Dentro (El perímetro 1) 3
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Laia Roca se estaba terminando un café recalentado frente a una pantalla que ya no le decía nada cuando vio en el móvil el nombre de Bruno.

No descolgó a la primera. Nunca lo hacía cuando llevaba demasiadas horas mirando informes; necesitaba dos segundos de transición para volver a entrar en el mundo como si no le molestara.

Pulsó aceptar y se echó hacia atrás en la silla.

—Dime.

—Posible desaparición de una menor en una urbanización privada. A las afueras. Ya voy de camino.

Laia miró la hora en el ordenador.

—¿Menor de qué edad?

—Quince. Chica. Salió o desapareció dentro del recinto privado. El padre dice que no puede haber salido por los accesos principales.

—¿Cómo lo sabe el padre?

—Porque al parecer todo tiene cámara, barrera, vigilante y un exceso de autoestima.

Eso la hizo cerrar por fin el documento que tenía abierto.

—Nombre.

—Alba Giner Salvat.

—Voy. Mándame la ubicación.

Colgó, se levantó, cogió la chaqueta del respaldo y salió sin apagar la lámpara.

En el pasillo de la brigada el silencio tenía esa suciedad fría de la madrugada, cuando incluso los fluorescentes parecen hechos trizas.

Mientras bajaba en el ascensor pensó en la palabra urbanización privada y notó el rechazo casi físico que siempre le producía.

No por el dinero. Por la arquitectura del control.

Por la vieja idea de que levantar un límite y pagar seguridad servía para expulsar lo imprevisible del mundo.

A la 01:31 cruzó la entrada de Las Encinas.

La barrera estaba levantada. A un lado, en la garita, un vigilante con cara de haber envejecido diez años en media hora hablaba con otro agente uniformado.

Bruno la esperaba junto al coche, las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa y el pelo aún húmedo de haberse lavado la cara a toda prisa antes de salir de casa.

—Tenemos a la madre arriba, al borde de desmoronarse, y al padre haciendo de portavoz de Naciones Unidas —dijo mientras caminaban hacia la vivienda—.

La chica dejó el móvil en el cuarto. La puerta del jardín estaba abierta.

No hay registro de salida de vehículos ni peatones por la garita principal desde las doce y dieciséis.

—¿La secundaria?

—Dice el administrador que permanece cerrada de noche.

Laia alzó la vista y miró el recinto mientras avanzaban.

Casas amplias, blancas, de líneas sobrias; jardines donde nada parecía crecer por casualidad; árboles colocados a la distancia exacta; farolas bajas; una sensación de orden que a esas horas resultaba fuera de lugar.

La clase de barrio donde la gente cree comprar paz y en realidad compra silencio.

Detrás de algunas cortinas se intuían luces encendidas. En una ventana del piso superior de la casa de enfrente, una figura inmóvil los observaba sin apartarse.

—¿Hora estimada de desaparición? —preguntó.

—La madre se despertó a las 00:41 y ya no estaba. Último momento fiable, ninguno. Vieron a la chica en casa por la noche. Falta concretar. El padre dice que estaba trabajando abajo. La madre no parece convencida. Ahí puede haber algo.

—¿Raro cómo?

Bruno abrió la verja peatonal de la parcela y la dejó pasar.

—Como si necesitara que esto tuviera una forma concreta cuanto antes.

La casa por dentro olía a madera limpia, café reciente y miedo.

Un agente uniformado hablaba en voz baja con otra mujer en el salón.

Marta estaba sentada en el borde del sofá, erguida hasta la rigidez, con una manta sobre los hombros que no parecía haber notado siquiera.

Tenía la cara desencajada de quien lleva media hora intentando no romperse porque no sirve para nada.

Gabriel, de pie junto a la chimenea apagada, se volvió al ver entrar a Laia y dio un paso al frente.

—Inspectora.

No preguntó si lo era. Lo dio por hecho y extendió la mano. Laia no se la estrechó; inclinó apenas la cabeza.

—Laia Roca. Necesito que me cuenten exactamente qué ha pasado desde el principio. Sin ordenar nada y sin resumirlo.

Gabriel retiró la mano con una naturalidad bien entrenada.

—Mi mujer se ha despertado y Alba no estaba. La puerta del jardín estaba abierta. Hemos revisado la casa, la parcela y las inmediaciones. No está. Su teléfono seguía en la habitación.

—¿A qué hora la vio usted por última vez?

—Durante la cena.

Marta levantó la cabeza.

—No. Fue después.

Laia miró a uno y a otra sin intervenir.

Marta tragó saliva.

—La he oído moverse arriba sobre las doce. No fui a comprobarlo. Pensé que estaba en su cuarto.

Gabriel se volvió levemente hacia ella, lo justo para que el detalle pudiera parecer una corrección doméstica y no un aviso.

—Me refiero a verla.

—Yo la vi al subir —dijo Marta—. Oí la ducha antes.

Otra pausa. Pequeña. Suficiente.

—Bien —dijo Laia—. Vamos despacio.

Se sentó frente a ellos. Bruno se quedó un poco atrás, junto al arco que comunicaba con la cocina, libreta en mano.

