Dentro (El perímetro 1) 16
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Helena Aldasoro no levantó la voz en ningún momento.

Fue eso lo primero que le molestó a Laia.

No la estudiaba por los gestos obvios —la espalda recta, el corte impecable de la americana color piedra, las manos apoyadas sobre la mesa del club social como si aquella madera clara le perteneciera desde siempre—, sino por la manera en que administraba el espacio.

Cada frase que pronunciaba parecía haber sido pensada no para responder, sino para recolocar el aire a su favor.

—Entiendo que quieran hablar con todos otra vez —dijo—. Lo entiendo de verdad. La situación es insoportable. Solo les pediría que tengan en cuenta que aquí hay menores, familias muy afectadas y mucha inquietud. No conviene alimentar una histeria innecesaria.

Bruno, sentado algo más atrás, dejó de mirar el móvil para alzar la vista. La palabra histeria quedó flotando entre los tres como una mota de polvo iluminada por la ventana.

Laia no se movió.

—No estamos alimentando nada, señora Aldasoro. Estamos investigando la desaparición de una menor.

Helena inclinó apenas la cabeza, como si aceptara una precisión menor.

—Por supuesto. No he dicho lo contrario.

Se hallaban en una sala acristalada junto al gimnasio y a la piscina cubierta, un espacio que a aquella hora de la mañana olía a cloro limpio, café recién hecho y ese perfume silencioso de los lugares donde nunca falta nadie de mantenimiento.

Desde allí se veía una parte del recinto: césped exacto, grava pálida, setos recortados y una hilera de olivos jóvenes que parecían colocados con una regla.

A Laia le incomodaban aquellos sitios donde hasta la sombra daba impresión de estar medida.

Helena se había ofrecido a centralizar la comunicación con los vecinos, a facilitar los accesos a las zonas comunes y a evitar que el nerviosismo degenerara en rumores. Lo había dicho así: degenerara. Como si el miedo, en boca de la gente equivocada, dejara de ser miedo y pasara a ser desorden.

—¿Quién convocó el grupo de padres de anoche? —preguntó Laia.

—Nadie lo convocó. Surgió solo. Como comprenderá, cuando desaparece una chica de quince años en una comunidad pequeña, la gente se llama.

—Y usted respondió.

—Claro.

Helena sostuvo la mirada de Laia sin dureza, con una calma que no era exactamente cordial. Era otra cosa. Una convicción antigua. La costumbre de estar presente justo cuando los demás empiezan a buscar a alguien que decida por ellos.

—Nos gustaría ver los mensajes —dijo Bruno.

Helena sonrió apenas.

—Eso tendrán que pedirlo a cada familia. Yo no administro los teléfonos de nadie.

—Pero sí orienta bastante bien lo que pasa aquí.

Helena no sonrió.

—Oriento cuando me lo piden.

—¿Y se lo piden a menudo?

—Cuando alguien no sabe qué hacer, sí.

Por primera vez, Helena se tomó un segundo entero antes de contestar. No fue una pausa grande, ni siquiera incómoda. Solo lo suficiente para que Laia supiera que la frase había entrado.

—Llevo doce años viviendo en Las Encinas —dijo por fin—. He visto crecer a muchos de los chicos. Conozco a la mayoría de las familias y, cuando surge un problema, es lógico que me llamen. A veces basta con poner un poco de orden para que el miedo no haga más daño del necesario.

Laia la dejó terminar. Después abrió la carpeta sin apartar los ojos de ella.

—¿Hubo otro problema al que también ayudó a poner orden?

Helena no contestó enseguida.

Bruno se inclinó un poco hacia delante. Afuera, dos mujeres cruzaron la pasarela de madera que conectaba el edificio social con la pista de pádel. No miraron hacia dentro, pero ambas caminaban con esa tensión torpe de quien ya no sabe cómo mover el cuerpo en un lugar donde todo el mundo observa.

—No sé a qué se refiere.

—A Celia Robles.

Fue mínimo. Un temblor apenas perceptible en el rabillo del ojo izquierdo. No más de un parpadeo contenido. Si Laia no hubiese estado esperando exactamente eso, quizá le habría pasado por alto.

—Recuerdo el caso —dijo Helena.

—¿El caso?

—La muerte. Sí.

—¿La conocía?

—Trabajó en varias casas de aquí. En la mía, no. Pero claro que la conocía de vista.

—¿Y tuvo algún papel cuando ocurrió?

Helena descruzó las manos y volvió a apoyarlas, esta vez una sobre otra.

—Ninguno. No sé por qué lo plantea así.

—Porque varios vecinos la nombran siempre que aparece un problema. Como si usted fuera la persona adecuada para decidir qué se habla y qué no.

La frase no provocó enfado. Eso era precisamente lo inquietante. Helena respiró hondo y se acomodó en la silla con una naturalidad que no rompía en ningún momento su compostura.

—Inspectora, cuando uno vive muchos años en una comunidad aprende dos cosas.

