23
El expediente de Celia Robles cabía en una carpeta azul de lomo fino.
Bruno la tuvo abierta delante de sí durante más de una hora en la sala de archivos de la comisaría central y, cuanto más avanzaba, más le irritaba la sensación de estar leyendo no una investigación, sino el resumen administrativo de una molestia.
Un problema que había sido atendido porque no quedaba más remedio, pero sin verdadero deseo de comprenderlo.
Bruno pasó una página y soltó el aire por la nariz.
—Una chapuza —murmuró.
Laia, sentada frente a él con otro bloque de documentos, no levantó la vista enseguida.
—¿Chapuza o desinterés?
—Las dos cosas.
—Sigue.
Bruno giró la carpeta para que ella pudiera ver un folio amarillento por el tiempo. En la esquina superior había una fotografía del lugar: maleza, tierra removida, una pendiente corta, una cinta policial colocada con desgana, amanecer gris.
—Mira esto. —Señaló una línea subrayada a bolígrafo antiguo—. «La fallecida había estado prestando apoyo en tareas de servicio durante evento privado en el club social del recinto.» No concretan qué evento ni quién la contrató.
—Porque no les importó.
—O porque sabían que meter demasiado el dedo ahí iba a arrastrar apellidos.
Laia cogió la hoja y siguió leyendo.
Los datos básicos de Celia estaban mal aireados ya desde el inicio.
Edad: veintidós años. Domicilio: compartido con su hermano en un piso de alquiler al otro lado de la ciudad.
Situación laboral: servicios esporádicos no regularizados.
Aquella fórmula lo ensuciaba todo a posteriori.
La convertía en una figura blanda, en alguien fácil de desplazar hacia la precariedad moral del «iba y venía, hacía chapuzas, no estaba del todo asentada».
Lo bastante real para haber muerto, no lo bastante protegida como para que su muerte alterara demasiado el paisaje.
—Hay una declaración de una vecina que la vio discutir con un chico —dijo Bruno.
—¿Nombre?
—No lo da. «Uno de los chicos mayores del recinto». Así, literal.
Laia apoyó los codos en la mesa.
—¿Y nadie insistió?
Bruno hojeó más deprisa.
—Aquí no. O no quedó consignado. Después hay otra declaración de una camarera eventual, amiga de Celia. Dice que estaba incómoda porque uno de los hijos de vecinos importantes llevaba semanas «encima de ella». Tampoco concreta. Y la frase queda ahí, sin tirar.
Laia chasqueó la lengua, un gesto raro en ella.
—Sigue.
Bruno encontró el informe forense resumido.
Lesiones compatibles con caída. Contusión craneal severa.
Rozaduras en antebrazos. No se puede establecer con certeza intervención de tercero.
Posible desorientación nocturna. Había también una referencia escueta a una llamada emitida desde el teléfono de Celia a las 2:13 de la madrugada.
«Destinatario no identificado en el informe principal. » Aquello sí lo hizo enderezarse.
—Aquí —dijo.
Laia alargó la mano.
—Dame eso.
Bruno le pasó la hoja. Laia leyó en silencio.
Bajo el apartado de comunicaciones constaba una llamada de diecisiete segundos a un número perteneciente al recinto.
No aparecía el nombre, solo un código de centralita interna y una derivación manuscrita que remitía a «oficina administración/punto club».
—¿Se investigó? —preguntó.
Bruno ya sabía la respuesta.
—No en este resumen. Igual está en anexos.
No estaba.
Revisaron una por una las hojas finales, las diligencias complementarias, las comparecencias menores, el cierre.
El número reaparecía de forma lateral en un listado de llamadas, sin desarrollo posterior.
Nadie había aclarado para qué llamó Celia a la administración o al club a las dos y trece de la mañana.
Nadie había anotado si habló con alguien, si la llamada se cortó, si intentaba pedir ayuda o localizar a una persona concreta.
—Esto no es solo flojera —dijo Bruno.
Laia cerró la carpeta despacio.
—No. Esto es una mezcla de flojera, prisa, jerarquía social y ganas de no complicarse. La forma más corriente del encubrimiento.
Bruno se frotó la barba.
