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Las Encinas amaneció al día siguiente con las persianas medio bajadas y los jardines demasiado verdes.
La prensa había llegado antes de las nueve.
No en tromba, pero sí con esa insistencia paciente que termina pareciendo una segunda urbanización instalada en la entrada principal: dos cámaras, un par de coches, un fotógrafo, gente esperando dentro de sus vehículos con el móvil en la mano.
La barrera subía y bajaba con una frecuencia tensa.
Los residentes evitaban mirarse más de lo necesario al cruzarse a pie.
Alguna madre recogía a su hijo del colegio improvisando una sonrisa que no convencía ni al niño.
En el club social habían retirado las sombrillas de la terraza, aunque el tiempo seguía siendo bueno.
Laia recorrió el vial principal despacio, con Bruno a su lado y el teléfono vibrándole cada pocos minutos en el bolsillo. La noticia ya estaba fuera. No toda. Nunca sale todo de una vez. Pero lo suficiente.
—No parece un lugar donde acaben de detener a media estructura moral del recinto —dijo Bruno.
Laia miró una casa de fachada blanca con las cortinas del salón totalmente corridas.
—Precisamente por eso.
Pasaron junto a una jardinera recién podada. El olor de la tierra húmeda le recordó, de manera absurda, la zona perimetral donde habían encontrado los últimos rastros de Alba. El recinto seguía empeñado en parecer un lugar habitable, como si la estética pudiera absorber la verdad.
A media calle, una mujer mayor, a la que Laia recordaba de uno de los interrogatorios corales, salió a por el correo con gafas de sol y una bolsa de tela vacía.
Al verlos, vaciló apenas. Luego siguió andando hasta el buzón con una lentitud teatral que no escondía nada más que miedo.
Más adelante, dos adolescentes cruzaron la acera sin saludar.
Uno llevaba la capucha puesta a pesar del calor. El otro no soltaba el móvil.
—Van a tardar poco en reordenarse —dijo Bruno.
—Ya lo están haciendo.
La policía judicial seguía entrando y saliendo de la casa de los Giner.
En la de Helena, una asistenta recogía cosas del porche sin levantar la cabeza.
Frente al despacho de administración, la persiana estaba a medio bajar.
Oriol había dejado de ser el hombre invisible del recinto para convertirse en el nombre que todos conocían de golpe.
Bruno le tendió un café en vaso de cartón que acababa de coger del coche.
—No has dormido nada.
—Tú tampoco.
Él sonrió sin humor.
—Yo tengo mejor cara.
Laia bebió un sorbo. Estaba demasiado caliente.
—Marta ha firmado ya la ampliación de declaración —dijo Bruno—. Y Dídac ha pedido abogado nuevo.
—Normal.
—Jan no deja de preguntar si va a ir a ver a la madre.
Laia alzó la vista hacia la casa de los Serra. La ventana del cuarto de Jan estaba abierta.
—Dile que no hoy.
Siguieron caminando en silencio unos metros más. En aquel barrio, el silencio nunca era silencio del todo. Había motores suaves, una llave de paso, un perro al fondo, pasos amortiguados por grava fina. Todo sonaba controlado, como si incluso el ruido tuviera normas.
—He estado revisando lo de la empresa de mantenimiento —dijo Bruno al fin—. La que intervino en la cámara lateral hace ocho años y volvió a salir en la incidencia de este mes.
Laia giró apenas la cabeza.
—¿Y?
—Tiene una filial pequeña, casi dormida, dedicada a residenciales de alto nivel. Pocas actuaciones, pero muy concentradas. Dos urbanizaciones en el Vallès, una en la costa y un complejo en Madrid. En una de ellas hubo hace cuatro años un suicidio raro que acabó en nada.
Laia se detuvo. Delante tenían la glorieta central del recinto, con una fuente baja que seguía funcionando como si el agua ignorara completamente el lenguaje humano.
—¿Suicidio raro?
—Mujer joven. Sin ruido mediático. Versión cerrada rápido. Poca prensa. Ningún imputado.
Bruno la miró de reojo.
—¿Te suena?
Laia no respondió enseguida.
Un hombre con ropa de deporte pasó trotando por el lateral y redujo ligeramente la velocidad al verlos. No saludó. Siguió adelante con la mandíbula apretada, como si correr fuera todavía una forma de parecer ajeno.
—No me interesa solo la empresa —dijo ella—. Quiero el nombre del asesor jurídico que aparece en el expediente de Celia, el de la incidencia del recinto y el de esa urbanización de Madrid. Y quiero saber si Helena conocía a alguien allí.
Bruno sacó el móvil.
—Ya lo estoy tirando.
Laia volvió a ponerse en marcha. Frente a la piscina, vacía a esa hora, vio la figura de Berta Llovet fumando detrás de unas adelfas, escondida de nadie y de todos a la vez. Al notar su mirada, Berta apagó el cigarro con torpeza.
—Inspectora —dijo, acercándose dos pasos—. Yo no quise…
Laia levantó una mano. No para callarla, sino para evitarle la humillación de una frase inútil.
—Ya.
Berta tragó saliva.
—Aquí dentro nos acostumbramos a creer que lo peor siempre pasa fuera.
—Y cuando pasa dentro —dijo Laia—, alguien se encarga de que parezca un accidente de perspectiva.
La mujer bajó la cabeza. Tenía la cara devastada por una culpa menor, quizá más soportable que la de los otros precisamente porque llegaba tarde y no pretendía justificarse.
Laia siguió andando.
Al llegar de nuevo a la entrada principal, uno de los cámaras levantó el brazo y preguntó algo que el vigilante no respondió.
La barrera quedó bajada. Afuera, el mundo esperaba.
Dentro, el recinto empezaba ya a inventar una nueva versión de sí mismo: la de comunidad golpeada, traicionada por unos pocos, víctima también de lo ocurrido.
Esa versión circularía rápido. Tal vez incluso funcionaría para muchos.
Bruno guardó el móvil.
—Te he reenviado un nombre.
Laia lo abrió en pantalla.
Era una firma. Un apellido que no le sonaba de nada y, sin embargo, tenía la violencia fría de lo que vuelve.
Lo leyó dos veces.
Después levantó la vista hacia la urbanización extendida a ambos lados, quieta, blanca, disciplinada, tan parecida a sí misma que daba rabia.
El perímetro no había caído.
Solo había mudado de piel.