6
Helena Aldasoro no abrió la puerta. La hizo abrir.
No fue ella quien giró el pomo, sino una mujer del servicio que desapareció en cuanto los vio entrar, como si su función en aquella casa consistiera en evitar que la viesen tras hacer lo que debía.
Helena los esperaba en una sala contigua al comedor principal, sentada en un sillón bajo, con las piernas cruzadas y un chal de lana fina sobre los hombros a pesar de que la calefacción estaba encendida.
La estancia olía a té negro y madera encerada.
Detrás de ella, una cristalera daba a un jardín simétrico, demasiado perfecto incluso de noche.
Laia supo en cuanto la vio que Helena no se vestía para gustar. Se vestía para que nadie olvidara dónde estaba. Pantalón oscuro, blusa marfil, pendientes pequeños y la espalda erguida sin rigidez. Una mujer de esas a las que la edad no les quita autoridad porque nunca la apoyaron en otra cosa.
—Inspectora —dijo, poniéndose en pie—. Gracias por venir.
No añadió un «a estas horas». Eso también era una forma de control.
—No se preocupe —respondió Laia—. Necesitaba hablar con usted.
—Lo supuse.
Helena indicó los sillones con una inclinación delicada de la mano. Bruno se quedó algo más atrás, en una silla sin brazos, desde donde podía ver tanto a la presidenta como la puerta acristalada. Laia eligió el asiento enfrente de Helena. No aceptó té ni agua.
—Imagino que querrán saber qué puedo aportar como presidenta de la comunidad —dijo Helena.
—Y como vecina —contestó Laia.
Helena sonrió sin la más mínima calidez. Era el gesto educado de quien registra un matiz y decide no discutirlo todavía.
—Lo que sé cómo vecina es poco. Lo que sé cómo presidenta quizá les resulte más útil. Las Encinas no ha tenido nunca un incidente de esta gravedad.
Laia apoyó la espalda con lentitud. La frase ya contenía demasiadas decisiones: incidente, gravedad, nunca.
—¿Y cuál ha sido la función exacta de la presidencia esta noche?
—Coordinar a los vecinos para que no obstaculicen. Evitar rumores dañinos. Recordar a algunas familias que aquí hay menores y que no todo debe circular por mensajes antes de que ustedes sepan qué ha pasado.
—¿Se refiere a los grupos de la comunidad?
—Entre otras cosas.
Laia la observó unos segundos. Tenía una voz limpia, baja, perfectamente modulada. No corría. No se defendía. Hablaba como si el lenguaje pudiera administrar el volumen real de un hecho.
—¿Conocía bien a Alba Giner? —preguntó.
—Lo suficiente. La vi crecer aquí, como a muchos otros. Era una chica inteligente. Y difícil en el mejor sentido.
—¿En el mejor?
—No complacía. Eso a cierta edad es una virtud. También puede ser un problema si no se sabe medir.
Bruno levantó la vista, pero Laia no cambió de expresión.
—¿Un problema para quién?
—Para cualquiera que confunda la sinceridad con el derecho a invadirlo todo.
Laia dejó que la frase levitara en la habitación sin tocarla. Le interesaban más esos deslizamientos que cualquier respuesta frontal.
—¿Tuvo usted alguna conversación reciente con Alba?
Helena pensó antes de responder. Esa era otra forma de autoridad: tomarse el tiempo necesario sin que pareciera una resistencia a dar una respuesta.
—Breves. Aquí nos cruzamos todos. Hace unos días la vi salir del club y estaba alterada.
—¿Le dijo por qué?
—No.
—¿Le preguntó?
—No me pareció prudente indagar.
—¿Suele ejercer así la prudencia?
Helena inclinó la cabeza.
—En una comunidad como esta, inspectora, no todo conflicto mejora porque un adulto decida entrar en él. A veces lo responsable es no forzar una confidencia que no le corresponde.
Laia apoyó las manos sobre las rodillas.
—Y otras veces lo responsable es entender que lo que parece una incomodidad privada puede ser algo peor.
