Dentro (El perímetro 1) 8
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Laia encontró a Lídia Moner en la cocina de la casa de sus padres, sentada en una banqueta alta, con las piernas cruzadas y las manos cerradas entre las rodillas.

Aún llevaba la ropa de la noche anterior: una sudadera verde botella, unos tejanos claros demasiado finos para el frío de la madrugada y unas zapatillas blancas con la puntera manchada de tierra.

Tenía quince años y el rostro de quien ha pasado demasiadas horas resistiéndose a llorar delante de los adultos.

Su madre permanecía de pie junto a la encimera, inmóvil, con un vaso de agua intacto entre las manos. El padre, un hombre bajo y nervioso con una camisa de deporte mal abotonada, abrió la boca para decir algo en cuanto vio entrar a Laia y a Bruno, pero Laia levantó una mano.

—Prefiero hablar con ella a solas.

La mujer asintió de inmediato. El padre tardó un segundo más, solo el bastante para dejar claro que no le gustaba que nadie le indicara lo que debía hacerse en su propia casa. Aun así, salió. Bruno se quedó en el marco.

—Estaré fuera —dijo.

Lídia miró a Laia cuando la puerta se cerró.

Tenía los ojos enrojecidos, no de una gran llantina, sino de una noche demasiado larga, de las que desgastan por dentro.

No parecía una chica dócil. Había algo compacto en ella, una forma de aguantar el cuerpo como si supiera que, en cuanto se aflojara, los demás se le echarían encima con preguntas o con compasión.

Laia se sentó frente a ella.

—Sé que estás cansada.

Lídia se encogió de hombros.

—No he dormido.

—Ya.

Esperó un momento, lo justo para que el silencio no sonara a táctica.

—¿Cuánto hacía que conocías a Alba?

—Desde pequeñas.

—¿Del colegio?

—Del colegio y de aquí. Antes íbamos juntas en bici. Luego menos.

—¿Por qué menos?

Lídia se pasó la lengua por el labio inferior, agrietado.

—Porque crecer aquí es una mierda.

La frase, dicha sin sensibilidad, casi con cansancio, quedó suspendida entre las dos. Laia no sonrió, pero tampoco la corrigió.

—Explícame eso.

Soltó un bufido por la nariz.

—Que cuando eres pequeña todo da igual. Te dejan entrar y salir de unas casas a otras, comer helados en la piscina, dormir en casa de cualquiera.

Luego cumples trece, catorce, quince… y de repente todo tiene importancia.

Con quién vas. A qué hora vuelves. Qué padres te dejan más.

Qué chicos te miran. Qué chicas te copian.

Qué se dice de tu madre. Qué se dice de la madre de la otra.

Todo el mundo sabe cosas. O dice que las sabe.

—¿Y Alba lo llevaba mal?

Lídia se lo pensó.

—No. Bueno, sí. Depende del día. A veces se reía de todo. Otras, estaba harta.

—¿Harta de qué?

—De la gente. De cómo hablan. De cómo hacen como que no pasa nada, aunque pase.

Laia apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Quiero que me hables de estos últimos días.

Lídia bajó la vista hacia sus manos.

—Estaba rara.

—¿Rara de qué forma?

—Más pendiente a todo. Como si estuviera escuchando todo el rato. Había momentos en que parecía que no te oía, y no era porque estuviera pensando en sus cosas. Era porque estaba en otra parte. Fijándose.

—¿En alguien?

—En varios «alguien» —tomó un par de segundos para soltar un gran suspiro—. En su padre a veces. En Jan. En Dídac, cuando apareció el domingo en el club. En Helena también.

Laia no movió un músculo, pero sintió cómo ciertos nombres empezaban a buscarse unos a otros bajo la superficie del caso.

—¿Por qué en Helena?

Se mordió la mejilla por dentro.

—No lo sé. O sí, pero no sé explicarlo bien. Alba decía que Helena hablaba como si todo tuviera solución mientras no saliera de aquí.

—¿Eso dijo?

—Más o menos así.

—¿Y de Jan?

Ella levantó al fin la cabeza y la miró de frente.

—No lo deje caer todo sobre él —le dijo a Laia.

—No estoy dejando caer nada. Solo te pregunto.

—Pues pregunte bien.

Laia asintió despacio. Aquello no tenía la forma de la hostilidad. Era lealtad mal dormida y un poco desatada, pero no se parecía a la intencionalidad.

—De acuerdo —asintió con la cabeza—. Pregunto bien. ¿Qué pasaba entre Alba y Jan?

Lídia dudó.

—No eran novios.

—Eso no responde a la pregunta.

—Porque no sé responder mejor, inspectora. Se buscaban mucho. Se enfadaban. Volvían. Ella confiaba en él, pero últimamente menos.

—¿Por qué?

Lídia soportó el roce de la saliva.

—Porque Jan sabía algo y no quería soltarlo.

Laia dejó que pasaran unos segundos.

—¿Sobre qué?

—Sobre una chica.

—¿Qué chica?

