5
La sala de control era más pequeña de lo que Bruno esperaba encontrar en Las Encinas.
En una urbanización como aquella había imaginado algo más teatral y cinematográfico: una pared enorme de pantallas, una mesa corrida, quizá un par de vigilantes con auriculares y café frío, el tipo de cuarto desde el que alguien puede vigilar la ficción de un barrio perfecto sin mezclarse nunca con ella.
En cambio, el espacio ocupaba apenas una habitación sin ventana junto al acceso principal, con dos monitores dobles, una torre zumbando bajo el escritorio, archivadores metálicos y una nevera pequeña de hotel en un rincón.
Lo único lujoso era la limpieza. Ni un cable fuera de sitio.
Ni una carpeta abierta. Ni una mota de polvo visible sobre la superficie gris de la mesa.
Sergi Valls se quedó junto a la puerta, con el cuerpo rígido de quien sabe que, haga lo que haga con las manos, parecerán culpables. Llevaba el polo oscuro de la empresa de seguridad, ojeras y el pelo aplastado de una noche mala.
Oriol Massanet, en cambio, parecía más cómodo allí dentro que en cualquier otro lugar del recinto.
No relajado como si estuviera en casa, pero sí satisfecho.
Era un hombre de mediana estatura, complexión corriente, camisa azul clara metida dentro del pantalón y una forma de moverse tan limpia que costaba recordar si acababa de entrar o llevaba siempre allí dentro.
Se puso unas gafas sin montura, encendió una de las pantallas y empezó a abrir menús con la naturalidad de quien conoce la secuencia exacta de una casa ajena.
—El sistema central registra accesos, cámaras y alarmas perimetrales —explicó sin necesidad de que le preguntaran—.
No todas las cámaras graban con la misma resolución.
Las de viales y acceso principal tienen más definición.
Las interiores son disuasorias y de apoyo.
La zona del club y la franja técnica funcionan con un circuito independiente, aunque vuelca aquí.
Bruno tomó nota mental. Le gustaba la gente que hablaba con precisión, pero no la que parecía haber ensayado de antemano la pedagogía del problema.
—Enséñame la franja de las once y media a la una —le pidió.
Oriol obedeció. Sergi seguía callado.
En la pantalla aparecieron las calles interiores de Las Encinas con su claridad limpia de ojo electrónico: asfalto impecable, farolas bajas, jardines inmóviles, sombras cortadas por la luz amarilla, y ninguna figura humana durante varios minutos seguidos.
Bruno observó con atención la repetición hipnótica de aquellas imágenes. De día, pensó, el sitio debía vender seguridad. De noche lo que vendía era disciplina y orden.
—¿Quién supervisa esto en el turno de noche? —preguntó.
—Sergi —respondió Oriol.
—Solo —dijo al fin, rompiendo su mutismo selectivo.
—En remoto hay apoyo desde la central —Oriol dijo más como si fuese una frase que había dicho muchas veces—. Pero aquí presencialmente, sí.
Bruno desvió la vista hacia el vigilante.
—¿Y dónde estabas, Sergi, entre las doce y las una?
—Haciendo la ronda. Como siempre.
—¿Ronda de cuánto y dónde?
—Veinte minutos, más o menos. Por las calles. Luego vuelvo, reviso, salgo otra vez.
—¿Y durante esa ronda no ves las pantallas?
Sergi negó.
—No, claro. Si estoy fuera no puedo verlas.
Bruno apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía.
—Entonces una urbanización de este nivel tiene un único vigilante presencial y varios puntos del recinto quedan sin visión directa durante las rondas —frunció el ceño y negó con la cabeza antes de continuar—. Es un fallo bastante grande del sistema de vigilancia.
—No quedan sin sistema —intervino Oriol—. Quedan sin supervisión constante por un ojo humano, que no es lo mismo. Las cámaras siguen grabando por si ocurre algo y los sensores perimetrales también funcionan. Con lo cual, nos enteraríamos enseguida.
Bruno sonrió sin ganas y soltó:
—Depende de la noche.
Las imágenes siguieron avanzando. A las 00:17 apareció Alba en una de las cámaras laterales, cruzando la calle interior pegada al seto, con la cabeza baja y una rapidez contenida que no parecía la huida de una adolescente, sino la decisión de llegar a algún sitio.
Llevaba una sudadera clara y las piernas desnudas.
Bruno se inclinó más cerca de la pantalla.
—Párala ahí.
Oriol detuvo la imagen.
Por un momento, Alba quedó suspendida en el monitor como si todavía pudiera volver atrás.
—¿Es la última vez que se la ve con nitidez? —preguntó Bruno.
Oriol hizo dos clics más.
—No. Hay un segundo plano, aunque es peor, en el corredor que bordea las pistas de pádel. Luego ya entra en la franja técnica y ahí…
No terminó la frase.
