Dentro (El perímetro 1) 21
52%

21

La fotografía había pasado por demasiadas manos antes de llegar a la suya.

Se notaba en el grano levantado, en el brillo irregular del papel y en la esquina superior derecha, donde alguien había intentado despegar una cinta antigua y había dejado una marca blanca, casi pelada, que mordía parte del cielo.

Aun así, la imagen conservaba algo terco.

La capacidad de volver entero un verano que ya no existía.

Laia la colocó sobre la mesa junto a la carpeta del caso y la observó sin tocarla durante unos segundos.

Era una foto de grupo, tomada al borde de la antigua piscina pequeña del club social, antes de la reforma.

Se veía enseguida por el suelo de piedra más oscura, por las tumbonas de hierro y tela cruda que ya no estaban y por el seto bajo, menos crecido, que entonces dejaba al fondo una línea de pinos pequeños.

Había ocho personas. Seis miraban a cámara.

Una se estaba girando. La última quedaba medio cortada por el borde izquierdo.

—Si Jan no hubiese tenido la costumbre de guardarlo todo sin saber muy bien por qué, nunca la habríamos visto —dijo Bruno.

Laia levantó los ojos.

—La costumbre no era suya. Era de Alba.

Bruno asintió. Habían encontrado la foto dentro de una funda transparente, doblada en dos, escondida entre las hojas de un libro de lectura de Jan.

Él aseguró que Alba se la había dado hacía unas semanas, más para que la mirara que para que la conservara.

La había olvidado allí hasta la noche anterior, cuando de pronto recordó que existía.

Laia por fin cogió la imagen.

—¿Quién la hizo?

—Aún no lo sabemos. Parece de móvil viejo o de cámara compacta. Jan no lo tiene claro. Dice que Alba la había sacado de una caja que su madre guardaba en el trastero o en un armario de arriba, no entendí bien.

La inspectora acercó la foto a la lámpara.

En el centro aparecía Helena, mucho más joven, aunque ya con ese tipo de belleza organizada que no necesita edad concreta.

Sonreía de una manera medida, casi cívica, con un vaso en la mano.

A su derecha, una Marta más delgada, el pelo más corto, el rostro todavía sin esa fatiga que ahora parecía habérsele instalado debajo de la piel.

Cerca de la barandilla, un hombre al que Laia tardó un segundo en identificar como Gabriel, con una mano en el bolsillo y otra apoyada en el hombro de un chico alto, todavía adolescente, que ya tenía algo de sí mismo demasiado afirmado en la mandíbula. Dídac. No podía ser otro.

Y detrás. Medio girada. Casi a punto de salir del encuadre. Con una bandeja de vasos entre las manos.

Celia Robles.

Laia no necesitó que nadie se lo dijera.

La joven no miraba a cámara. Parecía estar atendiendo otra cosa, quizá una voz fuera de plano, quizá una orden, quizá el simple reflejo de seguir trabajando mientras los demás posaban.

Lo más perturbador no era su presencia. Era su lugar.

Estaba dentro de la fotografía y fuera de ella al mismo tiempo, como si la escena la hubiese admitido solo en la medida exacta en que hacía falta para sostenerla.

—¿Ves eso? —preguntó Bruno, señalando con la punta de un bolígrafo sin tocar el papel.

Laia ya lo había visto.

Dídac, aunque la mano de Gabriel tapaba parte del gesto, tenía el cuerpo apenas inclinado hacia detrás, como si hubiese interrumpido un movimiento justo al oír que iban a hacer la foto. Y la dirección de su mirada no iba hacia cámara. Iba hacia Celia.

—También lo vio Alba —dijo Laia.

—Eso parece.

Laia dejó la foto sobre la mesa y se recostó en la silla.

—No demuestra nada.

—No.

—Pero a ella le bastó para seguir tirando.

—Sí.

Bruno se sirvió café de una termo metálica. Estaba frío. Hizo una mueca y aun así bebió un sorbo.

—Jan ha dicho algo más —comentó—. Que Alba le enseñó esta foto mientras le hablaba de una caja vieja con más imágenes y papeles. Según él, estaba convencida de que su madre no sabía exactamente qué guardaba allí arriba. O sí, pero no quería mirarlo.

