Dentro (El perímetro 1) 24
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Laia pidió que le abrieran la sala pequeña del edificio de administración.

No quería recibir a Dídac Casanovas en un despacho de vidrio ni en la oficina principal, bajo la mirada intermitente de vecinos que fingían ir y venir con asuntos urgentes.

Prefería una habitación cerrada, una mesa sobria, cuatro sillas iguales y ninguna coartada visual.

En espacios así se notaba mejor quién necesitaba el decorado para sostener la versión de sí mismo.

Dídac llegó diez minutos tarde, sin pedir disculpas.

Llevaba una camisa azul claro, un reloj discreto y caro y ese aire de hombre joven que había crecido convencido de que los adultos siempre acababan resolviéndole el desastre.

Tenía la barba medida, las uñas cuidadas y el cansancio exacto que quería enseñar.

No parecía derrumbado. Parecía molesto por el grado de insistencia que estaba adquiriendo el asunto.

—Inspectora.

No tendió la mano. Laia tampoco.

—Siéntate, por favor.

Dídac se sentó sin dejar la espalda por completo en el respaldo.

Miró primero a Bruno, luego a ella, calibrando quién iba a marcar el ritmo.

Laia dejó que el silencio entrara antes que ninguna pregunta.

Era un silencio limpio, sin teatro, lo bastante largo para que él notara que aquella vez no venían a tomarle una declaración amable.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó al fin.

—Supongo que porque alguien ha decidido convertir cualquier cosa relacionada con aquella chica en una pieza de un puzle más grande.

—¿Aquella chica?

—Celia Robles.

Laia apoyó los antebrazos sobre la mesa. Nada en su gesto cambió.

—Me llama la atención que hayas pensado antes en Celia que en Alba.

Dídac torció apenas la boca, como si reconociera una jugada mínima.

—No lo he pensado antes. Lo habéis sacado vosotros. Lleváis días revolviendo en algo de hace años y es evidente que queréis vincularlo con esto.

—¿Con esto qué es exactamente? —preguntó Bruno.

Dídac desvió los ojos hacia él, rápido, casi con desdén.

—Una desaparición. Una tragedia. Lo que sea que haya pasado.

—Lo que sea que haya pasado —repitió Laia, sin cargar la voz—. Curiosa fórmula para alguien que conocía a Alba.

—La conocía de vista.

—Jan dice otra cosa.

—Jan es un crío asustado.

—Tú también estabas aquí cuando eras un crío —le dijo Laia—. Y, aun así, por alguna razón, todo el mundo sigue teniendo mucho cuidado con lo que se dice delante de ti.

La primera grieta no apareció en la boca. Apareció en el cuello. Un músculo breve, duro, justo bajo la mandíbula.

Dídac se echó atrás, por fin apoyó la espalda y cruzó una pierna sobre la otra. Quiso recuperar territorio.

—No sé qué imagen tenéis de este sitio, inspectora, pero aquí no hay una mafia de película. Hay familias. Gente que se conoce desde hace años. Claro que hablan entre sí. Claro que se cuidan.

—¿Y a Celia también la cuidaron? —preguntó Bruno.

No respondió de inmediato. Su silencio fue un silencio elegido, no sorprendido. Laia lo anotó sin mirarlo.

—Celia trabajó en varias casas —dijo por fin—. Le pasaba a menudo. Entraba, salía, conocía cosas. A veces los empleados confunden cercanía con importancia.

—Qué frase tan reveladora —dijo Laia.

—Es una frase realista.

—No. Es una frase de alguien acostumbrado a pensar que el sitio que ocupa en una habitación marca el valor de lo que ve.

Dídac bajó la vista un instante, como si midiera si le convenía enfadarse. No lo hizo. Eligió la condescendencia.

—No sé qué queréis que os diga. Yo era un chaval. Hubo una noche mala, un accidente, rumores. Años después, una chica de quince años empieza a hacer preguntas donde no debe y ahora parece que todos somos sospechosos perfectos porque os encaja el relato.

