Dentro (El perímetro 1) 19
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Alba no supo en qué momento exacto empezó a unir las piezas.

Mucho después, si alguien hubiera querido preguntárselo con cuidado —no para interrogarla, sino para entenderla de verdad—, quizá habría respondido que no fue una revelación, ni una escena concreta, ni uno de esos instantes limpios en los que la vida se abre en dos y ya nada vuelve a encajar igual.

Fue más pequeño. Más sucio. Una suma de cosas que al principio parecían no tocarse entre sí.

Un nombre oído donde no correspondía.

Una reacción demasiado rápida de su padre ante una pregunta insignificante.

La forma en que Jan calló una tarde junto a la pista de básquet cuando ella pronunció a medias el apellido Casanovas.

La mirada de Helena Aldasoro, tan limpia siempre, deteniéndose un segundo de más en una conversación ajena.

Y luego el olor.

No el olor de un perfume ni de una casa.

El de los trasteros del club social cuando se quedaban cerrados en verano, mezcla de cloro, polvo caliente y plástico envejecido.

Alba había bajado allí una tarde de finales de septiembre buscando unas raquetas antiguas para Lídia, que había roto la suya, y escuchó sin querer dos voces al otro lado del cuarto de material. No vio a nadie. Solo oyó.

—No puedes seguir tratándola como si no fuera a hacer nada.

La voz era de mujer. Tensa, baja. La reconoció al segundo: Júlia Ferrés. La recordaba del recinto, aunque ya apenas venía.

—No hará nada —contestó un hombre.

Alba conocía también esa voz, pero necesitó un momento para colocarla. Dídac.

Hubo un ruido seco, como de algo apoyado con brusquedad contra una mesa.

—Eso dijiste la otra vez —murmuró Júlia.

La frase cayó dentro de Alba como una piedrecita en un pozo. No por su significado, que entonces todavía no entendió, sino por la forma en que ambos callaron después. Un silencio lleno de algo antiguo.

No se movió. Permaneció junto a la estantería de material de piscina, con una pelota deshinchada contra la zapatilla y el pulso extraño, no rápido aún, sino atento. Dídac habló de nuevo.

—No mezcles las cosas.

—No las mezclo. Tú nunca las separaste.

Alba retrocedió sin hacer ruido. No quería que la vieran allí. Salió del trastero por el pasillo lateral y se quedó un rato fuera, bajo el sol seco de septiembre, fingiendo contestar un mensaje mientras la frase le daba vueltas por dentro. La otra vez.

No supo por qué, pero pensó en Celia.

Había escuchado ese nombre desde niña. No como se habla de un muerto.

Más bien como se evita una mancha vieja que ya no está a la vista, pero sigue en el suelo, aunque se haya cambiado el mueble de sitio.

Un par de veces, de pequeña, había preguntado quién era.

Le respondieron cosas distintas. Una chica que trabajaba aquí.

Una chica que tuvo un accidente. Una chica que se metía donde no debía.

Esa última versión se la oyó años después a la madre de Claudia, en una comida donde creían que los adolescentes no escuchaban nada si llevaban auriculares puestos.

A Alba le molestaban las frases que no explican y, al mismo tiempo, pretenden cerrar el asunto.

Una chica que se metía donde no debía.

Lo pensó otra vez aquella tarde, sentada en el borde de la pista vacía mientras Jan llegaba con la bicicleta arrastrada de una mano.

—¿Qué cara es esa? —le preguntó él.

Alba dudó un segundo. Después se la jugó.

—¿Tú te acuerdas de Celia Robles?

Jan soltó la bici de golpe.

No fue un gran gesto. No se llevó las manos a la cabeza ni exclamó nada. Simplemente dejó de moverse y la rueda delantera giró sola unos segundos antes de quedarse quieta.

—¿A qué viene eso?

—A que la he oído nombrar.

—¿Quién?

—Da igual.

Jan apartó la vista hacia la calle de arriba, donde dos niños pequeños corrían detrás de un patinete.

—No remuevas esa historia, Alba.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Vaya argumento.

Jan la miró por fin y hubo algo en sus ojos que no encajaba con la desgana adolescente de casi siempre. Miedo. Miedo auténtico y además antiguo. Como si no empezara en ella.

—Te lo digo en serio.

Alba sintió primero fastidio, luego curiosidad, y solo después una punzada leve que aún no se parecía al miedo, pero podía terminar pareciéndose mucho.

—¿Qué pasó con ella? —preguntó.

Jan negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Mientes fatal.

—No sé qué pasó exactamente.

—Ah.

—Y tú harías bien en dejarlo.

Aquello la irritó. No por el tono protector, que ya era bastante insoportable, sino porque de pronto sonó igual que los adultos.

Igual que su padre cuando hablaba de ciertas familias.

Igual que Helena cuando un conflicto pasaba de un patio a una cocina y, de la cocina, al comité de vecinos.

Dejarlo. No remover. No exagerar. No convertir una cosa fea en algo peor por querer mirarla demasiado.

—¿Tú también? —dijo.

—¿Yo también qué?

—¿Tú también sois todos así al final?

Jan abrió la boca, pero no contestó. Alba se puso de pie.

—¿Sabes qué es lo mejor? Que cuanto más me pedís que me calle, más claro tengo que aquí pasó algo.

Cogió la mochila del suelo. Jan alargó una mano hacia ella y la dejó caer enseguida.

—No es eso.

—Entonces explícame qué es.

No pudo. O no quiso. Alba se alejó sin mirar atrás, aunque sintió su silencio siguiéndola hasta la esquina de la calle.

Aquella noche buscó el nombre de Celia Robles en el móvil.

No encontró casi nada. Una noticia antigua, breve, mal escrita, sin contexto.

