Dentro (El perímetro 1) 31
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El módulo técnico estaba más lejos de lo que parecía desde el vial principal.

Había que dejar atrás el club social, bordear una zona de césped apagado por el frío y seguir un camino de grava que, de día, debía de parecer utilitario y anodino.

De noche, en cambio, tenía algo distinto: la sensación de conducir hacia la parte del recinto que no estaba hecha para ser vista, solo para funcionar.

La clase de lugar donde un sistema enseña su costura.

Bruno llevaba una linterna de haz estrecho.

Laia caminaba delante, con el papel del parte antiguo doblado en el bolsillo del abrigo y la frase de Marta aun dándole vueltas en la cabeza: No la dejéis sola ahí.

Había algo en esa formulación que seguía trabajando por debajo de todo lo demás.

No era solo conocimiento previo. Era distribución de papeles.

Era un hombre hablando a otros que ya estaban dentro de la escena.

Sergi Valls los esperaba junto a la puerta metálica del módulo. Llevaba las manos en los bolsillos y una cara de cansancio que ya no podía confundirse con sueño.

—He traído la llave maestra y la copia del plano viejo —dijo, sin saludar apenas.

—Gracias —respondió Bruno.

Sergi miró alrededor antes de añadir:

—No quiero problemas.

Laia se detuvo frente a él.

—Ya los tiene.

El vigilante bajó la vista. Sacó las llaves y abrió.

La puerta chirrió con una desgana oxidada.

Dentro olía a humedad, cable viejo y detergente industrial.

Había un cuadro de mandos, una estantería con material de reposición, dos archivadores metálicos y una mesa pequeña donde alguien había dejado, tiempo atrás, un cenicero vacío y un calendario de publicidad.

Bruno pasó el haz de la linterna por el suelo, las esquinas, la junta de la puerta.

—Quiero ver el acceso lateral —dijo.

Sergi señaló la parte trasera.

—Se sale por ahí. Da a la franja de vegetación y al talud bajo del muro. Casi nadie pasa.

—Casi —repitió Laia.

Sergi no contestó.

Salieron por la puerta trasera. El terreno descendía ligeramente hacia una franja de tierra endurecida, seto denso y grava mezclada con barro antiguo.

El muro perimetral quedaba a unos metros, alto, cubierto en parte por trepadoras.

A la derecha se abría un hueco oscuro entre los arbustos, no exactamente un sendero, pero sí una forma de paso para quien ya lo conociera.

Bruno enfocó el suelo.

—Aquí.

Laia se agachó. A la luz, entre la grava y la tierra apelmazada, quedaba todavía una marca vieja, casi absorbida por el tiempo y por la intemperie, como si en algún momento hubiera habido un arrastre corto, una presión no natural sobre el terreno. No era una prueba limpia. Era un residuo espacial.

Bruno movió el haz de la linterna unos centímetros más, hacia la base del seto.

—Espera.

Laia no se incorporó. Siguió la luz hasta una pequeña pieza negra, casi confundida con la tierra húmeda. Al principio pareció plástico de riego, uno de esos restos sin importancia que se acumulan en cualquier zona técnica. Pero tenía un borde demasiado limpio y una grieta curva.

Bruno se puso un guante y la levantó con cuidado.

—Carcasa de teléfono —dijo.

Laia sintió que algo del caso se estrechaba.

No era el móvil principal de Alba. Ese seguía en su habitación. Si aquello pertenecía al aparato viejo, alguien no solo se lo había quitado. Había intentado hacerlo desaparecer.

—Bolsa de indicios —ordenó.

Un poco más allá, casi pegada al borde del muro, había una cuenta blanca. Minúscula, redonda y sucia de tierra.

Laia no la tocó.

Pensó en las fotografías de la habitación de Alba. En la muñeca izquierda. En aquella pulsera infantil que, en las imágenes, parecía no significar nada.

—También eso —dijo.

Sergi miró la pieza un segundo de más.

