38
La primera vez que Marta llevó a Alba a la urbanización, la niña tenía siete años y unas sandalias de plástico azul que se le escapaban de los pies cada dos por tres.
Aquella tarde Alba había llenado la casa antes de que llegaran los muebles.
Había corrido por el pasillo vacío de la casa nueva mientras dos operarios subían cajas al piso de arriba y había gritado desde el jardín que allí por fin se oían los pájaros.
Marta recordó aquella escena sin querer, apoyada ahora contra el marco de la puerta del antiguo cuarto de su hija.
Cuando Gabriel propuso, días antes, hacer algo discreto en el club social cuando todo pasara, Marta no contestó. Ni siquiera discutió. Lo miró como se mira una frase dicha en un idioma que una ya ha decidido no volver a aprender.
Alba no tendría ningún acto allí.
No bajo aquellas pérgolas. No junto a aquella piscina. No en el mismo lugar donde todos habían aprendido a confundir el silencio con la educación.
Si alguien quería despedirse de su hija, tendría que salir.
No había entrado desde que la policía se llevó el último ordenador y devolvió lo demás a su sitio con una corrección insoportable.
La cama seguía hecha. Habían quitado la taza con bolígrafos del escritorio, pero permanecía el halo más claro que había dejado sobre la madera.
Un jersey descansaba en el respaldo de la silla.
En la estantería, entre dos novelas que Alba decía haber abandonado por aburridas, seguía doblada la entrada de un concierto al que finalmente no fue porque aquella noche se pelearon por una tontería que ya nadie sería capaz de reconstruir con justicia.
Marta cruzó la habitación muy despacio. No lloraba. El llanto había quedado atrás, en otra fase del dolor, menos nítida y más animal. Lo que tenía ahora era una forma de atención extrema, como si cualquier objeto pudiera devolvérsela no viva, pero sí entera durante unos segundos.
Se sentó en la cama.
Habían hablado de Alba durante días como si fuera una ausencia a explicar: la desaparecida, la víctima, la chica, el cuerpo, la menor.
Habían ordenado su último trayecto, sus mensajes, sus dudas, la textura de su miedo.
Laia lo había hecho con una delicadeza que Marta no olvidaría.
Incluso así, había algo ofensivo en el modo en que una vida queda convertida, de pronto, en una sucesión de datos útiles.
Alba no era útil.
Alba llegaba a la cocina descalza y abría la nevera como si la casa fuera un territorio que todavía hubiera que conquistar.
Era capaz de pasarse media hora discutiendo por el uso de una palabra y luego abrazarse a su madre por detrás sin pedir permiso.
Fingía indiferencia cada vez que algo la hería y se quedaba en la puerta cuando quería hablar de verdad, como si no supiera ya cómo entrar del todo en una conversación sin parecer vulnerable.
Tenía la mala costumbre de dejar vasos a medio beber por toda la casa.
Se ponía música demasiado alta cuando estaba sola.
Se mordía el interior de la mejilla al estudiar. Y observaba.
Observaba muchísimo.
Marta pensó que quizá ahí había empezado todo.
En esa forma de mirar que no era exactamente curiosidad ni rebeldía, sino una negativa temprana a aceptar ciertas versiones tranquilizadoras.
Alba veía los gestos de los adultos, los silencios en la mesa, los nombres que cortaban una conversación, las sonrisas que llegaban tarde, el modo en que algunas madres del recinto se tensaban cuando aparecía Helena y el modo en que algunos hombres bajaban la voz cuando Oriol pasaba cerca.
Había crecido dentro de Las Encinas, sí, pero nunca terminó de entregarse a sus reglas.
Marta abrió el cajón de la mesilla y encontró una goma del pelo, un brillo de labios seco y una fotografía impresa en papel doméstico.
Salía Alba de perfil, sentada junto a la piscina del club, el verano anterior, con las rodillas recogidas y una toalla en los hombros.
