22
Marta llevaba tres noches entrando en el cuarto de Alba como si no terminara de obtener permiso.
Empujaba la puerta despacio, aun sabiendo que al otro lado no la esperaba nadie, y durante uno o dos segundos tenía la sensación física de estar interrumpiendo algo.
Una respiración, una rabia, una música muy baja bajo los auriculares, el desorden vivo de una chica de quince años convencida de que su intimidad le pertenecía por fin.
Luego la habitación volvía a ser solo una habitación.
La cama hecha a medias. La sudadera gris colgada del respaldo.
Un vaso con agua a la mitad. El espejo salpicado de pequeñas huellas de dedos en un borde.
Dos anillos baratos sobre la mesita. Un libro abierto boca abajo.
La cargadora del móvil enrollada como una serpiente corta.
Cosas mínimas. Insignificantes, si no fuera porque todas parecían seguir teniendo temperatura.
Marta se sentó en la alfombra, junto al armario, y apoyó la espalda en la pared.
Había dejado la luz principal apagada. Solo entraba la claridad débil del pasillo y la lámpara pequeña de la mesa de estudio, que había encendido sin pensar en cuanto entró.
Lo hacía siempre. Como si Alba fuese a molestarse si la dejaba leer o registrar cosas entre sombras.
Llevaba en la mano la fotografía que Laia le había enseñado esa tarde.
No se la había quedado; eso no habría sido posible.
Pero la imagen seguía entera en su cabeza.
La piscina antigua. Helena sonriendo. Gabriel de perfil.
Dídac demasiado cerca de sí mismo. Y Celia, detrás, sujetando una bandeja con los hombros ligeramente vencidos hacia delante, como si ya estuviera a mitad de una tarea y la foto solo hubiese interrumpido unos segundos la secuencia natural del trabajo.
Marta cerró los ojos.
Había cosas que una mujer recordaba sin saber que las había retenido.
El cerebro las guardaba donde guardaba también el tono exacto de una frase dicha una vez y nunca más, el olor de una noche de agosto concreta o el gesto breve con que alguien deja una copa en una mesa cuando acaba de decidir algo importante.
Ella llevaba años diciéndose que de aquel verano no conservaba nada especial.
Una sucesión de cenas, calor, niños pequeños, fines de semana parecidos.
La ficción cómoda de una etapa todavía feliz.
Ahora, en cambio, los recuerdos empezaban a caerle encima como piezas sueltas de un mueble mal montado.
Se levantó y fue hasta el armario empotrado del fondo. Abrió la hoja de la derecha, la que Alba utilizaba menos, y retiró una pila de toallas de playa viejas. Detrás estaba la caja de cartón gris.
No recordaba haberla escondido. Ni siquiera recordaba haber decidido que aquello debía quedarse en casa y no bajar al trastero cuando hicieron la última limpieza grande. Sin embargo, allí seguía. Etiquetada con una letra suya de años atrás: «COSAS VERANO / CLUB».
La sacó con las dos manos y la dejó sobre la cama.
Dentro había álbumes desparejados, invitaciones de cumpleaños, tarjetas de agradecimiento de fin de curso, dos gafas de bucear infantiles, un flotador pinchado, cintas del pelo, una libreta con menús apuntados para fiestas, pulseras de tela, velas sin usar.
Y debajo de todo aquello, sobres con fotografías impresas.
Marta tardó varios minutos en encontrar lo que no buscaba.
No era una imagen. Era una tarjeta blanca, del tamaño de una octavilla pequeña, con el logo antiguo del club en azul marino. Al dorso, con una letra rápida que reconoció de inmediato como la de Helena, había anotado dos líneas:
«Marta: mejor no darle más recorrido.»
«H.»
Marta se quedó inmóvil.
No recordaba haber conservado aquello. Ni recordaba con precisión la conversación a la que pertenecía.
Aun así, en cuanto leyó la nota, supo de qué época venía.
Del final del verano en que murió Celia.
De los días raros posteriores, cuando durante una o dos semanas se habló en voz más baja en el club y algunas mujeres dejaban de sonreír al ver acercarse a otras.
De aquella sensación indefinible de haber llegado tarde a una historia que ya estaba siendo ordenada por otros.
Siguió buscando.
En el fondo de la caja apareció otra cosa: un llavero de plástico transparente con una etiqueta dentro. «PUERTA TÉCNICA - PISCINA ANTIGUA». La inscripción estaba medio borrada, pero aún se leía. Marta soltó el llavero sobre la cama como si quemara.
Y entonces lo recordó.
No todo y menos de golpe. Los recuerdos no funcionan así.
Vino primero la noche. Un calor pegajoso, ya cerca del final del verano.
Alba dormida. Ella bajando a la cocina por agua.
Gabriel no estaba en la cama. Eso le había parecido raro, aunque no lo bastante raro.
Bajó descalza. Vio una luz encendida en la zona del porche lateral y, a través de la cristalera, distinguió la silueta de Gabriel junto a la mesa exterior.
No estaba solo. Helena estaba sentada frente a él.
Entre ambos había un cenicero, dos vasos y algo pequeño que Gabriel giraba entre los dedos.
El llavero.
En aquel momento Marta no pudo saberlo. Solo le llamó la atención que hablaran tan bajo.
Tan serio. Salió al porche pensando que ocurría algo con algún vecino o con alguna derrama, cualquier asunto de los muchos que parecían invadir su vida social entonces.
Cuando abrió la puerta, Helena levantó la vista y dejó de hablar de inmediato.
—¿Pasa algo? —preguntó Marta.
Gabriel tardó una fracción de más en responder.