Helena mantuvo la mirada sin parpadear.
—Sin duda —dijo al fin.
No tenía el tono desafiante que Laia esperaba recibir. No cedió. Y eso le resultó aún más irritante.
—Hábleme de Celia Robles —dijo Laia.
El nombre produjo una alteración casi invisible. Una leve suspensión del aire en el pecho, una fracción de segundo sin respirar.
—Hace muchos años —respondió Helena—. Trabajó en varias casas, sí. La recuerdo vagamente.
—¿Solo vagamente o algo más concreto?
—No convivíamos.
—Pero sabe quién era.
—Claro.
Laia dejó un breve silencio.
—¿Y qué pasó con ella?
Helena cruzó las manos sobre la rodilla. Un gesto de orden.
—Lo mismo que consta en su expediente, supongo. Una muerte desafortunada y muy triste. Se dijeron muchas cosas durante unas semanas, luego la vida siguió.
—¿La vida de quién?
La pregunta fue tan limpia que Bruno casi sonrió. Helena no lo hizo.
—La de todos, imagino.
—¿También la de Celia?
Ahí sí hubo una pausa algo más larga. Helena desvió por primera vez la vista hacia la cristalera. Fuera, el jardín estaba inmóvil, recortado por focos bajos que convertían los arbustos en piezas de una maqueta cara.
—No tengo respuestas brillantes para ese tipo de pregunta, inspectora —dijo.
—No le he pedido brillo en ningún momento.
Helena volvió a mirarla.
—Sé a dónde quiere llegar. Y le diré algo que quizá no le guste: las comunidades no son organismos puros. Están hechas de vecinos, de familias, de tensiones y de errores. Mi obligación aquí nunca ha sido impartir justicia, sino evitar que el conflicto rompa lo que sustenta la convivencia.
Laia no apartó los ojos de ella.
—¿Aunque para eso haya que decidir qué conflicto merece ser nombrado y cuál no?
Helena no respondió enseguida. La mujer del servicio apareció un instante con una bandeja y volvió a salir al ver que nadie la necesitaba. El sonido frívolo de la porcelana al posarse en el aparador fue lo único que estorbó en la estancia.
—Aquí viven muchas personas —explicó al fin Helena—. Niños. Ancianos. Familias que no tienen por qué pagar cada vez que una historia mal entendida se desborda.
Bruno se inclinó hacia delante y le dijo:
—Una chica ha desaparecido.
—Lo sé perfectamente, inspector.
—Entonces no es el momento de hablar de historias mal entendidas, ¿estamos?
Helena lo miró por primera vez con atención real, como si evaluara de golpe su edad, su rango, su impulso.
—Precisamente porque una chica ha desaparecido —dijo ella sin perder la compostura—, conviene no convertir cada recuerdo defectuoso en una tesis general sobre este lugar.
Laia vio la maniobra con claridad. No negaba nada, tan solo acotaba.
—¿Ha hablado esta noche con Gabriel Giner? —preguntó Laia.
—Sí.
—¿Con Oriol Massanet?
—También.
—¿Con qué propósito?
—Con el obvio. Coordinar. Saber qué necesitaban ustedes. Pedir a los vecinos que permanecieran localizables. En una situación así, alguien tiene que evitar el pánico.
—¿Y eso lo decide usted?
Helena no sonrió esta vez.
—Llevo muchos años aquí. Cuando sucede algo serio, la gente me llama.
—¿Y usted responde?
—Siempre.
Laia pensó que ahí estaba el corazón de aquella mujer. No en una maldad espectacular, sino en una convicción serena de utilidad. Helena se sabía necesaria. Y probablemente era verdad. Lo inquietante era para qué.
—¿Qué sabía Alba que pudiera preocupar a los adultos del recinto? —preguntó Bruno de pronto.
El cambio de ángulo fue deliberado. Laia lo notó y dejó la espalda pegada a la silla.
Helena parpadeó una sola vez.
—No tengo ni idea.
—Piénselo mejor —insistió Bruno.
—No soy adivina.
