CAPÍTULO 43
—¿Pero qué estás diciendo? —cuestionó Gris con la cara desencajada por culpa de mi confesión.
—Como siempre te digo, si descubres el motivo, darás con el culpable.
Aunque el pederasta tuvo otra víctima inocente más en su conciencia, no me podía arriesgar a que se relacionara la desaparición de ese monstruo con mi hijo.
Cualquier compañero que investigara la desaparición de ese cabrón no habría tardado en relacionar un hecho con el otro y habrían acabado por dar conmigo.
—¿Qué fue lo que hiciste? —preguntó Gris con un hilo de voz.
—Le propuse a Lupe un pacto de sangre. Yo le ayudaría a cumplir su venganza y ella me ayudaría a mí con la mía.
—Por Dios… —murmuró mi compañera cada vez más asustada.
—Le expliqué a qué bar acudía noche tras noche ese desgraciado desde que salió de la cárcel.
Un día elegido por mí, se le acercó, tonteó con él y le echó droga en la bebida.
Cuando ella le invitó a subir a su coche, él apenas si se mantenía ya en pié.
Cuando se despertó, estaba maniatado y amordazado dentro de una de las celdas del caserón de Illescas.
Aunque le costó, Lupe consiguió arrastrarlo desde el coche hasta el interior de la casa mientras seguía inconsciente, a la espera de que yo acudiera unos días más tarde.
—¿Pero nadie sospechó de ti cuando desapareció y se puso la denuncia?
—Lo hicieron. De hecho los compañeros que investigaron la desaparición fue de las primeras gestiones que se apresuraron en hacer: investigar a los familiares de sus dos víctimas.
—¿Y qué pasó?
—Acudieron a mi casa, me realizaron unas cuantas preguntas y cuando les convencí de que no tenía nada que ver con aquello, se fueron.
—¿Cómo lograste engañarles?
—¿Recuerdas la semana que estuvimos en Cantabria detrás de ese tío que había matado a su abuela? Fue ahí cuando le dije a Lupe que actuara. Los padres de ese cabrón denunciaron su desaparición cuando yo aún estaba contigo en Santander.
—Fui tu coartada perfecta para disipar cualquier duda sobre ti —comprendió con pesar.
—Así es. Siento haber tenido que utilizarte. En cualquier caso todo eso ya da igual. Pensé que había limpiado bien la celda y no había dejado ningún resto, pero cuando por culpa de esa gota de sangre reseca descubran la identidad del pederasta, no creo que nadie crea en las casualidades.
—No… no sé muy bien qué decir —confesó Griselda tras permanecer un rato en silencio, mostrando así el vacío que le había dejado mi relato—. Es como si ahora mismo estuviera delante de otra persona.
—Y lo estás, compañera. Cuando murió mi hijo ya no volví a ser la misma persona.
Guardé bien dentro al monstruo que tenía en mi interior hasta que, tras quince largos años, al ver libre a ese maldito asesino, decidí que había llegado el momento de cumplir mi venganza.
Hace años que he perdido cualquier rastro de humanidad y tú eres la primera persona, aparte de Lupe, ante la que descubro mi verdadera naturaleza.
—¿Cómo ayudaste tú a Lupe a que cumpliera su venganza? —se atrevió finalmente Griselda a lanzar la pregunta que le estaba quemando por dentro.
—Ya lo sabes, o al menos te lo imaginas —contesté yo enfrentando nuestras miradas—. Es mejor que no preguntes por los detalles.
—No puedo, no quiero creerlo. Dime que es mentira.
—Lo siento, pero no lo es.
—Entonces cuéntamelo —pidió a media voz con los ojos anegados por las lágrimas—. Me lo debes.
—Ese caserón de Illescas perteneció a mis abuelos, aunque si alguien bucea en el registro de la propiedad, en la actualidad figura como propietaria una tía política mía que pasa sus últimos días en una residencia de Ciudad Real.
El sótano tenía varias habitaciones que en su día albergaba a los jornaleros que contrataban mis abuelos en la época de la recogida de la aceituna.
—Y tú acabaste por convertirlas en celdas.
—Al principio solo me hizo falta una. Pero poco después acondicioné el resto, a la espera de la llegada de los científicos.
—Por favor Leo, no sigas… —suplicó Gris con la voz entrecortada, intuyendo lo que esa confesión implicaba.
—Fue en esas celdas donde torturé durante semanas al pederasta que asesinó a mi hijo, hasta el día en que no lo soportó más y murió. Y fue en esas celdas donde yo cumplí con mi parte del trato y torturé y asesiné a esos malditos tres hijos de puta.
—No te creo, no te puedo creer —negó en un amargo sollozo.
—Vi ese video Gris. Lupe me lo enseñó. Si les hubieras visto…
Si tú también hubieras presenciado cómo esos tres demonios violaban salvajemente y asesinaban a esa pobre chica solo por un momento de lujuria…
Por un momento sentí por lo que había pasado mi hijo justo antes de morir y a partir de ahí ya no dudé en darles su merecido.
—No Leo, por favor, no…
—Lo siento compañera, pero por fin puedo decirte la verdad. Yo soy quien torturó y acabó con la vida de esos hombres. Yo soy la persona que estáis buscando. Yo soy el asesino.