7
Laia encontró a Bruno junto al coche, sin abrigo y con el sobre que le había dado Oriol abierto sobre el capó.
La madrugada había adelgazado el frío hasta volverlo cortante.
El aire olía a tierra húmeda, a cloro y a jardinería nocturna.
Desde allí, la hilera de casas parecía todavía más irreal: cubos blancos, líneas rectas, cristales oscuros, iluminación baja y doméstica, todo en su sitio, todo disciplinado hasta el borde mismo de lo siniestro.
Bruno levantó la vista en cuanto la vio acercarse.
—Inicios de sesión, nombres de usuario, incidencias y relación de llaves —enunció—. Y una pequeña alegría.
Laia apoyó una mano en el techo del coche.
—Sorpréndeme.
Bruno le tendió la primera hoja. Era un listado escueto, impreso con tipografía administrativa; hora, código, incidencia, resolución.
Laia leyó rápido. Alarmas de garaje, fuga en riego automático, sustitución de luminaria, falso aviso en pista de pádel.
Luego, tres días antes, una línea que no tenía nada de extraordinario y precisamente por eso, le llamó más la atención.
—¿Mantenimiento en la puerta sur? —leyó en alto.
—Ajuste de cierre. Revisión de sensor y cerradura —confirmó Bruno—. Empresa externa autorizada.
—¿Qué puerta sur?
—La de servicio, junto al módulo técnico.
Laia volvió a leer la línea.
—¿Quién pidió la revisión?
—Oriol firmó la incidencia. Y aquí viene lo bueno.
—Sacó otra hoja—. La llave de mantenimiento se utilizó esa tarde a las 18:12 y no consta su devolución en panel hasta las 08:07 de la mañana siguiente.
Sergi lo ha reconocido cuando le he apretado un poco más.
Dice que pensó que la había dejado en el armario, pero en realidad se quedó colgada en un cajón del mostrador.
Cualquiera con acceso interno podía cogerla.
Laia tomó la segunda hoja y dejó que el silencio asentara el dato.
—¿Cualquiera?
—Cualquiera no. Alguien que supiera dónde debía mirar.
A pocos metros, un aspersor se activó con un chasquido seco y empezó a girar sobre el césped de una parcela vecina. El agua caía con regularidad matemática. Nada en aquel sitio parecía capaz de salirse de su rutina sin ser adecuado o programado.
—Enséñame el bloqueo de cámaras —le pidió Laia.
Bruno desplegó otra impresión. Un esquema del circuito tres con marcas rojas y horas anotadas al margen.
—No se caen todas. Se congelan tres y una sigue grabando a tirones.
El acceso principal funciona perfecto. El vial central, también.
En resumen: queda ciega justo la franja donde Alba desaparece, pero el sistema de seguridad conserva todo lo necesario para acreditar que no salió por donde saldría cualquiera.
Laia repasó el mapa con el dedo.
—Entonces podemos asegurar que esto no es un apagón.
—Ni una saturación limpia —aportó Bruno.
—¿Puede hacerlo alguien desde aquí dentro sin ser informático?
—Si sabe qué toca, sí. O si ha visto a alguien hacerlo antes. O si alguien se lo explica. Oriol no niega ninguna de las posibilidades. Solo insiste en que «técnicamente es posible» que sea una coincidencia.
Laia soltó el aire por la nariz mientras negaba con la cabeza.
—Las coincidencias no ajustan el encuadre desde el punto de vista de quien verá la escena.
Bruno la miró con una ligera sonrisa en los labios.
—Eso miso pensé.
Se quedaron callados un momento. Sin vacilar ni dudar, sino pensando que se encontraban ante la estructura de una mentira.
Laia volvió a la primera hoja.
—¿Quién de la empresa vino a revisar la puerta?
—Técnico de Securintel. Hay nombre, DNI y matrícula. Ya he pedido localización. Pero, sinceramente, no creo que nos dé más que una orden de trabajo.
—A veces basta con una orden de trabajo, Bruno.
—Cierto —confirmó él—. Sobre todo, si la pidió alguien que ya sabía para qué iba a necesitar una puerta bien calibrada.
Laia levantó la vista. A lo lejos, en una segunda planta, se encendió una luz y volvió a apagarse enseguida.
—¿Has hablado otra vez con Sergi?
—Sí. Sigue diciendo que no vio a Alba, que estaba en la otra ronda. Pero hay algo más. Cuando detectó el corte no avisó de inmediato. Primero intentó reiniciar el bloque él solo.
—¿Y cuánto tardó?
—Tres minutos y medio.
Laia asintió despacio.
—Tres minutos y medio son una eternidad cuando una chica ha desaparecido.
—O casi nada si lo que temes no es por la chica, sino por el lío que se te viene encima.
La frase de Bruno resonó un segundo más de la cuenta. Laia pensó en Helena, en Gabriel, en Oriol, en la forma exacta en que todos parecían estar distribuyendo el daño.
Sacó el móvil. Tenía un mensaje breve del juzgado de guardia confirmando la activación del protocolo para obtención urgente de volcados y terminales.
Debajo, otro de uno de los agentes que seguían en casa de los Giner: Registro preliminar sin hallazgos evidentes.
Habitación de la menor revisada. Se localiza el nombre «Celia» en el cuaderno.
Se guardó el teléfono.
—En la casa de Alba también ha salido Celia.
Bruno dejó escapar un «joder» sin elevar la voz.
—Pues ya no podemos decir que se trata de nuestra intuición.
—No.
Laia miró otra vez el esquema del recinto con atención.
Durante unas horas había manejado la posibilidad de un conflicto adolescente reventado por el entorno adecuado: una cita, un mal encuentro, un pánico juvenil, un salto de escala.
