CAPÍTULO 46
Jefatura Superior de Policía Nacional de Madrid
Sección de Régimen Disciplinario
—Hay algo que todavía no entiendo —intervino Hernández recolocándose tenso en su asiento con la cara desencajada—.
Le recuerdo que esta conversación está siendo grabada y usted se encuentra prestando una declaración oficial.
Según su explicación, por fin nos ha aclarado la misteriosa desaparición de su compañera, sin embargo, también nos acaba de confesar que es usted el autor de los asesinatos de esos científicos, aparte de ser el responsable de la muerte de un exconvicto entre otros muchos delitos graves.
—Eso parece —confirmé yo cruzando las piernas con parsimonia.
—¿Por qué lo hace? —preguntó el inspector con un gesto de desconcierto—. ¿La culpa le puede o es que ya ve todo perdido?
No pude evitar que una sonrisa condescendiente se dibujara en mi rostro al escuchar las dudas de aquel mamarracho. Me tomé mi tiempo antes de contestar, para poder saborear el momento.
—Creo que no ha escuchado, o no ha comprendido, la magnitud del relato que les acabo de contar.
Si ahora confieso todo esto es porque tengo la plena seguridad de que no habrá consecuencias para mí.
Digamos que me he dado el gusto de revelarles la verdad de lo sucedido a la cara, con la certeza de que nada de lo que aquí diga o haga, podrá ser utilizado jamás en mi contra.
—No sé si es que usted se ha vuelto loco de repente o es que es idiota —comentó Hernández tras intercambiar una fugaz mirada de perplejidad con su compañero—. Le repito que esta declaración está siendo grabada y que…
—Y yo le repito que ustedes dos siguen sin comprender nada.
Pero voy a intentar explicarle lo que va a pasar a continuación, para que al menos no les pille de sorpresa.
En unos minutos van a recibir una llamada, o alguien con más capacidad de decisión aparecerá por esa puerta, les susurrará algo al oído y ustedes me dejarán marchar sin más, no sin antes dedicarme una mirada cargada de recelo y estupor al comprender que soy intocable.
—Usted delira —replicó Hernández con una sonrisa turbia—. En cuanto demos por concluida esta declaración, yo mismo le leeré los derechos que le asisten como detenido con motivo del asesinato de…
Pero la frase murió a medias en sus labios. De repente la puerta se abrió y bajo el dintel apareció un hombre trajeado cuya corpulencia y severidad en el rostro reflejaban la autoridad que poseía.
—A la orden, señor comisario —saludó Hernández poniéndose en pie casi al unísono con su compañero—.
Estamos tomando declaración al subinspector y acaba de confesar su participación directa en algunos de los graves hechos que nos ocupan.
Para ser más concretos, se ha declarado culpable de las muertes de esos científicos.
El inspector informó a su superior con una sonrisa triunfal a lo largo de su exposición, sin embargo, cuando esperaba el reconocimiento o la inevitable felicitación de su jefe, en lugar de la zanahoria, llegó el palo.
—Esta declaración nunca ha tenido lugar —comentó con sequedad el comisario al tiempo que apoyaba sus enormes manos sobre la mesa de interrogatorios y dirigía una mirada penetrante a sus subordinados.
—¿Cómo dice? —fue lo único que acertó a preguntar Hernández al comprender su derrota.
—Ya me han oído. El subinspector ha tenido la deferencia de acudir a nuestras instalaciones en calidad de visita, pero al final no ha sido necesaria su declaración para el esclarecimiento de los hechos. Debido a un fallo técnico no se ha podido registrar nada de lo que aquí se ha dicho.
—Supongo que está usted bromeando —se resistió Hernández en un último coletazo.
—No tengo por norma bromear con mis decisiones en el trabajo, al igual que por lo general tampoco tengo necesidad de tener que explicar esas decisiones a mis subordinados. Espero que usted no sea la excepción, por el bien de todos —amenazó el comisario clavando sus ojos en los de Hernández.
—Pero jefe, yo…
—Usted puede irse ya cuando quiera. Le agradecemos su presencia y colaboración —anunció el comisario dirigiéndose a mí.
Quizás otra persona se habría levantado con un gesto triunfal, sin reprimir una mirada victoriosa cargada de veneno hacia sus inquisidores, aderezada con alguna frase lapidaria del tipo “te lo dije” antes de salir de aquella sala.
Sin embargo, yo no tenía nada que celebrar, ni me sentía victorioso.
Solo era un perdedor más, que había sido atropellado por aquella enorme maquinaria que manejaba el discurrir del mundo.
La única diferencia hacia la mayoría del resto de las personas era que yo, desde hacía poco tiempo, por fin había comprendido el inocuo papel que nos dejaban jugar en todo aquello.
Cuando salía del edificio, me crucé con un viejo conocido: el médico forense con pinta de rata grasienta.
Iba engrilletado y estaba siendo conducido por dos compañeros al interior de las instalaciones donde yo había estado declarando momentos antes.
Por lo visto, con el desarrollo de la investigación, mis compañeros habían descubierto que, acorralado por las deudas de juego, era él quien le pasaba información al capo del Cartel a través de aquel teléfono móvil que le encontraron al patrón en la celda.
Nuestras miradas se cruzaron por un instante, pero a pesar de la sonrisa que le dediqué, no creo que él llegase a reconocerme.
Al salir a la calle analicé por última vez, antes de intentar aislarlo en mis pensamientos para siempre, todo lo que había sucedido durante aquellas últimas semanas.
Decidí quedarme con el recuerdo de que mi hijo por fin había encontrado una justicia que los juzgados habían resuelto años atrás de manera insuficiente.
Con la sensación de que Lupe al final había encontrado algo de paz en aquel infierno en el que se había convertido su vida y con la esperanza de que, al menos durante un tiempo, las mujeres de Ciudad Juárez pudieran caminar tranquilas de vuelta a sus casas.
Pero me quedó la amarga convicción de que el mundo seguiría siendo controlado por las mismas personas, mientras que el resto continuaríamos viviendo sin notar esos hilos, tan finos como resistentes, que a todas las marionetas les confieren una falsa sensación de libertad.
Con la pesada carga de la cruda realidad aplastándome los hombros, me dirigí hacia casa con la certeza de que ningún periodista escribiría un artículo al respecto, ni ningún escritor en su sano juicio se atrevería jamás a plasmar en una novela la historia sobre lo que allí había sucedido.
En aquel instante entendí que me encontraba en el exclusivo bando de aquellos que conocían la verdad.
De aquellos que al bailar eran considerados como locos por quienes no eran capaces de escuchar la música.
Y solo entonces comprendí que era el resto del mundo quien deambulaba en una secreta y eterna locura.
FIN