En el siguiente vídeo, Alba cruzaba más al fondo, casi comida por la sombra del vallado. Se distinguía el movimiento rápido de mirar el móvil y luego levantar la cabeza. Después, nada.
—¿Y ahí? —dijo Bruno.
Oriol abrió otra ventana, luego otra más. Durante unos segundos el sistema de seguridad respondió con normalidad. Una cámara mostraba la parte trasera del club social, otra la esquina de los módulos de mantenimiento y otra la puerta de servicio. De pronto, tres de las cuatro quedaron congeladas.
No a negro. Congeladas como si las hubieran pausado. La misma imagen fija del pasillo asfaltado, el borde del seto, una farola y una sombra inmóvil.
—¿Cuánto dura ese error? —preguntó Bruno.
Oriol pasó el cursor sobre la marca temporal.
—Once minutos y veintitrés segundos.
—¿Y por qué? ¿Cuál fue el motivo?
—Eso es lo que estoy intentando entender desde que he llegado.
—¿No lo habías intentado antes de que llegáramos nosotros?
La pregunta salió demasiado afilada para que sonara casual. Oriol se quitó las gafas, limpió un cristal inexistente con la yema del pulgar y las volvió a colocar.
—He venido en cuanto me ha llamado Sergi. Y no revisé las grabaciones.
—¿A qué hora llegaste, Oriol?
—A la una y doce.
—¿Y lo primero que hiciste no fue revisar cámaras?
—Lo primero que hice fue abrir el despacho de administración, sacar las llaves maestras y venir aquí.
Bruno asintió, como si le creyera de verdad, pero estuviera evaluando los posibles caminos. Luego miró a Sergi.
—Cuéntamelo tú ahora.
El vigilante tragó saliva, antes de hablar.
—Recibí la llamada de la señora Salvat… bueno, no a mí directamente. Saltó un aviso de la central porque llamaron al número general del acceso. Me pasaron la incidencia. Fui a la casa, hice una vuelta rápida por los viales cercanos y luego volví aquí para comprobar las cámaras. Ahí vi el corte.
—¿Antes no habías notado nada raro?
—No.
—¿Ni una chica andando sola a esas horas?
—En ese punto yo estaba haciendo la ronda del otro lado. No podía haberla visto.
Bruno miró la secuencia temporal.
—¿Te cruzaste con alguien, durante la ronda?
—No.
—¿Nadie? ¿Ni coche? ¿Ni vecino fumando? ¿Ni luces?
Sergi negó de nuevo.
Bruno dejó que el silencio le rozara un poco.
—Una desaparición dentro de un recinto cerrado no necesita muchas cosas para volverse fea —dijo al fin—. Basta con que el vigilante se equivoque en una hora y el administrador tarde un poco más de la cuenta en decir que algo no le gusta. Así que vamos a ser exactos.
No elevó la voz en ningún momento. Sergi, aun así, bajó la mirada al suelo y Oriol intervino con esa cortesía que, más que suavizar la situación, intentaba recolocarla.
—El fallo no afecta a todo el sistema. Solo al bloque tres, que recoge la franja del club, mantenimiento y parte del perímetro sur. El acceso principal y las cámaras de vial central siguieron operando.
—O sea —resumió Bruno con su voz grave—, se cae justamente la zona a la que va Alba y siguen bien las que permiten afirmar que no salió por la puerta.
Oriol resistió la mirada con ojos de corderito.
—O sea… sí… se cae ese bloque. Sí.
Bruno no respondió enseguida. Pidió reproducir otra vez la secuencia completa. Alba cruzando. La imagen fija. Once minutos y veintitrés segundos. Reanudación. Ningún cuerpo saliendo. Ninguna figura huyendo por la calle principal. El recinto entero parecía haberse tragado la escena.
—¿Se puede congelar una imagen así por una caída normal del sistema? —preguntó.
Oriol se humedeció el labio inferior.
—Puede haber un fallo de volcado, una saturación o un problema puntual de red entre nodos. No es frecuente, pero puede pasar.
—¿Y que afecte solo a ese bloque justo en esa franja de tiempo específico en el que una adolescente desaparece sin dejar rastro?
En esta ocasión, la respuesta no llegó tan rápida. Oriol pensaba.
—Puede…
Sergi respiró más fuerte. Y Bruno lo oyó.
—Pero a ti no te lo parece —dijo, sin apartar los ojos de Oriol.
El administrador no contestó enseguida. Se oyó el ventilador de la torre, el zumbido eléctrico de los monitores, la respiración algo desordenada de Sergi.
—No me gustan las coincidencias tan limpias —confirmó al fin.
—A mí tampoco.
Bruno señaló la línea temporal en las pantallas.
—Enséñame los accesos secundarios.
