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Cuando Laia volvió a citar a Oriol Massanet, no lo hizo en la oficina de administración, sino en el cuarto técnico que comunicaba con el lateral del club social.

Quería sacarlo del mostrador, del teléfono, del teclado, de la posición desde la que un administrador se convierte en recepcionista del orden.

Quería verlo rodeado de aquello que realmente gobernaba: cerraduras, cuadros eléctricos, planos, llaves numeradas y registros de mantenimiento.

Oriol aceptó con una docilidad que no tranquilizó a nadie.

Entró con una carpeta azul bajo el brazo y el mismo aspecto de hombre correcto que había mostrado desde la primera hora: camisa clara, pantalón oscuro, zapatos cómodos, una discreción casi cultivada como oficio.

Había algo en él que recordaba a los muebles funcionales muy buenos: pasan desapercibidos justo porque cumplen demasiado bien su propósito.

Bruno se quedó junto a la estantería metálica donde descansaban archivadores y cajas con material de repuesto. Laia ocupó una silla plegable frente a la mesa estrecha del cuarto. Oriol permaneció de pie hasta que ella señaló el asiento.

—Gracias por venir.

—Estoy a su disposición.

La frase, en otro, habría sonado servicial. En él era un límite.

Laia miró la habitación. Un fluorescente encendido a medias, el zumbido del sistema de ventilación, dos monitores apagados, un tablero con ganchos de llaves y etiquetas blancas. En una pared colgaba el plano del recinto con los sectores de cámaras marcados en colores.

—Quiero que repasemos la noche de la desaparición de Alba Giner Salvat —dijo.

Oriol asintió.

—Ya facilité toda la información que teníamos.

—Lo sé. Quiero la que no ha pasado por el formato de entrega.

Algo vibró apenas en la mandíbula de Oriol.

—No sé a qué se refiere.

—Sí lo sabe.

Laia abrió la carpeta que Bruno le había dejado delante. Dentro había copias de incidencias, órdenes de trabajo, un parte de revisión de cámara y un listado de accesos secundarios. No enseñó aún ningún papel. Solo dejó que Oriol los viera.

—Explíqueme cómo funciona este lugar de verdad —dijo—. No para la junta. No para los propietarios. De verdad.

Oriol apoyó la carpeta azul sobre la mesa.

—Funciona como cualquier comunidad grande. Hay proveedores, protocolos, incidencias, reparaciones, decisiones urgentes, vecinos que exageran y vecinos que no avisan de nada hasta que ya es tarde.

—¿Y usted dónde se coloca?

—En medio.

—No. Usted se coloca en todas partes.

Bruno desvió apenas la vista, como quien registra el golpe bien dado.

Oriol bajó los ojos a sus propias manos. Las tenía bien cuidadas, pero con pequeñas marcas secas en los nudillos, como de quien sí toca cosas materiales, aunque su trabajo aparente sea administrativo.

—No entiendo el sentido de esta conversación.

—Se lo explico —dijo Laia—. Tenemos once minutos de fallo localizado en el sistema de cámaras.

Una revisión de mantenimiento tres días antes.

Una puerta secundaria con control deficiente.

Una zona técnica cercana al punto donde probablemente estuvo Alba.

Y un administrador que cada vez que le preguntamos por detalles concretos responde con generalidades correctas.

Oriol respiró sin que se le notara casi en el pecho.

—Porque no voy a inventarme datos.

—No. Lo que hace es seleccionar los que le convienen.

Por primera vez, Oriol levantó la mirada con una dureza seca.

—¿Insinúa que estoy ocultando algo relacionado con la desaparición de la chica?

—No lo insinúo. Le pregunto qué está ocultando.

Bruno adelantó una hoja.

—La orden de revisión del bloque 4A —dijo—. Tres días antes. Firma de recepción suya. Motivo: interferencias puntuales.

Oriol echó un vistazo rápido.

—Sí. Se revisó.

—¿Quién pidió la revisión? —preguntó Laia.

—No lo recuerdo.

—Pues haga memoria.

—Recibimos muchas incidencias.

—No tantas de cámaras.

Oriol abrió la carpeta azul, sacó unas gafas y se las puso con lentitud. Ganar tiempo también puede parecer educación.

—La revisión la pidió una vecina que había notado cortes en la imagen desde su aplicación —dijo por fin.

—¿Qué vecina?

—No lo recuerdo con seguridad.

Bruno soltó aire.

—Qué mala suerte. Recuerda firmas, partes, proveedores, pero no a quién le molestaba exactamente una cámara que luego deja once minutos muertos en un caso de desaparición.

Oriol se quitó las gafas.

—No he dicho que no lo recuerde. He dicho que no con seguridad.

Laia se inclinó hacia delante.

—Ese tipo de matiz le sirve en una reunión de propietarios. Aquí no.

Oriol sostuvo la mirada, y por primera vez apareció algo más nítido bajo la discreción: cansancio, sí, pero también orgullo. El orgullo específico de quien lleva años siendo imprescindible sin figurar nunca.

—Helena Aldasoro me llamó —dijo al final—. Dijo que una vecina se había quejado y que convenía revisar la línea porque en esa zona se habían producido más fallos el último mes.

Laia no movió la cara.

—¿Se habían producido?

—Pequeñas interferencias.

—¿Registradas?

—No todas.

Bruno dejó escapar una media risa sin humor.

—Claro.

Oriol lo ignoró.