Lídia aguantó dos latidos más antes de hablar.

—Celia.

Laia no pestañeó.

—¿Te dijo el apellido?

—Sí. Robles.

Laia oyó, desde la cocina vacía al otro lado de la puerta, el zumbido apagado de una nevera y el leve golpeteo de la calefacción poniéndose en marcha. Todo parecía demasiado doméstico para la frase que acababa de caer sobre la mesa.

—Cuéntame exactamente cómo salió ese nombre.

Se frotó una muñeca con la otra mano.

—Fue el martes. O el miércoles. No sé. Estábamos en las pistas, sentadas en el escalón de atrás.

Ella llevaba dos días insoportable. Le pregunté qué coño le pasaba y me dijo que había cosas aquí dentro que se habían tapado toda la vida porque a la gente le convenía.

Yo pensé que hablaba de sus padres o de Jan.

Me soltó que no, que era más viejo. Que había una chica.

Y entonces me dijo el nombre. Celia Robles.

—¿Sabías quién era esta chica?

—No.

—¿Te explicó qué había pasado?

—No del todo. Me dijo que supuestamente había sido un accidente, pero lo dijo con esa cara que ponía cuando ya había tomado una decisión y tú aún no te habías enterado.

—¿Qué decisión?

Lídia se encogió de hombros otra vez, más despacio.

—No callarse.

Laia se quedó quieta.

—¿Alba tenía pruebas?

—No sé si eran pruebas, pero sí dijo que tenía algo. O creía tenerlo. Un día me enseñó una captura del móvil y luego la borró delante de mí.

—¿Qué se veía?

—Muy poco. Era una foto antigua. O una foto de una foto. Salía una chica con camiseta negra y vaqueros, de noche. Y detrás, muy borroso, había alguien.

—¿Le reconociste?

Lídia negó con la cabeza.

—No. Pero Alba sí. O eso me hizo pensar.

—¿Te dijo quién creía que era?

—No. Le dije que dejara de hacer tonterías. Que si había encontrado algo raro se lo contara a su madre. Y se rio en mi cara.

—¿Por qué?

El gesto de Lídia cambió. Se volvió más duro…

—Porque me dijo que su madre llevaba años viviendo aquí y que aquí, cuando algo huele mal, nadie pregunta de frente hasta que ya no queda nada que salvar.

La frase se quedó en la cocina como una luz encendida. Laia pensó en Marta, en su forma de sujetarse por dentro, en los ojos secos, en la palabra tenía dicha casi sin darse cuenta.

—¿Y tu última conversación con Alba?

—Anoche. Bueno, antes de anochecer. Me mandó un mensaje.

—¿Qué decía?

—Si mañana todo se va a la mierda, ya sabes por qué.

Laia levantó la vista.

—¿Eso te escribió?

Asintió.

—Yo le contesté llamándola imbécil. Luego le mandé otro diciéndole que parara. Ya no respondió.

—¿Lo tienes?

Lídia alargó el móvil. Bruno, desde la puerta, dio un paso al interior sin hacer ruido. Laia leyó la conversación. Pocas palabras. Casi todas mordidas. El mensaje estaba ahí, exacto, sin adorno.

Si mañana todo se va a la mierda, ya sabes por qué.

—¿Te habló de verse con alguien? —preguntó Laia devolviéndole el teléfono.

Negó primero, pero se detuvo a medio gesto.

—No me lo dijo. Pero estaba esperando algo.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque miraba el móvil como una loca. Y porque, cuando estaba nerviosa de verdad, se ponía borde con todo el mundo menos con quien la había puesto nerviosa.

—¿Con Jan pasó eso?

—A veces sí. A veces no.

Laia se puso en pie muy despacio. Lídia hizo lo mismo, como si llevara un resorte bajo la espalda desde el principio de la conversación.

—Una cosa más —dijo Laia—. Quiero que pienses bien antes de contestar. ¿Alba tenía miedo?

Tardó unos segundos. A esa edad, el miedo rara vez se llama miedo a la primera.

—Sí —admitió al final—. Pero no como cuando alguien te sigue o te escribe o te da mal rollo. Era otra cosa.

—¿Cuál?

Lídia se volvió hacia la encimera, donde su vaso seguía intacto.

—Como si se hubiera dado cuenta de que aquí dentro todo el mundo sabía antes que ella quién valía menos.

Laia la observó un instante. Luego asintió, abrió la puerta y salió al pasillo. Bruno alzó las cejas.

—¿Qué tenemos?

Laia echó a andar hacia la salida.

—Un nombre que ya no pienso soltar.

Había recorrido apenas tres pasos cuando Lídia la llamó desde la cocina.

Laia se giró.

La chica había salido al marco de la puerta. Tenía una mano apoyada en la jamba y el pelo aplastado de una noche sin dormir.

—Inspectora.

—Dime.

Lídia dudó. Luego habló muy bajo, pero sin temblarle la voz.

—Ella dijo otra cosa.

—¿Qué cosa?

Tragó saliva de manera visible.

—Dijo: No fue la única.