No sonreía. Miraba a alguien fuera del encuadre con esa expresión suya de inteligencia impaciente, como si estuviera a punto de desmontar una broma que no le hacía gracia.
La fotografía tembló apenas entre los dedos de Marta.
—Llegaste antes que todos —murmuró, aunque no sabía bien a qué se refería.
Tal vez a eso. A la mirada. A la comprensión. A la violencia moral de no adaptarse del todo.
Se inclinó y apoyó la frente en el borde de la cama.
El olor de la habitación se había ido, pero aún quedaba algo que asociaba a Alba: una mezcla pequeña de crema corporal, papel, tela limpia y adolescencia.
Una fragilidad que no se parecía a la inocencia, sino al momento exacto en que una persona todavía no ha aprendido a pactar con lo que la rodea.
Laia había dicho esa mañana, antes de marcharse, que Alba había sido la primera en entender la continuidad entre Celia y lo que estaba ocurriendo ahora. Marta no respondió entonces. Lo entendió allí, sentada a solas, con la fotografía en la mano.
No era solo que Alba hubiera encontrado una prueba.
Ni siquiera que hubiera unido nombres. Era algo más difícil de soportar: su hija había comprendido el funcionamiento moral del lugar en el que vivía.
Había visto que la muerte de Celia no pertenecía del todo al pasado, porque la lógica que la había enterrado seguía viva, aceitada, esperando otro momento de miedo para activarse de nuevo.
Y aun así fue.
Fue porque pensó que decirlo cambiaría algo. Porque todavía estaba en esa edad en que uno cree que nombrar una verdad puede alterar el comportamiento de los demás. Porque no sabía hasta qué punto hay adultos que prefieren la ruina íntima de sus hijos a la ruina pública de sus casas.
Marta dejó la foto sobre la colcha y se secó la cara con las manos, aunque apenas había lágrimas.
—Perdóname —dijo.
No por no haberla protegido aquella noche.
Había una culpa demasiado inmensa y demasiado concreta para nombrarla así.
Le pedía perdón por todas las veces anteriores.
Por haber confundido bienestar con paz. Por haberle enseñado, sin querer, a vivir entre cosas hermosas que exigían demasiado silencio.
Por no haber entendido que la incomodidad de Alba era ya una forma de lucidez.
Se levantó y abrió del todo las cortinas.
La luz de la tarde entró en la habitación sin cuidado, franca, revelando el polvo mínimo sobre la estantería, la sombra rectangular del portátil ausente, las marcas leves en la pared donde durante años habían colgado un mapa del mundo y una lista de películas pendientes.
Nada extraordinario. La prueba vulgar de que una vida está hecha casi siempre de detalles pequeños y repetidos.
Y de que por eso mismo duele tanto cuando alguien la reduce a una noche.
Marta volvió a mirar la fotografía.
Alba seguía allí, detenida en papel barato, con esa expresión medio seria, medio desafiante, como si ya supiera que alrededor suyo los mayores estaban construyendo una versión del mundo demasiado estrecha para ella.
Marta pensó que su hija no había muerto solo por lo que pasó junto al módulo técnico.
Había muerto también por negarse a aprender la lección principal del recinto.
Calla. Mira a otro lado. Protege a los tuyos. Deja que el barro se hunda solo.
Alba no supo hacerlo.
En la mesa de noche seguía la nota que Jan había dejado esa mañana, doblada en cuatro, sin sobre. Marta no la había abierto aún. No sabía si algún día querría hacerlo. Solo había leído la primera línea, porque era imposible no verla.
«No sé pedir perdón por haber mirado.»
Marta la dejó donde estaba. No por piedad. Todavía no tenía piedad para nadie. Pero entendió que Alba, incluso muerta, había empezado a obligarlos a todos a hablar en un idioma que allí dentro nadie dominaba.
Y, por primera vez desde que todo se había roto, Marta sintió una forma de orgullo que no aliviaba nada, pero al menos devolvía a su hija algo que nadie podría tocar ya.
No la valentía vistosa de los titulares.
Otra cosa.
La decencia.