Dentro de la locura CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

Dentro del contenedor donde se cocían con urgencia las órdenes que iban a ser impartidas, solo había espacio para los responsables de las unidades intervinientes, a excepción de la terna de compañeros que se encargaban de los equipos técnicos, y Griselda y yo, como únicos plebeyos a los que se nos permitía la entrada en aquel centro neurálgico por motivos obvios.

En el interior de aquel reducido espacio se respiraba el típico ambiente tenso, previo a los grandes operativos.

Los gestos, la economía en las palabras y los delatores rasgos marcados por la tensión en las caras, dejaban entrever la importancia y el riesgo que conllevaba una operación como aquella.

Daba igual la experiencia que se tuviera o los operativos en los que se hubiera intervenido.

Nunca se podía perder el respeto a una situación en la que todo podría salir mal.

Solo el inspector jefe de los GEO, con un rostro imperturbable mientras observaba las distintas cámaras que tenía frente a él, parecía estar habituado a este tipo de escenas.

Al contemplarle me vino a la mente aquella mítica frase de la película Apocalypse now, en la que el teniente coronel Killroy decía aquello de “me encanta el olor a napalm por la mañana”.

Acompañado por el recuerdo cinematográfico, decidí fijarme en aquello que estaba captando su atención.

Frente a mí, ocupando casi la totalidad de una de las paredes del contenedor, se extendía una enorme pantalla dividida en pequeñas ventanas que mostraban diversas imágenes.

Tres filas y cuatro columnas alineadas para mostrar un panel rectangular que albergaba un total de doce cámaras.

A los pies de ese pequeño gran hermano, los tres operadores, sentados en unos taburetes frente a sus ordenadores, se encargaban de que todo el galimatías técnico que se esparcía sobre una longitudinal mesa, funcionase con la precisión de un reloj suizo.

Al fijarme en ellas, descubrí que muchas de esas pantallas reflejaban la emisión en directo de las cámaras que llevaban los GEO incorporadas en sus uniformes, cuya misión era registrar todas sus intervenciones.

Conté hasta un total de nueve. La décima correspondía a la imagen que nos ofrecía la cámara nocturna del dron que estaba pilotando el inspector de medios aéreos.

Las dos últimas permanecían en negro, con la inscripción CAM 11 Y CAM 12 en uno de sus ángulos.

—Agranda la imagen de la número diez —ordenó Corcobado a uno de los operadores, quien al momento fusionó las tres últimas cámaras en una.

A pesar de la altura en la que se encontraba y de que hacía bastante viento, la estabilidad del dron era sorprendente.

La luna llena ayudaba a mostrar una imagen de la finca que sobrevolaba en esos momentos: un terreno rectangular donde se distinguía sin dificultad un caserón y dos vehículos aparcados junto a un pequeño cobertizo.

De repente, el zoom se activó y la casa pareció crecer en la pantalla.

La finca pasó a ocupar entonces casi toda la imagen y cuando el inspector de medios aéreos aplicó el filtro térmico, se dibujaron dos pequeños figuras en diversos tonos rojizos junto a la edificación principal.

—Hay dos personas a la entrada de la casa —anunció el operador de drones por el equipo—. Una de ellas está fumando. No se aprecia ningún tipo de animal en el perímetro de la vivienda. Los vehículos no han sido utilizados desde hace tiempo.

Corcobado se volvió hacia nosotros y nos interrogó con la mirada. Aquello no cuadraba con nuestras cuentas, ya que parecían un par de vigilantes y todo hacía indicar que habría más gente dentro de la casa.

—¿Cuántas personas más puede haber en el interior de esa casa? —cuestionó mi jefe en busca de respuestas.

—Es posible que sea un pequeño grupo —fue lo único que pude añadir a mi encogimiento de hombros.

—Puede que no sea tan pequeño, se observan dos vehículos —recalcó el GEO para evidenciar que la operación no había comenzado con buen pié.

—¡Atención! ¡Hay movimiento! —descubrió de repente el piloto de drones a través del equipo—. Una tercera persona está saliendo de la vivienda y se dirige hacia uno de los vehículos.

En la pantalla se reflejó lo que había anunciado el inspector Lastras. Una persona se metió en uno de los vehículos y tras arrancarlo, salió por la puerta principal para coger el sendero de tierra.

—Va en dirección hacia el pueblo —desveló uno de los operadores.

—Se dirige hacia la posición del primer equipo —apuntó el jefe de los GEO—. Tú dirás, Corcobado.

