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Laia no volvió directamente a administración.

Le pidió a Bruno que condujera sin hablar durante unos minutos.

Necesitaba que la cabeza ordenara el caso sin la contaminación de las voces recientes, como si las palabras de Jan pudieran aún deformarse dentro de ella si se apresuraba a convertirlas en teoría.

Afuera, Las Encinas empezaba a despertarse con esa serenidad meticulosa de los lugares donde hasta el amanecer parece obedecer a un reglamento interno.

Un jardinero empujaba un carro de herramientas junto a la glorieta de entrada.

Una mujer corría con ropa técnica y auriculares blancos.

Dos niños pequeños salían de una casa cogidos de la mano de una niñera.

Todo en el cuadro respiraba salud, dinero y organización.

Laia sintió una punzada de rabia casi fría.

—¿Lo estás ordenando ya? —preguntó Bruno al cabo.

—Sí.

—¿Y?

Ella se giró apenas hacia él.

—Que no fue una excepción. Fue una repetición.

Bruno mantuvo los ojos en la carretera interior.

—Celia y Alba.

—No solo ellas. La lógica. Eso es lo que se repite.

No dijo nada más hasta llegar al edificio de administración.

Allí pidió la sala grande, la de la pared de corcho, y fue clavando nombres y líneas con una paciencia seca.

Alba. Celia. Gabriel. Dídac. Helena. Oriol.

Sergi. Jan. El módulo técnico. La caída.

La espera. El accidente administrativo del pasado. La maniobra social del presente.

Bruno observó en silencio hasta que ella se apartó un paso.

—Dilo —pidió.

Laia apoyó las manos en la mesa y habló como si necesitara escuchar la estructura completa en voz alta para terminar de fijarla.

—Hace ocho años, Celia ve o sufre algo relacionado con los chicos del recinto.

Dídac está ahí. Gabriel aparece de un modo u otro.

Puede que, para separar, puede que, para tapar, puede que para salvar a uno de los suyos de las consecuencias.

Celia cae, o la hacen caer, o la dejan caer en una situación que aún podría haberse convertido en otra cosa si alguien hubiera elegido bien.

No la eligen a ella. Eligen el relato. La vida de Celia vale menos que el escándalo que podía provocar.

Bruno asintió apenas.

—Y ahora Alba.

—Ahora Alba encuentra una grieta de aquella noche.

Una foto, un audio, un nombre mal enterrado.

Empieza a hacer preguntas. Gabriel lo sabe.

Dídac lo sabe. Helena lo huele o lo sabe también.

Quieren pararla sin destruirlo todo. Y hacen exactamente lo mismo que la otra vez: primero contener, después hablar, luego decidir qué versión va a sobrevivir.

Bruno se quedó mirando la línea que unía a Helena con ambas noches.

—Hay una diferencia.

—Sí. Alba es una de ellos.

—Y, aun así.

Laia sostuvo la mirada.

—Y, aun así.

La frase pesó más que cualquier otra del día.

Bruno apoyó la cadera en la mesa.

—Si lo que dijo Jan se sostiene en declaración, el golpe lo provoca Dídac. El encubrimiento lo dirige Helena. Gabriel elige no romper la lógica. Oriol limpia trazabilidad. Sergi calla. Y Jan… Jan se educa en el miedo.

—Exacto. —Laia señaló la foto antigua que habían ampliado esa mañana, la de Celia al fondo de una fiesta, medio fuera del encuadre—.

Y lo más importante no es ni siquiera quién golpeó primero.

Lo importante es que todos sabían ya cómo se hace.

No improvisaron una monstruosidad. Activaron un mecanismo.

Bruno se frotó el entrecejo.

—Quiero reírme cada vez que alguien llama a esto comunidad.

—No lo hagas —dijo ella—. El nombre les queda perfecto.

Pidió que trajeran a Helena. No quería dejar pasar más tiempo. Una mujer como aquélla necesitaba margen para recalcular, para convertir un derrumbe en una salida honorable. Laia no estaba dispuesta a concedérselo.

Helena llegó veinte minutos después, acompañada por su abogado.

Un hombre delgado, discreto, con un traje gris pálido y la expresión paciente de quien aún confía en poder encarrilar una conversación difícil sin que la realidad llegue a ponerse realmente fea.

Helena iba impecable. No llevaba joyas visibles, salvo un reloj fino en la muñeca izquierda.

Ni una arruga fuera de lugar. Ni una prisa de más.

Al entrar, miró la sala con esa serenidad que durante años había bastado para que medio recinto se sintiera a salvo.

Laia la invitó a sentarse. El abogado ocupó la silla de al lado.

—Señora Aldasoro, vamos a reordenar algunas cosas.

Helena entrelazó las manos sobre el regazo.

—Imagino que sí.

—Tenemos la reconstrucción del lugar y la secuencia de aquella noche. Tenemos testimonio de presencia de varias personas en la zona técnica. Tenemos una conexión firme entre la desaparición de Alba y la muerte de Celia Robles.

El abogado abrió la boca, pero Helena lo detuvo con un gesto mínimo.

—Prosiga.

—Lo haré. —Laia no levantó la voz—. Quiero que me explique cuándo entendió que Alba no era una menor desaparecida, sino un problema para el equilibrio del recinto.

El silencio que siguió no fue de desconcierto. Fue de cálculo.