Oriol abrió otro mapa. Aparecieron marcadas la puerta principal, dos portillos peatonales de emergencia, el acceso de mantenimiento junto al módulo técnico y una salida lateral para vehículos de jardinería o servicios concertados.
—La puerta de mantenimiento da al camino de servicio exterior —explicó—. Por normativa permanece cerrada y solo se abre con llave física y confirmación de paso. Cuando se usa, el sistema genera una entrada de evento.
—¿Se usó esta noche?
Oriol tecleó. El cursor avanzó al mismo ritmo que los dedos por el listado.
—No.
—¿Estás seguro?
—Eso dice el registro.
Bruno acercó una silla y se sentó por fin. La postura baja, al nivel de las pantallas, le permitió ver mejor los reflejos en el cristal. A veces los detalles entraban así, por una pequeñísima deformación. Se quedó mirando el listado.
«00:06 apertura acceso principal.»
«00:13 cierre.»
«00:18 movimiento zona vía 2.»
«00:19…»
Y nada entre medias que señalara aquella puerta.
—La llave de mantenimiento, ¿quién la tiene? —preguntó.
—Administración, seguridad y la empresa de mantenimiento en horario de servicio, con firma.
—¿Ahora dónde está?
—La de administración, conmigo. La de seguridad, en el panel cerrado del acceso. La de mantenimiento no debería estar fuera.
Bruno se giró hacia Sergi.
—¿No debería?
Sergi tragó de nuevo.
—A veces, si hay una incidencia por la tarde, se devuelve más tarde. Pero queda anotado.
—¿Hoy hubo alguna?
Oriol contestó antes.
—No.
A Bruno le pareció que respondía demasiado rápido esta vez.
Pidió ver el panel de llaves. Oriol dudó durante un segundo y luego asintió, se levantó e indicó que le siguiera.
Salieron de la sala. El pasillo olía a pintura y ambientador neutro. En una dependencia contigua había un armario metálico empotrado. Oriol abrió con una llave pequeña. Dentro, sobre ganchos etiquetados, colgaban varios juegos. Faltaba uno.
Sergi se aclaró la garganta.
—La de mantenimiento la cogí yo antes, para abrir al jardinero esta tarde.
—¿Y la devolviste? —preguntó Bruno.
—Sí.
—¿La devolviste aquí?
—Sí. Creo que sí.
Bruno se quedó mirando el hueco vacío y Sergi se pasó la mano por la cara.
—La devolví. O pensé que la había devuelto. No lo sé. Ha sido un caos desde que…
—¿No crees que ha sido un caos hasta hace tres horas? —cortó Bruno—. Antes de eso solo era tu trabajo.
Oriol cerró el armario con un clic suave que se oyó como un portazo.
—Podemos comprobar si la tiene el equipo de jardines. O si quedó en otro despacho.
Bruno miró de nuevo la puerta metálica del fondo del pasillo, como si detrás estuviera la zona entera respirando a oscuras.
—Haremos eso. Y quiero también las entradas completas del bloque tres, la relación de incidencias de los últimos treinta días y el historial de accesos manuales a esa puerta. Todo.
—Necesitaré un minuto.
—Tómate cinco —le dijo—, pero diez.
Volvieron a la sala de control. En la pantalla seguía congelada la imagen de la farola, el seto y la sombra inmóvil.
Bruno la observó un instante más. Lo que le molestaba no era solo la caída del sistema, sino la forma de la caída.
Demasiado precisa para ser casual. Como si alguien hubiera querido dejar fuera justo lo necesario y nada más.
Sacó el móvil y escribió a Laia:
«Fallo localizado. 11 min 23 s. No afecta salida principal. Falta llave mantenimiento o nadie sabe decir dónde está.»
No pasaron ni veinte segundos antes de que ella respondiera:
«Entonces no estamos ante una fuga. Estamos ante una escena preparada.»
Bruno guardó el móvil y pensó que sí.
Pensó también que, a partir de ese momento, todo lo que escuchara allí dentro iba a tener dos capas: lo que le dijeran y la forma en que el lugar ya estaba preparándose para sobrevivir a ello.
Se volvió hacia Sergi.
—Una última cosa. Cuando viste el corte por primera vez, ¿qué pensaste?
El vigilante tardó en responder. Tenía la cara ligeramente húmeda, quizá por el calor del cuarto.
—Que, si la chica estaba ahí, durante esos minutos nadie la vio.
Bruno negó.
—No. Eso no fue lo primero que pensaste.
Sergi alzó la vista, acorralado por algo menos policial que humano.
—Pensé —dijo al fin— que alguien iba a meterse en un lío muy serio.
Bruno le mantuvo la mirada un largo segundo. Luego señaló la pantalla congelada.
—Y esta vez nadie iba a poder mirar solo hacia la puerta de salida.