Seguía siendo posible, por supuesto. Pero a esas alturas el verdadero relieve del caso estaba en otro sitio.
No en el vínculo entre dos chicos, sino en el espacio que podía comerse once minutos exactos sin alterar su respiración en ese preciso momento.
—Vamos a la franja sur —dijo, girándose.
Caminaron por la calle lateral hasta dejar atrás las pistas de pádel y la parte trasera del club social. A esa hora el recinto parecía más grande, como si el silencio agrandara las distancias.
Llegaron al módulo técnico: una construcción baja y funcional, pintada del mismo blanco roto que las fachadas, con una puerta metálica gris y una banda estrecha de grava a ambos lados. Más allá empezaba el seto perimetral y, detrás, la oscuridad del camino de servicio exterior.
Bruno enfocó con la linterna del móvil la base de la puerta.
—Aquí es donde la cámara se queda congelada.
Laia observó el encuadre desde la posición aproximada del objetivo.
Desde allí se veía la esquina del módulo, un tramo de pavimento, parte del seto y el arranque de la puerta.
Nada más. Lo justo y necesario para que cualquier ausencia pareciera un hueco sin importancia y no una maniobra planificada.
—La puerta no tiene marcas visibles —dijo Bruno al revisarla.
—Porque si alguien pensó en usarla, también pensó en cerrarla.
Laia avanzó unos pasos hasta el límite de la grava. Allí, el suelo cambiaba de textura. Pavimento, después una franja húmeda, luego tierra compactada y raíces finas. Se agachó sin tocar. No era el momento de contaminar nada más de lo ya contaminado. Solo necesitaba mirar.
—¿Qué?
Bruno se había quedado detrás.
—Nada que pueda llevarme aún al laboratorio. Pero aquí ha habido más movimiento del que dice el sitio.
Laia se puso en pie. Miró el seto, demasiado tupido para pasar sin ruido, y luego el pequeño muro lateral que separaba el perímetro vegetal de la zona de servicio.
—Si Alba vino hasta aquí, no venía a improvisar. Venía a ver a alguien que conocía el punto exacto.
—O a alguien que le dijo que no usara la entrada principal.
—Sí.
Bruno se guardó la linterna.
—He estado pensando en el padre.
—Yo también —confirmó.
—No me parece un hombre que grite y pierda el control. Me parece uno que calcula, mide y toma decisiones desde la frialdad.
—Eso lo hace peor.
—¿Crees que está dentro?
Laia tardó en responder. Miraba la puerta de mantenimiento como si, detrás del metal, la noche hubiera dejado una parte de sí misma atrapada.
—Creo que sabe muy bien lo que no le conviene que aparezca en la historia que tenemos entre manos. Y creo que Helena y él no están jugando al mismo juego, pero hablan el mismo idioma.
—¿Y Oriol?
—Oriol administra el idioma.
Bruno soltó una risa, sin nada humor.
—Bonito sitio para vivir.
Laia no contestó. Se volvió hacia el módulo.
A la derecha, casi oculta por la sombra, había una pequeña caja técnica con cerradura y un adhesivo medio arrancado de la empresa de seguridad.
Se acercó. En el borde del plástico había una raya reciente, como de destornillador mal apoyado.
No era prueba de nada, pero la señalaba como se señalan algunas cosas que esperan su turno.
—Mira esto.
Bruno se acercó.
—¿Puede ser del mantenimiento de hace tres días?
—Puede. También puede ser de esta noche.
—¿Quieres que avise a la Científica ya?
Laia negó.
—No todavía. Primero quiero saber quién pidió exactamente esa revisión y por qué.
Bruno miró hacia las casas.
—La versión buena o la de la factura.
—Las dos.
Se quedaron un momento más en silencio. Un coche pasó a lo lejos por la carretera exterior, amortiguado por la franja de vegetación. Dentro del recinto no se oyó nada. Ni una persiana, ni un perro, ni una puerta. Las Encinas estaba despierta en todas partes y dormida a la vez.
Laia dio un paso atrás y volvió a mirar el conjunto: la puerta revisada días antes, la llave mal controlada, el bloque de cámaras justo ahí, los once minutos y veintitrés segundos, las salidas principales funcionando, la comunidad respirando con una calma demasiado organizada, el nombre de una chica muerta hace años reapareciendo en la habitación de la desaparecida.
Todo empezaba a dibujar una silueta.
No la de un crimen. La del lugar capaz de absorber lo que no le gusta.
—¿Sabes qué me molesta de verdad? —preguntó Bruno.
Laia lo miró.
—Dímelo.
—Que, si esto hubiera pasado fuera, en cualquier calle sin cámaras, ya estaría pensando en la suerte, la improvisación o la oportunidad. Pero aquí dentro no. Aquí todo está diseñado para que nada ocurra sin dejar rastro. Y, aun así, alguien ha conseguido justo lo contrario.
Laia asintió muy despacio.
—Porque el problema no es la falta de control, Bruno.
—¿Entonces?
Laia guardó las manos en los bolsillos de la chaqueta y echó a andar de vuelta hacia la calle principal.
—Que el control estaba siendo dirigido en otra parte.
Bruno tardó un segundo en seguirla. Cuando la alcanzó, ella añadió, casi para sí misma:
—No estamos buscando a una chica que salió de una urbanización. Estamos buscando lo que una urbanización ha decidido hacer con ella.
No era todavía una conclusión. Ni siquiera una hipótesis cerrada.
Pero sí era el primer momento de la noche en que Laia dejó de pensar en Alba como en una ausencia y empezó a pensar en el recinto como en un solo cuerpo.
Y los cuerpos, cuando aprenden a defenderse, siempre revelan antes el reflejo que la herida.