan para nada y lo dan todo. Eider llevaba siete años aprendiendo que la vida con una hija a cuatro horas se construía con esos fines de semana pequeños, y no con los grandes planes que nunca cuadraban.

El sábado por la noche, después del picadero, llamaron juntas a la abuela.

Carmen no reconoció la voz de Ane al principio, la confundió con la de una prima que había muerto hacía años, y Ane, dieciséis años y toda la vida por delante, aguantó el tirón sin descomponerse, le siguió la corriente con una naturalidad que a Eider le apretó algo por dentro.

Cuando colgaron, la chica se quedó mirando el móvil.

— Me da pena que se le olviden las cosas — dijo.

— Ya. A mí también.

— Pero se ha acordado del picadero. Le he contado que montabas y ha dicho: como su padre, que montaba de joven. Y es verdad, el aitá montaba. ¿Cómo se acuerda de eso y no se acuerda de mi nombre?

Eider tardó en contestar. Esa semana tenía la respuesta más clara que nunca, pero no supo cómo dársela a una cría sin asustarla.

— Porque hay cosas que se guardan más hondo que un nombre — dijo al fin—. Y el aitá a caballo es de las hondas.

Hugo pasó el domingo por la mañana, un momento, a llevarle a Ane un libro que le había prometido semanas atrás de una conversación suelta, y se quedó a un café y se fue antes de comer, sin instalarse, sin nombre, intermitente, como habían pactado en la terraza fría de Villafranca.

Ane, que no era tonta, no preguntó nada y lo miró todo. Cuando Hugo se fue, dijo solo:

— Me cae bien.

— Ya — dijo Eider—. A mí también, a ratos.

Y no hablaron más, que era la manera que tenían las dos de decirse las cosas importantes.

———

El lunes, con Ane ya de vuelta en el tren a Pamplona, la llamó Reguera desde Ponferrada.

— No sé si querrás saberlo — dijo el subinspector—. O si preferirás no saberlo. Pero me ha parecido que te lo tenía que contar.

— Cuéntame.

— El banco ha iniciado la ejecución de la Bodega Cándano. La refinanciación se cayó del todo sin la venta, ya te lo imaginabas. Y el fondo, el Ébano ese, ha vuelto a asomar ahora que la cosa se ha calmado y no sale en la prensa todas las semanas. Van a quedarse con el majuelo. Con el Vello.

Eider se quedó callada, con el teléfono pegado a la oreja, mirando por la ventana de su piso de León los tejados grises de un lunes cualquiera.

— ¿Y qué van a hacer con él?

— Lo que querían desde el principio. Arrancar las cepas viejas y replantar en espaldera. Más producción, más fácil de trabajar, más rentable. — Reguera bajó la voz—. Empiezan este invierno, cuando caiga la hoja. Ya han metido las máquinas en la comarca.

— La cruz.

— Nadie garantiza la cruz, Eider. Sonia lo ha pedido por escrito. El fondo dice que "lo estudiará". Ya sabes lo que significa eso.

Sí lo sabía. Significaba una excavadora, una mañana de enero, y una cruz de hierro apartada a un lado del bancal, o no.

Colgó y se quedó un rato con la frente apoyada en el cristal frío.

Eladio había matado a un hombre para impedir exactamente aquello.

Y aquello iba a pasar de todas formas, solo que ahora con el majuelo en manos del banco, con Damián muerto, con el único Cándano capaz de pelearlo en un depósito y al viejo en la cárcel.

El crimen no había salvado las cepas ni por un año.

Las había empujado al arranque más deprisa.

Podría haberlo dejado ahí, colgar y no volver a pensarlo.

El caso estaba cerrado, el atestado firmado, y lo que pasara con una ladera y unas cepas viejas ya no era asunto de la Policía Nacional.

Pero Eider llevaba veintiún años sabiendo que los casos no se cierran cuando se cierra el atestado.