—No era un chaval cualquiera —dijo Laia—. Eras uno de los chicos que estaban en la fiesta de verano de la semana anterior a la muerte de Celia. Eras uno de los que siguieron viéndose con ella. Y sigues entrando aquí como si nada hubiera cambiado.

—Porque no hice nada.

—Entonces explícame por qué reaccionaste así cuando mencionamos el nombre de Alba.

Esta vez sí la miró de frente. Había algo nuevo en sus ojos. No miedo puro. Irritación. El enfado de quien siente que le han tocado una propiedad moral.

—Porque esa niña se había metido en algo que no entendía.

La frase quedó entre los tres con el peso exacto de los errores irreversibles. Bruno no se movió. Laia tampoco.

—Explícame eso.

Dídac apretó los labios, consciente del resbalón. Intentó volver atrás.

—Quiero decir que se había obsesionado con una historia vieja. Estas cosas pasan. Los adolescentes necesitan una épica. Creen que todo el mundo oculta una verdad gigantesca.

—¿Y no la ocultaba?

—No como lo planteáis vosotros.

—¿Cómo la planteamos?

—Como si aquí se hubiera decidido sacrificar a una chica para salvar apellidos. Es ridículo.

—¿Ridículo? —Laia inclinó apenas la cabeza—.

Celia murió y la investigación fue una chapuza.

Alba desapareció dentro de una urbanización con cámaras y accesos controlados.

Varias personas han repetido casi las mismas frases desde el primer día.

Hay registros tocados, hay zonas ciegas, hay adolescentes aterrados y hay adultos que hablan como si estuvieran más preocupados por el daño colateral que por la chica.

No sé qué parte exacta te parece ridícula.

Por primera vez, Dídac no tuvo una respuesta inmediata. Miró un punto impreciso de la mesa, la yema del pulgar sobre la uña del índice, como si quisiera arrancar de allí el tiempo necesario para recomponer una máscara más útil.

—Celia —dijo al final— era complicada.

—Explícate.

—No era una santa. No era una víctima perfecta. Le gustaba moverse al límite. Jugar con la gente. Hacer creer cosas.

—¿Con qué gente?

—Con los chicos. Con los hombres. Con cualquiera que pudiera abrirle una puerta.

—Qué casualidad —dijo Laia—. Siempre aparecen las mismas palabras cuando una mujer muerta pertenece al lado débil de la historia. Complicada. Ambigua. Buscaba. Provocaba. Nunca falla.

Dídac dejó escapar aire por la nariz. Estaba perdiendo la paciencia.

—No voy a pedir perdón por decir que la realidad no era simple.

—La realidad nunca es simple —respondió Laia—. Lo que sí suele ser muy simple es quién puede permitirse seguir viviendo después de una noche mala.

Abrió la carpeta y dejó sobre la mesa la impresión de una fotografía antigua.

La imagen estaba tomada con móvil, de noche, a baja luz.

Se veían tres siluetas cerca del perímetro vegetal, detrás del antiguo cerramiento de obra que había precedido a la fase final de la urbanización.

Una de las siluetas era claramente femenina.

Otra, por altura y postura, podía corresponder a un chico joven.

La tercera quedaba medio cortada, pero el perfil del hombro y el tipo de chaqueta tenían una nitidez suficiente para inquietar.

Dídac no tocó la foto. Eso, para Laia, valió más que si hubiera intentado apartarla.

—¿La reconoces?

—Es una basura de imagen.

—¿La reconoces?

Tardó un segundo de más.

—Podría ser cualquiera.

—Podrías ser tú.

—Podría.

—Y ella podría ser Celia.

—Podría.

—¿Y la tercera figura?

—Ni idea.

Laia lo sostuvo con la mirada hasta que el hombre joven, impecable, bien educado, exitoso en su manera de sentarse, empezó a parecerse por fin al chico que había sido: uno de esos a quienes nunca enseñaron que ciertas noches dejan de pertenecerles cuando otro cuerpo cae.

