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Dentro (El perímetro 1)

Dentro (El perímetro 1)

Por Joan Llensa

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Cuando oyó el segundo crujido, dejó de andar.

Hasta entonces se había convencido de que el ruido de detrás era suyo: la grava bajo las zapatillas, el roce seco de las hojas contra la valla, el latido subiéndole por la garganta. Pero aquello no. Aquello había sonado después. Un paso contenido. El peso de alguien intentando no hacer ruido.

No se giró enseguida.

A su izquierda, las casas de la calle alta seguían cerradas, lisas, quietas, con las persianas bajadas y la luz tenue de los jardines dibujando sombras limpias sobre los setos.

A su derecha, más allá de la franja de pinos bajos, empezaba la zona de servicio: el módulo técnico, la curva ciega, la pared donde la urbanización perdía la elegancia y se convertía en hormigón, humedad y cables.

Allí la noche parecía otra. Más pobre. Más verdadera.

Apretó el móvil viejo dentro del bolsillo del pantalón.

Había salido sin hacer ruido, sin encender la luz del pasillo y sin mirar por segunda vez la puerta del dormitorio de sus padres.

Sabía exactamente dónde iba. Sabía también que no debía haber ido sola.

Lo había pensado al cruzar el jardín, al cerrar la cancela lateral y al tomar el camino estrecho junto a la valla.

En cada paso se había repetido lo mismo: llego, lo veo, lo grabo y me voy. Cinco minutos. Ni eso.

Delante de ella, el punto de encuentro estaba vacío.

El muro bajo. La caseta de mantenimiento. El rectángulo de oscuridad donde la cámara no grabaría del todo bien si una de las farolas fallaba. Nadie.

Entonces, el móvil vibró.

No era un mensaje. Era una llamada.

Alba lo sacó y miró la pantalla sin reconocer el número. Aquel aparato viejo apenas tenía contactos, y precisamente por eso la llamada la dejó inmóvil un segundo. El teléfono siguió vibrando unos segundos más, una insistencia muda y obscena en medio del silencio, hasta que se cortó solo.

—Has venido —dijo una voz.

La tenía cerca. Mucho más cerca de lo que había calculado.

Alba se giró de golpe.

La silueta dio un paso al borde de la luz. No lo bastante para dejarse ver entera. Sí lo suficiente para que ella entendiera dos cosas de inmediato: que no estaba allí para hablar con calma y que no venía sola.

Al fondo, casi pegada al muro, otra sombra se movió apenas.

Alba dio un paso atrás.

—No te acerques.

La voz le salió más firme de lo que se sentía. Tenía el corazón desbocado, una presión helada en la nuca y esa certeza brutal e instantánea, con la que el cuerpo entiende antes que la cabeza que algo ha dejado de tener remedio.

—Enséñamelo —dijo la primera voz.

Alba negó con la cabeza.

—Ya lo sé.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente.

La afirmación quedó suspendida entre los tres, pequeña y afilada. Después todo ocurrió demasiado deprisa y, al mismo tiempo, con una claridad insoportable.

El primer movimiento fue hacia ella.

No supo si retrocedió o si resbaló. Notó una mano en el brazo, el tirón seco, el móvil viejo escapándosele de los dedos y el golpe del hombro contra el borde rugoso del muro. Luego otra fuerza. Otra presencia. Voces superpuestas. Una orden. Un insulto ahogado. El mundo inclinándose.

Alba quiso gritar. Pensó en su madre antes de conseguirlo. Y entonces el aliento le salió roto.

Durante una fracción de segundo vio el cielo entre las copas negras de los árboles y pensó, con una simplicidad absurda, que desde las casas no iba a oírla nadie. Dentro del perímetro, por la noche, todo estaba demasiado lejos o demasiado bien cerrado.

Después llegó el golpe.

Seco.

Blanco.

Y luego nada durante un instante.

O casi nada.

La grava pegada a la mejilla. El sabor metálico en la boca. Un zumbido espeso dentro de la cabeza. Voces otra vez, ahora más bajas, más rápidas, más feas. Un «mírame» que no iba dirigido a ella. Un «joder» dicho entre dientes. Un «espera» cargado de miedo.

Alba intentó mover la mano.

No pudo.

Entonces lo percibió.

No que iba a morir. Eso no. Lo que entendió fue algo mucho peor: que aún estaban a tiempo. Que todavía había un margen. Un gesto. Una llamada. Un solo acto limpio en mitad de aquella noche.

Oyó pasos alrededor.

Una respiración agitada.

Silencio.

Luego una voz distinta, adulta, que llegó desde fuera del encuadre de la escena y lo cambió todo sin necesidad de alzarse.

—Que nadie toque nada.

Ya no olía solo a tierra húmeda. También olía a miedo.

Y, aun así, nadie gritó.

Nadie pidió ayuda.