Laia apoyó un dedo en la esquina blanqueada de la fotografía.

—¿Hemos vuelto a revisar el trastero?

—Sí. De momento no ha aparecido nada parecido. O alguien se ha adelantado, o Alba lo movió, o Marta retiró cosas sin recordar su importancia.

—O Gabriel.

Bruno dejó el vaso.

—También.

Se quedaron unos segundos en silencio. En la carpa exterior del puesto móvil se oían pasos, una radio policial, el golpe hueco de una caja al cerrarse.

El caso llevaba ya demasiadas horas dentro de la urbanización y el recinto empezaba a mostrar un cansancio hostil, esa manera sofisticada de decir, bastante han durado ustedes aquí.

Laia llamó a la puerta del despacho improvisado de Oriol Massanet dos horas después.

El administrador tardó un momento en abrir.

Cuando lo hizo llevaba la americana colgada del antebrazo y la camisa arrugada por primera vez desde que había empezado la investigación.

Aquello, en él, equivalía casi a una confesión de agotamiento.

—Inspectora.

—Necesito diez minutos.

Oriol se apartó. El despacho administrativo del club olía a papel, a polvo viejo de archivador y al perfume limpio de los espacios demasiado ventilados.

En una pared había planos del recinto, horarios de mantenimiento y un cuadro con la normativa interna.

Sobre la mesa, una bandeja de llaves numeradas y un portátil abierto en una hoja de cálculo.

Laia dejó la fotografía delante de él.

Oriol la miró y por primera vez su gesto cambió antes de que pudiera decidir no hacerlo. Muy poco. Lo justo.

—¿La reconoce?

—Claro. Tiene años.

—¿Quiénes salen?

Oriol sostuvo la mirada de Laia un instante y luego bajó de nuevo a la foto.

—Helena, Marta, Gabriel. Dídac. Creo que al fondo está la hermana de Helena, pero no se ve entera. Y esa de ahí debe de ser Celia, sí.

—No dice «una chica que trabajaba aquí». Dice Celia.

—La recuerdo.

—¿Por qué?

Oriol apoyó dos dedos en la mesa.

—Porque durante unos meses estuvo en varias casas. Porque era amable. Porque luego pasó lo que pasó y ya está.

—No. «Y ya está» no.

Oriol no se movió.

—¿Qué quiere exactamente de mí, inspectora?

Laia señaló la foto.

—Quiero saber por qué una adolescente de quince años decidió sacar esta imagen del fondo de una caja y empezar a preguntar por una mujer muerta hace ocho años.

—No lo sé.

—¿Seguro?

—Sí.

Laia cambió de ángulo.

—¿Dónde se guardaba la documentación antigua del recinto antes de digitalizarla?

Oriol parpadeó.

—Aquí. En el archivo trasero. Parte se destruyó, parte se trasladó.

—¿Quién decidió qué se destruía y qué no?

—No había nada sensible. Partes de incidencias, reparaciones, seguros, normativa.

—¿Y correos?

—Los correos se migraron cuando cambiamos de servidor.

—¿Todos?

—Hasta donde yo sé, sí.

Laia dejó caer una pausa.

—Alba encontró el nombre de Celia vinculado a un correo interno de mantenimiento.

Oriol frunció apenas el ceño.

—No debería.

—Ya. —Laia se inclinó un poco—. Esa es la cuestión.

Él la miró con más cansancio que temor.

—Hace años que aquí pasa por mis manos media vida de la gente.

Alarmas, humedades, llaves, proveedores, fugas, cambios de cámara, discusiones por obras, jardineros, conductores, profesores particulares, niños que rompen una lámpara del club y padres que prefieren pagarlo antes que dejar una nota.

Si cada vez que apareciera un nombre viejo en un correo interno hubiera que levantar un caso, no haríamos otra cosa.

—Celia no es un nombre viejo. Es una muerta mal cerrada.

Aquella vez sí hubo una reacción visible. No grande. Suficiente.

—Eso lo dice usted.

—Y Alba también empezó a decirlo.

