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La mañana se había levantado con un sol limpio, casi ofensivo, y aquello contribuía a empeorar la sensación de irrealidad.

Las Encinas seguía siendo exactamente lo que había sido el día anterior: las fachadas blancas, las cristaleras silenciosas, los setos recortados con una precisión minuciosa, el murmullo del riego por goteo en los parterres, un coche eléctrico avanzando despacio por la calle central como si la desaparición de Alba Giner Salvat hubiera sido solo una noticia leída al otro lado de una pantalla.

Laia lo observó desde la puerta de la casa de los Valldaura y pensó, no por primera vez, que los lugares construidos para parecer invulnerables desarrollan una forma de defensa propia. No tienen piel, sino protocolo.

Bruno se ocupaba de los avisos y de la ronda de seguridad exterior.

A ella le correspondía la parte menos vistosa y, con frecuencia, la más útil: escuchar.

No buscar confesiones espectaculares, sino desgastar la costura común que empezaba a formarse en torno al caso.

Había algo en la manera en que los vecinos se movían, en el tono prudente de sus respuestas, en la rapidez con que se ofrecían a ayudar sin llegar a decir nada comprometedor, que hablaba más del recinto que de la chica desaparecida.

No estaban desconcertados. Estaban organizándose.

El matrimonio Valldaura la recibió en una sala de estar demasiado blanca, con un olor tenue a velas caras y café recién hecho.

Ella, Paula, rondaría los cincuenta, llevaba una camisa de lino azul y un gesto de preocupación impecablemente administrado.

Él, Esteban, se mantuvo de pie más tiempo del necesario, una mano en el respaldo de una silla, como si prefería que aquella conversación no terminara nunca de instalarse.

—Comprenderá que estamos consternados —dijo Paula antes siquiera de que Laia sacara la libreta—. Alba es… era una niña encantadora.

Laia dejó pasar el tiempo justo para que el verbo se asentara en la habitación.

—¿La veía a menudo?

—Lo normal —contestó Esteban—. Aquí todos los chicos se cruzan. Van en bici, quedan por la tarde, entran y salen de casa de unos y de otros. Ya sabe cómo funcionan estas urbanizaciones.

Laia sí lo sabía. Funcionan mejor cuando nadie mira demasiado.

Preguntó por la noche anterior, por movimientos inusuales, por vehículos, por ruidos, por cualquier detalle que hubiera quebrado la rutina.

Las respuestas fueron limpias y casi inútiles.

No habían oído nada. No vieron nada. Alba era una chica reservada, madura para su edad, algo impulsiva en los últimos meses, quizá más inquieta de lo habitual.

Paula dijo la frase con una naturalidad estudiada.

Laia la anotó exactamente como había sonado.

En la siguiente casa, la de los Reixach, la recibió una mujer joven con dos niños pequeños pegados a las piernas y la irritación apenas disimulada de quien considera que la policía llega siempre en mal momento.

Dijo que había acostado a los niños a las nueve y media, que su marido estaba de viaje, que no había salido de casa y que la desaparición era terrible, por supuesto, terrible, aunque tampoco sabía hasta qué punto Alba se relacionaba con los chicos de la calle de arriba porque últimamente estaba rara, como si llevara algo dentro.

—¿Qué quiere decir con rara? —preguntó Laia.

La mujer dudó un instante. Miró hacia la cocina, quizá comprobando que sus hijos no la oían, y bajó la voz.

—Distante. Como enfadada con todo el mundo. O con alguien. Aquí se nota enseguida cuando un adolescente cambia. Antes pasaba más tiempo fuera. Últimamente iba como con prisa. Como si estuviera pensando en otra cosa.

En la tercera visita, un abogado de voz grave y camisa perfectamente planchada dijo que la chica era inteligente, educada y bastante hermética.

En la cuarta, un matrimonio sin hijos aseguró que casi no la trataban, aunque la habían visto más callada y con una especie de desconfianza nueva en la mirada.

En la quinta, una mujer con el pelo todavía húmedo de la ducha explicó que Alba no parecía especialmente problemática, pero sí obstinada, y añadió que, a ciertas edades, se creen con derecho a interpretar cosas que no entienden.

Laia levantó la vista.

—¿Interpretar qué?

La mujer sonrió con incomodidad.

—Ya me entiende. Cosas de mayores. Tensiones. Discusiones. A veces oyen medias conversaciones y construyen un drama.

Un drama. La palabra quedó flotando unos segundos.

Laia anotó también aquella expresión y siguió adelante.

A media mañana llevaba seis entrevistas, varios cafés rechazados y la certeza de que alguien había hablado con antelación, aunque no necesariamente con consignas exactas.

Bastaba con un clima. Con una intuición compartida.

Con la certeza de que no convenía singularizarse.

Volvió sobre algunas formulaciones y encontró el patrón orgánico.

Alba era inteligente. Reservada. Últimamente estaba rara.

Interpretaba demasiado. Había cambiado. Parecía enfadada.