—No —añadió Laia para ejercer más presión—. Pero sí parece saber muy bien de qué cosas conviene no hablar demasiado.
Por primera vez apareció algo más duro en los ojos de Helena.
—Mire, inspectora. Si pretende convertir esta urbanización en el símbolo de algo, le sugiero prudencia.
La mayoría de las personas que viven aquí son decentes.
Trabajan, crían hijos, pagan demasiado por un lugar donde se suponía que iban a estar tranquilos y seguros.
No merecen que una tragedia los convierta en caricatura.
Laia no se movió.
—La decencia no me sirve como coartada. Los hechos, sí.
Helena se mantuvo serena y fría en la encrucijada. Luego habló:
—Y a mí me interesa que nadie destruya una comunidad entera por una mezcla de miedo, rumores y viejos resentimientos de clase social.
Bruno alzó apenas una ceja. Laia, en cambio, sintió algo mucho más útil que el enfado: confirmación. Esa frase era fría como un bloque de hielo.
—Así que sí piensa en términos de dentro y fuera —apuntó para presionarla un poco más.
Helena se dio cuenta tarde de la cesión.
—Pienso en términos de responsabilidad, inspectora Roca.
—No. Piensa en términos de perímetro, de clase social.
La distinción no estaba en el expediente, pero cayó como si llevara años ahí.
Helena apoyó una mano en el brazo del sillón.
—Pienso que hay un momento para cada cosa. Ahora mismo una familia busca a su hija, dentro. Cualquier otra lectura puede esperar, fuera.
Laia se puso en pie.
—No si esa otra lectura explica por qué la estamos buscando.
Bruno la imitó. Helena permaneció sentada un segundo más, mirándolos, luego se levantó con idéntica lentitud.
—Si necesitan acceder a listados, juntas, incidencias o comunicación interna, mi despacho está a su entera disposición —dijo—. Todo lo que ayude.
Laia la miró con la cabeza apenas ladeada.
—Lo tendré en cuenta.
Caminaron hacia la salida. Ya en la puerta, Helena habló de nuevo.
—Inspectora.
Laia se volvió.
—No subestime el daño que puede hacer una sospecha mal colocada cuando hay adolescentes de por medio.
Laia pensó en Alba andando sola por el recinto, en Jan con la culpa pegada al cuerpo, en la habitación impecable, en Gabriel eligiendo frases bien formuladas, en Oriol controlando llaves, en el monitor congelado en esa última imagen.
—Y usted no subestime el daño que hace una verdad colocada demasiado tarde —le escupió tan tajante que por un instante pareció que había herido a Helena.
No esperó respuesta.
Salieron al aire frío de la madrugada. En el porche, la luz indirecta dejaba el jardín de Helena más limpio que real. Bruno caminó unos metros junto a Laia sin hablar. Solo cuando la verja automática empezó a cerrarse detrás de ellos dijo:
—Esta mujer tiene un máster en apagar incendios sin mojarse.
Laia se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—No. Tiene la práctica de muchos años haciéndolo.
—¿La compras como simple presidenta metomentodo?
—Qué va…
—¿Entonces?
Laia miró las fachadas quietas de la calle, las ventanas oscuras y el dibujo perfecto de los setos.
—Entonces no es una vecina que manda demasiado ni un iceberg sin sentimientos. Es alguien a quien llaman cuando hay que tomar decisiones sobre cuánta verdad se puede soportar.
Bruno silbó, casi sin sonido.
—Eso ya es otra cosa, Laia
Ella siguió caminando.
A mitad de la calle vio a lo lejos la figura de Oriol saliendo del edificio de control con un sobre en la mano. Helena no había exagerado. Allí todos parecían saber dónde debían estar en cada momento. Como si la urbanización llevara años ensayando la coreografía de la calma.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bruno.
Laia no apartó los ojos de Oriol.
—Que aquí la gente no reacciona a los contratiempos. Se organiza.
Y eso, pensó, no suele aprenderse la primera vez.
—Bruno —le dijo—, ve a ver si le sacas algo. Voy un momento a comprobar el perímetro.