CAPÍTULO 45
Gris lanzó la pregunta al aire, con cautela, esperando saber cuál sería mi próximo movimiento una vez que le había confesado todo.
—¿Recuerdas lo que nos contó el anciano?
—¿Sobre ese grupo de todopoderosos que gobiernan el mundo y están detrás de todo esto? —preguntó mi compañera con un tinte de sarcasmo.
—Son reales, Gris. Tan reales como tú o como yo. Cuando comencé a investigar y organizarlo todo, acabé por averiguar muchas cosas, entre ellas, su participación indirecta en los asesinatos de esos científicos.
—¿De qué forma?
—Tal y como nos desveló el anciano: a través de la trampa que les tendieron a esos científicos para asegurarse que modificasen su veredicto sobre el glifosato.
—¿Entonces todo ese cuento del selecto grupo que dirige el mundo es real?
—Ya te lo he dicho. Cuando comencé a acercarme demasiado a ellos, decidieron hacerme una visita.
Hace unas noches, cuatro hombres encapuchados entraron en mi casa y antes de que me diera tiempo a encender la luz, me tenían aquí mismo encañonado y sujeto por los brazos.
Uno de ellos me dijo que llevaban un tiempo vigilándome; sabían quién era, lo que había hecho y en lo que me había convertido.
También me dijo que sabían lo que estábamos tramando y que me permitían vivir a cambio de que cumpliese mi trabajo y liquidase al patrón y a toda su cúpula.
—¿Por qué iban a querer eso? —interrogó Gris sin llegar a comprender.
—Porque querían acabar con todos los cabos sueltos y el patrón era el mayor de ellos. Cuando descubrieron que yo también iba a por él, decidieron dejarme actuar para que nadie, ni nada de lo que pasara, los pudiera relacionar con ellos.
—Nadie dudaría si esos asesinos eran ejecutados por policías en un registro —comprendió mi compañera—. ¿Pero por qué te han dejado a ti con vida?
—Porque mis manos están tan manchadas de sangre que saben que no podré decir nada que les pueda perjudicar a ellos, sin que me salpique a mí de forma directa.
Aun así, les aseguré que todo lo que había averiguado hasta ese momento estaba en poder de alguien de mi confianza, fuera de su radar, que no dudaría en mandarlo a los pocos medios de comunicación que aún no controlan, si a mí me pasaba algo.
—Y supongo que lo último que quiere esa gente es ese tipo de publicidad.
—Supones bien.
—Entonces ya solo me queda una última pregunta; ¿por qué me lo estás contando ahora a mí?
—Porque tú tampoco vas a decir nada —afirmé forzando una sonrisa.
—¿Me piensas asesinar tú mismo o les vas a ordenar a ellos que lo hagan? —cuestionó con recelo.
—Antes de hacerte daño, me mataría yo —aclaré al ver cómo sujetaba con firmeza su pistola—. Les aseguré que si a ti te pasaba algo, esa noticia se filtraría de igual manera.
—¿Entonces en qué punto nos deja eso?
—Simplemente he llegado a un trato con ellos para que te dejen en paz.
—¿Qué clase de trato? —interrogó con suspicacia, mientras se incorporaba sobre el asiento.
—Tú y tu familia desaparecéis sin decir nada.
—Leo, sabes mi lema. Yo siempre diré la verdad, aunque lluevan piedras. Pienso informar de todo lo que sé y ni tú ni nadie, por muy poderoso que sea, me hará cambiar de idea.
—Lo sé, pero ahora no le estoy hablando a la policía, le estoy hablando a la madre.
—Cuidado Leo, no sigas por ahí —amenazó ella con la mandíbula apretada.
—Te conozco como policía y sé que llegarías hasta el final de este asunto sin importante las consecuencias. Pero también te conozco como madre y por eso te estoy ofreciendo una oportunidad.
—Explícate —ordenó nerviosa.
—Esa gente os dará una nueva vida en Estados Unidos, con identidades falsas y suficiente dinero como para que no tengáis que volver a trabajar y tú puedas darle a tu hijo ese tratamiento que tanto necesita.
—No puedes hacerme esto… —protestó.
—Sí que puedo, porque no hay más opciones. Te estoy ofreciendo que consigas tu sueño, que no es otra cosa que salvar la vida de tu hijo. La otra opción no solo sería perder la oportunidad que te estoy ofreciendo, sería perderlo todo. Esa gente jamás permitiría que testificaras contra ella.
—¿Me lo puedo al menos pensar? —cuestionó tras un momento de duda.
—Me temo que no. Tienes que salir de aquí con una decisión tomada antes de que vuelvas a pisar la calle.
—¿Y ellos cómo sabrán lo que he decidido?
—Nos están escuchando desde el principio —desvelé yo señalando uno de los rincones donde había un micrófono oculto.
—No te creo —negó ella añadiendo a sus palabras un gesto de cabeza.
—Sí que me crees, pero no quieres creerlo, que es distinto.
—Te creo en todo lo que me has dicho acerca de lo que le pasó a tu hijo, de los asesinatos y del plan que ideaste con ayuda de esa mujer. Pero también creo que te has inventado la última parte en la que unos hombres poderosos hacen tratos contigo y a mí me ofrecen una nueva vida sin más.
