Dentro (El perímetro 1) 9
24%

9

Jan Serra Puig vivía con sus padres en una de las parcelas de la ladera sur, en una calle algo más estrecha que el resto y con menos paso de coches.

La casa era de las que pretendían parecer cálidas sin ceder un centímetro de control: piedra clara, madera oscura, ventanales grandes y una iluminación suave que a esa hora de la mañana solo conseguía hacer más visibles las ojeras de quienes habían pasado la noche en vela.

Abrió él mismo.

Llevaba un pantalón de chándal gris y una sudadera negra, ambos arrugados, como si se los hubiera puesto sin pensar o se hubiera quedado dormido con ellos.

Tenía el pelo revuelto, la piel cetrina y los ojos clavados en Laia con una mezcla de cansancio, irritación y miedo muy joven.

Lo bastante joven como para creer todavía que una expresión neutra puede esconder algo.

Jan no era cobarde con las cosas pequeñas.

Contestaba a profesores, discutía con sus padres, era capaz de cruzar media ciudad si Alba le pedía que la viera.

Pero en El Encinar había otro tipo de miedo, uno más antiguo que él.

Un miedo que no te enseñaba a huir, sino a quedarte quieto hasta que el problema pasara de largo.

—Mis padres están arriba —dijo antes de que nadie hablara.

—Bien —respondió Laia—. De momento quiero hablar contigo.

La mirada de Jan se movió un segundo hacia Bruno, luego regresó a ella.

—¿Aquí?

—Si te parece.

Los hizo pasar a una sala pequeña que daba al jardín. No era un salón principal, sino un espacio intermedio con una mesa baja, dos sofás enfrentados y una televisión apagada. En el cristal del ventanal, el césped húmedo reflejaba la luz gris de la mañana.

Jan no se sentó hasta que Laia ocupó una butaca. Bruno se quedó cerca de la puerta, no para imponerse, sino para recordar que el aire se había estrechado.

—¿Has dormido algo? —preguntó Laia.

—No.

—Normal.

Jan soltó una risa sin alegría.

—No creo que haya nada normal ahora mismo.

Laia no le contradijo.

—Cuéntame qué hiciste ayer desde que saliste del colegio.

—Lo de anoche ya lo dije.

—Lo sé. Quiero oírtelo a ti otra vez.

Jan cruzó los brazos, luego los soltó enseguida, como si se hubiera dado cuenta de que el gesto lo infantilizaba.

—Volví a casa sobre las cinco y media. Estuve aquí. Luego bajé al club con unos amigos. Cenamos tarde. Volví antes de las doce.

—¿Con quién cenaste?

—Con Pau, con Néstor, con dos más. Lo pueden decir ellos.

—Lo dirán. ¿Viste a Alba?

—Sí. Un rato.

—¿Dónde?

—En el club. Estaba con Lídia. Luego la vi salir.

—¿Hablaste con ella?

Jan se pasó la mano por la nuca.

—Poco.

—¿Poco cuánto?

—Dos minutos.

—¿Sobre qué?

—Nada.

—Eso no existe —dijo Laia.

Jan la miró con fastidio.

—Sobre una tontería.

—¿Qué tontería?

—Me preguntó por una foto.

Laia no se movió.

—¿Qué foto?

—No lo sé.

—Jan.

Él apretó la mandíbula.

—Una vieja. Una que, según ella, había visto en un móvil. Yo le dije que no sabía de qué hablaba.

—¿Y sí lo sabías?

El chico bajó la vista hacia sus manos.

—No.

La mentira salió demasiado entera.

Laia dejó que el silencio le trabajara alrededor. A los pocos segundos, Jan empezó a mover una rodilla. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero constante.

—Lídia dice que Alba pensaba que tú sabías algo y no querías soltarlo —dijo al fin.

Jan levantó los ojos de golpe.

—Lídia no sabe una mierda.

—Puede. Pero me interesa lo que cree Alba, no Lídia. ¿Qué pensaba Alba que sabías?

—Nada.

—¿Por qué discutisteis entonces?

—No discutimos.

Bruno habló por primera vez.

—Te ha salido demasiado rápido.

Jan giró la cabeza hacia él.

—Porque estáis montando una película con todo.

—Una chica ha desaparecido dentro de una urbanización cerrada —replicó Bruno—. Si eso te parece una película, vas tarde.

Jan tragó saliva. Laia lo observó un segundo más. No era un chico duro. Tampoco uno blando. Era algo peor para sí mismo: alguien que había crecido aprendiendo que el conflicto verdadero lo resuelven los adultos y que a los hijos les corresponde aguantar el relato.

—¿Querías a Alba? —preguntó.

Jan tardó tanto en responder que la pregunta dejó de parecer íntima y se volvió probatoria.

—Sí.

—¿Y ella a ti?

Los ojos se le enturbiaron apenas un instante.

—No sé.

—¿Estabas enfadado con ella?

—A veces.

—¿Anoche lo estabas?

Jan exhaló fuerte por la nariz.

—Estaba cansado. Llevaba días insoportable.

—¿Por qué?

—Porque se había montado una historia en la cabeza y no la soltaba.

—¿Qué historia?

—Lo de Celia.

Laia sintió cómo la sala se cerraba un grado más.

—Háblame de Celia.

—No sé nada.

—Acabas de decir su nombre.

Jan se quedó quieto.

—Lo oí una vez. Hace poco. A Alba.

—¿Cuándo?

—No me acuerdo.

—Mírame.

Jan obedeció, más por agotamiento que por disciplina.

—Tu problema —dijo Laia— es que quieres parecer alguien que no eres. No eres un chico frío. No eres un chico listo en esto. Eres un chico asustado. Y los asustados se equivocan siempre en lo mismo: creen que callando ganan tiempo, cuando lo que hacen es quedarse solos.

