13
Bruno encontró el expediente de Celia Robles en un archivo lateral que olía a polvo viejo, tóner y abandono.
No fue difícil localizarlo. Lo difícil fue creer que aquello hubiera bastado para cerrar la muerte de una mujer de veintidós años en las inmediaciones de una urbanización de alto nivel.
Una carpeta delgada. Dos atestados breves.
Un informe forense resumido con una frialdad casi administrativa.
Cuatro declaraciones. Ninguna voluntad real de insistencia.
Lo abrió sobre la mesa y se quedó unos segundos mirando la fotografía de portada, no porque dijera gran cosa, sino precisamente, por lo contrario.
Una imagen borrosa, tomada de noche, donde apenas se distinguía el desnivel de tierra, unas matas oscuras y el bulto irregular de la lona con que habían cubierto el cuerpo.
Debajo, una fecha de hacía ocho años. Demasiado reciente para ser historia.
Demasiado antigua para que nadie dentro del recinto quisiera recordarla.
Pidió copia digital, revisó el índice y empezó por lo básico.
Celia Robles Delgado, veintidós años, sin antecedentes, trabajos esporádicos de limpieza y cuidado de niños.
Había prestado servicio en varias viviendas de Las Encinas durante algo más de un año, entrando y saliendo por recomendación de otras empleadas.
El informe preliminar hablaba de caída accidental en una zona de desnivel exterior, cerca del límite vegetal del recinto.
Posible desorientación nocturna. Consumo moderado de alcohol.
Sin signos concluyentes de agresión sexual. Sin terceras personas identificadas.
Bruno resopló. Los informes escuetos siempre tenían una forma particular de sonar concluyentes sin serlo.
Siguió pasando páginas. Las declaraciones de entonces eran tan pobres que casi ofendían.
Dos vigilantes que no habían visto nada.
Una vecina que recordaba a Celia saliendo de una casa en torno a las diez, quizá más tarde, no estaba segura.
Un joven del recinto que decía habérsela cruzado de lejos junto al camino perimetral, ya de noche, caminando sola.
Y el hermano, Mauro Robles, que insistía en que su hermana no bebía apenas y que no entendía por qué había aparecido allí.
Lo más llamativo no era lo que había. Era lo que faltaba.
No constaban repreguntas serias a los residentes.
No había reconstrucción completa de movimientos.
No figuraba un mapa preciso de horas. Las relaciones laborales de Celia dentro de la urbanización se despachaban con un listado incompleto de domicilios.
Parecía menos una investigación que una forma educada de dar salida rápida a un asunto incómodo.
Bruno pidió hablar con el funcionario encargado del archivo, un hombre de pelo blanco, voz baja y paciencia hospitalaria que llevaba media vida en aquel edificio. Le enseñó el número de referencia. El hombre leyó la carátula, frunció el ceño y tardó unos segundos en reaccionar.
—Me acuerdo de ese caso —dijo al fin—. No por lo que fue, sino por lo poco que duró. Vino muy embalado desde el principio. Accidente, dijeron. Mala suerte. La chica no tenía familia influyente, ya me entiende.
Bruno lo entendía demasiado bien.
—¿Recuerda si hubo presión?
El funcionario se encogió de hombros.
—Presión, presión… esas cosas nunca se formulan así. Pero había prisa. Y un clima. Siempre se nota cuando un asunto no conviene estirarlo.
Volvió a la carpeta. Releyó la declaración de una vecina llamada Helena Aldasoro, presidenta de la comunidad ya entonces.
Seria, correcta, medida. Decía que Celia había trabajado ocasionalmente en varias casas, que era una muchacha discreta y servicial, y que lamentaba profundamente lo ocurrido.
Nada más. Ni una descripción útil de sus últimos días, ni una observación concreta, ni una grieta en el relato. Ni una coma de más.
Copió varios nombres y salió a la calle con una sensación de suciedad leve en las manos. Llamó a Laia mientras atravesaba el aparcamiento.
—He encontrado el expediente.
—¿Y?
—Ojalá pudiera decirte que hay una sorpresa. La sorpresa es lo poco que hay.
Le resumió lo esencial mientras caminaba hacia el coche. Laia no interrumpió. Solo le pidió que le mandara las copias al móvil y que subrayara cualquier domicilio confirmado. Cuando colgó, Bruno arrancó y tomó la carretera secundaria que llevaba a la barriada donde vivía Mauro Robles.
El bloque era de ladrillo envejecido, con ropa tendida en varios balcones y un ascensor que olía a lejía y a metal húmedo.
Llamó al tercer piso. Tardaron en abrir.
Cuando por fin lo hicieron, encontró delante a un hombre de unos treinta y pocos años, mandíbula tensa, camiseta gris, ojos gastados por una forma antigua del cansancio.
Mauro no parecía sorprendido. Parecía harto antes siquiera de oír la pregunta.
