Dentro de la locura CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

—Decía mi abuela que no hay peor ciego que el que no quiere ver y creo que eso es exactamente lo que me ha pasado —comenzó Gris desde su asiento—. Solo te pido que dejes la hipocresía a un lado y no intentes negar nada. Lo sé todo.

—¿Qué es lo que sabes? —me interesé con curiosidad.

—Como te acabo de decir, había estado ciega con muchos detalles a lo largo de esta puta investigación que no pude, o no quise ver, hasta que el gesto más insignificante fue el que me hizo comprender mi error.

—¿A qué te refieres?

—Tu pistola. Fue tu pistola la que te ha delatado.

—No sé si te sigo.

—Siempre llevas la pistola con seguro y sin montar, lo hablamos hace poco. Sin embargo, cuando por arte de magia descubriste esa argolla y bajaste las escaleras, llevabas la pistola lista para disparar.

—Bueno, creo que es lo más lógico si sabes que hay riesgo de participar en un tiroteo —traté de defenderme.

—No tenía por qué haber ningún tiroteo después de que los GEO entraran.

Pero además tú ya llevabas la pistola montada y el seguro quitado mucho antes de descubrir esa trampilla y ninguno de nuestro equipo sabía que íbamos a encontrarnos a alguien armado dentro de esa casa cuando entramos esa segunda vez… excepto tú.

—Llevas casi dos días sin dormir y estás imaginando cosas que no son —alegué—. Deberías ir a descansar un poco, Gris. Lo único que hice fue defenderme.

—Llevo un buen rato atando cabos y he llegado a la conclusión de que no solo sabías que ese mafioso iba a estar allí, sino que también sabías dónde estaban las celdas.

Puede que incluso no fuera la primera vez que bajabas hasta ellas, o que incluso tú mismo colocaras esas bolsas para poder despistar el olfato de los perros.

—Mira Gris, creo que…

—No intentes negarlo, estoy segura de que cuando registré por primera vez esa puta despensa la argolla no estaba allí, o al menos no estaba a la vista.

Por eso me extrañó que tú la detectaras sin esfuerzo.

Decidí callarme mis sospechas porque hubiera parecido que solo quería excusar mi error, hasta que, como te he dicho, al recordar el detalle de la pistola comprendí que ocultabas algo.

—Para a pensar por un momento lo que estás diciendo. No tiene ningún sentido.

—Pero no es solo eso, también recordé cuando le diste la tarjeta a Lupe en el piso protegido.

Ella aseguró que la asociación le pillaba muy lejos de su casa pero, por privacidad y protección a las víctimas, en esa tarjeta no aparece la dirección del centro, solo un número de teléfono y un correo electrónico. Tú mismo me lo dijiste.

—Puede que yo le comentara antes dónde estaba.

—No, no lo hiciste, lo recuerdo bien. Esta noche, después de declarar y mientras mi cabeza no paraba de darle vueltas al asunto, no me he dirigido a mi casa, sino a la asociación.

Allí, el coordinador me ha descubierto que llevas meses sin aparecer, ni participar, en las reuniones.

También me ha insinuado que tu repentina desaparición podría tener que ver con una mexicana guapísima con la que entablaste una estrecha amistad en el último grupo de gestión del duelo que dirigiste.

—No estamos liados, si es eso lo que quieres saber.

—Me da igual lo que hagas con ella, solo te pido que no mientas más. A mí no, Leo, me lo debes —aseguró con la voz entrecortada—. Nos has estado engañando a todos, pero quiero que al menos ahora me cuentes la verdad.

—De acuerdo —suspiré resignado tras unos segundos en los que valoré mi siguiente movimiento—, al fin y al cabo cuando descubran la identidad de la persona que estuvo encerrada en esas celdas antes que los científicos se acabará por descubrir todo y ya no habrá vuelta atrás. ¿Qué es lo que quieres saber?

Ella pareció sorprenderse ante mi concesión.

Supongo que esperaba un carrusel de mentiras o un burdo intento de negar la verdad, pero yo sabía de lo que era capaz mi compañera y desde el comienzo barajé la posibilidad de que ella acabara descubriendo el engaño.

El momento que tanto había temido, al fin había llegado y ella tenía razón.

Era mi compañera, se había jugado la vida por mí y no le podía fallar. Había llegado la hora de confesar.

—Quiero saberlo todo —contestó con los ojos difuminados por unas lágrimas que arrastraban pena, junto a unas palabras que desprendían rabia—. En primer lugar dime qué papel juega ese periodista mexicano en todo este asunto.

—Nada, su aparición fue una eventualidad que no dudé en aprovechar.

—El error de novato que cometiste al no consultar los datos de su vuelo, ni los de su hotel, no fue un descuido —comprendió mi compañera—. Ese pobre diablo te sirvió en bandeja que nuestras sospechas acerca del sicario mexicano se desviaran hacia él.

—Lupe os contó lo del acento mexicano de su supuesto captor. Queríamos que pensarais que uno de esos sicarios que habían mandado para asesinar a la enfermera y a su pareja, seguía actuando por su cuenta.

—¿Cómo conseguiste que desapareciera el periodista mexicano? —quiso saber Gris con un hilo de preocupación.

—Tranquila, no le ha pasado nada, al menos que yo sepa.

