Dentro (El perímetro 1) 18
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Los nombres, alineados en la pantalla, parecían menos una lista que una fotografía vieja en la que nadie quería reconocerse.

Laia había pedido la sala pequeña del fondo, la que apenas usaban y donde el fluorescente del techo zumbaba con una obstinación casi doméstica.

A esas horas de la tarde, la comisaría estaba entrando en esa franja de cansancio en la que el café deja de hacer efecto y todo el mundo empieza a hablar más bajo.

Bruno volcó sobre la mesa una carpeta con fotografías impresas, varias copias de antiguos listados vecinales de Las Encinas y un dossier improvisado con recortes de redes sociales, imágenes de graduaciones, fiestas de verano, cenas de fin de curso y bodas recientes.

Vidas completas condensadas en una coreografía de sonrisas.

—Aquí están —dijo.

Laia apartó una taza vacía y se acercó.

Habían agrupado a los antiguos adolescentes del recinto en tres bloques.

Los hijos de las familias residentes permanentes.

Los que pasaban temporadas largas porque sus padres tenían allí segunda vivienda.

Y los que orbitaban alrededor del perímetro gracias a amistades, parejas o privilegios prestados.

Todos aparecían de una forma u otra en el entorno de Celia Robles.

No necesariamente como agresores, ni siquiera como protagonistas.

Simplemente estaban allí, igual que están las mesas y las sillas en un comedor antes de que alguien derrame el vino.

—Empieza por los residentes —dijo Laia.

Bruno deslizó la primera hoja.

Dídac Casanovas Oliver.

Nació con la clase de apellido que no necesita presentaciones en ciertos ambientes del área metropolitana.

Hijo de un promotor inmobiliario y de una mujer que presidía una fundación cultural con fotografías en todas las páginas de sociedad de la época.

En las imágenes de adolescencia aparecía con el pelo más largo, moreno, deportivo, la seguridad insolente de quien ha crecido sabiendo que el mundo no le responderá nunca del todo con un no.

Ahora dirigía una firma de consultoría patrimonial, o eso decía el perfil corporativo, y mantenía relación estrecha con varias familias del recinto, aunque ya no viviera allí.

—Este es el que Mauro señalaba —dijo Bruno—. Y no es el único que lo recuerda con esa mezcla de sonrisa y asco.

Laia asintió. Siguió leyendo.

Marc Vilalta Pons. Más discreto. Padre dentista, madre profesora de piano.

Acabó trabajando en el extranjero y regresó hace unos años para montar una empresa de distribución médica.

En las fotos antiguas siempre aparecía al lado de Dídac, un paso por detrás, con la cara de los hombres que llevan media vida ejerciendo de cómplices sin necesidad de mancharse del todo.

Arnau Prats Riera. Hijo de una abogada especializada en derecho urbanístico. Emigrado a Lisboa, vida aparentemente ajena al perímetro, pero presencia constante en veranos y reuniones del antiguo grupo.

Y, entre los nombres masculinos, dos mujeres que le interesaron enseguida a Laia.

Claudia Nogué Bassols. Hoy arquitecta, entonces una de las chicas más presentes en las fotografías de grupo. Cercana a Dídac, a Marc y a toda la estructura social del recinto. Posición ideal para haber visto y no haber dicho.

Júlia Ferrés Costa. Más joven, con rostro serio incluso en las imágenes de fiestas.

En un par de fotos aparecía hablando con Celia al fondo, algo apartadas del grupo principal, como si la trabajadora doméstica y la hija de una familia bien coincidieran en una zona de conversación que el resto no necesitaba registrar.

Laia tomó la foto y la acercó a la luz.

—Esta —dijo—. Quiero saber quién es ahora y dónde está.

Bruno marcó el nombre con un círculo.

—Aún hay más.

Pasaron a los apellidos asociados a segundas residencias.

Los Benet, los Soler, los Rubio-Lladó. Gente que no vivía allí todo el año, pero que en verano convertía Las Encinas en un pequeño país privado para adolescentes sin supervisión real y adultos demasiado ocupados protegiendo la buena convivencia como para mirar con precisión qué hacían sus hijos.

