CAPÍTULO 38
—Tú no has podido hacerlo sola. Alguien te está ayudando y es quien en realidad ha secuestrado, torturado y asesinado a esos tres hombres —analizó Gris.
—Resulta obvio, pero como comprenderán, no pienso contarles nada de la persona que me está ayudando a cumplir con mi cometido.
—¿Cómo los secuestrasteis? —pregunté.
—Los fuimos abordando uno a uno. El primero de la lista fue Ricardo.
—¿Por qué te hiciste pasar por su novia? —se interesó Gris, a quien todavía le faltaban unas cuantas piezas por encajar—. Al fin y al cabo tú sabías que lo primero que íbamos a hacer, era dirigirnos hacia el domicilio del fallecido.
—Así es, lo sabía y por eso los estaba esperando.
Cuando secuestramos a Ricardo y comprendió el motivo, pareció como si él hubiera estado esperando desde hacía tiempo que llegase ese momento.
Nos confesó que desde aquel día en México su vida ya no tenía sentido.
No tenía compañía, había dejado de acudir al trabajo, se había divorciado hacía unos meses y no tenía hijos.
Vivía solo, así que vi una oportunidad magnífica para hacerme pasar por su novia y tomar parte en el juego.
—¿Para qué?
—Pensé que sería la mejor forma de poder conducir la investigación en la dirección que yo quería según lo que quisiera revelarles.
—Por eso nos contaste lo del dibujo de Ciudad Juárez —analizó mi compañera.
—Además al formar parte de su investigación podría saber si en algún momento se acercaban demasiado a mí o a mi cómplice.
—Así iríais siempre un paso por delante —dije analizando su retorcida jugada.
—Por eso simulé mi secuestro, intuyendo sus pasos.
Una vez tenía preparado todo lo que había planificado tras mi primer encuentro con el científico, apagué mi teléfono durante dos semanas sabiendo que investigarían mis llamadas.
Me rebané un dedo y nada más abrirles la puerta les conté una bonita historia.
Fue de ese modo como me convertí en su principal testigo.
—Te arriesgaste bastante a ser descubierta —apunté.
—De hecho, su compañera con su desconfianza estuvo a punto de cacharme en un par de ocasiones. Me tuve que inventar sobre la marcha detalles en los que no había pensado, como lo de las llaves que me aventó la vecina para poder entrar en el depa después de mi supuesto secuestro.
—Joder, todavía no me creo que no comprobásemos su historia —maldijo Gris apretando los dientes.
—No se castigue, agente. Era imposible que sospecharan que la mujer que les abrió la puerta aquel día, en lugar de ser la novia, era la persona que había secuestrado a su víctima.
—Tuve que haber seguido mi instinto y haberte investigado más a fondo —se flageló mi compañera en un murmullo con la vista puesta en la carretera.
—De todos modos, ¿cómo puedes estar tan segura de que fueron esos tres hombres quienes violaron y asesinaron a tu hermana? —cuestioné.
—Porque los vi con mis propios ojos.
—¿Perdona? ¿Tú estabas presente en el club aquella noche? —pregunté algo aturdido.
—No es eso. Cuando secuestré al primero de los científicos me confesó que tiempo atrás, al poco de su regreso de México, había recibido un correo electrónico donde aparecía un video de la noche en que pasó todo. Era la forma que esos cabrones tenían de decirle que a partir de ahí, les pertenecía.
—¿Y tú viste ese vídeo?
—Me dijo que por alguna extraña razón, quizás para castigarse por lo que había hecho, no se había atrevido a borrar ese vídeo.
Le obligué a que me diera las contraseñas de su ordenador y a que me dijera en qué carpeta guardaba la grabación.
Les aseguro que me comprenderían mucho mejor si hubieran visto aquel video, donde esos tres hijos de puta aparecen violando y asesinando a mi hermana.
—No vale de excusa. Lo que habéis hecho os iguala a esos demonios. No sois mejores que ellos —atacó Gris.
—Tampoco lo pretendo, agente. Solo quería vengar la muerte de mi hermana y ya lo he hecho.
—¿Estuviste presente cuando tu cómplice torturó a esos pobres diablos? —quise saber.
—Solo vi el final del primero, después tuve que adoptar el papel de víctima y testigo mientras mi compañero cumplía con su misión, dando su merecido final a los otros dos.