—Yo no vi eso anoche.

Laia alzó la vista hacia él.

—No le he preguntado si lo vio. Le he preguntado dónde estaba cuando alguien tuvo tiempo de romperlo.

No respondió enseguida, así que Laia añadió:

—¿Se limpió esto? —preguntó.

Sergi tragó saliva.

—Se hizo mantenimiento. Como siempre.

—Creo que no me entiendes la pregunta.

El hombre apretó la mandíbula.

—Después del revuelo… pidieron que se revisara la zona. Que se despejara. Que se arreglara una tapa suelta y se cambiara grava.

Bruno se incorporó despacio.

—¿Quién lo pidió?

Sergi tardó demasiado.

—Oriol me trasladó la orden.

Laia avanzó unos pasos. La vegetación se abría hacia una curva mínima del terreno, protegida desde el vial por una pantalla de seto y, sin embargo, lo bastante cerca de las casas como para que una voz alzada hubiera podido oírse si alguien hubiera querido escuchar.

Pensó en Alba allí, en el móvil, en Dídac, en la caída, en la llegada de Gabriel, en los minutos convertidos en margen, y sintió por primera vez algo parecido a la topografía del crimen: no la secuencia, sino el modo en que el lugar había ayudado a imaginar que todavía era posible contenerlo.

—Apaga la linterna un momento —dijo.

Bruno obedeció.

La oscuridad se cerró sobre los tres. No absoluta: quedaban las luces lejanas del club, una farola amortiguada por el seto y el azul sucio que devolvía el cielo encapotado.

Aun así, bastaba para entenderlo. Desde allí el recinto no parecía desaparecer; parecía quedar suspendido, como si la vida correcta de las casas se hubiera retirado unos metros y dejara fuera de plano una zona donde ciertas cosas podían ocurrir sin romper del todo la ficción general.

—Ahora enciéndela otra vez.

El haz volvió al suelo.

Laia señaló el lateral del muro, donde la grava daba paso a una tierra más compacta, menos removida.

—Allí.

Fueron. Bruno enfocó mejor. Había una vieja pieza metálica semienterrada junto a la base del seto, casi comida por la humedad y la tierra.

La sacó con la punta de una navaja. Era un pequeño adorno de cierre, una pieza de hebilla o enganche, imposible de identificar a simple vista como prueba relevante, pero impropia de ese terreno.

—¿Te suena? —preguntó Bruno a Sergi.

El vigilante negó con rapidez excesiva.

Laia le tendió la mano a Bruno y observó la pieza bajo la luz. Tenía restos oscuros en una ranura mínima. Podía no ser nada. Podía serlo todo. No se permitió pensar más.

—Bolsa.

Bruno sacó una. La guardaron.

Siguieron revisando el contorno. Laia entró un poco más en la franja vegetal y se quedó quieta.

Desde allí se veía una parte del lateral de la casa de los Giner, una porción de la calle secundaria y, hacia el otro lado, el trayecto desde el que alguien podría llegar en coche sin ser visto desde el acceso principal.

Marta había dado una pista, sí. Pero el espacio estaba dando otra: Gabriel no había improvisado la comprensión de la escena.

Había sabido enseguida qué zona era, qué ángulo quedaba tapado, qué margen podía comprarse.

—La llamada —dijo de pronto Bruno, como si hubiera seguido el mismo hilo—. Si salió de casa y vino directo aquí, es porque sabía dónde venía.

Laia no se volvió.

—Sí.

—No llegó por azar. Lo llamaron con una escena ya abierta.

Sergi se removió detrás de ellos.

—Yo no oí ninguna llamada.

Bruno giró la linterna hacia él.

—Pues oíste bastante para saber qué no te convenía recordar.

El vigilante levantó las manos a media altura.

—No estaba aquí al principio. Estaba en la ronda de la parte norte. Cuando volví vi un coche mal puesto, sin luces, en el lateral. Y luego a Oriol. Y luego…

—¿Y luego qué? —preguntó Laia.

