Dentro (El perímetro 1) 32
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Jan tardó en abrir más de lo normal. Laia oyó primero el roce de pasos descalzos al otro lado de la puerta, luego el silencio breve de quien apoya la frente en la madera y decide si todavía le queda alguna forma de seguir negándolo todo.

Cuando al fin apareció, llevaba la camiseta arrugada, el pelo aplastado de un lado y una cara de cansancio tan crudo que parecía recién sacado de una fiebre.

—Mi madre no está —dijo antes de saludar—. Ha salido temprano.

—Mejor —respondió Laia.

Él miró a Bruno, después a ella. Entendió enseguida que no iban a quedarse en la entrada. Se apartó sin protestar.

La casa olía a café rehecho y a noche mal dormida.

En el comedor había una taza a medio vaciar junto a un cuaderno de matemáticas abierto por la mitad, como si alguien hubiera intentado sostener la normalidad a fuerza de rutinas y se hubiera rendido enseguida.

Jan se quedó de pie, al lado de la mesa. No ofreció asiento. Tampoco hizo falta.

Bruno cerró con suavidad.

Laia no dio rodeos.

—Encontramos la zona exacta.

A Jan se le movió algo en la cara. No fue sorpresa. Fue agotamiento. El gesto de quien lleva demasiados días sosteniendo una puerta con el cuerpo y oye por fin cómo alguien empuja desde el otro lado con suficiente fuerza.

—No sé de qué me habla.

—Sí lo sabes.

—Ya les dije todo lo que…

—No. —Laia mantuvo la voz baja—. Nos dijiste lo que todavía te permitía dormir un poco. Lo demás se te está pudriendo dentro.

Jan desvió la mirada hacia la ventana. Afuera, el jardín de la casa seguía impecable, con la grava blanca, las hortensias recortadas y ese silencio caro que parecía diseñado para disolver cualquier cosa desagradable antes de que pudiera tomar forma.

Laia pensó que el chico llevaba toda la vida aprendiendo a respirar dentro de esa lógica.

Bruno dejó sobre la mesa una bolsa transparente. Dentro estaba la cuenta blanca de la pulsera de Alba.

Jan tardó dos segundos en verla. Luego dejó de mirar el jardín.

—La llevaba aquella noche —dijo Bruno.

El chico tragó saliva.

—Hay más —añadió Laia—. Tenemos la pieza metálica de la valla. Tenemos el fallo del sistema. Tenemos a Sergi. Tenemos a Oriol. Y tenemos algo que tú no puedes seguir sosteniendo solo.

Jan apoyó las manos en el respaldo de una silla. Los nudillos se le pusieron blancos.

—Yo no la toqué.

—No te hemos acusado de eso.

—Pero lo están pensando todos.

—Yo no trabajo con lo que piensa todo el mundo —dijo Laia—. Trabajo con lo que pasó. Y tú estabas allí.

El muchacho cerró los ojos un momento. Fue un gesto mínimo, casi ridículo en un chico de su edad y, sin embargo, profundamente adulto: el gesto de quien se da permiso un segundo para dejar de actuar.

—La vi bajar —dijo al fin—. No me vio a mí.

Bruno no se movió.

—Empieza por el principio.

Jan respiró hondo. Hablaba sin mirarlos, como si tuviera que ver antes las imágenes por dentro para poder sacarlas de la boca.

—Esa tarde me escribió. Muy tarde. Ya no hablábamos como antes.

No desde… no desde hacía semanas. Pero me escribió igual.

Me preguntó si yo sabía dónde podía conseguir una copia de las incidencias viejas del recinto.

Pensé que estaba exagerando otra vez con lo de Celia.

Llevaba días con eso metido en la cabeza.

Le dije que parara. Que estaba removiendo cosas de gente que no iba a dejar que las removiera. Ella me llamó cobarde.

Se quedó un instante callado.

—No le faltaba razón —añadió.

Laia dejó que siguiera.

—Después me dijo que había quedado con alguien. No me dijo con quién. Solo me dijo: «Si mañana no contesto, no vuelvas a decir que no sabías nada». Yo pensé que quería asustarme. Alba hacía eso cuando estaba muy nerviosa. Decía las cosas como si ya vinieran del futuro.

Bruno apoyó una mano en la mesa.

—¿Qué hiciste?

—Seguirla.

La palabra cayó sin heroicidad. Un chico de diecisiete años reconociendo lo único que había hecho bien y mal a la vez.

—La vi salir por el lateral, por donde van los de mantenimiento. Conocía el camino porque habíamos fumado allí alguna vez. No quise llamarla. Quería ver con quién se reunía. Quería saber si de verdad estaba tan metida en eso o si solo… —Se interrumpió—. No sé. Quería estar cerca sin que me viera.

—¿Y?

Jan se llevó la mano a la nuca y apretó.

—Había alguien ya. No distinguí la cara al principio. Solo la voz. Un hombre.

—¿Dídac? —preguntó Bruno.

Jan negó con un movimiento seco.

—No. Dídac llegó después.

Laia sintió el encaje de la pieza antes de oír el resto.

—Sigue.

—Alba estaba enfadada. No asustada. Eso fue lo primero que me sorprendió.

Hablaba como cuando ya ha decidido que no va a echarse atrás.

Le decía que lo sabía. Que sabía lo de Celia y lo de aquella noche.

Que no iba a callarse más. Que, si no hablaba él, hablaría ella.

El hombre intentó bajarle el tono. Le dijo que no sabía lo que estaba mezclando.

Que aquello había sido un accidente. Que removerlo ahora solo iba a hacer daño.

—Jan alzó por fin los ojos—. Lo decía así.

Hacer daño. Como si lo demás no contara.