—No voy a aceptar esa formulación —dijo el abogado.

Laia no apartó la vista de Helena.

—No se la he pedido a usted.

Helena respiró despacio. Cuando habló, su voz seguía siendo la misma: educada, modulada, limpia. Esa limpieza resultaba ahora obscena.

—La inspectora está mezclando cosas muy serias con una lectura ideológica de lo ocurrido aquí.

—No. Estoy haciendo exactamente lo contrario.

Estoy sacando la ideología que llevaba años mezclada con los hechos.

—Laia inclinó apenas el cuerpo hacia delante—.

Usted no tapó un crimen porque sea una mujer impulsiva o una amiga leal.

Usted lo tapó porque cree que la verdad es secundaria si amenaza el orden de un lugar como éste.

Por primera vez, algo duro y casi antiguo pasó por los ojos de Helena.

—Usted no sabe nada de lo que yo creo.

—Sé bastante. Sé que llegó aquella noche y en vez de pedir una ambulancia preguntó quién más lo había visto.

Sé que no era la primera vez que operaba así.

Sé que ocho años antes Celia Robles quedó fuera de la protección que aquí se da por sentada porque no pertenecía al recinto.

Y sé que Alba murió dentro de la misma lógica, aunque hubiera nacido en una de estas casas.

El abogado intervino al fin.

—Mi clienta no va a responder a ninguna atribución basada en testimonios de terceros no contrastados.

Laia dejó que terminara.

—Su clienta responderá a lo que corresponda cuando llegue el momento. Ahora mismo estoy intentando entender si alguna vez se ha dicho la verdad a sí misma sobre cuál es exactamente su función aquí.

Bruno vio cómo Helena giraba la cabeza muy despacio hacia la inspectora. Ya no había cortesía en su rostro. Tampoco pánico. Había algo más peligroso: la fatiga orgullosa de quien cree de veras que el mundo se sostiene gracias a personas como ella.

—Mi función —dijo al cabo— ha sido durante años impedir que la histeria, la mala fe y la vulgaridad destruyeran este lugar.

Nadie se movió.

—Gracias —murmuró Laia—. Eso era.

El abogado se tensó.

—Señora Aldasoro…

Pero Helena ya no estaba hablándole a él.

—Usted no tiene ni idea de lo que significa gestionar una comunidad donde conviven familias, hijos, patrimonio, reputación y años de vida compartida.

Cree que todo se reduce a nombres en una pared y a una secuencia penal.

No es así. Los espacios como éste se sostienen con equilibrios muy delicados.

Si cada error, cada exceso, cada desgracia se expusiera sin medir consecuencias, no quedaría nada en pie.

Bruno sintió un impulso físico de apartarse de la mesa.

—¿Celia fue un error? —preguntó.

Helena lo miró como si solo entonces recordara que había otra persona en la sala.

—Celia fue una desgracia.

—¿Y Alba?

Por una fracción de segundo, Helena apretó los labios.

—Alba fue otra.

Laia dejó que la respuesta se hundiera sola.

—No. —Su voz salió muy baja—. Alba fue la prueba de que ustedes no aprendieron nada. Solo perfeccionaron la manera de administrarlo.

El abogado volvió a intervenir, ya sin la compostura inicial.

—Damos por terminada esta conversación.

—Perfecto —dijo Laia—. Porque ya hemos sacado lo esencial.

Helena se puso en pie. Antes de girarse hacia la puerta, dejó una última frase en el aire. No la dijo con desafío. Casi la dijo con cansancio.

—No crea que fuera de aquí funciona de otro modo, inspectora.

Laia alzó la cabeza.

—No necesito creerlo. Ya estoy empezando a verlo.

Cuando se quedaron solos, Bruno soltó el aire de golpe.

—Acaba de admitirlo sin admitir nada.

—Ha admitido lo único que importa —dijo Laia—. Que para ellos la verdad nunca fue una obligación. Solo una variable de gestión.

Recogió la carpeta con la declaración de Jan y la foto antigua de Celia.

Las colocó una junto a la otra. A un lado, una chica de veintidós años a la que nadie importante quiso proteger.

Al otro, una adolescente del propio recinto que tampoco fue salvada cuando estorbó demasiado.

Dos vidas distintas, dos posiciones sociales distintas, un mismo resultado.

Lo mismo.

Eso era lo que más asco daba.

No la violencia puntual. Ni siquiera la cobardía. Lo insoportable era la eficacia con que un grupo humano podía convertir dos hechos distintos en una misma solución.

Bruno siguió la dirección de sus ojos.

—¿Qué hacemos ahora?

Laia cerró la carpeta.

—Ahora vamos a por la secuencia entera. Y luego a por Gabriel. Quiero que lo oiga ya sin la coartada de que todavía no entendemos qué clase de mundo ha estado defendiendo.

Se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Y llama al juzgado. Que muevan ya lo necesario con Dídac.

—Voy.

Laia asintió. En el pasillo, a través del cristal, vio a una mujer del servicio de limpieza pasar la fregona por la entrada principal. El reflejo del agua dejó un brillo breve sobre el suelo de mármol. Todo volvía a parecer correcto con una rapidez insultante.

Pensó en Alba diciendo que ya no llegaban a tiempo para enterrarlo otra vez.

Quizá no.

Pero iban a intentarlo hasta el final.