Me bastó con averiguar su hotel y dejarle esa misma noche una nota pegada a la puerta de su habitación donde le amenazaba con que si no regresaba de inmediato a su país y se olvidaba de todo este asunto, su vida corría peligro.

Para animarle a tomar la decisión correcta, junto a la nota dejé una bala en el suelo.

Llamé y antes de que abriera, desaparecí por el pasillo sin que me viera.

—¿Y ese teatrillo fue capaz de asustarlo? —receló Gris.

—Teniendo en cuenta la veracidad de las amenazas en su tierra, creo que ese detalle fue más que suficiente como para convencerle de que se olvidara de todo.

—Pero tú mismo dijiste que no había registros de ningún vuelo en el que hubiera regresado a México —recordó.

—Si te acuerdas, la consulta informática la realicé yo delante de todos, pero con la pantalla girada hacia mí. Regresó a su país al día siguiente. Podía haberos dicho lo que quisiera. No lo comprobasteis porque no teníais motivos para dudar de mí.

—Te has reído de nosotros todo este tiempo —comentó mi compañera con resquemor.

—Solo me he escondido detrás del disfraz de un hombre al que conocíais muy bien, pero al que el odio le acabó consumiendo.

Ella me contempló perpleja ante mi último comentario, sin saber muy bien lo que implicaba.

—¿Hay algo más que quieras saber? —cuestioné para desviar sus pensamientos.

—Quiero que me expliques cómo conociste a Lupe y cómo te convenció para que te metieras en esta mierda con ella.

—Como te ha contado el coordinador esta noche, la conocí en la asociación meses atrás.

A simple vista se veía que estaba rota de dolor por dentro, como el resto de las personas que acudimos allí por primera vez, pero ella tenía en su interior algo más.

Algo que se negaba a sacar o compartir con los demás.

Acudía, escuchaba a los compañeros y se marchaba a casa sin apenas pronunciar una palabra a pesar de mis intentos porque se abriera a nosotros.

Un día, me quedé a solas con ella al finalizar una de las reuniones y le pedí que me contara qué era lo que escondía, porque veía que, fuera lo que fuese, la estaba destruyendo.

—¿Y qué te dijo?

—Me confesó que aparte de dolor por la pérdida de un ser querido, lo que tenía era un profundo odio que la estaba carcomiendo por dentro.

Como comprendí que no sería capaz de que compartiese conmigo aquello que tanto le atormentaba, decidí utilizar una vieja técnica; la de hablar primero de uno mismo.

—¿Qué fue lo que le contaste? —quiso saber Gris con curiosidad.

—Que yo también había perdido a un hijo y que en esa asociación había aprendido a gestionar el dolor que me producía su ausencia, pero que nadie había sido capaz de enseñarme a gestionar el odio que a mí también, en secreto, me volvía a corroer por dentro.

—¿De qué estás hablando, Leo?

Me tomé un momento antes de contestar. Sabía que aquello que tanto me atormentaba estaba a punto de ser desvelado y necesitaba recopilar toda la serenidad que me fuera posible para poder explicar lo que le iba a confesar a mi compañera.

—Mi hijo no murió tal y como os he contado a todos. No se cayó desde la ventana de mi piso en un descuido. A mi hijo lo asesinó un maldito pederasta después de raptarlo en el parque de mi barrio y violarlo en su casa.

—¿Qué dices? —se escandalizó Gris llevándose las manos a la boca.

—Ocurrió hace algo más de quince años en Valencia, que es donde vivía.

Después de eso, tras pasar una larga baja psicológica y reincorporarme al servicio, pedí cambio de destino a Madrid y me mudé con mi mujer en un intento por iniciar una nueva vida.

Por suerte mi pasado no llegó a oídos de ninguno de mis nuevos compañeros, ni siquiera tú lo sabías.

—Leo… —murmuró mi compañera al tiempo que bajaba su pistola.

—Nos fuimos de aquella ciudad, pero los recuerdos nos acompañaron.

—¿Qué pasó con el pederasta?

—A ese cerdo, después de raptar y violar a otro niño al que dejó con vida, lo acabaron atrapando y le condenaron a veinte años de prisión.

Con la buena conducta y los beneficios aplicados, salió en libertad de la cárcel de Soto del Real tras pasar dentro apenas quince, hace unos meses.

A pesar de que la asociación me enseñó a gestionar el dolor, el odio nunca me abandonó.

Cuando me enteré de que ese cabrón iba a salir libre, fue cuando sentí que no me podría controlar.

—Me estás asustando, Leo —confesó Gris, incómoda en el asiento.

—Justo fue en aquella época cuando conocí a Lupe.

Buscando que se abriera, le conté mi historia y cómo deseaba con todas mis fuerzas asesinar al culpable de mi dolor.

Al acabar mi relato y contemplar su mirada, cargada del mismo odio que a mí me invadía, comprendí que por algún motivo ella estaba en el mismo punto que yo.

—Y ella te acabó contando lo que le pasó a su hermana en México —adivinó Gris.

—Así es. Me confesó que había venido hasta España para asesinar a los tres monstruos que habían violado y matado a su hermana y que no pararía hasta hacerle lo mismo al resto de responsables.

Fue entonces cuando yo le descubrí que era policía de un grupo de homicidios y le planteé la posibilidad de poder ayudarnos.

No fue ella la que me convenció a mí, Gris. Fui yo quien organizó nuestra venganza.