15
El móvil principal de Alba tardó casi un día en ofrecer algo que mereciera ser llamado pista.
Hasta entonces había sido, sobre todo, un objeto mudo: conversaciones fragmentadas, fotografías sin relevancia aparente, cadenas absurdas de mensajes con Lídia, notas de instituto, búsquedas mezcladas con la vida normal de una chica de quince años.
El segundo terminal, el viejo, todavía no había aparecido.
Pero la normalidad digital, pensó Bruno mientras revisaba por segunda vez la extracción junto a un técnico de informática forense, tiene una virtud particular: cuando se rompe, se nota.
Lo que apareció no fue un mensaje entero.
Fue peor. Una conversación incompleta en una aplicación secundaria, una de esas que muchos adolescentes usan cuando no quieren dejar huella en los canales habituales.
Había restos. Horas. Dos palabras sueltas.
Un archivo ya borrado. Y una frase de Alba recuperada a medias: «Si no me lo enseñas, voy a…
». Después, nada. Más abajo, casi cuarenta minutos después, otra línea, esta vez del otro interlocutor, identificada solo por un nombre de usuario sin rostro: «Ven sola».
Bruno leyó la pantalla tres veces antes de llamar a Laia. Ella estaba todavía en el recinto, cerrando una entrevista con Sergi Valls y dos operarios de mantenimiento.
—Tenemos algo —dijo él.
No hizo falta añadir nada más. Veinte minutos después estaban los dos en la pequeña sala de reuniones de administración, con el portátil abierto, un termo de café malo sobre la mesa y Oriol Massanet al fondo, demasiado quieto para parecer prescindible.
El técnico repasó con paciencia la recuperación.
No había garantías absolutas. Los sistemas de autodestrucción parcial dejaban huecos.
Pero sí podían afirmar varias cosas: la conversación se había producido la tarde anterior a la desaparición; el interlocutor había utilizado un alias creado pocas semanas antes; Alba había borrado parte del hilo, aunque no con la suficiente destreza como para eliminarlo por completo; y la última interacción situaba el encuentro en una franja muy concreta, poco antes de medianoche.
—¿Ubicación? —preguntó Laia.
El técnico se encogió de hombros.
—No explícita. Pero por el intercambio de metadatos y por la triangulación de las conexiones, ambos dispositivos estuvieron dentro del recinto en el mismo intervalo.
Bruno pasó al siguiente archivo. Había una captura guardada en la nube, incompleta, casi irrelevante a primera vista: un mapa ampliado de Las Encinas con una marca azul junto a la parte norte, cerca del cerramiento vegetal y del pequeño módulo donde se alojaban cuadros técnicos y conducciones del riego.
No era una prueba limpia. Era, sin embargo, más de lo que tenían hasta ese momento.
—La zona de mantenimiento —murmuró Laia.
Al oírlo, Oriol dejó de fingir neutralidad.
—Eso no significa nada —dijo con demasiada rapidez—. Los chicos pasan por allí a veces. Se cuelan a fumar. O a quedar sin que los vean desde la calle principal.
Laia giró la cabeza hacia él.
—¿Sin que los vean o sin que los graben?
Oriol sostuvo la mirada un segundo. Después miró al técnico, al portátil, a cualquier parte menos a ella.
—No hay cobertura completa en esa franja —admitió—. Lo he dicho desde el principio. Es un lateral de servicio. No un paseo.
—Y, aun así, justo esa noche se produjo una incidencia localizada en las cámaras —dijo Bruno.
Oriol se humedeció los labios.
—En este sitio hay incidencias todas las semanas. La diferencia es que ahora ustedes las leen como si cada una fuera una intención.
Laia no respondió. Volvió a la pantalla. «Ven sola.» La frase tenía la violencia fría de lo sencillo. No necesitaba más. Alguien sabía que Alba iría. Alguien contaba con su necesidad de confirmar algo. O con su impulso.
Pidió copia íntegra de la extracción y salió con Bruno al exterior.
Había empezado a caer la tarde y las casas devolvían una luz lechosa, limpia, casi inmoral.
Anduvieron hasta el lateral norte, atravesando una calle secundaria por la que dos niños avanzaban en patinete empujados por una madre que no levantó la vista al verlos pasar.
La zona de mantenimiento estaba donde el mapa la situaba: un tramo menos vistoso del recinto, oculto entre cipreses altos y una pendiente suave que descendía hacia una franja de vegetación espesa.
Allí no había césped ornamental ni bancos de diseño.
Solo tierra compactada, grava, una valla interior y un módulo bajo de puerta metálica donde se concentraban los cuadros eléctricos y parte del sistema de riego.
Un lugar funcional. Precisamente por eso útil.
Bruno observó el entorno con las manos en la cintura.
—Si yo tuviera quince años y quisiera hablar con alguien sin que medio vecindario me viera, vendría aquí.
—Si además quisiera enseñar o recibir algo sin quedar expuesta, también.
—Si no me lo enseñas, voy a… —repitió él—. ¿A qué? ¿A decirlo? ¿A enseñárselo a alguien? ¿A ir a la policía?