En las imágenes, la urbanización parecía una promesa publicitaria: cuerpos jóvenes, barbacoas, césped, una piscina recortada por la tarde, mesas largas, bicicletas apoyadas contra muros blancos.

Laia conocía esa estética. Era una forma muy eficaz de no enseñar nunca quién recoge los vasos al día siguiente.

—¿Qué sabes de Júlia Ferrés? —preguntó.

Bruno abrió otra pestaña.

—Trabaja en un estudio de interiorismo. Vive en Sant Cugat. Sin antecedentes, sin matrimonio llamativo, sin exposición pública. Lo interesante es otra cosa.

—Dime.

—Su madre fue muy amiga de Helena Aldasoro. Aún lo es, según parece.

Laia apoyó el dedo sobre la mesa, justo encima del nombre de Júlia.

—Quiero hablar con ella antes de que empiecen a avisarse entre ellos.

Bruno asintió, pero no apartó la mirada del resto de hojas.

—Hay algo más raro.

—Siempre hay algo más raro.

Sacó una fotografía de peor calidad. Estaba tomada de noche, con flash directo.

Se veía a un grupo de chicos junto a la valla vegetal del extremo norte del recinto.

No hacían nada concreto. Reían. Uno sostenía una botella.

Otro miraba hacia la izquierda, fuera de campo.

La imagen, en apariencia, no valía gran cosa.

Sin embargo, al ampliarla en la copia digital, aparecía al fondo una figura femenina que cruzaba con una bolsa de limpieza colgada del hombro.

Celia.

Laia entrecerró los ojos.

—¿Quién hizo la foto?

—No lo sabemos aún. Salió de una cuenta antigua de una de aquellas chicas. Estaba entre cientos de imágenes de verano. La subieron dos días antes de la muerte de Celia.

Laia observó los rostros uno por uno. Dídac, en el centro, se giraba hacia alguien que no aparecía en la fotografía. Marc sonreía. Arnau estaba medio cortado por el borde. Celia, al fondo, caminaba sola.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta de estas fotos? —preguntó.

Bruno no respondió.

—Que nadie piensa nunca que está retratando la antesala de nada.

Él dejó escapar una media sonrisa cansada.

—Eso o que están demasiado convencidos de que nada les alcanzará después.

Se quedaron en silencio unos instantes. Laia fue apartando imágenes hasta formar dos montones. Uno con los nombres indiscutibles. Otro con los periféricos. Después añadió una hoja en blanco y empezó a trazar líneas a bolígrafo.

Dídac conectado con Marc y Arnau.

Dídac conectado con Celia.

Helena conectada con la madre de Júlia.

Helena conectada con Oriol a través de la gestión del recinto.

Gabriel Giner conectado con Dídac por antigüedad, confianza vecinal y una proximidad que, al menos de momento, no era todavía del todo visible, pero se intuía.

—No son solo amigos de adolescencia —dijo Bruno, leyendo por encima de su hombro—. Son la prolongación natural de un sistema de adultos.

Laia asintió.

—Eso es lo que quiero demostrar. Que no hablamos de cuatro chicos idiotas en una noche mala. Hablamos de hijos criados dentro de una estructura donde siempre hubo alguien dispuesto a bajar el volumen de las consecuencias.

Bruno se apoyó en el respaldo de la silla.

—¿Y si Celia vio algo que comprometía a uno de ellos y a partir de ahí todo el mundo fue moviéndose por reacción? Padres, vecinos, Helena, quien fuera.

—Eso explicaría la prisa por convertirlo en accidente.

—Y también explicaría que Alba estuviera relacionando el pasado con ahora. Si detectó que uno de aquellos chicos sigue siendo intocable, o que repite conductas, o que alguien lo sigue tapando…

Laia levantó la vista. La hipótesis aún era solo eso, pero empezaba a respirar por sí sola.

—¿Quiénes de ellos siguen entrando en el recinto con naturalidad? —preguntó.

Bruno le pasó otra hoja.