—¿Crees que fue deliberado desde el minuto uno?
Laia tardó un poco en responder.
—Deliberado al estilo de una gran operación, no.
Deliberado al estilo real: un vigilante que encuentra el cuerpo y prefiere ceñirse a lo que le conviene, un responsable del recinto que habla antes de tiempo con quien no debe, un primer agente que llega ya contaminado por el contexto, un instructor que ve una chica precaria, una noche de verano y un pinar y decide que probablemente ya tiene relato suficiente.
Cuando nadie importante exige más, la verdad se adelgaza sola.
Bruno asintió.
—Y si además había un apellido en medio…
—Entonces se adelgaza más deprisa.
Pidieron el anexo de telefonía completo. Tardó casi cuarenta minutos en llegar del depósito digital. Mientras esperaban, Bruno llamó a un antiguo compañero que había trabajado entonces en esa demarcación. No esperaba mucho. Obtuvo menos.
—Lo recuerdo de pasada —dijo la voz al otro lado—. Lo llevó una patrulla y luego Judicial. Verano. Saturación. Una muerta joven. Sonó raro un par de días y luego se enfrió. ¿Por qué?
—Porque nunca debió enfriarse.
—Eso lo puedes decir ahora.
Bruno no respondió. Colgó con el mal sabor que dejan los casos donde nadie siente que haya actuado mal porque cada uno hizo exactamente lo mínimo.
El anexo llegó por fin. Eran seis páginas de registros desnudos, hora, número, duración, repetición. Bruno lo revisó con el índice marcando líneas.
—Aquí está otra vez —dijo—. La llamada a las 2:13. Y mira esto.
Laia se acercó.
Un minuto antes, el teléfono de Celia había recibido una llamada entrante desde un número móvil asociado, según la base de datos actualizada, a un terminal que en aquel momento figuraba a nombre de Gabriel Giner Castelló.
No era una prueba cerrada. Los teléfonos cambiaban de mano, los contratos se compartían, los terminales se prestaban. Pero el dato estaba ahí, como una piedra pequeña y exacta.
—Joder —murmuró Bruno.
Laia siguió leyendo.
Después de la llamada saliente a la administración, había dos intentos más a ese mismo número de Gabriel. Uno no contestado. Otro de seis segundos. Y, diez minutos después, silencio.
—¿Aparece en el atestado principal? —preguntó.
Bruno ya lo había buscado.
—No.
—¿Ni una mención?
—Nada.
Laia apoyó los nudillos en la mesa.
—Así que una chica que trabaja esa noche en el club recibe una llamada de Gabriel Giner, intenta acto seguido contactar con administración o con la oficina del club y nadie considera importante desarrollarlo.
Bruno soltó una risa amarga.
—El verano es una estación muy útil para la pereza.
Se quedaron un momento mirando el papel. Bruno pensó en Alba. En el modo en que una chica de quince años había debido de ir encontrando estos hilos sin los recursos de una policía, solo con intuición, memoria y obstinación. Y sintió una mezcla incómoda de admiración y rabia.
—Voy a pedir el histórico de titularidad y los movimientos de mantenimiento de aquella noche —dijo—. Si Celia llamó a administración, igual hubo una incidencia registrada, aunque luego la borraran del relato principal.
—O igual llamó a alguien concreto que estaba allí.
—Oriol aún no era administrador.
—No. Pero alguien ocupaba su puesto o hacía guardia.
Bruno asintió y empezó a ordenar los papeles en bloques.
—Hay otra cosa. Mira esta comparecencia de una mujer llamada Sonia Ferrás. Era una de las camareras temporales. Dice que, al terminar la fiesta, Celia estaba «nerviosa porque no encontraba una llave que le habían dejado». No especifica cuál.
Laia levantó la vista.
—Llave.
—Sí.
La inspectora pensó en el llavero que Marta había entregado horas antes. «PUERTA TÉCNICA - PISCINA ANTIGUA».
—Todo el mundo guardando trozos de noche en bolsillos distintos —murmuró.
Bruno hojeó de nuevo la declaración.