—Empiece usted —le dijo a Marta—. Desde que se acostó.

Marta habló mejor de lo que su cara hacía prever. No con serenidad, sino con el esfuerzo muy visible de quien necesita contarlo en orden para no verse arrastrada por las imágenes sueltas.

Había subido alrededor de las once y media.

Había leído un rato. Debió de dormirse poco antes de las doce y media.

Se despertó a las 00:41. Vio la luz de la escalera, la puerta del jardín abierta, la habitación de Alba vacía, el móvil en el escritorio.

Llamó a Gabriel. Salió fuera. No vio a nadie. Ni oyó nada.

—¿Discusión previa? —preguntó Laia.

Marta dudó unos segundos.

—No esta noche.

No era una mentira entera. Tampoco una verdad limpia.

—¿Y últimamente?

Esta vez respondió Gabriel.

—Lo normal con una chica de quince años.

Laia giró la mirada hacia él.

—Lo normal no significa nada para mí, señor Giner.

Gabriel mantuvo el gesto un segundo. Tenía un rostro agradable de esos que los años mejoran si el mundo los trata bien: facciones proporcionadas, pelo oscuro ya con algo de gris en las sienes, una forma de mirar que seguramente había tranquilizado a mucha gente.

Esa noche, sin embargo, la serenidad le sentaba demasiado bien.

—Estaba más irritable —dijo—. Más desafiante. Nada fuera de lo esperable.

—¿Tenía problemas con alguien? ¿Algún chico? ¿Alguna amiga? ¿Había pedido salir? ¿Había dicho que quería irse de la urbanización, escaparse, dar un susto?

—No —dijo Marta con demasiada rapidez.

Laia lo anotó mentalmente: la velocidad, no la respuesta.

—¿Y usted dónde estaba cuando le llamó su mujer?

—Trabajando abajo.

—¿En el despacho?

—Sí.

—¿Hasta la una de la madrugada?

—Tenía una llamada pendiente.

—¿Con quién?

Gabriel no apartó la vista.

—Con Singapur.

Bruno, desde detrás, levantó apenas la cabeza del cuaderno. Laia siguió sin cambiar de tono.

—Necesitaré esa llamada, la hora y el registro.

—Por supuesto.

—¿Cuándo vio usted que Alba ya no estaba?

—Cuando subí.

—¿Cuánto tardó en subir?

Esta vez fue solo un segundo, pero existió.

—Muy poco.

Marta bajó la vista hacia la manta. Laia lo vio, pero no comentó nada.

—Quiero ver la habitación de Alba —anunció—. Y después hablaremos con seguridad, con el administrador y con cualquiera que haya estado despierto o haya visto algo dentro del recinto esta noche.

Gabriel asintió varias veces seguidas.

—Haré lo que haga falta.

La frase era impecable. Demasiado. Laia se levantó y pidió a Marta que la acompañara arriba.

La habitación de Alba conservaba la presencia de una vida interrumpida más que de una fuga: cama mal hecha, auriculares, ropa en una silla, un libro abierto boca abajo, una goma del pelo en la alfombra, la lámpara pequeña aún encendida.

No había mochila preparada. No faltaban zapatillas, ni abrigo, ni cargador. Tampoco el móvil.

Laia se acercó al escritorio y dejó la vista quieta sobre el aparato unos segundos.

Luego recorrió la habitación con lentitud.

Las paredes tenían fotos pequeñas, aunque no muchas.

Una con otra chica morena haciendo una mueca, seguramente una buena amiga.

Otra en la piscina del club social, años antes.

Una tercera más antigua, Alba de niña con el pelo mojado y la boca abierta en una risa que a esas alturas parecía pertenecer a otra casa y a otra familia.

—¿Era de salir así? —preguntó sin volverse.

—No —dijo Marta.

Laia giró la cabeza.

—¿Nunca?

Marta cerró los ojos apenas un momento.

—No sin el móvil.

Eso, al menos, sonó verdadero.

Cuando bajó de nuevo, Bruno la esperaba en el recibidor con una carpeta improvisada y el gesto ya más concentrado que acelerado.

—He hablado con el vigilante —murmuró—. Ninguna salida registrada. Dice que la secundaria no se usa, pero el administrador aún no ha llegado y prefiere no asegurar nada. Y hay una cosa más.

—¿Qué?

Bruno le tendió una impresión rápida del sistema de cámaras, todavía sin depurar.

—Entre las 00:19 y las 00:30 se cae una de las líneas que cubren la franja del club hacia la zona técnica. Solo esa. El resto sigue funcionando.

Laia miró el papel. Luego alzó la vista hacia la casa silenciosa, las luces encendidas, la perfección del recinto al otro lado de los cristales.

—Entonces no salió del perímetro —dijo Laia.

Bruno esperó.

Laia dobló la hoja y se la devolvió.

—O no salió por donde quieren que miremos. Pero desde luego esto no empezó fuera de… esta urbanización.

Y, mientras lo decía, supo que no estaban buscando solo a una chica.

Estaban entrando en un lugar que ya había empezado a decidir cómo debía contarse su ausencia.