—¿Por qué iba a querer inventarme eso? —cuestioné.
—Para ganar tiempo. Para que yo me vaya de aquí confundida y tú puedas desaparecer como Lupe, antes de que yo me dé cuenta del engaño cuando ya sea demasiado tarde.
—Te propongo una cosa: vete a casa, con tu familia. Si mañana por la mañana tu vida sigue igual, llama a Corcobado, cuéntale todo lo que has escuchado aquí y que me mande a la caballería. Te prometo que no pienso escapar.
—Digamos que después de todas las mentiras y engaños de estas últimas semanas que me acabas de confesar, no me fío mucho de tu palabra —desechó mi promesa con sorna.
—Ahora te estoy diciendo la verdad. Pase lo que pase, mañana seguiré aquí, te lo juro por la memoria de mi hijo —aseguré yo con gesto serio.
Ella guardó silencio mientras me escrutaba, hasta que al final pareció convencerse de que yo jamás emplearía el recuerdo más sagrado que tenía para mezclarlo con un engaño.
—En ese caso, de un modo u otro, tanto si me dices la verdad, como si mañana quedas arrestado, me temo que esto es una despedida, compañero —dijo incorporándose a la vez que se guardaba la pistola.
—En lo de mi arresto te equivocas. Aunque los compañeros me acaben relacionando con la muerte del pederasta, esa gente conseguirá taparlo de algún modo y no me dejarán caer. Fue parte del trato.
—¿Estás seguro de eso?
—Bastante. Lo que sí que es cierto es que esto suena a despedida —asentí con una sonrisa—. Ojalá las cosas hubieran sucedido de otra manera. Cuídate mucho, Gris.
—Lo haré, Leo, lo haré —murmuró con melancolía antes de levantarse del asiento—. Una última cosa, ¿crees que si hubieras sido capaz de perdonar al asesino de tu hijo, algo de todo esto hubiera pasado?
—Solo cuando tienes el alma rota, comprendes que hay cosas que nunca se podrán perdonar —aseguré con gesto serio.
Ella fue a añadir algo, pero en el último momento se contuvo y tras dar media vuelta desapareció por pasillo como preludio al eco de un portazo.
Al salir a la calle, mi compañera seguía analizando todo lo que yo le había contado mientras sopesaba las distintas posibilidades que aquella rocambolesca historia ofrecía.
Iba tan enfrascada en aquellos pensamientos que no se percató de la presencia de los dos hombres que la seguían hasta que estuvieron lo bastante próximos como para alertarla.
Con un rápido movimiento se giró, desenfundó su arma y los encañonó con determinación.
—¡Las manos donde las pueda ver! —gritó rompiendo el silencio de la noche.
Pero nadie más, aparte de esos dos hombres, la escuchó. Eran las cuatro de la mañana y el viento gélido se había encargado de barrer de las calles los pocos transeúntes que pudieran haber cometido la locura de optar por permanecer a la intemperie.
—No se asuste, Griselda. Venimos a entregarle algo —anunció uno de los hombres con una sonrisa mientras alargaba una pequeña bolsa de tela hacia la policía.
Mi compañera tardó un momento en procesar lo que significaba que aquellos extraños supieran su nombre, hasta que alcanzó a adivinar el contenido de aquella bolsa.
—Disfrute de su nueva vida, señora Palacios —añadió el hombre antes de dar media vuelta junto con su compañero y regresar sobre sus pasos.
Griselda estuvo a punto de gritarle que se había equivocado en el apellido, pero entonces lo comprendió.
Nerviosa, abrió la bolsa y descubrió que en su interior había un fajo bastante abultado de billetes así como un número de cuenta.
También encontró cuatro billetes de avión para viajar a la ciudad de Nueva York, cuyo vuelo salía aquella misma mañana, junto con cuatro pasaportes de nacionalidad española.
Cuando los abrió, comprobó que cada uno de esos pasaportes correspondía a un miembro de su familia, incluida ella. En las fotos aparecían ellos, pero los nombres y las fechas de nacimiento figuraban cambiadas. Su apellido, tal y como había intuido, ahora era Palacios.
Griselda había realizado un curso de falsificación de documentos en el pasado, por eso le sorprendió tanto descubrir que aquellos documentos no estaban falsificados. Simplemente alguien los habían emitido nuevos con los datos cambiados.
Mientras sopesaba cuál sería su próximo movimiento, dio unos golpecitos a los pasaportes con la mano contraria a la que los sostenía antes de devolverlos al interior de la bolsa.
Se dirigió hasta donde tenía aparcado su coche y una vez dentro, abrió su cartera para contemplar la foto de su familia.
Se detuvo por un instante en el tierno rostro de su hijo pequeño y con una sonrisa melancólica volvió a guardar la instantánea en la cartera.
Cuando arrancó el motor comprendió que ya nunca más respondería al nombre de Griselda.
A partir de aquel momento, hasta el resto de sus días, sería una mujer dos años más joven llamada Yolanda Palacios
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