CAPÍTULO 44
—¿Pero por qué, Leo? —fue lo único que acertó a decir Griselda, devastada a esas alturas del relato.
—Ya te lo he dicho, por odio. Dicen que el amor es la sensación más intensa que puede experimentar un ser humano, y tienen razón. Pero cuando alguien te arrebata el amor más puro que has sentido en tu vida, después de eso, el odio arrasa con todo.
Mi compañera entonces se quedó un buen rato en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la pared que tenía enfrente, mientras su cerebro trataba de forma inútil de encontrarle sentido a algo de lo que acababa de escuchar.
—Por eso los cadáveres del periodista y su novia fueron encontrados justo al comienzo de nuestra guardia —rompió Gris al fin su silencio en un intento por enlazar la historia desde el principio—.
Tú tenías que encargarte de la investigación de esos asesinatos porque sabías que tendrían relación con todo lo que iba a suceder después.
—Así es.
—Fuiste tú quien espantó la noche de antes al mendigo. No podías permitir que se descubrieran los cuerpos antes de tiempo.
Me limité a asentir ante su razonamiento.
—Puede que esos científicos se merecieran pagar por lo que hicieron, pero dime que tú no…
—No, por supuesto que yo no maté a esa pareja.
Eran inocentes, pero no pude hacer nada por evitar su muerte.
Al enterarme del plan del viejo de la residencia por medio de Lupe, supe que cuando el periodista comenzase a hacer preguntas había muchas posibilidades de que fuera hombre muerto, tal y como sucedió poco más tarde.
Un día Lupe, alertada por una conversación que escuchó el anciano, me llamó para advertirme de que aquella mañana la enfermera no había acudido a su puesto de trabajo y nadie había podido contactar con ella.
Sospeché que algo malo les había pasado.
—Entonces si tú no tuviste nada que ver con esas muertes, explícame cómo localizaste los cuerpos antes que nadie y te las arreglaste para que nadie los descubriera hasta justo el día en el que nuestro grupo entraba de guardia.
—Días antes de que fuera asesinado, coloqué un localizador en los bajos del coche del periodista y como recordarás, su vehículo estaba justo al lado de la nave donde lo encontraron muerto.
Supongo que los asaltarían en el vehículo y tras llevarlos obligados hasta allí, los ejecutaron.
El caso es que la desaparición de su novia, junto con el hecho de que el coche no se hubiera movido de aquel polígono abandonado, me hizo sospechar y me dirigí hasta allí.
Cuando vi el coche, retiré el localizador y descubrí los dos cuerpos mutilados en aquella nave.
Mi compañera volvió a guardar silencio mientras trataba de colocar cada pieza de aquel macabro puzle en su sitio.
—Hay una cosa que se me escapa. Si los responsables del asesinato de la pareja en ese polígono fueron los sicarios mexicanos, ¿cómo es que había relación con tus víctimas? —inquirió al recordar el episodio del dedo en la cajita que apareció en la segunda escena del crimen.
—Eso fui yo. Cuando descubrí los cadáveres de la pareja y los dedos de esa pobre mujer seccionados, me pareció una buena forma de ponernos tras la pista y así poder relacionar los crímenes.
—¿Para qué?
—Lupe quería que investigáramos hasta llegar al motivo que había llevado a alguien a matar a esos periodistas y después que aparecieran muertos los científicos.
Quería que se descubriera a los verdaderos responsables de los asesinatos de esas pobres chicas en México; la cúpula del Cartel de Juárez, para que se iniciara una investigación a nivel internacional y las mujeres de su ciudad dejasen de ser violadas y asesinadas.
—Pero sigo sin alcanzar a entender el motivo de que se arriesgara de esa forma a que la descubriéramos, haciéndose pasar por víctima.
Cuando la llamaste desde el coche dijo que era para enterarse de nuestros avances en la investigación y así poder proteger a su cómplice por si lo descubríamos, pero ése eras tú. No tiene sentido.
—Estando ella como único testigo, a través de sus testimonios pudimos conducir la investigación al ritmo y por el camino que más nos convenía a nosotros dos —reconocí sin tapujos—.
Además necesitábamos que fuera ella quien nos pusiera tras la pista de la casa en Illescas justo el día en el que el capo llegase a España y pasara allí la noche.
Al confesar el anciano de la residencia todo, ella pudo reconocer su implicación y darnos la ubicación de la casa de forma directa.
—Fuiste tú quien la llamó el día que se fugó del piso protegido —comprendió con amargura.
—Le advertí de que yo iba a lanzar la teoría de la enfermera esa misma mañana e imaginaba que alguien como Mirta acabaría descubriendo la relación del anciano con el caso.