—En una comunidad de este tamaño no se registra cada parpadeo técnico.

—No era un parpadeo —dijo Laia—. Era un patrón.

La palabra quedó un segundo flotando entre los cables y el metal del cuarto. Oriol desvió la vista hacia el tablero de llaves.

Laia siguió esa mirada.

—Hábleme de la puerta de mantenimiento.

—¿Qué quiere saber?

—Quién la controla.

—Administración. Seguridad en turnos. Personal autorizado.

—¿Y quién la abrió la noche de la desaparición?

Oriol volvió a mirarla.

—No consta apertura.

—Ya. Eso no significa que no se abriera.

—Significa que no quedó registrada.

—¿Por qué no quedó registrada?

Oriol cerró la carpeta azul.

—Porque a veces, cuando entra personal habitual, se agiliza.

Bruno se enderezó.

—¿Agilizar significa abrir sin anotar?

—Puede significar abrir y registrar después.

—¿Se registró después?

Oriol no contestó.

Laia esperó.

El cuarto técnico, tan pequeño, parecía haberse llenado de un silencio mecánico. El ventilador. El fluorescente. Un leve golpeteo de dilatación en una tubería.

—No —admitió Oriol.

—¿A quién se le agilizó el paso?

—No puedo asegurarlo.

—Pero puede aproximarlo.

Oriol se humedeció los labios.

—Podía ser mantenimiento del club. O de jardinería. O alguien habitual.

—¿A la una de la madrugada?

No respondió.

—Oriol —dijo Laia con una calma casi cansada—. Lo que haga ahora va a decidir si usted es un testigo útil o una pieza más del problema.

Eso sí le dolió. Se vio en la forma en que apretó un instante los dedos sobre la carpeta.

—Yo no soy parte de ningún problema —dijo.

—Entonces deje de comportarse como si llevara años protegiendo uno.

Los ojos de Oriol se endurecieron.

—Usted no entiende cómo funciona un lugar así.

Laia sostuvo su mirada.

—Explíquemelo.

El administrador respiró hondo. Cuando habló, la voz le salió más baja.

—La gente cree que mi trabajo es gestionar cuotas, reparaciones y llaves.

No lo es. Mi trabajo es evitar que todo se desordene por detalles que, sacados de contexto, pueden parecer enormes.

Un hijo que entra con un coche a más velocidad de la debida.

Un proveedor que se salta un acceso. Una discusión en una piscina.

Una cámara que enfoca donde no debe. Una empleada que dice haber visto algo y lo cuenta de la peor manera posible.

Si cada cosa se trata como si fuera el fin del mundo, no se puede vivir aquí.

Bruno lo miró con incredulidad.

—¿Una empleada?

Oriol comprendió demasiado tarde que había abierto una puerta de más.

Laia no cambió de tono.

—Celia Robles.

El nombre lo dejó inmóvil. Solo un segundo. Pero suficiente.

—No he dicho ese nombre.

—No hacía falta.

Oriol se puso en pie.

—Creo que esta conversación ha terminado.

Laia no se movió.

—No. Lo que ha terminado es la parte en la que podía esconderse detrás de lo administrativo.

Oriol no se sentó, pero tampoco salió.

—No sé qué creen que van a encontrar —dijo con la voz ya gastada—. A veces las cosas pasan mal y punto.

—Y a veces se decide qué versión de esas cosas va a sobrevivir —replicó Laia—. ¿Quién estaba en la zona técnica anoche?

Oriol miró el plano del recinto. Parecía un hombre buscando una salida en un dibujo que él mismo había ayudado a mantener durante años.

—No lo sé.

—Miente.

—No lo sé con certeza.

Bruno dio un paso.

—¿Quién podía estar?

Oriol cerró los ojos un instante.

—Alguien a quien no se le habría negado el acceso.

Laia lo dejó caer dentro del cuarto como si fuera una piedra.

—Un vecino.

Oriol no respondió.

—O alguien llamado por un vecino —añadió Bruno.

Esta vez sí levantó la cabeza.

—Hubo una incidencia menor —dijo—. Ya se lo dije.

—No —dijo Laia—. Aún no.

Oriol tardó unos segundos. Luego, con la misma precisión con la que otros se desabrochan una prenda incómoda, soltó:

—El cierre magnético de la puerta no quedó bien ajustado tras la revisión del martes. Podía parecer cerrado sin estarlo del todo. Yo lo vi el miércoles por la mañana. Pensé que lo anotaría al volver de una reunión y se me pasó.

—¿Se le pasó? —repitió Bruno.

—Sí.

—¿Y no dijo nada a seguridad?

—No me pareció urgente.

Laia lo miró fijamente.

—Hasta que una chica desapareció.

Oriol bajó la vista.

—Sí.

Laia se puso en pie.

—Voy a volver a hablar con usted.

—Ya estoy hablando con usted.

—No. Lleva todo el rato eligiendo palabras. La próxima vez quiero hechos.

Abrió la puerta del cuarto técnico. Antes de salir, se volvió una última vez.

—Una cosa más. Cuando ha dicho «una empleada que dice haber visto algo y lo cuenta de la peor manera posible», no estaba improvisando. Estaba recordando.

Oriol no contestó. Pero tampoco necesitó hacerlo. Se había quedado de pie junto al plano, con una mano apoyada en la mesa y la otra cerrada sobre su carpeta azul, como si todo el cuarto se hubiera vuelto demasiado pequeño para el número de cosas que llevaba años guardando dentro.