Aun así, me conformo con haberles oído llorar esos primeros días en el interior de sus celdas y ver cómo recibían aquellos madrazos que les acabaron por dejar sin esperanza.
—Entonces primero secuestrasteis a Ricardo, y más tarde a los otros dos —recapitulé tratando de reconducir el relato.
—Así es. Hasta que no encerramos a los tres en esas celdas, alimentamos en condiciones a Ricardo e incluso yo contestaba a alguno de sus mensajes del móvil para que mi historia del intercambio en el secuestro fuera creíble.
Fue el primero en llegar allí, pero tenía que parecer que había sido el último.
—Siguen sin cuadrarme muchas cosas —se opuso Griselda.
—¿Cómo por ejemplo? —invitó Lupe.
—Los sicarios mexicanos. Me extraña mucho que llegasen aquí, asesinaran a la pareja del polígono y regresaran sin más a su país, conformándose con el hecho de que alguien se les hubiera adelantado y sus próximas víctimas hubieran desaparecido.
—Desde luego hay partes ocultas de esta historia que no les pienso mostrar —reconoció la mexicana sin tapujos—. A cambio, lo que sí voy a hacer es ayudarles a encontrar algunas respuestas.
—¿Cómo cuáles? —tanteé con cautela.
—Hay un pueblo, llamado Illescas, que está a media hora de Madrid, en dirección a Toledo.
—Sé dónde está Illescas —cortó Gris—. Mis padres tenían una parcela en una urbanización que estaba cerca. Pero no entiendo qué nos quieres decir al nombrar ese pueblo.
—A un lado de la carretera de Toledo están construyendo un chingo de naves industriales, sin embargo al otro lado del pueblo, a sus afueras, todo lo que lo rodea es campo. En esa parte hay una vieja cantera abandonada, que es de donde sacaban la tierra para las fábricas de ladrillos de la zona.
—Sí, la conozco. De pequeña iba con mis amigas en bici hasta allí —me reveló mi compañera al oído.
—Junto a la cantera sube un pequeño camino que se adentra en el campo. A unos tres kilómetros, en medio de la nada, hay un caserón dentro de un amplio terreno. La casa apenas se ve desde fuera, porque está oculta de miradas indiscretas por un madral de árboles que rodean toda la finca.
—¿Qué es lo que sucede en esa casa?
—Eso es lo que tendrán que averiguar —contestó la mexicana con tono enigmático—. Me pidieron respuestas, pues bien, ahí las van a encontrar. Pero deben acudir esta noche, luego será demasiado tarde.
—¿Por qué lo haces? —interrogó Gris— ¿Por qué motivo nos has contado todo esto y nos ayudas ahora de repente?
—Porque quiero que detengan a los verdaderos culpables de todo lo que está pasando en Juárez. Quiero que lleguen hasta donde yo no puedo llegar y sobre todo quiero que las mujeres de mi ciudad dejen de tener miedo a desaparecer. Ahora todo depende de ustedes. No les fallen.
Después de aquella última frase, la mujer enmudeció y acto seguido colgó.
—Me da igual donde se esconda. Pienso encontrar a esa zorra y detenerla yo misma —masticó con rabia mi compañera tras unos cuantos segundos que empleamos para digerir toda la información—. Supongo que no será necesario decir que esa hija de la gran puta lo único que quiere es tendernos una trampa.
—Es bastante probable. De todos modos también cabe la opción de que se encuentren allí los sicarios que mataron al periodista y a su novia —propuse sin dejar de mirar la pantalla del móvil—.
Quizá si Lupe nos ha desvelado su paradero, es porque quiere que los detengamos y así ellos nos lleven a los verdaderos culpables de todo lo que pasa en esa ciudad de México.
—¿Pero cómo iba a saber ella dónde se esconden esos tarados? Sigo pensando que es una trampa e ignoro con qué intención nos quiere conducir hasta allí, pero estoy convencida de que en ese lugar, en lugar de respuestas, lo único que vamos a encontrar son problemas.
—Caben las dos posibilidades —reconocí girándome hacia mi compañera—, pero en cualquier caso, me temo que solo hay una solución. Tendremos que ir hasta allí para averiguarlo.