10
Marta subió a la habitación de Alba cuando la casa volvió a quedarse en silencio.
Gabriel había bajado a atender una llamada.
O eso dijo. Bruno y Laia ya se habían marchado.
La policía seguía dentro del recinto, pero por primera vez desde la madrugada ella pudo cerrar una puerta a su espalda sin que nadie le pidiera nada.
Se detuvo un momento en el umbral.
La habitación olía a crema corporal, a ropa limpia y a ese fondo tibio de adolescencia encerrada que no sabía describir y, sin embargo, habría reconocido entre cien.
La cama estaba medio deshecha. Una sudadera colgaba del respaldo de la silla del escritorio.
El flexo seguía encendido, proyectando un círculo de luz amarilla sobre unos apuntes abiertos de Historia que Alba no había vuelto a tocar.
Marta avanzó despacio, como si el cuarto pudiera alterarse con cualquier gesto brusco. No quería invadirlo y, al mismo tiempo, no sabía ya qué derecho tenía a ese pudor. Cuando un hijo desaparece, la intimidad deja de ser un territorio limpio. Todo se convierte en pista, en duda, en reproche.
Apagó el flexo y volvió a encenderlo de inmediato. No soportó la oscuridad que cayó un segundo sobre la mesa.
Se sentó en la cama.
Desde allí veía la pared donde Alba había pegado, con una mezcla de orden y desgana, postales de museos, entradas de conciertos, fotografías con Lídia, una Polaroid en la piscina de hacía dos veranos y un dibujo a rotulador negro de una casa abierta en canal.
Marta no la recordaba. O quizá la había visto cien veces y nunca la había mirado de verdad.
En el dibujo, cada habitación tenía un nombre minúsculo escrito dentro.
Cocina. Pasillo. Cuarto de invitados. Armario.
Debajo, en letras pequeñas, casi ocultas por la sombra del marco, había otra palabra.
Salida.
Marta tragó saliva.
Recordó a Alba dos semanas antes, de pie en esta misma habitación, con los brazos cruzados y una expresión que no era exactamente rabia, sino decepción.
No podéis seguir haciendo como que aquí no pasa nada.
Aquella frase la había irritado. No por lo que decía, sino por el tono.
Por esa manera nueva de Alba de hablar como si hubiera vivido más de lo que le correspondía.
Marta le había contestado algo seco, algo torpe: que estaba harta de dramas, que si tenía un problema lo dijera claro, que ya no tenía edad para andar insinuando cosas.
Alba la había mirado con una fijeza impropia de sus quince años.
Ese es el problema, mamá. Que aquí lo claro nunca llega.
Marta se inclinó y abrió el cajón superior de la mesilla.
Cargadores, horquillas, un paquete de chicles, una libreta pequeña, un pañuelo de tela con la inicial A bordada en una esquina.
Nada. Fue al escritorio. En el primer cajón encontró maquillaje barato, bolígrafos, recibos del club, una pulsera rota, entradas antiguas.
En el segundo, papeles del colegio, exámenes, un sobre arrugado con fotos reveladas de una excursión.
No estaba buscando bien. Lo sabía. Buscaba como buscan las madres cuando ya se sienten culpables: deprisa y sin método, queriendo tropezar con una prueba que las absuelva de no haber visto antes.
Abrió el portátil de Alba. Pedía contraseña. Probó la fecha de nacimiento. Error. Probó el nombre del perro que habían tenido años atrás. Error. Cerró la tapa con una mezcla de frustración y vergüenza. No conocía ya ni las contraseñas de su hija.
Se giró hacia la estantería baja que había junto al ventanal. Allí Alba guardaba novelas subrayadas, cuadernos, una caja de fotos y varios archivadores del colegio. Marta los fue sacando uno a uno hasta que, detrás de todo, apareció una carpeta gris, sin etiquetar.
No recordaba haberla visto antes.
La abrió de pie.
Dentro había recortes impresos, hojas arrancadas de internet, una copia en blanco y negro de una noticia breve y antigua, casi ilegible, y dos páginas escritas a mano con la letra inclinada de Alba. Marta sintió primero desconcierto. Luego un frío muy pequeño, muy nítido.
La noticia hablaba de una joven fallecida en las inmediaciones de una urbanización privada. Accidente nocturno. Sin indicios de criminalidad. Investigación cerrada a la espera del informe definitivo. La calidad de la impresión era mala, pero el nombre se le clavó de inmediato.
Celia Robles.
Marta dejó el papel sobre la mesa y cogió una de las hojas manuscritas. No era un diario. Eran notas. Flechas. Nombres. Preguntas. Frases sueltas.
«¿Quién la vio la última?»
«¿Por qué nadie la recuerda?»
«Dídac.»
«Jan sabe algo.»
«Papá mintió el domingo.»
«Helena cambió de tema.»
Marta tuvo que sentarse.
Durante unos segundos no leyó nada más. Miró sin ver el borde de la mesa, la alfombra clara, las cortinas a medio correr. El zumbido del aire acondicionado sonaba muy bajo, casi elegante. Todo seguía en orden. El mismo orden que Alba había empezado a detestar.
Cogió la segunda hoja.
Había una lista de fechas aproximadas y una frase escrita dos veces, la primera tachada, la segunda subrayada con fuerza:
«No fue un accidente si todos se callaron.»