—¿Otra vez? —dijo.
Bruno se identificó y esperó a que bajara la guardia lo suficiente para invitarlo a entrar.
El piso era pequeño y estaba impecablemente ordenado.
En una repisa del comedor había una fotografía de Celia enmarcada.
Sonreía mirando fuera de cámara, con el pelo recogido y una camiseta clara.
No se parecía en nada a la imagen burocrática que venía cosida al expediente.
—Han desaparecido a una chica en la urbanización donde trabajaba su hermana —dijo Bruno, sin rodeos innecesarios—. Creemos que puede haber una relación con lo que ocurrió entonces.
Mauro no respondió enseguida. Se llevó una mano a la nuca, la dejó allí unos segundos y terminó sentándose frente a él.
—Siempre pensé que algún día volvería a salir ese nombre —murmuró—. No sabía que iba a hacer falta otra chica para que pasara.
Le habló de Celia con una mezcla de precisión y pudor.
Trabajaba mucho. Entraba en casas grandes donde la trataban mejor o peor según el día y según quién estuviera delante.
Cuidaba niños, limpiaba, hacía recados. Quería ahorrar para sacarse un curso de auxiliar.
Los últimos días había estado nerviosa. No asustada del todo.
Más bien como alguien que lleva encima una información que no sabe dónde poner.
—Me dijo que en ese sitio la gente sonríe mientras te mira como si no fueras nadie —contó Mauro—. Y que, cuando pasa algo feo, lo primero que hacen es decidir de quién será la culpa antes de que se sepa qué ha pasado.
Bruno lo escuchó sin moverse. Mauro siguió.
—La última semana nombró a dos personas varias veces.
No me quiso explicar por qué. Una era una mujer.
La otra, un chico o un hombre joven. Dijo que la mujer estaba en todo.
Que hablaba con todo el mundo como si llevara años arreglando problemas.
La otra persona… no sé. Me parece que tenía miedo de decir el nombre en voz alta, fíjese qué tontería.
—¿Recuerda alguna casa concreta?
Mauro miró la fotografía de su hermana antes de contestar.
—La casa de los Giner no la llevaba de continuo, pero sí había ido. También una de la calle del fondo, los Casanovas. Y a veces la llamaban de la presidenta para cubrir una tarde en otra vivienda. Era como una cadena. Se iban pasando a la chica.
Bruno sintió el pequeño clic interno de una pieza al encajar. No porque aquello resolviera nada de golpe, sino porque por primera vez un nombre del presente, el de los Giner, rozaba el de Celia de una forma no meramente ambiental.
—¿Su hermana bebía? —preguntó.
Mauro soltó una risa seca, sin humor.
—Eso les vino de maravilla. A veces tomaba una cerveza, como cualquiera. Pero no se caía sola por las cunetas. Y menos donde apareció. No tenía ningún motivo para ir por esa zona de noche si no era porque alguien la había citado o porque venía de algún sitio dentro.
Bruno guardó silencio.
—Cuando fui a identificarla —añadió Mauro—, una mujer de la urbanización se me acercó. Elegante. Muy serena. Me dijo que lamentaba muchísimo lo ocurrido y que, por mi bien, intentara no imaginar cosas que no podía demostrar. Nunca he olvidado esa frase.
—¿Era Helena Aldasoro?
Mauro levantó la vista, sorprendido.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
Bruno no contestó. No hacía falta.
Al salir del piso ya era de noche. Bajó despacio por la escalera, con el expediente digital en el móvil y la voz de Mauro aún resonándole en la cabeza.
No imaginar cosas que no podía demostrar.
Había algo profundamente revelador en aquella formulación: no negaba el horror; solo delimitaba quién tenía derecho a nombrarlo.
En el coche, antes de arrancar, abrió otra vez la ficha de Celia.
En el apartado de pertenencias recuperadas figuraban unas llaves, un monedero barato, un móvil antiguo averiado y un trozo de papel con un número escrito a mano.
El número había quedado registrado, pero no constaba a quién pertenecía.
Bruno lo marcó por impulso, sabiendo de sobra que no respondería nadie.
El resultado fue una locución automática: el número no existía.
No era una prueba. Ni siquiera era una pista en condiciones. Pero empezaba a formar un paisaje. Casas concretas. Nombres concretos. Gente demasiado acostumbrada a decidir qué se investiga y qué se archiva. Arrancó y llamó a Laia.
—Los Giner aparecen en la órbita de Celia —dijo en cuanto ella respondió—. Y Mauro está convencido de que la presidenta intentó cerrarle la boca ya entonces.
Al otro lado hubo un silencio breve.
—Ven al recinto —dijo Laia—. Acabo de salir de otra entrevista. Cada vez tengo más claro que aquí llevan años aprendiendo a contar las cosas antes de que pasen.