Dentro (El perímetro 1) 37
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Helena Aldasoro pidió un vaso de agua y no lo tocó.

La sala donde la habían dejado a la espera de una nueva declaración era demasiado blanca, demasiado funcional, como si la neutralidad pudiera inocularle al lugar una especie de inocencia administrativa.

Laia la observó desde el otro lado de la mesa sin abrir aún la carpeta.

No tenía prisa. Con Helena, la prisa era una concesión.

Esa mujer llevaba años ganando terreno gracias a su capacidad para colocar a los demás en el ritmo que más la favorecía.

Helena tenía el pelo perfectamente sujeto. El maquillaje, mínimo. La espalda recta. Ni un gesto superfluo. Solo las manos, apoyadas una sobre otra, dejaban ver un cansancio más viejo que la noche anterior.

—No voy a dramatizar —dijo ella antes de que Laia hablara—. Sé en qué posición estoy.

—Bien —contestó Laia.

Helena sostuvo la mirada.

—Lo cual no significa que vaya a aceptar cualquier relato por la necesidad de que esto termine rápido.

Laia abrió la carpeta.

—Esto no va de rapidez. Va de costumbre.

Helena entrecerró muy levemente los ojos.

—¿Costumbre?

—La suya. La del recinto. La manera en que convierten un conflicto en un asunto de orden interno. La forma de recortar una verdad hasta volverla habitable.

—Eso es una interpretación.

—No. Es una práctica.

Helena se recostó apenas en la silla. No a la defensiva; a la distancia exacta desde la que podía seguir pareciendo una mujer razonable.

—Usted cree que presido una comunidad como quien dirige una conspiración.

—No. Creo algo peor. Creo que usted dejó de distinguir hace tiempo entre proteger a la gente y proteger la estructura que les permite vivir sin hacerse demasiadas preguntas.

Durante unos segundos, Helena no respondió. Luego miró el vaso de agua como si acabara de recordar que estaba allí.

—La gente siempre se hace preguntas, inspectora. Lo que ocurre es que no todas las preguntas mejoran una vida.

—¿Tampoco la de por qué dejaron morir a Alba?

La frase cayó seca. Helena parpadeó una sola vez.

—No estuve allí cuando cayó.

—Pero sí estuvo después.

Helena cruzó las manos.

—Llegué porque Oriol me llamó. Dijo que había habido un problema. No me explicó más.

—¿Y cuando vio a la chica en el suelo?

Helena tardó un instante en contestar. Muy leve. Casi imperceptible.

—Entendí que todo se había roto.

Laia apoyó los codos en la mesa.

—No. Usted entendió algo más concreto. Entendió qué piezas había que mover.

La comisura izquierda de la boca de Helena se tensó, apenas.

—He vivido lo suficiente para saber que, cuando ocurre una desgracia, el caos empeora todo.

—¿Una desgracia?

—No tergiverse mis palabras.

—Son sus palabras las que se tergiversan solas, Helena. Una chica de quince años cae, sigue respirando unos minutos, hay adultos alrededor y en vez de llamar a emergencias se empieza a pensar en consecuencias. Eso no es una desgracia. Eso es una jerarquía moral.

Helena guardó silencio. Desde la ventana alta de la sala llegaba una luz de mediodía indiferente, casi ofensiva.

—No conocía bien a Alba —dijo al fin—, pero sí conocía el recinto. Y sabía lo que iba a ocurrir si todo aquello estallaba de determinada manera.

—Explíquese.

Helena alzó los ojos hacia ella con una calma que en otra persona habría parecido valentía.

—Usted no ha vivido allí. No sabe lo que pasa cuando una comunidad se quiebra por dentro.

Los hijos quedan marcados para siempre. Las familias se arruinan moralmente mucho antes que judicialmente.

Las versiones se degradan. La prensa inventa lo que no sabe.

Los que no tuvieron nada que ver pagan durante años por haber estado cerca. Todo se pudre.

Laia la dejó hablar. Era justo ahí donde quería verla.

—Y usted decidió administrar esa podredumbre.

—Decidí que, si aún quedaba algún margen para evitar una devastación completa, había que explorarlo.

—Aunque esa devastación se construyera sobre Alba.

Helena apretó por fin el vaso con la punta de los dedos.

—No utilice ese tono conmigo.

—No es un tono. Es una constatación.

Se hizo un silencio breve y exacto. Helena desvió la mirada hacia la pared, no para huir, sino para ordenar algo dentro de sí. Cuando volvió a mirar a Laia, la distancia había desaparecido. Quedaba cansancio. Y una especie de sinceridad fría.

—Usted quiere que le diga que soy una monstruo —dijo—.

Le decepcionaré. No lo soy. Nunca he disfrutado del dolor ajeno.

Nunca he querido que nadie saliera herido.

Jamás. Lo que he hecho durante años ha sido intentar que la gente no se destruyera entre sí por una mezcla de miedo, estupidez y orgullo.

Laia no movió un músculo.

—Eso incluye a Celia Robles.

Helena respiró hondo.

—Celia fue otra clase de error.

—¿Error?

—No me gusta esa palabra, pero no encuentro otra más breve.

Laia se inclinó un poco hacia delante.

—Pruebe con «abandono». O con «cobardía compartida».

Helena bajó los ojos a sus propias manos. Era la primera vez que parecía mayor.

—Aquel caso ya estaba mal desde antes de que yo interviniera —murmuró—.

La policía no tenía interés, la familia no tenía fuerza, los chicos eran demasiado jóvenes y los padres estaban dispuestos a cualquier cosa para no perderlos.

Yo no fabriqué ese mundo, inspectora. Solo aprendí a moverme dentro de él.

—Beneficiándose de él.

—Conteniéndolo.

—No. Volviéndolo habitable.

Helena levantó la cabeza lentamente.

—¿Y cree que eso es poco? ¿Cree que no hay lugares donde todo sería mucho peor si nadie supiera contener? Usted llega cuando la sangre ya está en el suelo. Yo he vivido años evitando derrumbes.

Laia cerró la carpeta sin dejar de mirarla.

—Eso es lo más peligroso de usted, Helena. Que lo dice de verdad.

Helena no respondió.

—No fue la primera vez —continuó Laia—. No necesito todavía todos los nombres para saberlo. Le bastó con ver a Alba en el suelo para saber a quién llamar, a quién apartar y qué debía retrasarse.

La presidenta del recinto se quedó quieta.

—Hay otros lugares —dijo al cabo, casi en un susurro que parecía no querer existir— donde las cosas se han resuelto así.

—¿Resuelto?

Helena le mantuvo la mirada.

—Contenido.

—Una chica murió.

—Y muchas familias siguieron viviendo.

Laia notó que el aire de la sala cambiaba de densidad.

—Eso tendrá ocasión de contarlo con más detalle.

Helena sonrió sin humor.

—No creo que lleguen tan lejos.

—Ya han llegado.

Helena volvió al vaso de agua. Esta vez lo acercó a los labios, pero tampoco bebió.

—No sabe lo que empieza cuando abre ciertas puertas.

—Sí —dijo Laia—. Empieza lo único que debía haber empezado hace años.

Se levantó. La silla raspó el suelo con un sonido breve.

Helena la observó desde abajo, todavía recta, todavía digna, todavía vestida con esa elegancia que en otro contexto podría haber parecido irreprochable.

—Siempre habrá lugares que proteger —dijo.

Laia cogió la carpeta.

—Puede. Pero cada vez costará más fingir que no pasa nada dentro.