Dentro (El perímetro 1) 20
50%

20

Jan había aprendido muy pronto que, en Las Encinas, el miedo no sonaba como fuera.

Fuera la gente discutía, daba portazos, lloraba en los rellanos, llamaba a voces a un hijo desde la acera o se quedaba fumando en una esquina para que todos vieran que algo iba mal.

Allí dentro no. Allí el miedo se volvía educado.

Bajaba la voz. Cerraba mejor las puertas.

Se colocaba una mano en el brazo ajeno y decía ya lo hablaremos mañana, ahora no es el momento, no montes una escena, piensa un poco.

A los diecisiete años Jan todavía no sabía si eso era educación o cobardía.

Esa noche empezó a entender que, a veces, eran la misma cosa.

Laia lo hizo pasar a una sala pequeña del puesto móvil que habían instalado a la entrada del recinto.

La mesa de plástico estaba cubierta de carpetas, vasos de café tibio y hojas con horarios trazados a bolígrafo.

No había nada heroico en aquella habitación.

Era casi vulgar. Y, sin embargo, Jan entró como si fuera a cruzar una puerta mucho más grave.

Bruno se quedó a un lado, apoyado en el armario metálico. Laia no le indicó que se sentara hasta que él mismo se decidió. El chico lo hizo despacio, con la torpeza de quien siente el cuerpo demasiado largo para la edad que tiene.

—¿Has dormido algo? —preguntó Laia.

Jan soltó una risa mínima, sin humor.

—No.

—No me extraña.

Laia esperó. No le gustaba llenar los primeros segundos. Casi siempre el silencio ofrecía más que una pregunta mal lanzada. Jan mantuvo los ojos fijos en la mesa. Tenía las uñas cortadas al ras y en el nudillo derecho una costra reciente. No muy grande. Suficiente para que Bruno la mirara otra vez.

—Tu madre dice que llegaste a casa a las doce y veinte —dijo Laia al fin—. Tú dijiste anoche que algo antes.

—No miré la hora exacta.

—Tu madre sí.

Jan levantó por primera vez la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, pero no de una manera limpia. No parecía un chico que hubiera pasado la noche llorando, sino uno que llevaba demasiado tiempo sin decidir qué hacer con el miedo.

—¿Qué quieren que diga ahora? —preguntó.

—La verdad.

—No sé cuál arregla algo.

—A mí me sirve la que no te obligue a corregirte dentro de diez minutos.

Bruno movió apenas una ceja. La frase había caído llana, sin crueldad. Precisamente por eso Jan tragó saliva.

—Alba me escribió por la tarde —admitió—. Y yo no contesté como debía.

Laia no cambió de expresión.

—Eso ya lo sabemos. Cuéntamelo tú.

Jan apoyó los antebrazos sobre la mesa y juntó las manos. Durante un segundo pareció un niño cansado de una jornada demasiado larga.

—No fue nada raro al principio. Estaba… distinta desde hacía días.

Distinta no quería decir triste. Eso era lo que Jan no había sabido explicar a nadie. Alba estaba más despierta. Más incómoda. Como si hubiera dejado de aceptar que los adultos hablaran siempre en una habitación y vivieran en otra.

Luego añadió:

—Estaba más pendiente del móvil. A veces me hablaba como si quisiera contármelo todo y, al momento siguiente, se enfadaba porque yo no entendía nada. Yo pensaba que era una pelea con su padre o alguna movida con Lídia, cualquier cosa así.

—¿Y no era eso?

—No solo.

Laia no apartó la mirada.

—Sigue.

—Ayer me dijo que había cosas que ya no se podían dejar pasar —dijo Jan—. Lo escribió así. Yo le pregunté de qué hablaba y me contestó que daba igual, que si al final no se atrevía a hacerlo yo no habría oído nada.

Bruno intervino por primera vez.

—¿Hacer qué?

Jan negó una vez con la cabeza, molesto consigo mismo.

—No lo sé. O sí, pero no de forma… No sé. —Se pasó la mano por la nuca—. Desde hace una semana estaba con lo de aquella chica.

—Celia Robles —dijo Laia.

Jan se quedó inmóvil. El silencio confirmó lo que cualquier palabra habría estropeado.

—¿Te habló de ella? —preguntó Laia.

—No al principio. Al principio soltaba frases sueltas. Que había gente que llevaba años viviendo como si no hubiera pasado nada. Que en este sitio todos se protegen. Que los mayores se creen dueños de todo, también de lo que recuerdan los demás. Cosas así.