Un foro local donde una mujer insinuaba que la chica iba bebida.

Un comentario eliminado. Nada que justificara la reacción de Jan ni la tensión de Júlia y Dídac en el trastero.

Y, sin embargo, cuanto menos encontraba, más evidente le resultaba que eso también formaba parte de la historia.

La ausencia como versión oficial.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, observó a su padre por primera vez con la intención precisa de descubrir si un nombre podía cambiarle la cara.

Marta hablaba de una exposición en Barcelona a la que quizá irían el fin de semana.

Gabriel contestaba a correos desde el teléfono, con la tostada intacta en el plato.

Alba untó mermelada en silencio, notó el zumbido de la nevera, el roce de las tazas, el agua de la ducha en el baño del pasillo, y soltó el nombre casi sin énfasis.

—Ayer oí hablar de una chica que murió aquí hace años. Celia Robles.

El efecto fue mínimo.

Tan mínimo que, de no haber estado esperándolo, habría parecido inexistente.

Gabriel no dejó caer el móvil ni la miró de golpe. Solo tardó una fracción de segundo más en levantar la taza. Después bebió un sorbo y la dejó sobre el plato con demasiado cuidado.

—¿Quién te ha hablado de eso?

Ni «no sé quién es», ni «me suena», ni «qué tontería». Directamente eso.

Alba lo registró con una claridad que la hizo sentir al mismo tiempo satisfecha y sucia.

—Lo he oído.

—¿A quién?

—¿Importa?

Gabriel la miró entonces. No enfadado. Peor. Concentrado.

—Sí, importa.

Marta alzó la vista del café.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo Gabriel sin apartar los ojos de Alba—. Que hay historias viejas que la gente repite sin saber.

—Entonces cuéntamela tú.

Marta dejó la taza.

—Alba…

—No, en serio. Si es tan simple, cuéntamela.

Hubo un momento breve, casi íntimo, en que Alba creyó que su padre iba a hacerlo. A hablar. A poner palabras encima de aquella tensión rara que llevaba dos días creciendo dentro de ella. Pero no.

Gabriel se recostó en la silla.

—Una chica que trabajaba aquí tuvo un accidente. Fin.

—Ya.

—Y no tienes nada que hacer metiéndote en eso.

—Qué raro. Tú tampoco pareces muy cómodo con la idea.

Marta intervino entonces, demasiado tarde y demasiado suave.

—Alba, basta.

Ella se levantó con la tostada a medio comer.

—Claro. Basta.

Subió a su cuarto con el corazón golpeándole no de miedo, aún no, sino de una rabia fría que se iba pareciendo demasiado a una certeza.

Cerró la puerta, se sentó en la cama y miró la pantalla del móvil.

Tenía un mensaje de Lídia preguntándole si al final irían al centro comercial por la tarde.

Otro de Jan, vacío todavía: solo el nombre iluminado.

Y uno más, de un número que no tenía guardado.

«No sigas preguntando.»

Lo leyó tres veces.

Después volvió a abrir el buscador, escribió de nuevo Celia Robles y empezó a buscar no en la superficie, sino alrededor.

Redes antiguas. Álbumes olvidados. Nombres repetidos.

Etiquetas. Fiestas. Casas. Fotos donde nadie parecía esconder nada porque estaban convencidos de que nada podría tocarles nunca.

Tardó una hora en encontrar a Júlia Ferrés.

Otra media en localizar un verano entero de imágenes antiguas donde aparecían siempre los mismos.

Y menos de cinco minutos en ver la fotografía que lo torció todo.

No mostraba un crimen. Ni una pelea. Ni una escena comprometedora en sentido directo.

Solo un grupo de chicos junto a la valla norte del recinto, de noche, con botellas en la mano y la despreocupación insolente de quienes aún creen que el tiempo no se les pegará nunca al cuerpo.

Dídac estaba en el centro. Marc a su lado.

Y, al fondo, casi fuera de cuadro, pasaba Celia con una bolsa.

Nada más.

Pero Alba entendió, sin saber todavía cómo demostrarlo, que esa imagen era importante. Que aquellos no eran dos mundos separados —los hijos bien del recinto, por un lado, la chica que limpiaba por otro—, sino una misma escena vista desde distintos lugares de valor.

Se quedó mirando la foto mucho rato.

Después abrió el chat de Jan.

«Necesito hablar contigo. Y esta vez no me digas que lo deje.»

No respondió.

Entonces hizo algo que llevaba dos días pensando y aún no se había atrevido a hacer.

Buscó el contacto de Dídac Casanovas.

Lo tenía de una cena de verano en la que él, con esa simpatía plástica de los adultos jóvenes que gustan a los padres, se ofreció a crear un grupo para organizar una colecta solidaria del club de pádel. Alba jamás le escribió. Hasta aquella tarde.

Tardó varios minutos en decidir el mensaje exacto.

No quería sonar asustada. Tampoco quería sonar mayor, porque los mayores de El Encinar siempre sonaban igual cuando mentían.

Al final tecleó:

«Sé quién era Celia. No me digas que no. Tenemos que hablar.»

Lo envió.

Tardó menos de un minuto en recibir respuesta.

No era una negativa. No era un insulto. Ni siquiera una amenaza.

Era peor, porque sonaba casi amable.

«No creo que sea buena idea que hables de eso por aquí. Si quieres, luego te llamo.»

Alba dejó el teléfono sobre la cama y se quedó quieta.

Esa fue la primera vez que el miedo no le pareció una exageración suya.

No un miedo grande todavía. No la certeza de que algo fuera a pasarle esa noche o al día siguiente. Solo la intuición limpia, física, de haber puesto la mano en un mecanismo que seguía funcionando.

Y que alguien, al otro lado, acababa de notar el movimiento.