17
Mauro Robles no se levantó cuando entraron.
Se quedó sentado a la mesa de la cocina, con un vaso de agua delante y las persianas a medio bajar, como si el sol de mediodía fuese una intromisión de mal gusto.
El piso estaba en un bloque antiguo de Cornellà, limpio sin exceso, con el suelo brillante de haber sido fregado esa mañana y un olor tenue a café recalentado y detergente barato.
En la pared del fondo había una fotografía enmarcada de una comunión, otra de una mujer joven con uniforme de supermercado y una más pequeña, algo torcida, donde una chica morena se reía con la cabeza echada hacia atrás.
Laia supo antes de preguntar que esa era Celia.
Mauro tendría treinta y pocos años, aunque el gesto de la boca lo envejecía.
Llevaba una camiseta gris, vaqueros gastados y los nudillos hinchados de quien trabaja con las manos o aprieta demasiado los puños incluso cuando está quieto.
Miró a Bruno primero, luego a Laia, y dejó caer una frase que no sonó agresiva. Sonó cansada.
—Han tardado ocho años en volver a pronunciar su nombre.
Laia tomó asiento frente a él sin pedir permiso. Bruno se quedó un poco ladeado, cerca de la nevera, con la libreta abierta.
—No hemos venido por cortesía —dijo ella—. Hemos venido porque creemos que la muerte de su hermana puede tener relación con la desaparición de una chica del mismo recinto.
Mauro bajó la vista al vaso. Lo tocó con dos dedos, sin beber.
—Alba Giner Salvat —dijo, y la precisión del nombre reveló que llevaba horas, quizá días, leyendo todo lo que encontraba.
—Sí.
—Entonces no creen. Ya lo saben.
Laia no respondió a esa provocación. No porque no quisiera, sino porque había aprendido que ciertos hombres solo permiten que la conversación avance si antes se les deja colocar un poco de rabia encima de la mesa.
—Queremos entender qué pasó con Celia —dijo—. Cómo fueron sus últimos días. Qué dijo, a quién vio, si notó usted algo raro, si ella lo notó. Lo que no aparezca en el expediente tendrá que salir ahora de usted.
Mauro alzó por fin la cara. Tenía los ojos oscuros de su hermana, pero en él parecían más pequeños, más duros, como si hubieran tenido que cerrarse antes de tiempo para soportar mejor algunas cosas.
—En el expediente no aparece una mierda —dijo.
Bruno no levantó la vista de la libreta.
—Eso ya lo hemos visto.
—Claro que lo han visto. Porque a ella la enterraron mucho antes de meterla en el nicho.
Primero la noche aquella. Luego en comisaría.
Luego en el periódico, si es que a eso se le puede llamar periódico.
Un breve de veinte líneas. «Joven hallada muerta en las inmediaciones de una urbanización».
Joven. Ni su nombre. Ni quién era. Ni que llevaba años levantándose a las seis para encadenar casas de limpieza y cuidar a ancianos que no eran suyos.
Ni que todavía llevaba en el monedero la lista de la compra de mi madre porque había salido a comprarle yogures antes de irse a trabajar.
Laia dejó que siguiera.
Mauro apoyó los codos en la mesa.
—La convirtieron en una chica que bebía más de la cuenta y tuvo mala suerte. Eso fue todo. ¿Saben cuántas veces me preguntaron si tenía novios raros, si se metía en líos, si salía por la noche, si era una de esas? Una de esas. Como si tuviera que demostrar que mi hermana merecía una investigación.
En el silencio que siguió, se oyó el ascensor del rellano y una tubería golpeando en algún lugar del patio interior.
—No vengo a pedirle confianza —dijo Laia—. Vengo a pedirle hechos.
Mauro sonrió sin humor.
—Los hechos también se los di entonces.
—Démelos otra vez.
Tardó un poco. Se levantó, fue hasta el aparador del comedor y sacó una caja metálica de galletas.
La dejó sobre la mesa, la abrió y fue retirando papeles doblados, una pulsera rota, un cargador antiguo y dos fotografías sueltas.
Una de ellas era la misma que estaba enmarcada.
La otra mostraba a Celia sentada en el borde de una piscina vacía, con un cubo de fregona al lado y el pelo recogido a toda prisa.
Sonreía a cámara con una mueca algo avergonzada, como si le hiciera gracia que la fotografiaran mientras trabajaba.
—Las Encinas —dijo Mauro, tocando la foto con el índice—. Ahí empezó a cambiar.
Bruno levantó la vista.
—¿Cambiar cómo?
—A ponerse nerviosa por tonterías. A mirar el móvil y guardárselo enseguida.
A decir que en algunas casas pasaban cosas raras, pero sin entrar.
Yo le preguntaba y ella salía con que no me metiera, que bastante tenía ya con mis horarios y con mamá.
Era muy suya para eso. Cuando algo la avergonzaba, se cerraba.
—¿Le avergonzaba o le daba miedo?
Mauro pensó un segundo.
—Las dos cosas pueden parecerse mucho.
Laia deslizó la foto hacia sí.
—¿En qué casas trabajaba dentro del recinto?
Mauro enumeró tres. Una de ellas era la de los Casanovas. Otra, una vivienda más pequeña de una pareja que ya no seguía allí. La tercera, la casa de Helena Aldasoro, en la que según el expediente Celia no había prestado servicio nunca.
Laia alzó la vista.
—¿Está seguro de este nombre?
Mauro asintió.
—Fue un par de veces. No llevaba la casa fija, porque esa mujer tenía a otra. Pero cuando la otra faltaba o necesitaban refuerzo para una comida de gente importante, llamaban a Celia. Le pagaban bien, decía.