El recinto, sin proponérselo del todo, estaba construyendo una explicación de la desaparición que convertía a la propia Alba en una muchacha susceptible, alterada, quizá exagerada, lo bastante inestable como para haber salido sola de noche por una razón nebulosa.

Era una manera elegante de desplazar el centro de gravedad.

Cuando salió a la calle, Bruno la esperaba junto al coche con dos botellas de agua en la mano. Le ofreció una. Laia bebió un sorbo largo antes de hablar.

—¿Qué tienes?

—La empresa de mantenimiento asegura que la incidencia de la cámara se notificó desde administración a las veintitrés treinta y ocho.

Según ellos, la pérdida de señal se resolvió sin desplazamiento físico y sin registrar parte porque, en teoría, había sido una caída mínima.

Oriol dice que no recuerda la hora exacta.

Laia cerró la botella despacio.

—No recuerda porque sí la recuerda.

—Eso he pensado yo.

Caminaron unos metros por la acera interior. Del otro lado de la calle, detrás de un seto de boj, una mujer fingía ordenar unos maceteros mientras miraba de reojo. Laia no se molestó en devolverle la mirada.

—Han hablado —dijo Bruno.

—No como para repetir un guion. Todavía no. Pero sí lo suficiente para entender por dónde no quieren que se les toque.

—Todos te han dicho lo mismo sobre Alba.

—Con palabras distintas. Eso es lo inquietante.

Bruno soltó una risa breve, seca.

—La democracia del miedo.

—O del hábito —corrigió Laia—. Hay lugares donde no hace falta dar instrucciones. Basta con que la gente sepa qué clase de paz está defendiendo.

A la una pasó por la casa de Berta Llovet.

Era la vecina más reciente del conjunto y lo parecía por pequeños detalles que en otros contextos serían irrelevantes: la manera de dejar la bicicleta del niño demasiado cerca de la entrada, las macetas compradas aún en recipientes de vivero, el gesto menos entrenado con que abrió la puerta.

Berta no tenía la compostura limpia de los demás.

Parecía cansada. Y eso, en Las Encinas, casi equivalía a una indiscreción.

—He visto salir y entrar gente desde ayer, pero nadie se atreve a decir nada claro —dijo sin demasiados rodeos, después de ofrecerle asiento en una cocina todavía vivida, con dibujos infantiles pegados a la nevera—.

Aquí son amables. Muchísimo. Al principio te parece hasta agradable.

Luego entiendes que la amabilidad también puede servir para cerrarte la boca.

Laia no respondió. Dejó que Berta siguiera.

—No conocía mucho a Alba, pero sí la había visto las últimas semanas. Iba con la cabeza en otra parte. Y una tarde discutió con alguien en la calle lateral. No oí todo. Solo que ella dijo una frase rara. Algo como: «No podéis seguir fingiendo».

—¿Con quién discutía?

—No estoy segura. Era un chico. O quizá un hombre joven. Desde mi ventana solo vi la espalda. Alto. Camisa oscura.

Podía ser medio recinto, pensó Laia. Aun así, la frase tenía carne. No era uno de esos recuerdos fabricados después a base de miedo y televisión. La manera en que Berta la repitió, con cierta vergüenza por no haberle dado importancia entonces, sonaba a verdad.

Cuando salió de allí, la tarde empezaba a inclinarse.

Bruno seguía revisando la cronología de la incidencia técnica y Sergi Valls esperaba en el control de acceso para una nueva ronda de preguntas.

Laia se detuvo un momento junto al seto que separaba la calle principal de la zona del club social.

El agua de la piscina vibraba bajo una luz blanca y vacía.

Todo seguía en su sitio. El silencio, también.

Abrió la libreta y repasó las notas. En ocho casas distintas, sin acuerdo previo visible, Alba ya se estaba convirtiendo en un perfil.

Inteligente, sí. Pero reservada. Cambiante.

Demasiado impresionable. Había una violencia particular en aquel procedimiento.

La de limar a la persona hasta dejarla en una versión manejable.

Levantó la vista cuando escuchó pasos a su espalda. Helena Aldasoro avanzaba por la acera con el teléfono en la mano y unas gafas de sol que no llegaban a ocultarle la expresión.

—Inspectora —dijo al acercarse—. Espero que los vecinos estén colaborando.

Laia la miró sin prisa.

—Colaboran mucho.

Helena esbozó una sonrisa breve, difícil de descifrar.

—Es una comunidad responsable.

—También disciplinada.

Hubo un segundo de quietud. La brisa movió apenas las hojas altas de los cipreses.

—En situaciones así —contestó Helena—, la disciplina evita males mayores.

Laia cerró la libreta.

—A veces también los fabrica.

No añadieron nada más. Helena inclinó apenas la cabeza y siguió andando.

Laia la vio alejarse por la calle central, recta, serena, dueña del paso.

Después miró otra vez sus notas. En tres entrevistas distintas había aparecido casi la misma idea, con distintas palabras: Alba estaba interpretando cosas que no entendía.

No era casualidad. Era un aviso.