La primera es que la gente, asustada, exagera.

La segunda es que, si nadie se ocupa de encauzar las cosas, terminan pagando justos por pecadores.

No sé qué idea se ha formado de mí, pero le aseguro que no me dedico a proteger a nadie.

Me dedico, en la medida de lo posible, a evitar que todo arda sin necesidad.

—A veces lo que arde es porque alguien le prende fuego —dijo Bruno.

Helena volvió por fin la cabeza hacia él.

—Y a veces arde porque quienes llegan de fuera no entienden cómo se sostiene por dentro un lugar como este.

Laia no respondió al instante. Cerró la carpeta.

Había una parte de sí misma que reconocía muy bien aquel tono.

No el clasismo frontal, que habría resultado más sencillo.

Esto era más refinado. La paternalista convicción de que el orden es siempre superior a la verdad cuando el precio de la verdad amenaza con salpicar a demasiada gente bien situada.

—Explíqueme cómo se sostiene —dijo.

Helena la observó con serenidad.

—Con responsabilidad. Con discreción. Con la conciencia de que cualquier error, cualquier rumor o cualquier acusación precipitada puede arruinar la vida de un menor, de una familia o de un trabajador. Ustedes vienen, preguntan, presionan y luego se marchan. Nosotros seguimos viviendo aquí.

Laia pensó en Alba. En su cuarto. En la cama hecha a medias.

En la botella de agua en la mesita, todavía por la mitad.

En el cepillo en el baño. En los auriculares enrollados junto al escritorio como si su dueña fuese a volver a ponérselos en cualquier momento.

Después pensó en Celia Robles, en el expediente pobre, en la rapidez con que a ciertas chicas se las transforma en mala suerte.

—Y, mientras siguen viviendo aquí —dijo—, una menor continúa desaparecida.

Helena cerró los ojos un instante y los abrió de nuevo.

—No crea que no lo sé.

Se levantó con una elegancia sin ruido y se acercó a la cristalera. El sol había empezado a caer de lado y el agua de la piscina cubierta vibraba con un azul sucio, casi metálico.

—Anoche —dijo, de espaldas a ellos— había madres llorando en mi cocina.

Padres que no sabían si mirar a sus hijos o apartarles la vista.

Chicas de la edad de Alba encerradas en el baño, llamándose unas a otras para contarse cualquier cosa que pudiera servirles de algo.

He tenido que sentarme con una niña de trece años que temblaba tanto que ni siquiera era capaz de beber agua.

No me hable de distancia, inspectora. Estoy dentro de esto desde el primer minuto.

Dentro.

La palabra quedó suspendida unos segundos.

Laia se levantó despacio.

—Precisamente.

Helena giró la cabeza.

—¿Precisamente qué?

—Precisamente por eso sabe más de lo que ha dicho.

Durante un momento creyó que la otra iba a sonreír. No lo hizo. Solo la miró con una fatiga súbita, muy breve, casi ajena a su edad. Después volvió a colocarse la máscara. La que mejor le sentaba.

—Si descubren algo que ayude a encontrar a Alba, no dudaré en agradecerles todo lo que haga falta —dijo—. Pero si lo que pretenden es convertir este lugar en una novela sobre gente rica y secretos de urbanización, están perdiendo el tiempo.

Bruno soltó una exhalación apenas audible.

—Qué curioso —murmuró—. Nadie ha hablado de secretos.

Helena tomó el bolso del respaldo de la silla.

—No hace falta. A veces se les nota enseguida lo que vienen buscando.

Salió sin prisas. Tacones bajos, paso regular, hombros intactos.

Cuando la puerta se cerró, Bruno se quedó mirando el cristal.

—No sé si me dan más miedo los que se alteran o los que jamás pierden el centro.

Laia recogió la carpeta.

—Los segundos.

—¿La compras como sospechosa?

—No como autora de nada. No todavía.

—Pero.

—Pero esa mujer lleva años separando lo tolerable de lo que no puede salir de aquí.

Bruno se pasó una mano por la nuca.

—Y eso no es delito.

—No. Pero deja huella.

Se dirigieron hacia la salida lateral del edificio.

Antes de empujar la puerta, Laia se detuvo.

A unos veinte metros, junto al pequeño aparcamiento de proveedores, vio a Helena hablando con Oriol Massanet.

No discutían. No gesticulaban. No miraban alrededor.

Simplemente estaban quietos, muy cerca el uno del otro, con esa concentración seca de quienes no necesitan repetir las cosas para entenderse.

Helena dijo algo. Oriol negó una vez con la cabeza. Ella volvió a hablarle. Luego se apartó, ajustó el bolso al hombro y echó a andar hacia la calle principal del recinto sin mirar atrás.

Oriol siguió donde estaba unos segundos más, inmóvil, como si necesitara ese margen para ordenar la cara antes de volver a ponerse a disposición del mundo.

Laia no dijo nada.

Bruno tampoco.

Pero ambos habían visto lo mismo.