CAPÍTULO 40
Gracias a la distancia y a una pequeña colina que se interponía entre los dos escenarios, el operador del dron certificó que los dos hombres que estaban apostados junto a la puerta de la casa no habían escuchado nada.
Al menos eso se deducía por la ausencia de reacción que habían tenido.
Seguían juntos, charlando y uno de ellos se había vuelto a encender otro cigarrillo.
Los GEO tardaron unos quince minutos en su cauteloso avance campo a través hacia la casa, pero una vez tomaron posiciones, los acontecimientos se desarrollaron a una velocidad de vértigo.
—Tienen autorización para neutralizar la amenaza —sentenció Alonso sin pestañear.
Por la cámara aérea se vio cómo los dos vigías caían al suelo, neutralizados a buen seguro por disparos similares al que había recibido minutos antes su colega.
Después, se vio cómo los integrantes de los dos equipos saltaban la valla de la finca desde distintos puntos para parapetarse detrás de los vehículos que se encontraban aparcados.
Tras unos segundos para reconocer el terreno, dos de ellos se acercaron con sigilo a la entrada de la casa y colocaron una pequeña cantidad de explosivo plástico en forma de hilera que recorría todo el marco de la puerta.
Después de colocar el minúsculo artefacto que provocaría la detonación, recuperaron su posición tras una breve carrera.
La esperada explosión que derribó la puerta no se hizo esperar. Cuando apenas se había disipado el humo de la entrada, el primer equipo de asalto penetró en el interior de la casa, pero el recibimiento fue tan dramático como sorprendente.
De manera sorpresiva, se escuchó una potente ráfaga de proyectiles que los policías devolvieron disparando hacia el interior de la estancia.
Fueron tan solo unos pocos segundos en los que por las cámaras individuales de los agentes solo se observaba movimientos frenéticos y fogonazos de las armas al ser disparadas entre la densa nube de humo que había provocado un bote fumígeno que alguien había arrojado desde el interior.
De repente se comenzaron a oír por los equipos de los agentes unos alaridos de dolor, que solo contribuyeron a añadir más confusión a la escena.
El jefe de los GEO, al contemplar impotente el caos en el que estaban sumergidos sus hombres, golpeó furioso la mesa que tenía delante.
Aquel destello por el que se le escapó la frialdad hasta entonces exhibida, fue sin duda un reflejo del deseo del mando por estar en el campo de batalla junto con sus hombres, en lugar de la cómoda seguridad que proporcionaba el interior del puesto de mando.
Tras unos segundos eternos, fue uno de sus hombres, el subinspector, quien con la voz algo entrecortada, dio el parte urgente de novedades.
—Aquí Algodón 1. Hemos abatido a otro objetivo que se encontraba en el interior de la vivienda, quien ha disparado contra nosotros.
Uno de los componentes de Algodón 2 ha resultado herido por el alcance de proyectiles en una pierna y en un brazo.
Por el momento se encuentra consciente. Solicito presencia de indicativo médico en nuestra posición. Es urgente.
—Recibido —contestó Alonso recuperando el control de sus emociones—. Comisionamos servicios médicos para que se personen en el lugar. Que dos componentes de Algodón 2, evacúen al agente herido. El resto que asegure toda la casa en busca de otras posibles amenazas.
La UVI móvil, escoltada por una furgoneta de los GEO, apenas tardó un par de minutos en llegar desde nuestra posición hasta la finca. Allí, dos de sus compañeros habían sacado al GEO herido hasta la entrada del terreno, esperando a los servicios médicos.
Diez minutos después, y tras escuchar cómo los agentes finalizaban el registro de cada habitación con el conocido “despejado”, el subinspector informó que no había nadie más en el interior de la vivienda.
—Nos toca, todos a los coches —ordenó Corcobado con nerviosismo al tiempo que salía el primero del puesto de mando avanzado—. Que alguien avise a la comisión judicial de que ya se puede acercar al lugar.
Los dos perros de las unidades caninas trasladados al lugar, especializados en la detección de personas y restos humanos, tras husmear cada rincón de la vivienda, certificaron que no había nadie más en el interior de aquella casa.
Solo detectaron un falso positivo provocado por una montaña de bolsas de basura que se encontraba amontonada en una despensa junto a la cocina y cuyo hedor casi les vuelve locos.
Tampoco el perro adiestrado en la localización de explosivos detectó ninguna amenaza, por lo que tras la labor de los canes, nos tocó por fin el turno a nosotros.
El juez, un hombre de llamativa estatura y gastado traje gris, tras ordenar el levantamiento de los cadáveres de los delincuentes abatidos, inició la diligencia de registro de la vivienda.
Iba acompañado por el letrado de la Administración de Justicia, encargado de anotar en los folios que descansaban sobre su carpeta, todo lo que se recogía en las diferentes habitaciones, dando fe de que todo lo realizado e intervenido cumpliera con la legalidad vigente.