Bruno anotó algo.
—En el expediente no aparece.
—Ya. En el expediente faltan muchas cosas.
Laia dejó la fotografía sobre la mesa y apoyó los antebrazos, acercándose un poco más.
—Necesito que me diga cuándo notó usted que su hermana tenía miedo.
Mauro miró la persiana. A través de las rendijas entraba una luz blanca, casi inmóvil.
—La semana antes de morir —dijo—. Dos días antes, quizá tres.
Llegó a casa más tarde de lo normal y se encerró en el baño.
La oí vomitar. Cuando salió, le pregunté qué le pasaba.
Me dijo que estaba cansada, pero no me miró.
Después se puso a fregar la cocina como una loca, sin sentido, a las once de la noche.
Le quité la fregona de las manos y me soltó que no quería volver allí.
—¿Allí dónde?
—No lo dijo. O no quiso.
—¿Y luego?
Mauro respiró hondo.
—Luego se calmó. O fingió. Al día siguiente estuvo rara otra vez. Revisaba el móvil cada dos minutos. Sonaba, miraba la pantalla y no cogía. Aquella noche la escuché hablar bajito con alguien en la galería. No oí todo. Solo una frase.
Laia esperó.
—No voy a seguir callándome, dijo.
Ni Bruno ni ella escribieron de inmediato. Mauro había pronunciado la frase como si todavía le doliera haberla oído.
—¿Reconoció la voz al otro lado? —preguntó Laia.
—No. Si era hombre o mujer, tampoco. Había tráfico fuera. Pero sé que no era una conversación cualquiera. Cuando entró otra vez en casa tenía la cara blanca.
Se hizo un silencio largo. Laia volvió a mirar la foto de Celia en la piscina vacía. La sonrisa era de alguien que todavía no sabía cuánto puede llegar a pesar el miedo cuando no tiene un lugar claro donde apoyarse.
—¿Alguna vez le habló de un chico? —preguntó Bruno—. ¿De alguien del recinto?
Mauro cerró la caja metálica con suavidad.
—No como ustedes piensan. Mi hermana no era idiota. Sabía muy bien dónde estaban los límites y quién podía jugar con ellos sin pagar. Pero había uno… uno que le ponía nerviosa.
—¿Nombre?
Mauro dudó. Se pasó la lengua por el labio inferior, seco.
—Casanovas. El hijo. Dídac.
Bruno anotó rápido. Laia no apartó la vista de Mauro.
—¿Le hizo algo?
—No lo sé. Nunca lo dijo así. Decía que era un niño bien acostumbrado a tocarte el brazo más de la cuenta, a hacerse el gracioso, a mirarte como si ya supiera qué puede permitirse contigo.
Una vez le soltó una contestación delante de otra chica y él se rio.
«A esta se le olvida quién le paga», dijo. Eso sí me lo contó.
La frase cayó en la cocina con la pesadez de lo que no envejece.
—¿Hay algo más? —preguntó Laia.
Mauro se quedó quieto. Después abrió otra vez la caja, rebuscó debajo de un montón de facturas viejas y sacó un papel doblado en cuatro. No era más que una nota arrancada de una libreta, con dos nombres escritos y un número de teléfono tachado.
—Esto estaba en su bolso cuando me devolvieron las cosas. Lo guardé porque no entendía nada. Uno de los nombres era de una señora a la que limpiaba. El otro no.
Laia tomó el papel.
El segundo nombre estaba escrito deprisa, con bolígrafo azul, y costaba un poco leerlo. Aun así, se distinguía: «Helena».
Debajo, una sola palabra: «hablar».
Laia alzó los ojos.
—¿Se lo enseñó a alguien entonces?
Mauro soltó una risa breve, amarga.
—¿A quién? ¿Al policía que me preguntó tres veces si mi hermana bebía los fines de semana?
¿Al forense que parecía tener prisa? ¿Al periodista que llamó para saber si iba a denunciar a la urbanización o si prefería dejarlo estar?
No. Lo guardé. A veces uno no sabe qué es una pista y qué es simplemente otra manera de seguir haciéndose daño.
Bruno miró a Laia. No hizo falta decir nada. El papel pesaba muy poco, pero ya había cambiado de sitio medio caso.
Se levantaron unos minutos después. Mauro los acompañó hasta la puerta sin ofrecerles café ni amabilidad de cierre. Antes de que salieran, se apoyó en el marco y habló mirando al rellano.
—Si encuentran a esa chica —dijo—, no hagan con ella lo mismo que hicieron con mi hermana.
Laia se detuvo.
—¿Qué cree que hicieron con Celia?
Mauro tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz salió más baja.
—La dejaron sola dos veces. La primera, aquella noche. La segunda, cuando decidieron quién merecía ser creído y quién no.
En el coche, ya de vuelta, Bruno arrancó sin encender la radio. Ninguno habló hasta salir a la avenida.
—Helena —dijo al fin.
—Sí.
—Y Dídac.
—También.
Bruno tomó la rotonda despacio.
—No me gusta esta sensación.
—¿Cuál?
—La de que todo el mundo sabe desde hace años dónde están los bordes y aun así sigue caminando por el medio como si nada.
Laia abrió otra vez la foto de la piscina vacía en el móvil. Celia, sentada en el borde, sonriendo hacia alguien que estaba fuera de plano.
—Eso no es lo peor —dijo.
—¿No?
—Lo peor es que algunos creen de verdad que caminar por el medio les da derecho a decidir quién cae fuera.