CAPÍTULO 41
Tal y como suponíamos, los hombres que abatieron los GEO eran profesionale s —comenzó Corcobado desde su atril de la sala de reuniones del grupo, con la tensión marcada en su tono y sus gestos—.
No llevaban ningún tipo de documento encima y no habían estado detenidos en el espacio Schengen con anterioridad, pero la necrorreseña que les practicamos y que enviamos a INTERPOL ha dado sus frutos.
—Sorpréndenos —pidió Mirta.
—Todos pertenecían al Cartel de Juárez, principal rival del cartel de Sinaloa, y a todos les constaba una orden internacional de detención.
Estaban buscados tanto en México como en Estados Unidos, por lo que suponemos que viajaron a nuestro país con pasaportes falsos.
El primer hombre abatido, el que salió en uno de los vehículos, es el lugarteniente del patrón del cártel.
Se trata de Francisco Losada Quintero, alias “Pancho”.
Se le acusa de estar involucrado en diversas matanzas y se cree que se le pueden atribuir más de una veintena de ejecuciones.
—Dios Santo… —murmuró Mirta desde su silla.
—Los tres sicarios que encontramos en la finca pertenecían también al mencionado Cártel y de la misma forma se les acusa de ser los autores materiales de diversos asesinatos a un lado y otro de la frontera norteamericana.
—¿Qué hay del viejo de la celda? —se interesó Morales.
—Ese es el premio gordo. Ernesto Fonseca Carrillo, alias “El zorro de Ojinaga”.
Según la información que hemos recibido de la DEA era el actual líder del cartel.
Estaba buscado en Estados Unidos por, entre otras muchas cosas, haber encargado el asesinato de dos agentes de la DEA.
Los americanos llevaban mucho tiempo con ganas de echarle el guante.
Si se ha arriesgado a salir del agujero en el que estaba, habrá sido por algo importante.
—¿Qué relación tenían esos hombres con los asesinatos que estamos investigando? —pregunté—. ¿Son los que organizaban aquellas fiestas en el club mexicano de las máscaras?
—Es lo que nos toca ahora investigar, aunque todo indica que podría ser ese el nexo de unión entre la investigación que llevaba a cabo el periodista y su asesinato.
Pero hay algo más —añadió Corcobado cambiando de tono y de rumbo—.
Por lo visto los tres científicos no fueron los primeros desgraciados en ser torturados en el interior de aquellas celdas.
—¿Cómo dice jefe? —se revolvió Mirta inquieta en la silla al formular la pregunta.
—Esas celdas debieron de ser utilizadas con anterioridad por nuestro asesino para aplicar su particular justicia.
Acaba de llegar el informe del equipo de científica que peinó el caserón y en una de las celdas han encontrado, en minúsculos restos resecos de sangre, ADN de un pederasta que había salido unos pocos meses antes de la cárcel donde estaba.
—¿Un pederasta? —preguntó Morales— ¿Y qué tiene que ver él en todo esto?
—Lo ignoro, pero he hecho averiguaciones y sus padres denunciaron su desaparición al poco de salir excarcelado.
Mucho me temo que habrá corrido la misma, o peor suerte que los científicos.
Habrá que investigar el asunto, pero de momento centremos nuestros esfuerzos en lo más prioritario e inmediato.
—De acuerdo, ¿cuál es nuestro siguiente paso? —ofrecí.
Corcobado entonces se permitió el único gesto de duda en toda la velada, bajando de forma inconsciente la mirada antes de emitir un leve carraspeo.
—Antes de eso hay un tema más urgente que tengo que tratar con vosotros.
¿Alguien sabe dónde se encuentra Griselda?
—interrogó Corcobado alzando la vista para clavar sus ojos en cada uno de nosotros—.
Ayer, después de más de día y medio sin dormir, os pedí que os fuerais a descansar a casa, para citaros hoy aquí a las ocho y continuar con todo el trabajo pendiente.
Son las diez y media, pero aunque la he llamado varias veces, su teléfono continúa apagado.
—Quizás continúe dormida. Como pronto, tras todo el papeleo y prestar declaración, se iría a casa a las siete de la tarde. Eso son casi cuarenta horas sin dormir —la excusé.
—Tiene niños pequeños y uno de ellos necesita especial atención —recordó Corcobado—. Dudo mucho que siga dormida.
—Bueno, quizá… —titubeó Mirta.
—Suéltalo de una vez, sea lo que sea —urgió impaciente nuestro jefe.
—En el primer registro fue ella quien se encargó de revisar esa parte de la despensa, ella misma me lo dijo.
Todos la conocemos y es posible que al ser una persona que se exige tanto, no se perdone el error de no haber descubierto la argolla de la trampilla que daba acceso al sótano de los horrores.
Corcobado entonces pareció rumiar algo. Permaneció callado un buen rato, perdido en sus pensamientos, hasta que decidió dar una orden que nos sorprendió a todos.
—Morales, Mirta, poneos a investigar la relación del Cartel de Juárez con todo el galimatías que tenemos aquí, a ver si descubrimos qué hacían esos desgraciados en España. Leo, tú quédate un momento, quiero comentarte una cosa.
Mis compañeros antes de salir me escrutaron con la mirada en busca de una explicación que justificara la necesidad de ese aparte, pero que yo no supe darles. Me encontraba tan perdido como ellos e ignoraba qué era lo que me iba a decir Corcobado.
