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Laia salió de Las Encinas poco después de las seis.
El sol empezaba a inclinarse sobre la hilera de cipreses que protegía el lateral del recinto y convertía la carretera de salida en una franja de luz rota.
Bruno se había quedado cerrando un último trámite con judicial.
Ella prefirió ir sola. No por cansancio exactamente, aunque lo había.
Más bien porque algunas investigaciones solo terminan de sedimentarse cuando una abandona físicamente el lugar donde han ocurrido y descubre qué se lleva adherido al cuerpo.
Condujo despacio durante varios minutos antes de encender la radio.
La apagó enseguida. Demasiadas voces, demasiado análisis inmediato, demasiado apetito de conclusión.
Aparcó en un arcén ancho desde el que se veía, a lo lejos, la línea blanca del muro perimetral entre árboles.
Desde allí, la urbanización parecía lo que había parecido siempre: una interrupción elegante del paisaje. Un sitio limpio. Con dinero. Protegido.
Laia dejó las manos sobre el volante y se quedó quieta.
Habían resuelto el caso. A efectos penales y narrativos, como habría dicho Bruno con ironía cansada, el caso estaba resuelto.
Sabían quién había citado a Alba, quién había discutido con ella, quién provocó la caída, quién llegó después, quién decidió no llamar a tiempo, quién movió, limpió, retrasó, ordenó y calló.
Sabían incluso algo más difícil de probar: que la muerte de Alba no había sido solo un accidente mal gestionado.
Había sido el resultado de demasiadas decisiones pequeñas tomadas en la misma dirección.
Y, sin embargo, había una forma de insuficiencia que no desaparecía.
No porque faltaran datos. Faltaba otra cosa.
Durante un instante, antes de que el teléfono vibrara, Laia pensó en el móvil viejo de Alba dentro de una bolsa de pruebas. Pensó en aquella chica saliendo de casa con un aparato malo, una pulsera de cuentas y la convicción ingenua de que bastaba con grabar la verdad para que la verdad ganara.
No bastaba.
Pero era un comienzo.
La ilusión de excepcionalidad.
Durante días, una parte de quienes declararon había repetido la misma necesidad: esto no podía haber pasado allí.
Como si el lugar fuera incompatible con el horror.
Como si los jardines, las cámaras, las fachadas caras y la educación de las cenas blindaran a la gente contra la cobardía.
Laia llevaba demasiado tiempo trabajando para creer en ese tipo de inmunidades, pero aun así había algo especialmente feroz en este caso.
Algo que quizá tenía que ver con la nitidez.
Con la forma en que el perímetro convertía el miedo en gestión y la gestión en costumbre.
Pensó en Alba. En la fotografía junto a la piscina.
En la habitación ordenada por manos ajenas.
En la nota con el nombre de Celia. En la frase de Jan: todavía podían haberla ayudado.
Pensó en Marta, sentada en la cocina después de firmar la declaración, con la espalda recta de quien ya no tiene nada que proteger salvo la memoria exacta de lo ocurrido.
Pensó en Gabriel, en la dignidad agrietada de Helena, en Oriol y su grisura funcional, en Dídac y la vieja impunidad heredada como si fuera un rasgo de carácter.
No eran monstruos en el sentido fácil.
Eso era lo peor.
Eran personas perfectamente capaces de vivir durante años entre cenas, hijos, vacaciones, reuniones de vecinos y pequeñas gentilezas, mientras sostenían dentro una idea del mundo donde algunas vidas podían cargarse de barro para que otras siguieran intactas.
El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto. Bruno.
—Dime.
—Te he enviado el cruce preliminar. El mismo apellido aparece en la asesoría externa de la urbanización de Madrid y en dos incidencias internas de un residencial de Sitges. En uno de los casos hubo una menor implicada hace cinco años. No salió nada.
Laia cerró los ojos un instante.
—Bien.
—No suena a bien.
—No lo es.
Bruno guardó silencio al otro lado.
—¿Dónde estás?
—A la salida.
—¿Vuelves ya?
Laia miró una vez más la línea blanca del muro a lo lejos.
—Enseguida.
—Vale. Y Laia…
—¿Sí?
—Has hecho lo que tocaba.
Ella no respondió de inmediato. Agradeció la frase y, al mismo tiempo, supo que no era exactamente verdad.
Había hecho lo que había podido. Lo que tocaba quizá habría empezado muchos años antes, la noche de Celia, o incluso antes, en cada ocasión en que alguien importante decidió que un problema dentro del recinto no debía convertirse en verdad fuera de él.
—Nos vemos en comisaría —dijo.
Colgó.
Abrió el mensaje de Bruno y volvió a leer el apellido. Después lo guardó sin reenviárselo a nadie. Aún no.
Arrancó de nuevo. Al incorporarse a la carretera principal, el muro de Las Encinas desapareció tras una curva.
La luz del atardecer se extendía sobre las naves industriales de un polígono cercano, los bloques de una urbanización vulgar, un descampado con coches mal aparcados.
Afuera, el mundo seguía siendo menos hermoso y más sincero.
Laia pensó que el peligro nunca había estado escondido detrás de aquel muro.
El peligro era el muro mismo.
No el de hormigón.
El otro.
La convicción íntima de que todo merece ser salvado menos la verdad cuando amenaza lo que hay dentro.