—No. Nada. Vuelve a la cama.
Helena sonrió. Una sonrisa pequeña, útil.
—Ha habido una incidencia con una trabajadora del club —dijo—. Nada que te afecte.
«Incidencia.» La palabra reapareció ahora en su memoria con una nitidez escabrosa en lugar de un accidente, una muerte o una chica.
Marta recordó también otra cosa. Gabriel guardándose el objeto en el bolsillo cuando ella salió. Y la mirada entre ambos. Breve y cansada. Como la de dos personas que ya habían decidido qué iba a ser contado.
Se sentó en la cama de Alba con la nota de Helena en una mano y el llavero en la otra.
No lloró enseguida. Primero sintió una fatiga enorme, casi de enfermedad.
El tipo de cansancio que no viene del cuerpo, sino de una comprensión que llega demasiado tarde y obliga a rehacer por dentro años enteros de convivencia.
Después sí. Después se le llenaron los ojos y tuvo que apoyarse con la palma abierta en el colchón para no inclinarse hacia delante.
Llamaron a la puerta con los nudillos.
Marta escondió la nota bajo un jersey y cerró la caja de un golpe torpe.
Era Gabriel.
—¿Puedo pasar?
No esperó una respuesta clara. Entró igual.
Llevaba la cara endurecida por el mismo dominio cansado con que había atravesado todas aquellas horas.
A Marta le chocó verlo allí, entre los objetos de Alba, con el cuerpo todavía entero y funcional.
Como si la novela del sufrimiento pudiera seguir representándose sin fisuras.
—Laia ha vuelto a llamar —dijo él—. Quiere vernos mañana a primera hora.
Marta lo observó sin decir nada.
Gabriel reparó en la caja.
—¿Qué haces?
—Mirar.
—No es el momento.
La frase cayó entre ambos con una normalidad tan antigua que, durante un segundo, Marta sintió la tentación física de obedecerla. Luego miró el llavero que seguía apretando dentro del puño y comprendió que esa obediencia era precisamente el problema.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Decirte qué?
Marta abrió la mano. El llavero quedó a la vista, diminuto, ridículo, devastador.
Gabriel no dio un paso atrás. No necesitó hacerlo. El movimiento fue más pequeño y más revelador: una quietud súbita en los ojos.
—¿Dónde has encontrado eso?
—Aquí. En una caja de verano. Con una nota de Helena.
Él tardó demasiado en responder.
—No sé qué crees que significa.
—Yo tampoco lo sabía hace ocho años —dijo Marta—. Ahora empiezo a saberlo.
Gabriel se pasó la mano por la cara.
—Marta, no.
—¿No qué?
—No conviertas esto en otra cosa.
La frase la atravesó de tal manera que tuvo que levantarse.
—¿Otra cosa? —repitió—. Nuestra hija ha desaparecido y tú me hablas como si el mayor peligro fuera que yo interprete mal una escena antigua.
—Te hablo como alguien que está cansado y no puede permitirse una histeria más.
Marta lo miró con un asombro tan limpio que por un momento él mismo pareció oírse.
—¿Una histeria?
Gabriel bajó la voz enseguida.
—No quería decir eso.
—Ya lo has dicho.
Se hizo un silencio grueso. Del pasillo llegaba el murmullo lejano del aire acondicionado y, más abajo, el golpe de una puerta cerrándose despacio.
—Aquel verano pasó algo feo —admitió al fin Gabriel—. Algo confuso. Había chavales, alcohol, gente haciendo el idiota. Celia apareció muerta. Se investigó.
—¿Se investigó? —Marta notó que la risa le salía rota—. Tú y Helena estabais a las tres de la mañana en el porche de mi casa con una llave técnica y una nota que decía «mejor no darle más recorrido». ¿Eso era investigar?
Gabriel se acercó un paso.
—Era evitar que una desgracia se convirtiera en una carnicería inútil.
La palabra se quedó suspendida. «Carnicería inútil.» El lenguaje exacto de un hombre que todavía medía el daño en función de su rendimiento.
Marta sintió un escalofrío.
—¿Qué hicisteis?
Gabriel negó con la cabeza.
—No vas a escucharme así.
—No tienes derecho a elegir cómo te escucho.
Él cerró un instante los ojos.
—No maté a nadie, Marta.
La frase no la alivió. Al contrario. Era demasiado precisa para servir de consuelo.
—No te he preguntado eso.
—Pues pregúntamelo bien.
Marta dio un paso hacia él.
—¿Qué pasó con Celia? ¿Y qué sabías antes de que Alba desapareciera?
Gabriel la sostuvo un segundo, como si calculara cuánto podía decir sin abrir una grieta que ya no pudiera cerrarse. Luego apartó la vista hacia la mesa de estudio de Alba.
—Tu hija estaba jugando con cosas que no entendía —dijo.
Marta sintió cómo el dolor se transformaba en una rabia fría.
—No hables de ella así.
—Es la verdad.
—No. —La voz le salió más baja, más firme—. La verdad es que quizá era la única que estaba intentando entender algo que vosotros lleváis años enterrando.
Gabriel no respondió.
Y ese silencio, por primera vez, le dijo más que cualquiera de sus frases.
Cuando él salió de la habitación, Marta tardó varios minutos en volver a respirar con normalidad. Después cogió la nota de Helena, el llavero y la caja entera. Los bajó al salón, los dejó sobre la mesa y llamó a Laia Roca.
No lo hizo como esposa. Ni como vecina. Ni siquiera como madre del todo.
Lo hizo como alguien que acababa de comprender que el precio de seguir obedeciendo era ya demasiado alto.