Dentro (El perímetro 1) Epílogo
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Epílogo

En la urbanización Las Encinas no había prensa aquella mañana.

El acceso principal estaba flanqueado por dos olivos antiguos y un cartel discreto de acero corten con el nombre del recinto grabado sin brillo.

A las siete y veintidós, el administrador abrió la oficina con su llave de siempre, encendió la luz del falso techo y dejó el maletín sobre la mesa sin quitarse la chaqueta.

No había dormido bien. No por el caso de Barcelona en sí.

Los periódicos estaban llenos de desgracias ajenas.

Lo que no lo había dejado dormir era un detalle mínimo aparecido al final de una pieza digital de madrugada: el nombre de una asesoría externa y la mención lateral a una incidencia de cámaras subcontratada años atrás.

Había nombres que, cuando salían impresos, cambiaban de peso.

Encendió el ordenador, esperó a que cargara el correo y abrió una carpeta local protegida con doble contraseña.

Tardó menos de un minuto en encontrar el archivo.

Informe técnico interno. Cuatro páginas.

Una fecha de hace cinco años. Un incidente nocturno clasificado como tentativa autolítica sin terceros.

Una mujer de veintiséis años. Una intervención de mantenimiento no reflejada en el parte oficial hasta dos días después.

Se quedó inmóvil, con el cursor temblando apenas sobre el icono.

Luego cogió el teléfono fijo y marcó un número memorizado.

La voz al otro lado tardó en responder.

—Sí.

—Ha salido un nombre —dijo él.

Silencio.

—¿Cuál?

El administrador lo dijo.

Hubo una pausa muy breve. No de sorpresa. De cálculo.

—¿Han llegado hasta el expediente de aquí?

—Todavía no.

—Todavía.

El hombre de la oficina miró la pantalla encendida, la carpeta abierta, la fecha al pie del informe.

—¿Qué hago?

La respuesta llegó sin vacilar.

—Retira la copia física. Deja el acceso lateral como estaba antes de que alguien empezara a mirar. Y no vuelvas a llamar desde ese número.

El administrador tragó saliva.

—Entendido.

Iba a colgar cuando la voz volvió a hablar.

—Y escucha.

—Sí.

—Entonces ya han entrado.

La línea se cortó.

Durante unos segundos, el zumbido del ordenador fue el único sonido de la oficina. Después, muy despacio, el administrador abrió el cajón inferior del archivador metálico y sacó una carpeta gris sin rotular.

Afuera, detrás de la cristalera, el recinto seguía impecable.

Ni un solo periódico en las puertas.

Ni un solo grito.

Ni una sola señal, a simple vista, de que algo pudiera pudrirse también allí dentro.