Oriol apartó la vista de la foto y la dejó fija en la ventana. Afuera, entre dos pinos, se veía una franja del aparcamiento de invitados.

—Celia era una chica que trabajaba donde la llamaban —dijo al cabo—. Venía mucho por el club porque a veces ayudaba en celebraciones, cumpleaños, cenas. Luego limpiaba o servía un rato y se iba. No formaba parte de… —Se detuvo.

—¿De qué?

—De este mundo.

Laia mantuvo la voz baja.

—Eso no la hace menos real.

Oriol apretó la mandíbula.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Hubo un silencio tenso y mudo. Al fondo del pasillo alguien pasó arrastrando una caja de folletos y el sonido raspó el suelo de tarima.

—Quiero saber si Celia tuvo algún conflicto concreto en el recinto —dijo Laia—. Y quiero saber si Dídac Casanovas tuvo algo que ver con ella.

—Era un crío.

—No tanto.

—Yo no vigilaba los flirteos de los hijos de los vecinos.

—No le pregunto por flirteos. Le pregunto por problemas.

Oriol tardó unos segundos. Después se sentó sin invitarla a hacer lo mismo.

—Había rumores —admitió—. De esos que aparecen siempre. Una chica joven, unos chicos con demasiadas horas muertas en verano, una piscina, alcohol, tonterías. Nada concreto.

—¿Y Helena?

—¿Qué pasa con Helena?

—¿Intervino?

—Helena interviene en todo.

La frase salió con una mezcla de cansancio y verdad que Laia registró al instante.

—Explíquese.

Oriol apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos.

—Si dos vecinos se odian, Helena acaba tomando café con ambos.

Si un matrimonio discute a gritos en una casa y los de al lado llaman al administrador, Helena sugiere cómo tratarlo.

Si unos adolescentes hacen una fiesta y dejan cristales en la pista, Helena decide si conviene hablar con los padres juntos o por separado. Lleva años aquí. Tiene… ascendencia.

—¿También la tuvo con lo de Celia?

Oriol la miró.

—Con lo de Celia, todo el mundo quiso que aquello se cerrara deprisa.

—Eso incluye a quiénes.

Él no respondió.

Laia recogió la fotografía y la guardó en la funda transparente.

—Alba entendió algo al mirar esta imagen —dijo—. No porque la foto gritara, sino porque sabía leer lo que no encajaba. Ustedes llevan mucho tiempo confiando en que los jóvenes de aquí no miran de verdad. Pues bien. Ella miró.

Oriol se recostó en la silla, vencido un segundo.

—Eso le salió caro.

Laia se quedó quieta.

No sabía si él había querido decir más de lo que dijo. Tal vez no. Tal vez sí. Pero la frase, tal como había caído, ya era un dato.

—Sí —respondió—. A alguien también le va a salir caro haberlo pensado.

Cuando salió del despacho, Bruno la esperaba en el pasillo con el móvil en la mano.

—Acabo de hablar con el laboratorio —dijo—. Han limpiado un archivo de audio del teléfono de Alba. No está entero, pero se oye una voz masculina.

—¿Reconocible?

—Todavía no lo saben. Pero hay otra cosa.

—Dime.

Bruno levantó la pantalla. Era una captura de la foto ampliada.

—Mira el borde izquierdo.

Laia acercó la imagen. Allí, apenas visible, fuera casi del encuadre, había una franja de camisa azul clara y la mitad de una mano masculina apoyada en el respaldo de una silla. No se veía la cara. Solo ese gesto.

—¿Y? —preguntó.

—Jan dice que Alba estaba convencida de que esa mano era de su padre.

Laia sintió un endurecimiento frío detrás del esternón.

—¿Convencida por qué?

—Porque en otras fotos del mismo verano sale con la misma pulsera de cuero. Una que, según Jan, Gabriel llevó durante años.

Laia no respondió en el acto. Miró una vez más el trozo de brazo, la mano cortada, el gesto sin rostro que ahora volvía a entrar en la historia desde un borde casi invisible.

A veces bastaba eso. No una prueba definitiva. Solo un detalle empeñado en no desaparecer.