14
La segunda vez que Laia se sentó frente a Gabriel Giner, él ya había dejado de fingir que el cansancio lo vencía.
Se notaba en la manera en que ocupaba la butaca del salón, recto, con la mandíbula más marcada que la víspera y una camisa distinta, recién cambiada, como si el agotamiento pudiera combatirse también por medio de la compostura.
La casa seguía oliendo a café, aunque esta vez había una taza a medio terminar sobre la mesa baja y una corbata doblada junto al móvil.
El decorado doméstico de una crisis bien gestionada.
Marta no estaba. Había salido unos minutos con una amiga o eso había dicho la empleada que abrió la puerta. Laia no preguntó más. Prefería a Gabriel solo.
—No sé cuántas veces más tendré que repetir lo mismo —dijo él, antes incluso de que ella sacara la libreta.
—Las necesarias hasta que deje de parecer una versión.
Gabriel sostuvo la mirada. No fue un duelo visible. Fue algo más fino: la comprobación de quién cede primero a la necesidad de llenar el silencio. No cedió ninguno de los dos. Laia se sentó sin prisa, dejó la libreta cerrada sobre las rodillas y habló como si no hubiera oído el tono previo.
—Quiero volver a la discusión con su hija.
—Ya le dije que no fue nada excepcional.
—Excepcional no significa importante.
Gabriel bajó la vista un instante, apenas lo suficiente para regular el gesto.
—Alba llevaba semanas desafiante. No conmigo solo. Con su madre, con Jan, con cualquiera que intentara ponerle un límite. A esa edad confunden lucidez con insolencia. Piensan que descubrir una contradicción en los adultos les da derecho a juzgarlo todo.
La frase llegó con una pulcritud demasiado entera. Laia la dejó caer en el centro de la habitación.
—¿Qué contradicción había descubierto Alba en usted?
Ésa sí lo tocó. Muy poco, pero lo tocó. Gabriel apoyó los codos en las rodillas, entrelazó las manos y sonrió sin alegría.
—Eso presupone demasiadas cosas.
—Presupongo que una chica de quince años no sale de noche dentro de una urbanización cerrada para poner a prueba los límites de sus padres. Presupongo también que usted sabe por qué estaba alterada.
—Estaba alterada por muchas razones. El instituto. Sus amistades. Esa obsesión reciente con historias que ni le iban ni le venían.
Laia abrió la libreta por fin.
—¿Qué historias?
—Rumores. Tonterías. Cosas antiguas. Una muerte de hace años que alguien debió de mencionarle sin contexto y ella decidió convertir en un misterio.
No hacía falta que dijera el nombre. Laia lo dijo por él.
—Celia Robles.
Gabriel tardó una fracción mínima de segundo en asentir. Demasiado para alguien que solo hubiera oído el nombre de pasada.
—Sí. Eso mismo.
—¿Qué sabía usted de Celia Robles?
—Lo justo. Trabajó un par de veces aquí. Más de eso se lo podrá decir cualquiera.
—Su hermano no opina lo mismo.
Gabriel se tensó apenas por debajo del cuello, en esa zona donde el músculo delata antes que la cara.
—Supongo que su hermano lleva ocho años construyéndose una explicación que le resulte soportable.
—A veces lo insoportable es la versión oficial.
Gabriel dejó escapar una respiración más larga.
—Inspectora, si pretende insinuar que mi hija está desaparecida por algo que pasó hace ocho años, me parece un salto muy forzado. Alba era impresionable. Inteligente, sí, pero impresionable. Podía obsesionarse con una idea y estirarla hasta volverla irreconocible.
Laia anotó una palabra: impresionable. Otra más del mismo campo semántico que ya había oído en media docena de casas.
—¿Eso le dijo usted? ¿Que estaba estirando algo irreconocible?
—Le dije que dejara de remover asuntos que no entendía.
—¿Porque no los entendía o porque sí los estaba entendiendo?
Gabriel se echó hacia atrás por primera vez. No mucho. Lo justo para tomar distancia de la pregunta. Cuando volvió a hablar, recuperó la voz baja, casi pedagógica, que utilizan ciertos hombres cuando creen que la templanza equivale a inocencia.
—Mi hija estaba enfadada con el mundo. Supongo que le gustaría convertir eso en una señal. No lo es. A veces los adolescentes necesitan un enemigo claro para ordenar su malestar. Y, si viven en un sitio como éste, lo más fácil es empezar a despreciar lo que tienen delante.
