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Media hora antes.
No encendió la luz del pasillo. No le hacía falta.
Conocía la casa de memoria, la curva limpia del distribuidor, la mesa estrecha con el jarrón blanco que su madre nunca movía, la alfombra demasiado gruesa donde los pasos morían antes de llegar a la escalera.
Bajó despacio, con una mano rozando la pared.
Al llegar al último peldaño se quedó quieta un instante, escuchando.
La casa respiraba en voces pequeñas.
El zumbido del frigorífico en la cocina. El crujido leve de la madera cerca del salón. Una tubería. Nada más.
Su padre todavía no había vuelto a subir.
Había oído la televisión hacía menos de media hora, baja, como si la pantalla estuviera más acompañándole que distrayéndole.
A su madre la había escuchado cerrar la puerta de su dormitorio antes, pero con su madre nunca se sabía.
A veces cerraba para no hablar con nadie y seguía despierta durante horas, leyendo sin pasar página.
Alba se ajustó la sudadera sobre el pijama corto, se guardó en el bolsillo el móvil viejo que llevaba dos semanas usando a escondidas y abrió la puerta que daba al jardín.
El aire de abril entró frío, con olor a césped húmedo y cloro dormido.
Durante un segundo, pensó que todavía estaba a tiempo de volver arriba, de meterse en la cama y dejar el mensaje sin responder, igual que había hecho con los dos primeros.
Mañana, se dijo. Mañana podría pensar mejor.
Mañana las cosas quizá tendrían otro tamaño.
Pero no lo tendrían.
Lo sabía desde que había visto aquel nombre escrito donde no debía estar.
Cerró la puerta con cuidado y echó a andar pegada a la sombra de la fachada.
A esa hora en Las Encinas parecía otra cosa.
De día el recinto era una sucesión de líneas limpias, setos recortados y cristales grandes detrás de los que todo parecía ordenado incluso cuando no lo estaba.
De noche, en cambio, el silencio lo igualaba todo.
Las casas perdían su elegancia y se convertían en volúmenes quietos, atentos, como si estuvieran escuchando también.
Avanzó por el lateral de su parcela hasta la calle interior.
No había nadie. Las farolas bajas dejaban charcos de luz amarilla sobre el asfalto perfecto; más allá empezaban las zonas oscuras, las franjas de jardín, los cipreses y las vallas vegetales.
A lo lejos, junto al club social, una bomba de depuración trabajaba con un ronroneo casi submarino.
Alba se abrazó a sí misma un momento, no tanto por el frío como por lo que le subía por el cuerpo desde que había leído el último mensaje.
Se tocó la pulsera de cuentas que llevaba siempre en la muñeca izquierda, una manía tonta desde hacía meses. Lídia decía que parecía de niña pequeña. Alba le contestaba que precisamente por eso le gustaba.
«No vengas por la entrada principal. Ven por detrás. Tengo que enseñarte una cosa. Y ven sola.»
No llevaba escrito ningún nombre.
No hacía falta.
Al principio había pensado que podía ser de Jan.
Después se convenció de que no. Jan no escribía así.
Jan borraba palabras, improvisaba, se equivocaba al teclear cuando estaba nervioso.
Aquel mensaje parecía escrito por alguien que había pensado cada línea antes de enviarla.
Alguien que no quería sonar amenazante y, precisamente por eso, sonaba incluso peor.
Cruzó la calle y tomó el camino que bordeaba las pistas de pádel.
El vallado devolvía un brillo mortecino.
Detrás, el club dormía con sus cristales negros y su terraza vacía, aún llena de sillas apiladas.
Allí había pasado media infancia. Cumpleaños, meriendas, partidos, madres hablando demasiado alto, padres que parecían no mirarlas nunca hasta que había otras personas delante.
Todo le pareció de pronto ajeno, como si caminara por la maqueta de un lugar donde había vivido otra chica.
Miró el móvil viejo. Ningún mensaje nuevo. El suyo, el de siempre, seguía arriba, en el cajón del escritorio. Lo había dejado allí precisamente para que nadie pudiera seguirle la ubicación si algo salía mal.
Pensó en Lídia, en lo fácil que habría sido mandarle un audio de tres minutos, de esos que Lídia escuchaba siempre al doble de velocidad y luego respondía con una frase absurda que, de algún modo, servía.
Alba casi sonrió al imaginarla: «Tía, no hagas de detective sin cobrar». Luego se le cerró la sonrisa. Porque eso era justo lo que estaba haciendo. Y porque, por primera vez, no le parecía un juego.
Pensó también en su madre. En cómo la había mirado esa mañana, con la cara ya preparada para no discutir, cuando Alba le preguntó por Celia Robles y Marta se quedó quieta medio segundo de más antes de decir que no sabía de qué le hablaba. Solo medio segundo. Pero Alba lo había visto.
No lo veía todo. Eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Veía fragmentos. Una frase cortada en la cocina. Una reacción demasiado rápida de su padre. El modo en que Jan cambiaba de tema cuando ella insistía. Y aquel nombre, escrito donde no debía estar, en un papel que nadie había pensado que una hija pudiera encontrar.
Celia Robles.
Todavía no sabía qué significaba. Pero ya sabía que en aquella casa nadie quería pronunciarlo en voz alta.
Llegó al final del camino y giró hacia la zona menos transitada del recinto, donde el seto perimetral se espesaba y el pavimento se estrechaba hasta rozar el módulo técnico de mantenimiento.
Allí la urbanización se parecía menos a un anuncio y más a una arista.
Había tierra húmeda, un muro bajo, una puerta metálica para personal autorizado y, al otro lado de la franja vegetal, la oscuridad real del exterior.
Se detuvo y escuchó.
El corazón le golpeaba tan fuerte que durante un instante no distinguió si el ruido venía de ella o de algún mecanismo oculto en el módulo.
—Ya estoy aquí —susurró.
Y al decirlo se sintió ridícula. No por tener miedo, sino por haber obedecido.
Nadie respondió.
Dio un paso más. Luego otro. El móvil viejo le vibró en el bolsillo y casi se le escapó de la mano al sacarlo.
«Has tardado.»
Levantó la cabeza de inmediato, recorriendo la sombra del seto, el lateral del módulo, la línea del muro. No vio a nadie.
—¿Qué quieres? —dijo esta vez más alto.
El silencio se tensó, y entonces, desde el lado ciego del módulo, una voz dijo su nombre.
No sonó como esperaba.
Eso fue lo primero que no encajó.