—¿Y tú qué pensabas?

—Que estaba obsesionándose.

—¿Con quién?

Jan tardó tanto en responder que Bruno dejó de fingir indiferencia.

—Con Dídac —dijo al fin—. O no solo con él. Pero sí… sí con él también.

Laia anotó el nombre sin teatralidad.

—Explícame eso.

Jan se humedeció los labios.

—Dídac venía a veces al club. O se lo cruzaba mi padre o alguien, no sé.

No es que viva aquí todo el rato, pero sigue entrando como si fuera suyo.

Alba lo odiaba. Antes no. Antes le caía bien.

Supongo que cuando era pequeña lo veía como a uno de esos mayores simpáticos que te preguntan por el colegio y te dejan elegir helado. Pero un día cambió.

—¿Cuándo?

—Este verano, creo. O a finales del curso.

No sé. Empezó por una tontería. Un comentario que oyó.

Luego preguntó a Lídia si se acordaba de una chica que había trabajado en varias casas.

Lídia no se acordaba. Yo tampoco. Mi madre quizá sí, pero en mi casa de esas cosas no se habla nunca.

Alba siguió. A veces me enseñaba capturas o trozos de fotos viejas.

Decía que había nombres que aparecían donde no debían.

Laia dejó el bolígrafo.

—¿Qué nombres?

Jan apretó los dedos.

—El de Dídac. El de Oriol una vez, en un correo viejo, pero no sé de qué iba. Y… —Se detuvo.

—Y.

—Y el de su padre en una conversación que oyó. O creyó oír. No lo sé.

Laia no necesitó mirar a Bruno para saber que lo había anotado.

—¿Qué conversación?

—No la oí yo. Me la contó ella. Dijo que su padre estaba hablando con Helena junto a la zona del gimnasio.

Que no sabían que ella estaba detrás de la cristalera.

Oyó algo de archivos, de que no convenía remover según qué cosas porque a veces la gente confunde lo que cree recordar con lo que pasó de verdad.

—¿Eso fue lo que te contó?

—Más o menos. Alba estaba alterada. A veces hablaba rápido y se le mezclaban las cosas.

—¿Y aun así la dejaste sola anoche?

El golpe fue seco. Jan cerró los ojos un momento.

—No la dejé sola.

Laia no dijo nada.

—Quiero decir… —Se corrigió con torpeza—.

Quedé con ella antes. En la pista de arriba, donde la de baloncesto.

Me dijo que después tenía que ver a alguien.

Yo me enfadé. Le dije que estaba jugando a ser más lista que todos, que no sabía con quién se metía.

Ella me preguntó si yo también iba a hacerme el tonto.

Así. Me lo dijo así. Yo le dije que no sabía de qué demonios hablaba y ella se rio. Pero no se estaba riendo.

Laia se inclinó apenas.

—¿Te dijo con quién había quedado?

—No.

—¿Insinuó algo?

—Dijo que por fin alguien iba a tener que mirarla a la cara y asumir lo suyo.

Laia dejó pasar dos segundos.

—¿Lo suyo de quién?

—No lo sé.

—Mientes peor cuando intentas proteger a otros que cuando intentas protegerte a ti.

Jan abrió mucho los ojos. La frase le había dado de lleno.

—No estoy protegiendo a nadie.

—Entonces ayúdame. —Laia juntó las manos sobre la mesa—. Jan, si Alba salió a ver a alguien dentro del recinto, ese alguien ya ha tenido muchas horas para ordenar su versión. Tú no. Por eso todavía estás a tiempo de hacer algo distinto.

El chico miró la puerta cerrada, luego a Bruno, luego otra vez a Laia.

—Dídac la escribió hace unos días.

—¿Desde qué número?

—No lo sé. Alba me enseñó una captura y la borró. O me la enseñó un segundo y luego la guardó. No decía mucho. Solo que si quería hablar de aquella noche más le valía saber primero de qué estaba acusando a la gente.

—¿Qué noche?

Jan soltó el aire por la nariz, como si la pregunta fuera obscena.

—La de Celia.

Nadie habló.

—¿Contestó Alba?

—Sí. O creo que sí. No vi lo que escribió. Solo vi que estaba temblando después.

Bruno dio un paso al frente.

—¿Y tú dónde fuiste después de verla anoche?

Jan se volvió hacia él.

—A casa.

—¿Directo?

La pausa fue un animal visible en la mesa.

—No.

—¿Dónde estuviste?