Las palabras no lo ablandaron, pero sí le abrieron una grieta visible en la cara.

—Yo no le hice nada.

—No te he dicho que se lo hicieras.

—Pero lo está pensando.

—Estoy pensando que mientes. Y quiero saber por qué.

Jan respiró hondo, una vez, dos. Miró el jardín. Fuera, el césped brillaba con una limpieza casi ofensiva.

—Hace una semana —dijo al final— Alba me enseñó una captura en el móvil. Era una foto mala. No se veía casi nada. Me preguntó si sabía quién era la chica.

—¿Qué le dijiste?

—Que no.

—¿Y lo sabías?

No contestó.

—Jan.

—Podía ser cualquiera.

—No es una respuesta.

—Porque no lo sé seguro.

Laia inclinó apenas la cabeza.

—¿Y por qué te puso así?

Él cerró los ojos un segundo.

—Porque detrás se veía a alguien.

—¿A quién?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Jan abrió los ojos.

—Podía ser Dídac.

El nombre cayó entre ellos con una pesadez distinta. Bruno lo anotó sin mirarlo.

—¿Dídac Casanovas? —preguntó Laia.

Jan asintió una vez, casi imperceptible.

—¿Qué relación tiene Dídac contigo?

—Ninguna.

—¿Y con Alba?

—Tampoco.

—Entonces ¿por qué importa?

Jan se pasó una mano por la cara.

—Porque si era él… si de verdad era él… entonces Alba no iba a parar.

Laia dejó que la frase respirara.

—¿Por qué no iba a parar?

—Porque pensaba que aquí han hecho cosas y luego las han enterrado. Y que todos lo saben. O lo intuyen. O prefieren no saberlo del todo.

—¿Tú qué haces?

Jan soltó una risa seca, infantil de puro desesperada.

—Supongo que lo de todos.

Laia estudió sus manos. Tenía una costra reciente en el nudillo derecho. No grande. No grave. Pero demasiado reciente.

—¿Eso de ahí? —preguntó.

Jan miró su mano como si la viera por primera vez.

—Me caí.

—¿Dónde?

—En la pista.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Con quién estabas?

Tardó un segundo de más.

—Solo.

—¿Y te caíste solo?

—Sí.

Bruno dio un paso hacia la mesa baja. No invadió. Solo acortó la distancia.

—Qué mala suerte —dijo.

Jan lo miró con rabia, y esa rabia, por fin, tenía algo más útil que la defensa. Detrás estaba el miedo a haber quedado señalado ya sin remedio.

—No la toqué —dijo.

Laia no reaccionó.

—No he dicho que la tocaras.

—Pero lo pensáis.

—Pienso que estuviste más cerca de Alba anoche de lo que me estás contando.

Jan apretó la boca.

—La vi salir del club.

—Eso ya lo sé.

—Y luego… luego me la encontré.

Bruno levantó la vista.

—¿Dónde?

—Cerca del camino de atrás.

—¿Qué camino de atrás?

—El de mantenimiento. El que va al módulo.

Laia no apartó los ojos de él.

—Sigue.

—Le dije que se volviera a casa. Que estaba haciendo el idiota. Ella me dijo que por una vez dejara de comportarme como los demás.

—¿Y qué hiciste?

—Irme.

—¿Seguro?

Jan se removió en el sofá.

—Sí.

—¿Seguro del todo?

Tardó otra vez. Demasiado.

—No.

La palabra salió tan baja que casi se perdió.

—Explícamelo bien —dijo Laia.

Jan se apretó la costra del nudillo con el pulgar.

—Di unos pasos. Luego volví. Pero ya no estaba donde la había dejado. Oí voces detrás del módulo. No distinguí qué decían. Me acerqué un poco. Había alguien más con ella.

—¿Quién?

—No lo vi.

—¿Hombre o mujer?

—No sé.

—Jan.

—No lo sé —repitió, esta vez con rabia—. Era una sombra. Una forma. No me acerqué tanto.

—¿Por qué no?

Los ojos se le llenaron de una vergüenza súbita.

—Porque me acojoné.

Se tapó la boca con una mano, como si la frase le hubiera salido antes de poder corregirla. Durante un segundo pareció más joven que al entrar.

—Yo pensé que si me quedaba detrás no formaría parte de nada.

Laia no lo interrumpió.

—Eso pensé —repitió Jan—. Que mirar desde lejos no contaba.

Laia no respondió enseguida.

—¿Te vio alguien?

—No.

—¿Te oyó alguien?

—No creo.

—¿Y te fuiste?

Jan asintió.

—Sí.

—¿Sin más?

—Me fui a mi casa.

—¿Y no hiciste nada?

—No había pasado nada.

Laia sostuvo el silencio hasta que Jan dejó de poder mirarla.

—¿Eso te repetiste?

El chico tragó saliva.

—No oí gritos.

—No te he preguntado eso.

Bruno se inclinó un poco hacia delante.

—¿Qué hora era?

—No lo sé. Las doce y pico. Cerca de la una menos algo. No lo sé.

Laia se puso en pie. Jan también, por reflejo.

—¿Vas a contarme después otra versión distinta?

—No.

—Piénsatelo bien.

Jan bajó la vista.

—Yo no le hice nada.

Laia fue hacia la puerta. Antes de abrirla, miró de nuevo su mano.

—A veces no hace falta hacer algo para llevarlo encima.

Ya en la calle, Bruno caminó a su lado en silencio unos metros.

—¿Qué te parece? —preguntó al fin.

Laia no respondió de inmediato. Miró las fachadas limpias, los setos recién recortados, la curva perfecta del vial.

—Que Jan no es el centro.

—Pero estuvo allí.

—Sí.

—Y se fue.

Laia asintió.

—Eso también.