Dídac, sí. Marc, alguna vez. Arnau, muy poco. Júlia, en cumpleaños familiares y actos concretos. Claudia, relación intermitente. Había además dos nombres menores que aparecían y desaparecían en función de las épocas, pero ninguno con la densidad de Dídac.

—Él es el centro —dijo Bruno.

Laia miró la fotografía nocturna otra vez. La bolsa de limpieza al hombro de Celia. La ligereza del gesto de los chicos. La valla al fondo.

—No necesariamente el único.

—No, claro. Pero el centro.

El teléfono de Bruno vibró. Lo sacó del bolsillo, leyó la pantalla y alzó la cabeza de inmediato.

—Tenemos respuesta del banco de imágenes de la urbanización. Han localizado un par de álbumes privados de las fiestas de aquel verano.

—¿Y?

—En uno aparece Helena organizando una cena de padres la misma noche en que, según la reconstrucción, Celia terminaba tarde en casa de los Casanovas.

Laia extendió la mano. Bruno le enseñó la imagen en la pantalla.

Helena, ocho años más joven, sostenía una bandeja con copas y hablaba con tres mujeres en un porche iluminado.

Todo en la foto respiraba tranquilidad, riqueza templada, cordialidad adulta.

De fondo, casi fuera de cuadro, un joven cruzaba el jardín.

Dídac. O quizá Marc. Era imposible asegurarlo sin ampliar más.

—Quiero ese álbum completo —dijo Laia.

—Ya lo están pidiendo.

Ella volvió a las hojas, pero en realidad ya no las veía del mismo modo.

No eran solo adolescentes del pasado. Eran piezas formadas dentro del mismo laboratorio moral.

Hijos del perímetro. Chicos que aprendieron pronto qué hacer cuando algo se tuerce: mirar primero a los adultos adecuados.

Esperar instrucciones. Confiar en que la maquinaria pondrá un relato encima del daño.

Se puso de pie y empezó a caminar despacio por la sala.

—Mauro dijo una cosa importante —murmuró.

Bruno esperó.

—Que Celia distinguía muy bien quién podía permitirse ciertas cosas y quién no. Eso significa que entendía perfectamente la jerarquía del lugar. Si aun así decidió no callarse, tuvo que ver algo muy grave o creer que todavía estaba a tiempo de evitar algo peor.

Bruno cerró la carpeta.

—Y Alba, años después, encuentra el hilo.

—Sí.

—¿A través de qué?

La pregunta quedó suspendida. Un ruido de archivadores se oyó en la sala contigua. Luego una risa breve, ajena al caso, y otra vez el zumbido del fluorescente.

Laia volvió a sentarse.

—No por casualidad —dijo—. No me creo que una chica de quince años llegue a Celia solo rebuscando en un cajón. Alguien tuvo que cometer un error en el presente. Una frase. Un gesto. Un miedo demasiado visible. Algo que le hizo pensar que aquello no estaba muerto.

Bruno la miró.

—Y si lo que descubrió no era solo el pasado.

—Entonces ya no investigaba una historia vieja. Investigaba una continuidad.

Se quedaron unos segundos callados, cada uno con esa idea ocupándole un lugar distinto del cuerpo.

Bruno señaló la foto de Júlia Ferrés hablando con Celia.

—Empiezo por ella.

—Empiezas por ella —repitió Laia—. Y yo quiero a Dídac aquí antes de que tenga tiempo de prepararse del todo.

Bruno recogió las hojas, pero dejó la imagen nocturna sobre la mesa.

Laia la tomó entre los dedos. Al fondo, Celia caminaba sin mirar a cámara.

Lo que a primera vista parecía una simple escena de verano tenía ahora algo insoportable: la facilidad con que una vida puede quedar relegada al segundo plano incluso antes de que ocurra lo peor.

—¿Sabes qué es lo que más se parece a la inocencia cuando la miras desde lejos? —preguntó Bruno ya en la puerta.

Laia no respondió. Seguía mirando la fotografía.

—La costumbre —dijo él.

Ella levantó la vista entonces. No sonrió. Solo dejó la imagen sobre la carpeta y apagó con el dedo el flexo de la mesa.

—Vamos a ver cuánto aguanta la suya.