Sergi cerró un segundo la boca antes de hablar.

—Luego vi a la señora Aldasoro bajar del coche sin abrigo, con el teléfono en la mano. Caminaba rápido. No corría. Nunca corre esa mujer. Pero iba como si supiera exactamente dónde pisar.

La frase se quedó vibrando en la zona oscura.

—¿La oíste decir algo? —preguntó Bruno.

—No al llegar. Después sí. Cuando ya estaban todos en el lateral del módulo. Hablaba bajo. Solo pillé un trozo.

—Dímelo.

Sergi miró el suelo.

—Dijo que allí no se podía dejar nada así. O algo parecido. Que había que moverlo o taparlo antes de que empezara a venir gente.

Bruno apartó la linterna un momento con un gesto de pura repulsión.

Laia sintió que el espacio se cerraba del todo. No como teoría. Como hecho. La niña, el golpe, la espera, la gestión, la comunidad preparándose para sobrevivir al precio de la verdad.

—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó.

Sergi levantó por fin los ojos. Tenía la cara gris y la vergüenza más vieja que el propio caso.

—Porque en sitios como éste aprendes muy deprisa cuándo algo deja de ser un incidente y pasa a ser un asunto de gente importante. Y yo solo vigilo puertas.

Laia lo sostuvo un instante.

—No. Tú vigilas el momento exacto en que otros deciden quién puede pasar limpio y quién no.

El hombre no replicó. Se quedó quieto, con el cuerpo levemente hundido, como si acabara de entender que la mediocridad también puede tener consecuencias criminales.

Bruno volvió a barrer el suelo con la linterna.

Unos centímetros más allá del punto donde habían encontrado la pieza metálica, algo brilló entre la grava.

Se agachó. Sacó con cuidado una cuenta pequeña, blanca, como de un colgante barato o de una pulsera juvenil.

La tuvo en la yema de los dedos unos segundos.

—Lídia dijo que Alba llevaba una pulsera de cuentas —murmuró.

Laia bajó la vista. Sintió la punzada exacta que da un objeto mínimo cuando devuelve de golpe a una persona entera.

—Bolsa también.

La guardaron.

Ya no necesitaban más para esa noche. No porque el lugar hubiese hablado todo lo posible, sino porque lo que faltaba no iba a salir del suelo. Iba a salir de alguien que seguía respirando con la idea de que aún podía salvarse.

Al caminar de vuelta hacia el coche, Bruno dijo:

—Jan estaba cerca. Si vio, aunque solo fuera una parte de esto, ya no puede aguantar mucho más.

Laia asintió.

—No aguanta por fuerza. Aguanta por educación.

—¿Educación?

—La del perímetro. La que les enseña a los hijos a retirarse a tiempo para no convertirse en el centro del daño.

Sergi se quedó atrás, junto a la puerta del módulo, pequeño bajo la luz oblicua de la farola. Parecía un hombre cualquiera al final de una jornada larga. Era casi peor que pareciera eso.

Cuando entraron en el coche, Bruno dejó las bolsas sobre el asiento trasero y apoyó las manos en el volante sin arrancar.

—Marta tenía razón.

Laia se abrochó el cinturón.

—¿En qué?

—En que estas paredes hacen que la gente termine dudando hasta de lo que vio.

Ella miró por el parabrisas el vial limpio, el césped recortado, la geometría cara del recinto todavía dormido en su propia arrogancia.

—Sí —dijo—. Por eso Jan no va a contarnos solo lo que pasó. Va a contarnos cuánto tiempo lleva aprendiendo a callarse.

Bruno giró la llave. El motor respondió con un temblor breve.

—Entonces vamos a por él.

Laia no apartó la vista de la oscuridad donde el módulo técnico había vuelto a desaparecer.

—Sí —dijo—. Ahora vamos a por el hijo que todavía no sabe que ya no pertenece del todo a este sitio.