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Gabriel Giner Castelló se agarró al tono antes que a cualquier otra cosa.

No la compostura; eso no la había perdido del todo en ningún momento.

Fue la forma de recolocarse por dentro, de enderezar la espalda, de volver a sentarse en el borde del sofá con las piernas apenas abiertas y los antebrazos apoyados en los muslos, como si el cuerpo supiera antes que él cuál era la postura correcta para atravesar una crisis sin dejarse ver demasiado.

Laia lo observó desde la butaca individual frente a la mesa baja del salón, con la libreta cerrada sobre la rodilla. A Bruno lo tenía a la derecha, algo más atrás, revisando en el móvil la hora exacta de las últimas llamadas.

Marta seguía junto al ventanal, de pie, sin mirar a nadie. En el cristal oscuro se le dibujaba el reflejo de una mujer más inmóvil que serena.

—Vamos a repasar otra vez lo de esta noche —dijo Laia—. Con calma.

Gabriel asintió.

—Lo que haga falta.

La frase sonó correcta. Tal vez demasiado.

Laia dejó pasar un segundo. En ese tipo de casas el silencio hacía más trabajo que una pregunta mal colocada.

Salón amplio, líneas limpias, sofás bajos color arena, una lámpara de pie que parecía elegida para no imponerse nunca, libros colocados con demasiado orden en la estantería y fotografías familiares en blanco y negro sin una mota de polvo.

Ningún rastro de prisa, de vida interrumpida, de adolescencia fuera de la habitación de Alba.

El resto de la casa seguía defendiendo su propia versión de sí misma.

—¿A qué hora vio a su hija por última vez? —preguntó con voz neutra.

—Antes de las once y media —respondió Gabriel—. Quizá once veinte, once veinticinco. Estaba arriba. Pasé por el pasillo, vi luz bajo la puerta y me asomé.

—¿Entró?

—No. Le pregunté si iba a dormirse ya, y me dijo que en un rato.

—¿Cómo la vio?

Gabriel hizo una mueca con la boca, parecida a una línea de fastidio reprimido.

—Normal.

—¿Qué es normal para usted?

—Cansada. Algo seca. Como acostumbran a responder los adolescentes a cualquier hora del día si les haces una pregunta.

Bruno levantó la vista un instante, pero no dijo nada.

Laia mantuvo los ojos en Gabriel.

—¿Habían discutido?

—No esta noche.

La respuesta salió tan deprisa que, por un instante, pareció anterior a la pregunta. Laia no lo corrigió. En vez de eso miró a Marta.

—¿Usted también la vio antes de acostarse?

Marta tardó en girar la cabeza. Tenía los ojos secos y demasiado abiertos.

—Sí. Después de cenar. Más tarde ya no.

—¿Y cómo estaba?

—Callada.

—¿Es habitual que no hable?

Marta respiró hondo, no para serenarse, sino para tener un instante más de razonamiento.

—Últimamente sí —concluyó.

Gabriel intervino sin mirarla.

—Llevaba unas semanas más arisca.

—¿Arisca? —repitió Laia.

—Sí. Distante. Contestona a veces. Tiene quince años.

—Tenía —dijo Marta, tan bajo que durante un segundo pareció que solo lo había pensado.

Nadie corrigió la conjugación verbal, pero no se le escapó a Laia, que se inclinó levemente hacia delante.

—¿Pasó algo esas últimas semanas que explique ese cambio?

Gabriel negó con suavidad con todo el cuerpo.

—Nada importante.

Marta cerró los ojos un segundo, algo breve, pero suficiente. Laia lo vio y, esta vez sí, abrió la libreta.

—Señora Salvat.

Marta se volvió por completo. La bata azul claro le caía recta sobre el cuerpo, sin una arruga fuera de sitio. Llevaba el pelo recogido deprisa, aunque hasta en eso parecía haber cierta costumbre.

—No lo sé —dijo, antes incluso de que Laia formulara la pregunta completa—. Quiero decir… no sé si era algo importante o solo una de esas cosas que a esa edad parecen enormes y luego no…

Se le quebró la voz por primera vez, casi sin ruido. No lloró. Solo apretó la mandíbula.

—Esta mañana me preguntó por una mujer —continuó—. Un nombre.

Gabriel giró la cabeza hacia ella con una lentitud muy controlada.

—Marta.

—No estoy diciendo nada raro.

—¿Qué nombre, Marta? —preguntó Laia.

Marta dudó, aunque no parecía querer guardarse nada.