—Alba encontró esta foto —dijo Laia—. O llegó a ella por una cadena de reenvíos que venía de años atrás. Lo que aún no sé es si entendió sola quién aparecía aquí o si alguien la ayudó.

Dídac alzó la vista de golpe.

—No sé de qué me estás hablando.

—Claro que lo sabes. Lo que no sabes es cuánto sabemos nosotros.

Bruno intervino entonces, seco.

—Y tampoco sabes cuánto sabía Alba antes de desaparecer.

El efecto fue inmediato. Laia lo vio entrar. Pequeño, pero incontestable. La pupila se tensó. La mano derecha cambió de sitio sobre la mesa. Y luego el hombre volvió a construir su calma, pero ya con la prisa de quien ha visto la orilla demasiado cerca.

—Alba era una cría —dijo—. Si alguien la metió en todo esto, debería daros vergüenza.

—A ti también te preocupan mucho las chicas cuando ya están muertas o desaparecidas —replicó Laia—. Antes, por lo visto, no tanto.

—No acepto esa mierda.

—No tienes que aceptarla. Solo tienes que explicarme qué pasó hace ocho años y por qué una chica de quince ha terminado metida en ello.

Dídac se levantó despacio. No había pedido permiso, pero tampoco se fue. Quedó un instante de pie, como si necesitara recuperar altura.

—Yo no la cité esa noche.

Laia no parpadeó.

—No te he preguntado eso.

Lo supo entonces. Supo que también Bruno lo había oído del mismo modo. La frase no era una negativa cualquiera. Era el movimiento torpe de alguien que había preparado una defensa contra una acusación todavía no formulada.

Dídac debió de entenderlo al instante, porque apretó la mandíbula con una rabia muda.

—No la cité —repitió, más bajo—. Y no fui el último en verla.

—¿Quién fue?

No respondió. Miró hacia la puerta, calculó, volvió a sentarse como si aún pudiera salvar algo.

—Hablad con Oriol —dijo al cabo—. Él sabe quién entra y quién sale. Siempre lo sabe.

—¿Y tú qué sabes, Dídac?

Esta vez la respuesta llegó cansada, casi sincera en su desprecio.

—Sé que hay cosas que, cuando se abren, ya no se vuelven a cerrar.

—Eso no es una respuesta.

—Es lo único honesto que vais a oír aquí dentro.

Laia recogió la fotografía despacio. No quería precipitar el cierre. Quería que él saliera con la impresión exacta de haber perdido un centímetro de aire.

—Te equivocas —dijo—. Lo honesto habría sido llamar a tiempo. La primera vez. O la segunda.

Dídac la miró como si acabara de entender que no lo estaban interrogando por un error antiguo. Lo estaban mirando desde una lógica distinta, una en la que la costumbre de haber sobrevivido a todo no valía como absolución.

Se fue sin despedirse.

Cuando la puerta se cerró, Bruno soltó el aire que llevaba conteniendo.

—No la cité esa noche.

Laia asintió.

—Y no fui el último en verla.

—También.

Bruno se quedó mirando la madera lisa de la puerta.

—Hay algo más.

—Sí.

—No habla como alguien que tema solo a la policía.

Laia guardó la foto de nuevo en la carpeta.

—Habla como alguien que lleva años viviendo dentro de una verdad mal enterrada y acaba de notar que el suelo se mueve.

No añadió nada más. Se levantó, recogió su chaqueta y miró un segundo por la ventana opaca de la sala. Afuera, la luz de media tarde caía igual sobre las fachadas blancas, las buganvillas recortadas y los coches brillantes junto a las aceras limpias.

Todo seguía pareciendo un sitio donde jamás tendría que haber desaparecido una chica.

Y, sin embargo, empezaba a resultar evidente que precisamente por eso había ocurrido allí.