CAPÍTULO 40 #2
—En el caso de que así sea, ya veremos cómo se lo explicamos a su señoría. Asumo toda la responsabilidad —contestó Corcobado con determinación.
Una hora después, los diez agentes pertenecientes al grupo de homicidios nos quedamos a solas a las puertas del caserón.
Eran ya casi las cinco de la mañana y los menos implicados con el caso, los que pertenecían al otro equipo de trabajo, mostraron su descontento con algún comentario y gesto que ejecutaron con la suficiente prudencia como para que no fuera detectado por el radar de Corcobado.
Pasada hora y media en la que volvimos a recorrer una por una todas las estancias; habitaciones, baños, cocina y salas de la casa, los ánimos comenzaron a decaer conforme los resultados del registro se asemejaban a los conseguidos con anterioridad: nada de nada.
Solo nos quedaba por volver a revisar una habitación junto a la cocina, que hacía las veces de despensa.
En su interior, un cúmulo de bolsas de basura repletas de desperdicios, dotaban al ambiente de una atmósfera que se antojaba por momentos casi irrespirable y que con anterioridad alteró por completo el sensible olfato de los perros.
Por suerte en esta ocasión, y al haberlo hecho ya en el primer registro, nos podríamos ahorrar la tortura de ir abriendo una por una todas esas bolsas para descubrir los más nauseabundos aromas y restos de comida putrefactos.
Dentro de la asfixiante despensa, una de las paredes estaba ocupada por una estantería metálica repleta de viejos utensilios de cocina y latas de conserva.
Al fondo, se amontonaban diversas cajas de cartón, apiladas a varias alturas, que en su mayoría contenían botellas de vidrio vacías.
El resto de la estancia estaba cubierto por aquel hediento manto de bolsas de plástico y detritus en descomposición.
Debido a la estrechez de la habitación, apenas si cabían dos personas a la vez, por lo que mientras Gris y yo nos ofrecimos a volver a inspeccionar la estancia al haber sido los encargados de la despensa en el primer registro, el resto del equipo decidió batirse en retirada hacia la salida, con el convencimiento de que en aquel fétido cuarto no encontraríamos nada.
Tapándonos la boca y fosas nasales con pañuelos para soportar el hedor, fuimos apartando e inspeccionando las bolsas y cajas una por una sin ningún tipo de resultado.
De repente, cuando estábamos al borde del precipicio que siempre supone el fracaso de un operativo, algo pareció llamar mi atención.
Al mover la última de las cajas, la que estaba en uno de los rincones, descubrí una pequeña argolla clavada al suelo de madera.
Podría no ser nada, o lo podría significar todo.
Con un gesto, le dije a mi compañera que se acercara. Al llegar hasta donde yo me encontraba, ella me interrogó con la mirada, pero yo le pedí que se mantuviera en silencio, llevándome un dedo a los labios.
Ladeó la cabeza para interrogarme si era conveniente que ella saliera afuera en busca del apoyo del resto de compañeros, pero yo negué con un gesto.
Antes de alertar al resto del equipo, quería comprobar si aquello era una simple trampilla que no conducía a otra cosa que no fuera un hueco destinado a guardar más porquería.
Tiré de la argolla y tras algo de resistencia, la madera emitió un hondo quejido antes de que un panel de un metro cuadrado se levantara del suelo unos centímetros.
Volví a dejar caer la trampilla y desenfundé mi arma. Le pedí a Gris que levantase la tapa y con decisión apunté hacia aquel agujero que solo devolvía una oscuridad inquietante.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la escasez de luz, adiviné unas estrechas escaleras que bajaban hacia un negro habitáculo, cuyo interior no se lograba divisar desde arriba.
Con la mano que tenía libre, saqué mi linterna y apunté con el haz de luz hacia el fondo, sabiendo que aquello me permitiría ver a qué me enfrentaba, a la vez que delataba mi posición en el caso de que alguien me estuviera esperando.
Tras bajar una docena de escalones y con el aliento de mi compañera a la espalda, encaré un largo y estrecho pasillo de unos cincuenta metros de largo.
El final de aquel corredor moría en una pared, pero a uno de sus lados, había media docena de puertas metálicas que se iban sucediendo cada pocos metros.
En la pared opuesta, ante el influjo del foco de mi linterna, apareció el tétrico dibujo del escudo de Ciudad de Juárez con el que el asesino marcaba el pecho de sus víctimas.
—Aquí fue donde tuvieron encerrados a los científicos antes de matarlos —adivinó Griselda en un susurro a mi espalda.
Tras una prolongada inhalación en la que traté de coger un aire que en esos momentos sentía que me faltaba, comencé a abrir una por una las puertas de esas celdas.
En las tres primeras, había indicios de que alguien había permanecido allí encerrado recientemente.
Un colchón mugriento, una palangana y los restos de heces, atestiguaban el horror que envolvía cada uno de aquellos lúgubres cuartos.
Las dos siguientes celdas estaban vacías y no parecía que nadie hubiese estado retenido en ellas.
Sin embargo, cuando abrí con decisión la puerta de la última habitación y me asomé por un instante a su interior, un estruendo me hizo retroceder.
Alguien me había disparado y casi de manera instintiva, repelí el ataque de la misma manera.
Sin asomar por el marco de la puerta nada más que la mano con la que empuñaba mi pistola, vacié el cargador, variando levemente la dirección de mi cañón para que no quedase ni un rincón del estrecho espacio por cubrir.
Tras unos segundos, me asomé de manera fugaz y comprobé que al fondo de la celda había un hombre tendido.
—¡Tire el arma hacia la puerta! —ordené desde fuera, amparado tras la seguridad que me proporcionaba la pared del pasillo.
Griselda, que se había colocado justo detrás de mí, me susurró algo, pero la adrenalina me impidió descifrar lo que era.
Repetí la orden, pero aquel hombre no contestó. Decidí arriesgarme para volver a echar un rápido vistazo dentro de la celda y fue entonces cuando vi que la pistola con la que mi atacante me había disparado estaba fuera de su alcance, quien parecía bastante malherido.
Decidí entrar y me acerqué a él sin dejar de apuntarlo. Estaba sentado en el suelo, con las manos tratando de tapar la herida de bala que tenía en su barriga. Entre sus dedos se deslizaba de forma paulatina e inmisericorde una sangre oscura que certificaba su sentencia de muerte.
Al fijarme mejor en él, descubrí que no era el periodista ni nadie a quien hubiera visto antes. Era un anciano que con ojos desafiantes enfrentaba su mirada a la mía.
—¿Quién es usted? ¿Y qué hace aquí? —pregunté interponiendo mi pistola entre los dos.
—Muéranse, mal paridos. No saben con quién se están metiendo y para cuando lo sepan, será demasiado tarde —fue lo único que acertó a decir antes de exhalar un último estertor previo a la muerte .