Sabía que cuando nos entrevistáramos con él y le apretase, acabaría por confesarlo todo y se descubriría la implicación de Lupe. Ella tenía que desaparecer.
—Creo que ni siquiera eres consciente en lo que te has convertido —escupió con franqueza mi compañera.
—¿Por qué queríais atraer a ese criminal mexicano hasta España?
—Ya te lo he dicho, entre otras muchas cosas, era el verdadero dueño del club donde asesinaron a la hermana de Lupe y a otras muchas chicas. Tenía que pagar por ello.
—¿Cómo conseguisteis que saliera de su guarida en México?
—A través de su lugarteniente. El tipo que abatieron los GEO saliendo del coche, en el camino.
—¿Pero y cómo…? A mi compañera comenzaban a acumularse las preguntas en torno a una mente cada vez más confusa.
—Resultaba evidente que el patrón no tardaría en mandar a alguien de su gente para que se encargara del periodista y de su fuente de información.
Una vez mataron a la pareja y, aunque ellos ya lo intuían, les sacaron quién les había proporcionado esos nombres.
La siguiente pieza que deberían eliminar era la del anciano de la residencia.
—Pero a ese cabrón farsante no lo asesinaron —recordó Gris invitándome a seguir.
—No, cuando su lugarteniente acudió a la residencia, Lupe le estaba esperando. Fue allí cuando, asumiendo todos los riesgos, le contó quién era y le convenció para formar parte de un complejo plan por el cual él se haría con el control de todo el Cartel que controlaba su jefe.
—¿De qué modo?
—Le pidió que dejase al anciano con vida.
A cambio le aseguró que ella tenía un sicario que se encargaría de los científicos a los que también debía silenciar y le convenció para que le dijera al patrón que había sido él quien lo había contratado.
Una vez hubieran muerto los científicos, si él conseguía que el patrón acudiera a España, ella se las arreglaría para acabar con la vida de su jefe y él, como lugarteniente libre de toda sospecha, se alzaría al poder.
—¿Y el lugarteniente la creyó y accedió? —interrogó Gris con una pizca de incredulidad.
—Él sabía por la historia que le contó Lupe, que la muchacha tenía motivos más que de sobra para querer matar a su jefe. Si ella fracasaba, nadie sospecharía de él. Si por el contrario lo lograba, se convertiría en el nuevo patrón. No tenía nada que perder.
—¿Y tú tuviste algún tipo de contacto con él?
—No, solo hablamos un par de veces por teléfono. Cuando el patrón se puso nervioso por mis escabechinas, él me pidió que desapareciera, aunque supongo que entre sus planes a corto plazo figuraba acabar conmigo también.
—Pero cuando hablaste con ese delincuente, ¿no se dio cuenta de que tu acento mexicano no era real?
—Con él no me hizo falta simular la voz como hice cuando llamé a las mujeres de esos científicos.
No me conocía y solo sabía de mí lo que le había contado Lupe; que era un asesino sin escrúpulos al que no le temblaba la mano a la hora de ejecutar a sus víctimas.
Entre los dos organizamos la trampa con la que logramos que el patrón viniera a España.
—¿Entonces fue él quien convenció a su jefe?
—Le habló de una supuesta reunión con un mafioso ruso.
Un auténtico hijo de puta, que es real, y que se encarga de la trata de blancas por toda Europa del Este.
El viejo vio un filón en él para su negocio y acabó por caer en la trampa que le condujo hasta la misma casa donde yo había cometido los asesinatos.
—Lo que no entiendo es que si el lugarteniente sabía que era una trampa, no escapase a tiempo.
—Le dijimos que aquella noche daríamos un chivatazo a la policía de la presencia del patrón en esa casa, pero que poco antes le avisaríamos a él para que con cualquier pretexto se fuera de allí.
De ese modo, al escapar casi de milagro, quedaría fuera de sospechas delante de su gente.
Sin embargo, por desgracia para él, ese aviso le llegó demasiado tarde, en concreto cuando los GEO ya estaban situados.
—Le tendisteis una trampa a él también —comprendió Gris.
—No era más que otro cerdo que traficaba con vidas humanas. Uno de los responsables de que cientos de mujeres fuesen secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas —traté de justificar mi posición—. Todos los que han fallecido en esa casa, merecían morir.
—¿Qué hubiera pasado si yo no os hubiera descubierto?
—Nada. No podemos, ni queremos, borrar las atrocidades que hemos hecho, pero yo habría seguido con mi vida y Lupe comenzaría con una nueva desde el lejano rincón en el que se ha escondido.
—¿Y qué va a pasar ahora? —verbalizó Gris por fin la pregunta que yo desde el principio estaba esperando y que ella había rumiado en silencio.