Se cierran años después, o no se cierran nunca.

Este iba a ser de los que no. Iba a acordarse de aquella ladera y de aquel viejo mucho después de que la excavadora hubiera pasado por encima.

———

De Eladio le llegó noticia por el chico del turno de oficio, que la llamó una tarde para una gestión del sumario y, ya de despedida, le contó una cosa que no venía a cuento y que ella agradeció.

— El viejo está tranquilo, dentro de lo que cabe — dijo el abogado—.

Lo tienen en el módulo de mayores, en Villahierro.

No da problemas. Sale al patio y se pasa las horas mirando un cuadro de tierra que hay al fondo, junto al muro, donde algún preso plantó unos tomates hace años y se secaron.

Dice el funcionario que el señor Sorribas ha pedido si le dejan sembrar algo ahí en primavera.

Unos sarmientos, dice. A ver si le dan permiso.

Eider dio las gracias y colgó. Se lo imaginó sin querer: el viejo en un patio de hormigón, mirando un cuadro de tierra muerta al pie de un muro, calculando dónde le daría el sol de la mañana, dónde plantaría el patrón, cómo haría el injerto.

Cuidando, en la cabeza, un majuelo que ya no iba a pisar nunca.

Subiendo cada mañana, con los ojos cerrados, una ladera del Bierzo que a esas horas, en la realidad, las máquinas empezaban a preparar para arrancar.

Días después, Sonia le mandó un mensaje al móvil. Sin texto casi. Solo una foto y tres palabras.

La foto era un dibujo. La bodega entera vista desde abajo, torcida y perfecta, con la nave, los depósitos, la ladera subiendo y, arriba del todo, una cruz pequeña dibujada con esmero, más grande de lo que era en la vida real.

El dibujo de Sabela. La niña lo había terminado, le había puesto colores, había firmado abajo con su letra de nueve años.

Debajo, Sonia había escrito: "No se lo diremos."

Eider guardó la foto. No hacía falta preguntar el qué.

No le dirían a la cría cómo apareció su padre.

No le dirían que el viejo Eladio, que le enseñó los nombres de las viñas, fue el que lo mató.

La niña seguiría dibujando la bodega y la crucecita más grande de lo que era, y preguntando cuándo volvía Eladio del viaje largo, y creciendo con un padre que murió faenando, de noche, peleando por sacar la casa adelante.

Eladio lo había conseguido. Lo único que de verdad se propuso aquella noche, más allá del majuelo, lo había conseguido. La niña conservaría el nombre limpio de su padre. A costa de todo lo demás.

———

El atestado estaba cerrado. Cada cual en su sitio: Eladio en Villahierro, Nando en los juzgados esperando su juicio por el dinero, Damián en el cementerio de Corullón bajo una losa nueva.

El procedimiento había colocado el dolor donde le tocaba, que era casi lo único que el procedimiento sabía hacer, y no era poco, pero era casi nada.

La niña sin padre, la vieja Digna sin poder odiar al hombre que se lo mató, las cepas condenadas al arranque: de eso no entendía ningún papel, ninguna diligencia, ninguna firma de jueza.

Eider pensó en su madre, en Iturrama, olvidando los nombres de las vecinas y viendo con toda claridad el cubo de esparto de hacía sesenta años.

Lo último que se te va es de quién te acuerdas.

Pensó en Eladio, que había cambiado la vida de un hombre y la suya propia por unas cepas, y que sin embargo no mató por la tierra. Mató por lo que la tierra guardaba.

En la ladera del Vello, sobre Corullón, la excavadora esperaba a que cayera la hoja.

En enero arrancaría las cepas viejas una a una, removería la tierra, la dejaría lisa y lista para el alambre y el plástico y la uva rentable.

Y en aquel suelo removido no iba a quedar nada de lo que un viejo viñador había enterrado allí durante treinta y dos años, salvo lo único que ninguna máquina sabe sacar de la tierra.