—Celia Robles —dijo.

Bruno levantó la vista del móvil. Gabriel bajó la mirada apenas un segundo. Cuando volvió a levantarla, ya había elegido una expresión.

Laia dejó la libreta inmóvil.

—¿Y qué le dijo usted?

—Que no sabía de qué me hablaba.

—¿Y era verdad?

Marta tardó más de la cuenta en ofrecer una respuesta. Sus ojos se movieron inquietos en las cuencas.

—No del todo.

Gabriel soltó el aire por la nariz.

—Eso fue hace años —dijo—. Y no veo qué puede tener que ver ahora.

Laia lo miró como si acabara de ofrecerle, por fin, un hilo útil del que poder tirar. Lo miró, levantó las cejas y le dijo con toda la serenidad que pudo.

—Aún no he dicho que tenga que ver con nada.

Gabriel clavó sus ojos en los de ella y abrió la boca.

—Pero lo está pensando —su voz subió un par de tonos—. Y eso no es lo que parece.

—Estoy pensando muchas cosas, señor Giner.

—Entonces piense también esto —dijo él, midiendo cada palabra—. Alba llevaba semanas obsesionada con cosas viejas. Historias a medio contar. Fragmentos que no entendía.

—Pare un momento y tome aire —lo cortó—. Le recuerdo que nosotros desconocemos lo que usted da por importante y lo que no. Así que, empecemos a poner un orden. —Laia se tomó un instante y luego siguió—. ¿Quién le llenó la cabeza a Alba? —preguntó.

Gabriel se encogió de hombros.

—Amigas. Algún chico. Las redes. Lo de siempre.

Marta lo miró por fin, y en aquella mirada había menos reproches que cansancio real.

—No eran tonterías para ella…

—Para ella todo era una cuestión moral desde hace un mes, Marta —le replicó él—. Todo. De pronto parecía que todos teníamos que responder por cosas que ni siquiera entendía.

La frase quedó flotando entre los cuatro. Bruno dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y se tensó.

—¿Y qué hacía una chica de quince años hablando de criminales? —le preguntó.

Gabriel tardó en responder. Se pasó una mano por la nuca, un gesto que parecía más por cálculo que por nervio.

—Haciendo lo que hacen los adolescentes cuando descubren que los adultos no son santos. Exagerar.

Laia apuntó una sola palabra en la libreta. Luego levantó la vista y se acercó más a él.

—¿Hubo una discusión fuerte esta semana?

—Laia… —murmuró Bruno, como si quisiera medir la presión que ejercía.

Ella no se apartó de Gabriel.

—Sí o no.

Gabriel se humedeció los labios.

—Sí.

Marta bajó la cabeza.

—¿Cuándo fue?

—El martes.

—¿Y el motivo?

—No fue gran cosa.

Laia cerró la libreta con suavidad.

—Señor Giner, si una chica desaparece en una urbanización cerrada, en la que se controlan hasta los grillos, y yo descubro dentro de la primera hora que sus padres me ahorran detalles, no pienso que me estén protegiendo del dolor.

Pienso que están eligiendo la versión que quieren darme.

Así que volvamos a empezar y deje que sea yo, con los hechos, quien decida si importa o no importa.

La voz de Laia no subió ni medio tono, pero tenía más filo que un cuchillo de carnicero. Y eso, añadido a la falta de un pestañeo, hizo que el silencio posterior pesara más.

Gabriel la resistió unos segundos, lo bastante como para que se viera que estaba decidiendo qué clase de hombre quería parecer delante de ella.

—Discutimos porque encontró unos papeles en mi despacho —dijo al fin—. Unos documentos antiguos de la comunidad. Yo le dije que no tenía por qué revolver ahí. Y ella me contestó que si las cosas estaban bien hechas no importaría quién las leyera.

—¿Y esos papeles tenían que ver con Celia Robles?

Gabriel hizo una pausa demasiado pequeña para ser tranquilizadora.

—Entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Asuntos de la comunidad. Mantenimiento. Incidencias. Nada relevante.

Laia no supo aún si aquello era mentira o una de esas verdades estrechas que sirven para esconder otra cosa. Y no dudó en mostrárselo a él con un levantamiento rápido de cejas.

—¿Así que le prohibió usted seguir mirando esos papeles?

—Sí.

—¿Y entonces…?

Gabriel se inclinó hacia atrás, como si necesitara aire.

—Entonces Alba se puso insolente. Me dijo que aquí siempre pasaba lo mismo, que bastaba con guardar algo en un cajón y esperar. Yo le dije que no sabía de qué hablaba. Fin.