—Que lo intercepten. No puede salir de allí nadie.

—La posición de mi equipo está a casi dos kilómetros de la finca, pese a eso y que se ubica una pequeña colina entre medias, si lo paramos y responde con fuego, el ruido podrá alertar a los que están en la casa, por lo que perderemos el efecto sorpresa —señaló el GEO.

—Entonces habrá que interceptarlo haciendo el menor ruido posible —contestó mi jefe de forma escueta.

—Recibido. Algodón 1, aquí Algodón Base. Va hacia su posición un vehículo con una persona en su interior. Ignoramos si va armado. Deben neutralizar y asegurar al objetivo sin delatar nuestra presencia. ¿Ha recibido? —comunicó Alonso por el equipo.

—Aquí Algodón 1. Recibido.

—Algodón 2, aquí Algodón Base. Diríjase a la posición de Algodón 1 y colóquense a la retaguardia del objetivo cuando lo intercepten.

—Algodón 2, recibido.

Los equipos de trasmisión se quedaron entonces en silencio y todos nos fijamos en las imágenes que nos proporcionaban las cámaras de los compañeros.

A pesar del caos del movimiento, las cámaras de visión nocturna individuales daban una idea de la disposición del equipo y de la maniobra por la que iban a acorralar el vehículo.

De ese modo observamos cómo la tanqueta se cruzó en el punto del camino por el que estaba a punto de pasar el vehículo sospechoso, mientras otro vehículo pesado se cruzaba instantes después de que el coche pasara por su posición, cortando el posible regreso.

—¡Alto policía! —gritó el subinspector del GEO parapetado en la tanqueta, que con sus potentes focos cegaban al conductor—. ¡Apague el motor! ¡Bájese del vehículo con los brazos en alto y túmbese boca abajo sobre el suelo!

El coche era un Audi Q7 de color oscuro y del que, tras unos segundos eternos en los que no ocurrió nada, salió un hombre.

—¡Ponga las manos en alto! —ordenó el GEO al observar que el individuo había salido con su mano derecha oculta detrás de la espalda.

—Lleva un subfusil automático —se escuchó informar por el equipo de trasmisiones a otro de los agentes.

Me fijé en la cámara en la que se había iluminado el led de comunicación. CAM 7. En ella se plasmaba la visión que tenía el agente de la escena, quien desde su posición trasera había descubierto el arma que trataba de ocultar aquel hombre.

—Tiradores, prepárense para neutralizar la amenaza —indicó el inspector jefe Alonso con tono aséptico, mientras apoyaba las manos en la mesa para acercarse aún más al panel de las cámaras.

—¡Último aviso! Arroje el arma o nos veremos obligados a disparar —advirtió el subinspector junto a la tanqueta.

El hombre entonces, quien no había hecho ni un solo gesto tras bajarse del coche, pareció estar decidiendo cuál sería su próximo movimiento, hasta que un grito precedió el desenlace final.

—¡Muéranse hijos de puta! ¡No saben con quién verga se están metiendo!—vociferó el individuo mientras con un rápido movimiento del brazo trató de apuntar con su subfusil hacia donde estaban los policías que tenía enfrente.

Sin embargo, no llegó a disparar, ya que al menos uno de los tiradores dio en el blanco. Al hombre, como si fuese un títere al que le habían cortado los hilos que le sostenían, se le doblaron las rodillas y se derrumbó al instante, cayendo sobre el suelo, donde quedó tendido boca arriba.

Por las grabaciones no se escuchó ningún tipo de detonación, así que supuse que los compañeros habían disparado utilizando algún tipo de silenciador en sus rifles de precisión.

—Confirmen que el objetivo ha sido neutralizado —solicitó Alonso con la mirada clavada en los monitores.

La CAM 1 se acercó hacia el hombre que yacía en el suelo y tras colocarle una mano en el cuello y no encontrarle constantes vitales, emitió de forma sucinta el veredicto.

—Objetivo neutralizado.

—¿Es vuestro periodista? —interrogó entonces Corcobado, dirigiéndose a nosotros.

—No —negué con la cabeza—. Por la expresión que ha dicho justo antes de morir, parece evidente que también era de nacionalidad mexicana, pero aunque se le parece algo, no es él.

—De acuerdo —admitió mi jefe al que se le escapó un leve tono de decepción—, entonces creo que habrá que entrar en esa casa para ir a buscarle.