—Y no acaba aquí. Sonia añade que Celia quería devolver esa llave antes de irse porque «si se enteraba Helena, la mataba». Lo dice así. Igual era una frase hecha. Igual no.
Laia se puso en pie.
—No. Ya no es una frase hecha.
Cogió su móvil y marcó a Bruno desde la otra punta de la sala solo para reenviarle la fotografía ampliada con la mano masculina recortada en el borde. Luego le pasó también la imagen del llavero que Marta había permitido fotografiar antes de entregarlo.
—Quiero estos dos elementos en la misma línea temporal que las llamadas —dijo—. Y quiero saber quién gestionaba llaves de zona técnica en agosto de hace ocho años, quién autorizó la reforma de esa piscina y qué se hizo con los registros previos.
Bruno ya estaba enviando correos.
—De acuerdo.
—Y otra cosa.
—Dime.
—Voy a volver a hablar con Gabriel. Pero antes quiero una confirmación razonable sobre si ese teléfono era suyo de uso real o uno del despacho.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿Crees que Marta sabe algo más?
Laia pensó en la nota de Helena, en el llavero y en la manera en que Marta había cruzado por fin la línea entre la sospecha y la decisión.
—Sí —dijo—. Y creo que lleva años intentando no saberlo del todo.
Salieron del archivo cuando ya anochecía. El pasillo estaba casi vacío y la luz de los tubos volvía a todo un poco más plano. En el ascensor, Bruno apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos un segundo.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
Laia no respondió. Sabía que lo diría igual.
—Que ni siquiera hace falta imaginar una reunión secreta para entender esto. Solo gente bien colocada, una chica sola, un puñado de adultos cansados y la convicción de que hay errores que salen más baratos si se cuentan deprisa.
Laia asintió.
—Es la forma más común de monstruosidad.
Cuando las puertas se abrieron en el vestíbulo, ambos vieron a Mauro Robles sentado junto a la máquina de café, con los antebrazos apoyados en las rodillas. No se había marchado.
Se levantó al verlos.
—Perdonad —dijo—. Sé que no puedo estar aquí sin cita. Pero me he acordado de una cosa.
Laia lo hizo pasar a una sala lateral.
Mauro tardó en hablar. Se notaba que llevaba un rato dándole vueltas, midiendo si aquel recuerdo era real o si lo estaba deformando el miedo a haber dejado pasar durante años la única pieza importante.
—La semana antes de morir, Celia me pidió que la recogiera una noche a la salida del club —dijo—. No pude ir. Tenía turno. Se enfadó muchísimo conmigo. Luego me pidió perdón y me dijo que ya no hacía falta, que al final un señor se había ofrecido a acercarla si hacía falta.
—¿Te dijo quién? —preguntó Laia.
Mauro negó con la cabeza.
—No. Solo dijo «uno de los padres, de los que mandan allí». Yo pensé que exageraba. Ya sabéis cómo hablaba. Si alguien llevaba americana, para ella ya mandaba.
Laia intercambió una mirada rápida con Bruno.
—¿Recuerdas algo más?
Mauro apretó los dedos entre sí.
—Sí. Me dijo otra cosa. Que, si un día le pasaba algo, no creyera enseguida que había sido por ir bebida o por hacer alguna tontería. Me enfadé mucho cuando me lo soltó. Le dije que no dijera idioteces. Ella se rio. Pero no era una broma.
La sala quedó en silencio.
Bruno bajó la vista a la carpeta azul, cerrada ya sobre la mesa.
Laia habló muy despacio.
—Gracias por volver.
Mauro asintió, agotado.
Cuando salió, Laia se quedó unos segundos inmóvil. Después miró a Bruno.
—Ya no estamos reabriendo un caso viejo —dijo—. Estamos mirando la misma lógica en dos noches distintas.
Bruno pensó en Alba, en Celia, en la llave, en la foto, en el teléfono de Gabriel, en Helena escribiendo mejor no darle más recorrido como quien recomienda no alargar una sobremesa incómoda.
—Y alguien ha vivido años confiando en que nunca juntaríamos los dos bordes —respondió.
Laia recogió la carpeta y se la llevó bajo el brazo.
—Pues se han acabado los bordes sueltos.