Laia no contestó enseguida. Se acercó a la valla interior y miró la línea de sombra que proyectaban los cipreses. Allí el silencio tenía otra textura. No el silencio pulido de las casas cerradas, sino uno más físico, casi técnico, como si el recinto revelara por fin su esqueleto.
—A alguien que ya estaba asustado le basta una amenaza vaga —dijo al fin—. No hace falta que Alba supiera todo. Bastaba con que pareciera dispuesta a tirar del hilo hasta el final.
Bruno giró sobre sí mismo.
—¿Crees que el alias puede ser Jan?
—No lo sé. Puede ser él. Puede ser alguien usando un lenguaje de chico para que lo parezca. Puede ser un intermediario. Lo importante no es aún quién escribió. Lo importante es que Alba aceptó venir sola.
Volvieron sobre sus pasos y fueron a buscar a Jan al chalet de sus padres. El chico tardó en abrir. Tenía la cara demacrada, ojeras hundidas y una camiseta arrugada como si llevara dos días sin cambiarse. Detrás de él, un hombre con bata de casa escuchaba desde el pasillo sin intervenir.
—Necesitamos hablar contigo otra vez —dijo Laia.
Jan miró hacia el interior de la casa y terminó saliendo al jardín delantero. No preguntó de qué. Ya lo sabía.
Bruno le enseñó la transcripción parcial en la pantalla del móvil. No le dieron tiempo a tocarlo.
—¿Reconoces el alias?
Jan negó demasiado deprisa.
—No.
—¿Sabías que Alba iba a quedar con alguien esa noche?
—No.
Laia no modificó el tono.
—Jan, si seguimos así solo vas a conseguir que todo parezca peor para ti.
El chico apretó la mandíbula. Había algo en su cara que no era solo miedo. Era vergüenza.
—Yo no la cité —soltó de repente—. Pero sabía que iba a ir.
Bruno lo miró sin pestañear.
—¿Por qué?
Jan bajó la vista al césped.
—Porque me lo dijo por la tarde. No me enseñó nada. Solo me dijo que iba a terminar con una mentira muy vieja y que había alguien dispuesto a hablar.
—¿Quién?
—No quiso decirlo. Pensé que estaba intentando impresionarme.
Laia dejó pasar un segundo.
—¿Y no se te ocurrió detenerla?
Jan soltó una risa breve, rota.
—¿Detenerla? Usted no la conocía cuando se ponía así. Si creía que llevaba razón, no había manera de moverla.
—Pero sabías que iba a la zona norte.
El chico levantó los ojos. Durante un instante pareció medir si aún podía negar eso también. Luego se rindió un poco más.
—Sí.
—¿Fuiste allí?
Jan tardó. Esta vez tanto que la respuesta llegó antes a través del cuerpo: el leve temblor en la mano izquierda, el modo en que tragó saliva sin darse cuenta, el cansancio súbito del gesto.
—Fui después —dijo al final—. No al principio.
—¿Después de qué?
Jan negó una sola vez, como si quisiera apartar de sí la imagen.
—Oí voces. Una discusión. No entendí todo. Reconocí la de Alba y la de… otra persona. Luego hubo un ruido. Como de alguien cayendo contra algo. Me asusté.
Bruno dio un paso mínimo hacia él.
—¿A quién viste?
—No lo sé. Lo juro. Había muy poca luz. Vi una sombra moverse y me escondí. Después llegó alguien más.
Laia sintió el pequeño cambio del caso al escuchar esa frase. Alguien más. No un encuentro entre dos adolescentes y un accidente. Una secuencia. Varias presencias. Posible encubrimiento desde el primer minuto.
—¿Quién llegó? —preguntó.
Jan cerró los ojos un instante.
—No lo vi bien. Un hombre. O eso creo. Escuché una voz mayor. Muy tranquila. Demasiado tranquila.
—¿Y Alba?
Jan abrió los ojos y en ellos apareció por fin el miedo sin defensa.
—No la vi levantarse.
El padre del chico seguía al fondo del jardín, inmóvil, como si hubiera decidido que aún no tocaba intervenir. Laia tomó nota de todo. No apretó más. Todavía no.
Cuando salieron de la casa, el cielo ya se había puesto gris azulado sobre las cubiertas. Bruno caminó en silencio unos metros antes de hablar.
—No es suficiente.
—No. Pero cambia la escena.
—Ya no hablamos de una cita y un posible forcejeo entre críos.
—No he hablado nunca solo de eso.
Bruno la miró de reojo.
—¿Qué piensas?
Laia sacó el móvil y volvió a leer las dos frases recuperadas. ¨Si no me lo enseñas, voy a…». «Ven sola.» Miró después hacia la calle lateral que conducía a la zona norte, el mismo sitio por el que Alba había tenido que pasar la noche en que desapareció.
—Pienso que alguien necesitaba saber cuánto había descubierto Alba —dijo—. Y que, cuando alguien adulto lo supo, Alba ya había dejado de ser una chica metida en un lío para convertirse en algo mucho peor para ellos: una consecuencia.