—¿Reconociste la voz? —preguntó Laia.

Jan asintió, muy despacio.

—Sí.

—¿De quién era?

Volvió a bajar la vista. La respuesta salió apenas como un roce.

—De Gabriel.

El comedor se quedó quieto. Bruno no dijo nada. Laia tampoco. A veces una verdad necesita un segundo de silencio para coger volumen.

—¿Qué pasó después? —preguntó.

Jan apretó los labios.

—Alba dio un paso hacia él. Le dijo que ya no podía seguir tratándola como si no entendiera nada.

Que lo había visto hablar con Dídac. Que lo había oído nombrar a Celia como si fuera un problema viejo que había vuelto.

Gabriel intentó cogerle el brazo. No fuerte.

Como para sujetarla. Para que dejara de moverse, no sé.

Ella se soltó. Le gritó que no la tocara. En ese momento apareció otra persona.

—¿Quién?

—Dídac.

El nombre quedó suspendido con toda la fealdad que arrastraba.

—Venía por el lateral del seto. Muy deprisa.

Alba se volvió al verlo. No sé si lo esperaba o no.

Yo creo que no. Empezaron a hablar los tres a la vez.

No entendía todo. Solo trozos. Dídac decía que estaba loca, que no sabía lo que decía, que llevaba años inventándose una historia.

Alba dijo algo de una foto, de un audio, de Celia gritando.

Gabriel le pedía que bajara la voz. Y entonces…

Se interrumpió. Le tembló la mano derecha.

—Y entonces —repitió Laia.

—Dídac quiso quitarle el móvil.

No había grandilocuencia en su voz. Era peor así.

—Alba se echó atrás. Él fue a por el teléfono. Ella se revolvió. Gabriel intentó separarlos. Todo pasó muy rápido. Alba perdió pie en el borde del desnivel junto al módulo. Resbaló. Se golpeó en la cabeza al caer contra la base de hormigón.

Bruno cerró los ojos un segundo.

—¿La empujó?

Jan tardó.

—No sé si fue un empujón limpio. Fue… fue una pelea torpe, fea. Pero Dídac fue hacia ella. Eso sí lo sé. Y ella cayó por ese movimiento.

Laia sostuvo la respiración justa.

—¿Y después?

El chico se sentó por primera vez. No porque quisiera, sino porque las piernas dejaron de obedecerle.

—Después hubo un segundo en que nadie habló. Solo el aspersor. Y Alba hizo un ruido.

Se llevó la mano a la boca, como si aún quisiera detener algo.

—¿Qué ruido? —preguntó Bruno, muy bajo.

—Como cuando alguien quiere coger aire y no puede bien.

No sé. Un ruido pequeño. Movió una mano.

Gabriel se agachó. Yo pensé que iba a llamar.

Lo pensé de verdad. Miró a Dídac y le gritó qué coño había hecho.

Dídac decía que no, que había sido ella, que se había caído.

Alba volvió a moverse. Muy poco. Y en ese momento llegó Helena.

Laia sintió que la cadena terminaba de tensarse.

—¿La viste llegar?

—Sí. Venía con el teléfono en la mano. Miró a Alba, a Gabriel, a Dídac. No preguntó qué había pasado. Preguntó quién más lo había visto. —Jan respiró con dificultad—. Yo estaba detrás del seto. No me vieron. Gabriel dijo que nadie. Helena dijo que entonces había que pensar bien antes de hacer nada.

Bruno apretó la mandíbula.

—¿Antes de hacer nada?

Jan levantó la cabeza. Ya no lloraba. Tampoco se defendía. Solo parecía un chico a quien acaban de arrancarle de golpe el lenguaje con el que había conseguido seguir vivo.

—Todavía podían haberla ayudado —dijo—. Eso es lo que no puedo sacarme de encima. Todavía estaba viva y se pusieron a hablar de qué iba a pasar con ellos.

Nadie habló durante unos segundos.

Laia pensó en Alba en el suelo, en la mano moviéndose apenas, en las casas intactas al otro lado del jardín, en el perímetro funcionando exactamente como había sido diseñado: no para salvar, sino para separar.

—¿Qué hiciste tú? —preguntó al fin.

Jan cerró los ojos.

—Me fui.

La sinceridad salió con una vergüenza tan desnuda que no necesitó castigo.

—Corrí hasta mi casa. Vomité en el baño de abajo. No dormí. A la mañana siguiente ya estaba todo lleno de coches y de policías y de vecinos diciendo que Alba no aparecía. Y yo… —Se quedó sin voz—. Yo dejé que el recinto hiciera lo que ya sabía hacer.

Laia no se acercó. No lo tocó. A esa edad, ciertas compasiones humillan más de lo que ayudan.

—Vas a declarar esto entero.

Jan asintió, derrotado.

—Sí.

Bruno cogió la bolsa con la cuenta de la pulsera y la guardó de nuevo.

—Una cosa más —dijo Laia—. ¿La foto? ¿El audio? ¿Alba tenía algo de verdad?

Jan tardó un instante.

—Creo que sí. No sé dónde lo guardó. Pero aquella tarde me dijo que, aunque le quitaran el móvil, ya no llegaban a tiempo.

—¿A tiempo para qué?

—Para enterrarlo otra vez.

Laia se quedó con esa frase mientras salían de la casa. En el porche, el aire de la mañana era limpio y caro y casi ofensivo. Bruno cerró la puerta detrás de ellos sin hacer ruido.

—Ya lo tenemos —murmuró.

Laia miró la línea perfecta de vallas, setos y fachadas.

—No. —Su voz salió más dura de lo que pretendía—. Tenemos lo que pasó. Ahora falta atravesar lo que hicieron con eso.