Marta cerró los ojos.
De pronto recordó algo que llevaba años enterrado en el lugar exacto donde se guardan los detalles que una no quiere revisar demasiado.
Una noche. No la de Celia, no lo supo entonces, pero cerca de aquellos días.
Gabriel entrando tarde, más tarde de lo que había dicho.
La camisa limpia, sí, pero con el cuello vuelto del revés, mal colocado, como si se la hubiera cambiado deprisa.
La irritación muda con la que se fue directo a la ducha.
Y después, ya en la cama, una llamada breve, muy baja, en la terraza.
No vuelvas a mencionarlo por teléfono.
Marta había oído la frase a medias, adormecida.
Le había dado forma al día siguiente, no a la preocupación.
Habían pasado semanas tensas entonces, el trabajo de Gabriel, la propia vida, Alba pequeña con fiebre, reuniones del colegio.
Una acaba normalizando demasiadas cosas cuando lo que desea es no agravar nada.
Ahora la frase regresaba con una nitidez insoportable.
Volvió a mirar las hojas.
«Papá mintió el domingo.»
Marta leyó esa línea tres veces. El domingo.
Dídac había aparecido en el club a media tarde, con esa facilidad untuosa de hombre al que todo el mundo sigue tratando como al chico encantador de siempre.
Había saludado a Gabriel. Luego a Helena.
Después se había quedado un rato cerca de la barra.
Alba, que estaba leyendo en una hamaca, levantó la cabeza al verlo y no apartó los ojos de él hasta que Marta le pidió que dejara de mirar de esa forma.
«¿Por qué?» había preguntado Alba.
«Porque sí.»
La respuesta le ardió ahora en la boca como una mentira vieja.
Marta se puso en pie de golpe. La carpeta resbaló y varias hojas cayeron al suelo.
Una de ellas era una impresión pequeña, apenas media página.
Se agachó a recogerla y entonces la vio: no una foto entera, sino la captura de una imagen ampliada hasta casi romperse.
Una figura femenina de perfil. Detrás, al fondo, un chico o un hombre joven, borroso, girando la cabeza.
El contorno no permitía una identificación limpia, pero había algo en la postura, en la inclinación del cuello, en la forma de los hombros, que la atravesó antes incluso de convertirse en idea.
Marta se quedó agachada, inmóvil, con el papel entre los dedos.
No. Eso no.
O quizá sí, precisamente eso.
Bajó la vista a la parte inferior de la captura. Alba había escrito a bolígrafo, muy pequeño, casi escondido bajo el borde:
«Preguntar a Jan por la foto.»
«No decir nada todavía.»
Marta se sentó otra vez en el suelo. No lloró. Le temblaban, en cambio, las manos con una violencia ridícula, inservible. Durante un momento se sintió vieja. No por la edad, sino por la clase de cansancio que produce descubrir que una ha vivido años enteros junto a algo sin querer ponerle nombre.
Oyó pasos en el pasillo.
Cerró la carpeta con demasiada rapidez. Se levantó. La dejó sobre la mesa, pero no volvió a colocarla detrás de los libros. La dejó a la vista, como si aún no hubiera decidido si estaba escondiéndola o salvándola.
Gabriel apareció en el umbral.
—¿Qué haces?
La pregunta no sonó casual. Sonó exacta.
Marta lo miró.
—Intentar entender quién era nuestra hija cuando no la estábamos mirando.
Gabriel frunció el ceño, no del todo por el contenido, también por el tono. Sus ojos fueron a la carpeta, luego a ella.
—No deberías estar revolviendo sus cosas ahora.
Marta sintió un impulso casi infantil de echarse a reír.
—Ahora sí no.
—No he dicho eso.
—No hace falta que lo digas. Ya lo haces tú por todos.
Gabriel dio un paso dentro.
—Marta.
Ella no levantó la voz.
—¿Quién era Celia Robles?
La pregunta tuvo el efecto de un cristal rompiéndose en otra habitación. Gabriel no se movió. Ni un músculo. Solo algo mínimo en la cara, un ajuste de la mirada, una contracción corta en la comisura derecha.
Duró menos de un segundo.
Bastó.
—¿De qué estás hablando? —dijo.
Marta lo observó con una lucidez nueva, helada.
—De una chica muerta. De una carpeta en la habitación de Alba. De un nombre que tú conoces mejor de lo que vas a admitir.
Gabriel no respondió enseguida. Miró la mesa. La carpeta. La impresión torcida junto al flexo.
—La policía no debería permitirte hacer esto sola.
Otra vez. Orden. Procedimiento. La forma más elegante de no contestar.
Marta notó que algo terminaba de quebrarse dentro de ella. No con estruendo. Con precisión.
—No me has respondido.
Gabriel sostuvo la mirada esta vez.
—Porque no sé qué quieres que te responda.
Marta pensó, con una claridad que le dio miedo, que quizá ese era el verdadero idioma del perímetro: no negar, no afirmar, no levantar la voz, no dejar nunca una frase lo bastante abierta como para que la verdad pudiera entrar.
Bajó la vista a la carpeta. Cuando volvió a alzarla, ya no estaba segura de si quería que su hija apareciera viva o de si, además de eso, podía soportar conocer por fin la casa donde había vivido.