—Dando vueltas. —La voz le salió demasiado baja—. Cerca del módulo de mantenimiento. Por detrás.

Bruno se cruzó de brazos.

—¿Por qué?

—Porque sabía que iba a ir allí.

—¿La seguiste?

Jan se mordió el interior de la mejilla.

—No exactamente. Salí después. Pensé que… —Se le quebró algo en la garganta, pero no llegó a ser llanto—. Pensé que si veía que la cosa se ponía fea podría llevarla a casa o convencerla. No sé. No pensé. Hice lo que hago siempre aquí. Mirar desde lejos.

Laia sostuvo la respiración un segundo. Ahí estaba. El gesto aprendido del perímetro.

—¿La viste? —preguntó.

Jan asintió sin mirarla.

—Vi una sombra primero. Luego a ella. Discutían. No oía bien, solo trozos. Ella hablaba más alto. Decía que no podían seguir fingiendo. Que una chica había muerto y todos habían seguido comiendo, durmiendo, haciendo barbacoas y saludándose como si nada. Decía algo así.

—¿Y la otra persona?

—Un hombre.

—¿Dídac?

Jan dudó.

—Creo que sí. Sí. La voz era suya. O eso creo.

Laia notó cómo Bruno tensaba la mandíbula.

—Sigue.

Jan se llevó ambas manos a la cara y se las frotó con fuerza.

—Discutieron. Ella dio un paso atrás o él se acercó, no lo sé. Yo estaba más lejos. Luego apareció otra persona.

Laia sintió el leve frío que llega cuando una pieza encaja demasiado bien.

—¿Quién?

—No lo vi claro. Solo supe que no era Alba y no era Dídac. Venía desde la parte del camino de arriba. O de las casas. Todo pasó muy rápido.

—¿Qué pasó?

Jan tragó saliva.

—Alba giró. Empezó a decir algo. Hubo un empujón o un intento de sujetarla. Resbaló, creo. O tropezó contra el borde del hormigón. Oí el golpe. —Ahora sí le temblaba la voz—. Fue seco. Como cuando se cae una maceta grande, pero peor. Mucho peor.

Bruno se inclinó.

—¿Y después?

Jan lo miró con los ojos deshechos.

—Después no corrí hacia ella.

La frase quedó ahí, con una desnudez insoportable.

—¿Qué hiciste? —preguntó Laia.

—Me escondí.

Nadie se movió.

—Vi a uno agacharse. Vi a la otra persona llegar del todo.

Oí «joder» y luego «espera». Y después otra voz dijo que se callaran, que miraran si había alguien.

—Jan empezó a respirar deprisa—. Yo pensé que iban a llamar, lo juro.

Pensé que en un segundo alguien sacaría el móvil o gritaría.

Pero no. Se quedaron allí. Hablando bajo. Como si todavía pudieran arreglarlo.

Laia sintió que la piel de los brazos se le enfriaba.

—¿Viste si Alba se movía?

Jan cerró los ojos.

—No lo sé.

—Eso no es verdad.

Él se llevó una mano a la boca.

—Creo que sí. —Ahora lloraba por fin, pero sin desahogo—. Creo que sí. Muy poco. Como… como si quisiera coger aire. O cambiar de postura. No sé. Yo no lo sé.

Bruno apartó la vista un segundo.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí?

—No lo sé.

—Mírame.

Jan lo hizo.

—¿Cuánto?

—Un minuto. Dos. No sé. Luego me fui. Corrí. No pude más.

Laia habló muy despacio.

—¿Y no has dicho esto hasta ahora?

Jan la miró como si la pregunta no admitiera respuesta simple.

—Usted no ha crecido aquí.

Laia dejó que aquella frase cayera entera.

—No —dijo al fin—. Por eso sigo haciendo preguntas.

Jan bajó otra vez la cabeza.

—Si hablaba, me hundía con ellos.

—Y si callabas, la dejabas sola.

El chico no respondió.

Laia cerró la carpeta con suavidad.

—De momento no vas a salir del recinto sin avisar. Y vas a repasar cada detalle de esa noche, aunque te duela. Cada palabra. Cada movimiento. Cada sombra. Porque ya no se trata de ti quedando bien o mal delante de nadie.

Jan asintió sin fuerza.

Cuando Bruno abrió la puerta para que saliera, el chico se detuvo un instante.

—Yo no quería que le pasara nada —dijo sin volverse.

Laia tardó un segundo en contestar.

—Lo sé.

Y era verdad. Precisamente por eso resultaba aún peor.