El registro, efectuado por los diez agentes de homicidios que nos habíamos desplazado hasta el lugar, fue como marcan los cánones: ordenado, exhaustivo y minucioso.
Por su parte, los compañeros de la científica, cargados con sus maletines, iniciaron un laborioso trabajo en busca de cualquier tipo de huella, vestigio o prueba que pudiera ayudar en la investigación.
Tres horas después, el cansancio y la decepción se apoderaron de todos nosotros al dar por finalizado el registro sin ningún resultado.
—Aquí no hay nada, apenas les quedaban víveres en la nevera por lo que supongo que estaban a punto de marcharse.
A saber cuántos días llevaban aquí, pero los muy cerdos ni se habían molestado en sacar esa montaña de basura que apestaba, con los restos de comida de sepa Dios cuándo —tomó la palabra Gris en el improvisado corrillo que formamos en el porche de entrada de la casa.
—Es evidente que se iban a marchar —intervino Corcobado—, al igual que parece claro que antes de irse, estaban esperando a alguien.
—¿Por qué lo dices, jefe? —me interesé.
—Nadie deja a tres hombres armados custodiando una casa si no esperas visita.
—Es posible que el hombre que salió de la finca en coche fuera al encuentro de la persona con la que habían quedado. Quizás era el encargado de traerla hasta aquí.
—¿Puede ser que fuera en busca de vuestro asesino, el que fingía ser un periodista mexicano? —tanteó Corcobado.
—Podría ser, pero eso significaría que nos hemos adelantado y hemos llegado antes de tiempo —contesté—. De ser así, creo que hemos perdido nuestra oportunidad de arrestarle, porque ya no creo que se presente aquí.
—No, yo tampoco creo que vaya a venir —secundó el jefe con tono ácido—. Recordadme con palabras exactas, qué fue lo que os dijo esa mujer.
—Cuando comenzamos a preguntarle por su implicación en los hechos nos confesó que todo lo que había hecho, incluidas las muertes de esos científicos, fue para vengar la muerte de su hermana.
Sin embargo, se negó a facilitarnos la identidad de su cómplice.
Lo que sí nos aseguró fue su intención de ayudarnos para conseguir que detuviéramos a los verdaderos culpables de que cientos de chicas desaparecieran en México.
—¿Y cómo pensaba brindarnos esa ayuda? —preguntó Corcobado suspicaz.
—Creo recordar que dijo que las respuestas a muchas de nuestras preguntas las encontraríamos aquí —informé—. También insistió en que esas respuestas solo estarían disponibles esta noche. Después, según ella, ya sería demasiado tarde.
—Puede que los sicarios mexicanos hubiesen quedado aquí con el asesino de los científicos para ajustar cuentas —teorizó Griselda—.
Por alguna razón, el asesino se retrasa, nuestros amigos mexicanos se ponen nerviosos ante su ausencia y mandan a uno de ellos en su busca.
Entonces aparecemos nosotros antes de tiempo y echamos todo a perder.
—¿Pero en ese caso por qué Lupe iba a traicionar a su cómplice?
—Puede que no lo hiciera y que su compinche, tras concertar una cita con los sicarios, en realidad no hubiese tenido nunca intención de venir aquí —intervino Corcobado—.
Les tendieron una trampa a los mexicanos al dirigirnos a nosotros hasta el lugar donde supuestamente tendría que celebrarse la reunión.
—¿Y por qué murieron esos dos hombres que se enfrentaron a los GEO? —cuestioné en alto.
—¿Qué quieres decir?
—Si en la casa no había nadie, ni hemos encontrado nada que los comprometa, aparte de los dos vigías de la entrada que fueron neutralizados, no entiendo la razón por la que dos hombres prefieran enfrentarse a un equipo de hombres armados, y por tanto a una muerte casi segura, antes de entregarse sin más.
Sin la presencia del sicario, no teníamos nada que los relacionase con esos asesinatos.
Como mucho les podríamos haber acusado de pertenencia a asociación criminal y tenencia ilícita de armas prohibidas.
—Estaban protegiendo algo —comentó Corcobado al comprender mi razonamiento.
—O a alguien —apunté yo.
—Que ninguno de los nuestros se mueva. Volveremos a registrar la casa, pero cuando estemos solos —anunció mi jefe—.
No puedo pedirle a su señoría que nos autorice un segundo registro, entre otras cosas porque no creo que lo permita.
Aparte pondríamos en entredicho nuestra profesionalidad y lo hemos tenido despierto toda la noche.
Un juez cabreado es lo último que nos interesa para futuras peticiones.
—¿Y los GEO?
—Han hecho su trabajo, un compañero ha resultado herido y no podemos retenerles aquí por una simple intuición. Dejadme que les agradezca a todos su ayuda y cuando los de científica acaben su trabajo y se vayan de aquí, volveremos a registrar esa casa.
—Sabes que sin la presencia del juez, ni el resto de garantías legales, si ahora encontramos algo en esa casa no tendrá validez en un juicio, ¿no?