Dentro (El perímetro 1) 2
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No fue por un motivo concreto. O no uno claro.

Quizá una corriente de aire, quizá una puerta que no llegó a cerrarse bien, quizá nada que pudiera recordarse después con precisión.

Abrió los ojos y se quedó quieta, mirando la línea gris del techo.

Giró la cabeza a un lado, el de Gabriel, y vio que estaba vacío.

Eso no la inquietó. Últimamente se acostaba tarde casi siempre, con la excusa cambiante de un correo, una llamada de Asia, o un informe que tenía que revisar antes del desayuno.

Marta alargó el brazo hacia la mesilla, cogió el móvil y vio la hora.

Pensó en volver a dormirse. Tenía la boca seca y una pesadez incómoda detrás de los ojos, señal de uno de esos sueños que se borran enseguida, pero dejan una suciedad molesta en el ánimo. Se incorporó para beber un poco de agua. Y fue entonces cuando notó la claridad.

No venía del jardín. Venía del pasillo.

Dejó el vaso sobre la mesilla y abrió la puerta. La casa estaba en silencio, pero la luz baja de la escalera permanecía encendida. Marta frunció el ceño. Ella la apagaba siempre antes de acostarse. Siempre.

Bajó dos peldaños y vio, abajo, la puerta corredera que daba al jardín mal encajada, apenas unos centímetros abierta.

Primero sintió fastidio.

«Alba», pensó.

Un enfado tonto, una salida absurda a la terraza para fumar, llorar, llamar a alguien o sencillamente hacerle saber al mundo que existía sin dar explicaciones a nadie.

Llevaban semanas rozándose por casi todo: por la ropa, por las contestaciones, por el instituto, por la manera en que Alba la miraba últimamente, como si Marta representara de pronto algo más grande y más decepcionante que una madre cansada.

Bajó, corrió la puerta y se asomó al jardín. No vio a nadie.

—Alba.

No levantó mucho la voz. Más que una llamada, fue una advertencia.

Cerró la puerta con un golpe seco y volvió a mirar el jardín, durante tres segundos, por si aparecía.

Cruzó la cocina, encendió la luz de la encimera y revisó por pura inercia la mesa, el taburete junto a la isla y el vaso a medio llenar que alguien había dejado allí antes de acostarse.

Todo parecía normal. Marta volvió al recibidor y subió la escalera con una irritación ya ligeramente torcida por otra cosa.

La puerta del cuarto de Alba estaba entreabierta, así que la empujó sin llamar.

La habitación estaba vacía y la cama deshecha, pero ella no dormía en ella.

El cojín tirado en el suelo. Los auriculares encima del escritorio.

La persiana a medio bajar. El cargador enchufado sin el móvil.

Marta se quedó en el umbral un segundo, mirando aquellos detalles con una lentitud nueva, como si su cabeza necesitara ordenarlos varias veces antes de admitir la frase que ya se estaba formando en su cabeza.

«No está.»

Entró del todo en la habitación. Abrió el baño. Nada. Corrió la cortina de la ducha. Ridículo, sí, pero lo hizo. Revisó el vestidor pequeño. Nada. Entonces cogió el móvil y marcó a Alba.

Lo oyó sonar desde muy cerca.

Tardó dos segundos en entender que no estaba llamando a ningún lugar exterior. El sonido venía del cajón del escritorio.

Abrió de golpe y allí estaba el teléfono, vibrando sobre unos apuntes y un pintalabios sin tapa.

Marta sintió cómo algo muy fino y afilado le atravesaba el pecho.

Porque una adolescente puede salir enfadada sin abrigo, sin avisar, sin dignidad y sin ganas de volver. Puede salir por llamar la atención, por rabia o por necesidad de aire. Pero no deja su móvil principal en un cajón. No en aquella casa. No a esa hora. No Alba.

Volvió a marcar igualmente, mirando la pantalla vibrar sobre la madera como si aquello pudiera cambiar si insistía lo suficiente. Cuando paró, el silencio de la habitación le cayó encima.

—No —dijo en voz baja, sin saber todavía a qué le estaba diciendo que no.

Bajó otra vez. Más deprisa. El corazón empezaba a latirle alto y fuerte, de una forma absurda, casi encolerizada.

Pensó en el jardín, en la piscina privada de los vecinos del fondo, en la calle interior, en una caída, en una tontería, en una broma cruel y en una escapada con alguien.

Intentó agarrarse a cualquiera de esas versiones porque todas parecían mejores que la sensación que ya le había invadido el cuerpo entero: la de que la noche acababa de girar unos grados y ya no iba a enderezarse sola.

Abrió la puerta principal y salió descalza al porche.

El aire le cacheteó las piernas. El recinto dormía en una quietud impecable.

Ni una persiana movida, ni una voz, ni un coche, ni una sombra cruzando las calles limpias.

Las farolas dibujaban la misma geometría tranquila de siempre, y esa tranquilidad, de repente, le pareció un insulto.

—Alba —llamó, ahora sí, más alto.

Nada.

Bajó los dos escalones del porche y avanzó hasta la entrada de la parcela.

Miró a izquierda y derecha. El seto del vecino parecía una pared negra.

Del otro lado de la calle llegaba el olor preciso del jazmín que la comunidad se empeñaba en plantar cada primavera junto a la rotonda interior.

Marta volvió a gritar el nombre de su hija, y el sonido se perdió enseguida, como si el recinto se lo tragara sin devolverle eco.

Regresó a la casa temblando ya de verdad y buscó el número de Gabriel.

Tardó en cogerlo. Dos tonos. Tres.

—¿Sí?

Ella tardó un segundo en responder. Le irritó, incluso entonces, escucharle la voz tan entera.

—Alba no está.

Silencio.

—¿Cómo que no está?

—No está en su cuarto. La puerta del jardín estaba abierta. El móvil lo ha dejado aquí.

Al otro lado no hubo la alarma inmediata que Marta esperaba. Hubo una respiración contenida, quizá solo eso, quizá el segundo exacto que necesita cualquiera para entender una frase imposible.

—¿Has mirado fuera? —preguntó como si se tratara de algo obvio.

—Claro que he mirado fuera.

—Voy.

—¿Dónde estás?

Gabriel tardó apenas un instante, pero Marta lo notó.

—Abajo. En el despacho.

Marta no supo si era verdad. Quizá estaba abajo, en el despacho, como decía. Pero había algo en el pequeño retraso antes de responder que la dejó sin sitio donde apoyar la confianza. Y, en mitad del miedo, aquella pequeña grieta la enfureció.

—Gabriel, el móvil está aquí —no lo dijo gritando, pero casi.

Esta vez el silencio fue más largo.

—Voy para arriba —dijo él al fin, resoplando.

La llamada se cortó. Marta se quedó inmóvil en la cocina, con el teléfono pegado a la mano.

Miró hacia el techo, como si fuera a oír sus pasos de un momento a otro, y entonces comprendió que estaba contando.

Uno, dos, tres, cuatro. Esperando el tiempo exacto que tardaría alguien en subir desde el despacho.

A los siete segundos oyó abrirse una puerta abajo.

Alzó la vista.

Gabriel apareció en el marco del recibidor con una calma demasiado trabajada para pertenecer solo al sueño interrumpido.

—¿Desde cuándo no sabes dónde está? —preguntó.

Y Marta sintió, antes de contestar, que la pregunta llegaba demasiado pronto.