—¿Usted cree que Alba despreciaba este lugar?
—Creo que no entendía el precio de ciertas cosas.
Laia levantó la vista de la libreta.
—Explíqueme ese precio.
Hubo un silencio algo más denso. Gabriel miró hacia la cristalera del jardín, donde el césped seguía igual de perfecto que el día anterior. Tardó en responder.
—Orden. Seguridad. Estabilidad. No aparecen solas. Se sostienen. A veces con esfuerzo. A veces evitando que cualquier conflicto se convierta en un incendio.
Ya estaba. No una confesión, ni siquiera una frase condenatoria. Algo mejor. La lógica. Laia reconoció en aquel tono la voz de la gente que no necesita justificar lo que ha hecho porque lo que quiere justificar es el principio que lo permitió.
—¿Y Alba amenazaba ese orden?
Gabriel sonrió de nuevo. Esta vez el gesto tuvo una dureza más visible.
—Alba tenía quince años. Amenazaba la tranquilidad de una casa, como mucho.
—No parece usted un hombre al que una discusión doméstica le haga perder el sueño.
—No me conoce.
—Lo suficiente para saber que mide mucho lo que dice.
Él no respondió. Laia cambió levemente de ángulo.
—La noche en que desapareció, ¿salió usted de casa después de que su mujer notara que Alba no estaba?
—No.
—¿Habló por teléfono con alguien del recinto antes de que se llamara oficialmente a la policía?
—No que recuerde.
No que recuerde. Otra fórmula defensiva. Laia dejó la libreta sobre la mesa baja y se inclinó ligeramente hacia delante.
—Voy a decirle algo sencillo, señor Giner.
Hay demasiada gente aquí intentando presentar a Alba como una chica sensible, confusa o exagerada.
Y demasiada gente hablando de orden. Cuando varios adultos empiezan a coincidir en el mismo tipo de adjetivo sobre una menor desaparecida, suele ser porque ese retrato les resulta útil.
Gabriel tardó en contestar. El control seguía ahí, pero ya no fluía con la misma suavidad.
—Quizá le resulta útil a usted imaginar una arquitectura de culpa donde solo hay una familia rota y una comunidad asustada.
—No imagino. Escucho. Y usted no habla como un padre que teme lo peor. Habla como un hombre que calcula el alcance de cada palabra.
Ésa sí lo alcanzó. No de manera espectacular. Solo hizo que los ojos le cambiaran durante un segundo, que la máscara descendiera lo suficiente para mostrar el cansancio áspero de quien lleva demasiadas horas sosteniendo algo.
—¿Sabe qué creo yo, inspectora? —dijo al cabo—. Que cuando uno trabaja con tragedias acaba desarrollando la tentación de volverlas coherentes. Necesitan que todo encaje. Una causa antigua, una cadena de responsabilidades, una gran explicación moral. La realidad suele ser más torpe.
Laia se levantó despacio. No porque hubiera terminado, sino porque no quería arruinar el punto exacto al que había llegado.
—La realidad es torpe —dijo—. El encubrimiento no suele serlo tanto.
Cogió la libreta. Gabriel permaneció sentado. Por primera vez desde que había entrado, parecía mayor.
—Una última cosa —añadió ella, ya de pie—. ¿Conocía usted la zona de mantenimiento del lateral norte?
—Claro. Todos sabemos dónde está.
—¿Ha pasado por allí últimamente?
Gabriel la miró con una quietud demasiado súbita.
—No.
La mentira no fue sonora. Fue otra cosa. Un pequeño endurecimiento de la boca, una demora mínima antes del monosílabo, una mirada retirada demasiado pronto. A Laia le bastó.
Salió de la casa sin despedidas largas. El aire exterior olía a hierba recién cortada y a una electricidad seca de final de tarde. Caminó hasta el coche, donde Bruno la esperaba apoyado en la puerta.
—¿Qué tal?
Laia abrió la libreta por la página donde había anotado tres palabras: impresionable, orden, incendio.
—No teme lo que le haya pasado a su hija —dijo—. Teme otra cosa.
—¿Qué cosa?
Laia cerró la libreta.
—Que Alba hubiera entendido el mecanismo antes de desaparecer.