—Sé que Griselda y tú lleváis de compañeros más de diez años y por tanto, la relación profesional ha pasado a ser amistad —inició nada más nos quedamos a solas—.
Pero tengo que pedirte que por un momento aparques todo lo que te une a Gris y seas sincero al contestar a una pregunta que te voy a hacer.
—Adelante.
—¿Crees que puede estar involucrada de algún modo con todo este asunto?
—¿A qué se refiere?
—Verás, hay algo que no he querido compartir con el resto y es que antes de la reunión he llamado a su marido y su teléfono también me da apagado o fuera de cobertura.
Viven en mi barrio y sé el colegio al que llevan a sus hijos, he llamado al director que es amigo mío y cuando le he preguntado, me ha contestado que sus hijos no han acudido hoy a clase.
—Quizá se ha puesto malo el pequeño y han tenido que ir a urgencias —propuse.
—¿Y no han conectado sus teléfonos? Además, me extraña mucho que de ser así, Griselda no me hubiera mandado un mensaje para decir que no podía venir a trabajar. Jamás falta al curro, tú lo sabes.
—¿Dónde quiere ir a parar, jefe?
—Bueno, por lo que me habéis contado, los responsables que pueden estar detrás de todo esto son gente muy poderosa y con mucho dinero.
Te recuerdo que Griselda tiene un hijo con una enfermedad rara, que solo se podría tratar con un carísimo tratamiento en Estados Unidos.
Es madre y cualquier madre que se precie de serlo, haría cualquier cosa por sus hijos.
—No siga por ahí, se está equivocando —le advertí.
—Piénsalo un momento. Sabes que de broma le pusimos el apodo de sabueso porque en los registros no se le escapa ningún detalle.
Casi siempre es ella la que localiza el dinero, las drogas, el arma o cualquier otra pista oculta.
Parece cuando menos extraño que, justo en el registro más importante, se le pase por alto una argolla clavada en el suelo.
—Yo también estuve a su lado y esa despensa estaba llena de trastos y de mierda. Fue un golpe de suerte que yo la viera en una segunda vuelta.
—Al patrón le hemos encontrado un teléfono de prepago que llevaba en su chaqueta.
No había ninguna llamada, pero sí que había una serie de mensajes en los que un anónimo le pasaba información del caso, como por ejemplo cuando descubrimos la relación de las heridas en el pecho con la ciudad de Juárez —desveló Corcobado—.
Esa información se la podríamos haber pasado cualquiera de nosotros, pero ella es la única que ha desaparecido, sin dejar rastro, con toda su familia.
—Se lo vuelvo a repetir, comete un error al culpar a mi compañera de ser una corrupta.
—Lo siento, sé el aprecio que le tienes y por eso mismo creo que no eres capaz de ser objetivo en este tema.
Hay indicios suficientes como para sospechar de su implicación y he decidido ponerle una busca.
Yo mismo tramitaré la orden de detención internacional, solo quería que fueras el primero en saberlo y lo supieras de mi boca.
Estuve a punto de replicar a mi jefe y decirle que se equivocaba. Que era cierto que a Gris le tenía un aprecio como el que pocas veces había sentido hacia cualquier otra persona, pero a pesar de eso, yo podía asegurar que Corcobado no estaba en lo cierto al sospechar de mi compañera.
La noche anterior, tras la paliza que llevaba en el cuerpo, por culpa de la adrenalina producida por lo ocurrido en el caserón y el cansancio del inevitable papeleo posterior, declaración incluida, me había dormido nada más llegar a casa, a eso de las ocho de la tarde.
Tenía la esperanza de no despertar hasta la mañana del día siguiente, cuando el despertador me devolviera al mundo de los vivos.
Sin embargo, algo me sacó de mi sueño a mitad de camino.
De repente me pareció sentir otra presencia dentro de mi casa que, aún somnoliento, en principio no supe reconocer.
Puede que solo hubiera sido un ruido en la calle o el molesto sonido doméstico de algún vecino lo que espoleó mi imaginación, pero mi intuición me alertaba de que alguien más estaba en mi domicilio.
Estuve unos segundos aguantando la respiración, alerta a cualquier otro ruido que surgiera de la oscuridad y recordando que había dejado la pistola en la pequeña caja fuerte del armario que tenía a mi lado, pero nada pasó.
Miré el reloj del móvil y marcaba las tres.
Contrariado, me intenté convencer de la estupidez de mi presentimiento y con la esperanza de poder retomar el sueño con rapidez, me di media vuelta sobre la cama. Fue entonces cuando la vi.
Frente a mí, estaba sentada mi compañera en el butacón de mi dormitorio.
Permanecía en silencio, mirándome fijamente y sin mover un solo músculo de su cuerpo.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba allí observándome, aunque sí sabía cómo había entrado, ya que años atrás yo mismo le di un juego de llaves de mi casa.
Por desgracia también conocía el motivo de que hubiese permanecido allí callada sin delatar su presencia; solo ganaba tiempo mientras decidía mi suerte.
—Buenas noches, Gris —me incorporé sobre la cama—. Eso no es necesario —aclaré mientras señalaba con la mirada la pistola con la que me apuntaba.
—Hola Leo —contestó sin bajar el arma—. Me temo que sí va a ser necesario. Ha llegado la hora, tenemos poco tiempo y mucho de lo que hablar .