—Sin embargo, no fue el fin —sentenció Marta, sin mirarlo.

Gabriel la fulminó con una mirada rápida y fría.

—¿Quiere contármelo usted? —le preguntó Laia.

Marta negó con la cabeza, pero no por falta de valentía. Más bien como quien sabe que una vez abra esa puerta ya no va a poder cerrarla.

—Le dijo que dejara de husmear donde no la llamaban —aclaró al final—. Y Alba contestó que todo eso le daba asco.

La palabra quedó en mitad del salón, más sucia que un grito.

Laia observó fijamente a Gabriel. Él no se defendió. Tampoco se disculpó. Solo juntó las manos y las apretó entre las rodillas.

—¿Volvieron a hablar después? —preguntó ella.

—Lo normal —respondió Gabriel.

—Eso no significa nada, señor Giner.

—Cenó con nosotros…

—¿Y?

—Y estaba enfadada, sí. Pero no como para desaparecer así, sin más.

Marta se abrazó a sí misma por debajo de la bata y dijo:

—No desapareció por estar enfadada.

No había intención en la frase, solo una seguridad naciente, y quizá por eso resultó tan incómoda.

Laia dejó que la misma opción a la que habían llegado, reposara con todas las consecuencias.

—Señora Salvat, antes ha dicho que Alba llevaba semanas distinta. ¿En qué sentido notó esa diferencia?

Marta miró el ventanal, aunque en el cristal solo se reflejaba ya la estancia. Sus ojos buscaban en los recuerdos, y se le humedecieron una chispa de nada.

—Más pendiente —susurró—. Como si estuviera escuchando siempre lo que ocurre alrededor.

A veces parecía que quería decirme algo y luego se le iba.

O cambiaba de tema en cuanto entraba Gabriel.

—Tragó saliva e hizo una larga exhalación—.

Y empezó a hacer preguntas sobre gente, sobre cosas de antes y…

sobre por qué aquí algunas historias se terminaban tan deprisa.

Bruno anotó algo en su libreta.

—¿A quién se refiere con «gente?» —preguntó.

—Como… Dídac Casanovas. Como Helena. Como esa chica… Celia.

Gabriel se pasó una mano por la cara, esta vez sí con cansancio visible. E incomodidad. La pierna se le empezó a zarandear.

—Estamos mezclando cosas, Marta —le dijo con un aspaviento demasiado visible.

—No, Gabriel —le zanjó Laia—. Usted las está separando y quizá no estén tan alejadas.

Se hizo un silencio breve. De esos en los que las personas piensan y quieren decir algo, pero no se atreven a ser el que rompa la tensión. Desde la cocina llegó el zumbido del frigorífico y, más lejos, el golpe sordo de una puerta al cerrarse en otra parte de la casa. Nadie se movió en ese rato.

Laia guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta, con una lentitud precisa.

—Necesito que me entreguen los móviles de los dos.

Gabriel la miró de frente.

—¿Ahora?

—Ahora.

—No me niego. Solo creo que quizá convendría esperar a una orden formal. ¿No?

Bruno levantó la cabeza.

—¿Su hija lleva desaparecida menos de tres horas y piensa en una orden judicial?

Gabriel sostuvo la mirada de Bruno, luego la de Laia. Algo en su expresión se tensó.

—No… no estoy poniendo obstáculos.

—Entonces no los ponga, Giner —Laia curvó los labios en una sonrisa que no tenía el más leve indicio de diversión—. Ahora bien, si tiene algo que ocultar… tranquilo que le traeremos una orden en menos de veinticuatro horas.

Marta fue la primera en sacar el móvil del bolsillo de la bata y dejarlo sobre la mesa. Gabriel se resistió un poco más. Metió la mano en el pantalón, lo sostuvo todavía un segundo y, antes de entregarlo, preguntó:

—¿Van a registrar también el despacho? —Lo preguntó sin brusquedad, casi con cansancio, y por eso mismo Marta giró la cabeza hacia él.

—Por supuesto que sí, si hace falta —asintió Laia.

Apenas acabó de pronunciar la frase, y Marta giró la cabeza hacia él.

Laia no sabía todavía qué escondía Gabriel Giner exactamente. Pero sí supo, en ese instante, que la pregunta no había salido por miedo a la intromisión, sino por otro motivo.

Quizá por anticipación a algo que desconocían.

Y ese tipo de miedo casi nunca llega tarde.